BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



jueves, 21 de diciembre de 2017

ENCUENTROS. Mi nuevo libro.



Acabo de publicar un nuevo libro con la editorial San Pablo. Se llama Encuentros y está compuesto por reflexiones personales y algunos relatos cortos que he denominado parábolas. 

Como pequeño regalo de navidad reproduzco el principio. Va con mis mejores deseos para todos en estos días y siempre.


El poeta Pablo Neruda cuenta en sus memorias que en el año 1949 se vio obligado a huir de Chile, su país natal, y hubo de cruzar los Andes para llegar a la Argentina. Hizo aquel tremendo viaje a caballo, acompañado por un grupo de guías. Atravesaron túneles de piedra y desfiladeros salvajes, vadearon ríos helados y tuvieron que rodear enormes peñascos. Una mañana, súbitamente, llegaron a una pradera “acurrucada en el regazo de las montañas”. La atravesaba un riachuelo de agua clara, la pintaban de colores miles de flores silvestres y estaba enmarcada por un cielo intensamente azul. Allí se detuvieron. En el centro de aquel círculo mágico se hallaba la enorme calavera de un buey. Neruda observó asombrado cómo los guías que lo acompañaban dejaban monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso, como una ofrenda de pan y auxilio para los viajeros que llegaran allí después que ellos. Al terminar, danzaron alrededor de la calavera abandonada “repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron”, y Neruda comprendió “que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas regiones de este mundo.” Comprendió que el ser humano necesita pan, auxilio y encuentros. 

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Hace muchos años[1], mis hijos, mi marido y yo acudimos a un estreno de cine. Nos había invitado el protagonista principal, uno de los mejores actores españoles, que era - y sigue siendo - amigo nuestro. La película se llamaba “La casa de mi padre”.  La encontramos cargada de valores y nos gustó muchísimo.
Cuando regresábamos a casa íbamos charlando sin parar, encantados. Sobre todo los chicos. El más joven de los dos, con su talante de sabio y su curiosidad por todo,  decía: "Es una película muy buena. Se entiende perfectamente que el conflicto es un desencuentro, ya no me lo tienen que explicar". El mayor estaba muy emocionado por haber compartido algún rato con aquel gran artista. Yo notaba que tenía ganas de contarme algo y, cuando se acostó, me acerqué a su dormitorio. Entonces él me dijo esto que escribo sin añadir retórica: "Mamá, le he dicho a nuestro amigo que él me había cambiado la vida y puede pensar que soy un exagerado, pero no exagero nada. Yo tengo una teoría sobre la vida, y como soy tan visual y todo lo veo en imágenes y en colores mientras lo pienso, es una teoría gráfica. Pienso que la vida es una línea, pero no una línea ya trazada sobre la que andamos sino una línea que nosotros mismos vamos trazando mientras vivimos, como si tuviéramos siempre en la mano un lápiz. Cada persona que se cruza con nosotros, aunque sea un niño que nos ha mirado una mañana, mueve la línea un poquito, la desplaza unos milímetros porque ha entrado en nuestra vida. Y así la línea va formando rectas, curvas, subidas o bajadas, picachos y espirales, unas veces da vueltas para volver al mismo punto, otras se estira muchísimo hacia el horizonte, o se quiebra y luego se recompone. Y él, desde que ha entrado en mi vida, ha movido mi lápiz con experiencias insólitas, me ha hecho pensar, me ha dado grandes oportunidades de aprender que nunca me hubierais podido dar vosotros o conseguir yo solo, y está formando en mi línea un dibujo completo. Por eso le di las gracias."
Aquella noche, insomne y emocionada, comprendí que mis hijos ponían en palabras un aspecto esencial del ser humano: cada vida singular está edificada sobre los encuentros con los demás. Y aquella noche fue para mí también un bello encuentro con ellos, en el cual tuve acceso a  su visión del mundo y comprendí que eran mayores ya, bellos por dentro y reflexivos.

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El dibujo de nuestra vida es original, único, armónico, significativo, imprevisible. Nunca es banal ni absurdo. Siempre está abierto y se enriquece con nuevas formas y colores, con nuevas personas dispuestas a mover el lápiz. Como se desarrolla en un espacio y un tiempo determinados, entre seres singulares y a partir de hechos concretos, necesitamos el encuentro de persona a persona. Y esto es así aunque a veces nos recorra el escalofrío del momento insociable y anhelemos la soledad que permite reconstruir las vivencias; o aunque nos sumerjamos de vez en cuando en el anonimato de la multitud y nos guste ser bañistas a plena piel en una playa atestada, o hinchas que corean la misma consigna en un estadio de fútbol.
Ya sea en la construcción a solas de nuestra singularidad, ya sea saliendo a conocer experiencias por los caminos del otro, cada encuentro ayudará a nuestro lápiz a trazar nuevos senderos, cimientos sólidos donde edificar la esperanza.
Porque la vida es el encuentro.




[1] He contado ya parcialmente esta anécdota familiar en el libro La flor de la esperanza. Sin embargo, es aquí, en Encuentros, donde adquiere su verdadero significado.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Lo pequeño

Resulta que Madrid es la capital europea que cuenta con más árboles. Sin embargo - y aunque notemos su presencia - no creo que la mayoría de quienes vivimos aquí sepamos cómo se llaman, cuántos años tienen o si dan fruto. Y es que en el ritmo vertiginoso de una ciudad se pierde un tesoro, el aprecio por el valor de las cosas pequeñas.
Este defecto puede llegar a convertirse, si no tenemos precaución, en un “mal de escuela”. Y no voy a hablar ahora de la naturaleza sino, literalmente, de las cosas pequeñas hechas por las personas.

Los profesores vivimos rodeados de las pequeñas cosas cotidianas, de las herramientas corrientes, de las actitudes de los niños y de sus inquietudes. A diario convivimos con ellas pero no nos fijamos porque se han hecho invisibles bajo la enorme capa de las cosas “trascendentales” – terminar el temario o preparar la evaluación- en que nos ocupamos.

Sin embargo estas cosas pequeñas son las mejores manifestaciones de la dignidad y la capacidad de la especie humana, e incluso sirven como motor de confianza en la pervivencia de la humanidad. Las miradas, los gestos, los rasgos de los niños, su creatividad ante un problema, sus dibujos, sus regalitos agradecidos,  aquello por lo que ríen, lo que les emociona o disgusta… Todo forma parte esencial de la belleza de la docencia. Son, aunque no nos demos cuenta, la fuente de la juventud eterna de un maestro y la gasolinera de su vocación.

“Escribe cinco cosas buenas de cada uno de tus alumnos”, me retó una vez ese gran psicólogo y gran hombre que es Javier Urra. Dicho así, parece fácil. No lo es. Para mi vergüenza, y aunque sé las notas que sacan en los exámenes, tal vez no los conozco lo suficiente.

La docencia está llena de pequeños momentos que vivimos a diario sin darles valor alguno, como si fueran naturales. Pero son muestras de la capacidad del ser humano para resolver problemas complejos, manifestaciones de la inteligencia verdadera, que no es la acumulación de conocimientos - hoy los tiene un ordenador - sino la intuición. Así que, antes de que llegue la jubilación, tengo el propósito de gustarlas mejor, de valorarlas más, de mirar con más afecto a los niños que me miran, de agradecer su disponibilidad para creer lo que digo, para obedecer lo que mando. Para agradecer su confianza en mí. Estoy hablando de trabajar más despacio, pararse para admirar el dibujo sencillo, para escuchar una historia pequeña, cotidiana, tal vez insustancial para mí pero tan trascendente para el niño. Y de paso, por qué no, pararme para pensar en lo que hago y mirar cada día, uno por uno, a los ojos de todos, para así educarlos con la sencillez de mi presencia.


Me propongo valorar un poco cada día la belleza de tantas cosas pequeñas como pasan en mi clase.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Respeto






Hace tiempo escuché decir a Víctor Ullate, el gran maestro de la danza, una frase que me impresionó: Hay tantas cosas que los españoles no respetamos de nosotros mismos que cómo vamos a respetar el Arte. Si añadimos otros conceptos como educación, ciudadanía, democracia o sociedad, podemos tener un diagnóstico estupendo de nuestro presente.

En España necesitamos recobrar el respeto que nos debemos a nosotros mismos. No se trata solamente de la autoestima personal y del cuidado de uno como ser ético, que por supuesto es tarea individual y cotidiana; se trata del respeto a nuestra condición de ciudadanos que aportan lo mejor de sí a una construcción más grande que todos pero hecha por todos. Si miramos bien, este asunto de la falta de respeto afecta a todos los ámbitos y funciona como una especie de carcoma que destruye la confianza, la solvencia, la credibilidad, y como sigamos así, hasta la esperanza.

En el terreno de la política hace falta respeto por el compromiso que se adquiere con el voto de los ciudadanos. La tarea política no puede ser una soterrada fontanería sino un que es un vínculo de honor entre el gobernante y los electores al que se debe humilde y verazmente.

Hace falta que quienes gestionan lo que es de todos respeten la tarea que desempeñan. Este otoño seco, mientras escucho tantas declaraciones de políticos, pienso en el respeto que ellos se deben a sí mismos. Y lo echo en falta.

En el terreno de lo social hace falta respeto por la libertad, por la insustituible democracia con sus reglas de juego, por la justicia y sus requisitos, por las personas individuales y sus derechos. Son tiempos en que nos estamos jugando mucho.

En el campo de la educación hace falta mucho más respeto. Sobre todo hace falta recibirlo. No puedo entender qué ganancia obtiene quien desacredita el trabajo docente, a quién le puede hacer gracia, en quién puede encontrar complicidad, si no es en personas que tampoco se respeten a sí mismas. Por supuesto, cuando la burla proviene de los responsables directos de la gestión educativa se roza el límite del esperpento. Quiero decir que lo roza el burlón, o la burlona, con esa falta de respeto por su propia responsabilidad.
Hace falta respeto por la relación educativa, que siempre es trascendente, y por sus actores: los alumnos, que nos miran y nos aprehenden; los profesores que en su inmensa mayoría se dejan la vida en el aula. Hace falta respeto por las familias y por la relación de confianza que deben establecer con los profesores de sus hijos. Hay que respetar también al personal auxiliar y de apoyo en los centros, que realiza una tarea que no es intercambiable con la docencia puesto que actúa en un ámbito diferente.

Cada docente debe respeto a su profesionalidad, a la personalidad que le hace insustituible, a sus alumnos y a la sabiduría que transmite. Debe respeto también a su centro de destino, del que forma parte esencial porque cada docente es su centro como cada colegio o instituto es- sobre todas las cosas- su equipo docente.


Víctor Ullate me contó también que su compañía de danza participó en la ceremonia de clausura de la Expo 92 y que allí, a pesar de todos los problemas, se sentía parte de un país responsable, implicado y comprometido, que podía mostrarse ante los demás con orgullo. Es evidente que hemos perdido algo desde entonces, y a lo mejor se resume en una sola cosa: el respeto por nosotros mismos.

domingo, 5 de noviembre de 2017

La ocasión


Le dimos el papel protagonista en la obra de teatro. Al fin y al cabo, nos habíamos metido en ese proyecto por él, para ver si de alguna manera lo animábamos. Era el alumno más díscolo del curso. El texto era difícil. Lo bordó. Tan bien lo hizo que nos vino a la memoria la incandescencia de la pedagogía de Unamuno: “El genio nace y no se hace, y nace de un abrazo más íntimo, más amoroso, más hondo que los demás, nace de un puro momento de amor, de un amor puro.”

El encuentro escolar debe ser siempre una gran ocasión. No solamente porque está regida por la dimensión del tiempo que se relaciona con el Kairós, la oportunidad, sino porque en ella se despliegan las mejores facultades de todos los que intervienen. La relación educativa es un diálogo de lo mejor de muchas almas, con un único fin: el futuro.

Para aprovechar la ocasión, nos vendría bien a los profes responder a una pequeña serie de preguntas. Son estas:
  • Lo que enseñamos, ¿es lo que los estudiantes aprenden? Si hemos contestado no, es porque comprendemos la esencial individualidad de los procesos de aprendizaje.
  •  ¿Somos verdaderamente democráticos o solo lo parecemos? No perdamos la ocasión de formar parte de una comunidad, de crearla con esfuerzo y alegría.
  •  ¿Pensamos solo con la cabeza o pensamos con el cuerpo? Si no lo tenemos claro, no perdamos la ocasión de cambiar los espacios del aula.
  • ¿Les enseñamos a evaluarse a sí mismos? Pues es imprescindible para crecer.
  • ¿Estudian o aprenden? No dejemos pasar la ocasión de incorporar lo narrativo, lo que emociona, lo que es inesperado, lo que parte de sus vivencias y conocimientos previos.
  • ¿Nos sentimos los profes libres en el aula? Pues tal vez debamos volver sobre Unamuno: “La libertad no significa otra cosa que la emancipación de la lógica, que es nuestra más triste servidumbre.”




[1] Miguel de Unamuno, Amor y Pedagogía, 

domingo, 29 de octubre de 2017

Memorias



Durante buena parte de mi vida he sido maestra.

No ingresé en el Magisterio con una clara vocación docente. Sabía, sí, que me interesaban los niños: que si fuera médico me especializaría en Pediatría, y si fuera juez, en Menores. Sabía también que era curiosa para el conocimiento y me gustaba transmitir lo que aprendía. Sin embargo, para transformar mi interés genérico por la infancia en una vocación clara, tuve que atravesar un proceso casi químico: de amalgamar y producir sustancias nuevas. Mis alquimistas fueron Mariano Martín Alcázar y otros profesores extraordinarios de “Escuni”, mi escuela universitaria. De allí salí con la seguridad de que había acertado en la elección profesional y de que comprometer la vida en ser maestra me llenaría de felicidad. Cuarenta años después sé que no me había equivocado.

Conocí a mis primeros alumnos allá por 1980, en el centro de educación especial “María Corredentora”, de Madrid. Recuerdo que trabajaba allí un grupo incandescente de profesoras. De ellas y de aquellos niños y niñas aprendí que en mi clase no podría haber nunca un rincón para el desánimo.

Ingresé en la función docente en 1981 y mi primer centro público fue el colegio “Arquitecto Gaudí”, también de Madrid, que escolarizaba un alumnado de alto nivel social y económico.  En aquel primer año de funcionaria novata, aprendí de los chicos a no tomarme demasiado en serio a mí misma. También aprendí que hay diferentes tipos de polvos pica-pica.

Después di clase en La Codosera, un pueblo de Badajoz fronterizo con Portugal  a donde por entonces no llegaba la carretera. Mis alumnos no habían recibido nunca una carta y mi propio abuelo escribió treinta diferentes, dirigidas a aquellos chiquillos. Recuerdo que celebramos una gran fiesta cuando llegó el cartero, y que los padres me inundaban a diario de pan caliente y leche recién ordeñada. Por entonces aprendí el valor esencial de muchas cosas sencillas.

Dirigí un grupo de teatro escolar en el colegio público “Juan Vázquez”, de Badajoz capital, con el que preparé durante todo un trimestre la Historia de una escalera, de Buero Vallejo. Compartimos muchas horas de ensayos en las que aquellos chicos de octavo de EGB sacaron de sí mismos talentos y pasiones desconocidas. Estrenamos nuestra obra el día que murió Luis Álvarez Lencero y allí, en un salón de actos de colegio, ante media entrada de padres y niños pequeños, mis alumnos y yo guardamos un minuto de emocionado silencio por la memoria del gran poeta extremeño. Ese homenaje fue iniciativa de los jóvenes actores, que me dieron entonces una gran lección. Aprendí tanto de aquellos chicos que todavía hoy ocupan un lugar especial en mi memoria y mi corazón.

En el colegio “Ciudad del Aire” de Alcalá de Henares aprendí de los alumnos y de un maravilloso director, Santiago Crespo, la importancia que tiene para un docente la autodisciplina. Y recuerdo con emoción a aquel chiquillo que me pidió dirigirse solemnemente a la clase, y entonces dijo: “Por favor, no me llaméis Nacho. Mi nombre es Ignacio y me gusta ser yo mismo.” Lo apunté para tenerlo yo también en cuenta.

Del “Fray Albino” de Santa Cruz de Tenerife me traje la paciencia. Mis alumnos la tuvieron a manos llenas conmigo y mi dificultad para aprender los nombres guanches.

En el “Manuel Azaña” de Alcalá de Henares, donde di clase durante quince años entre enormes dificultades por las circunstancias sociales de los alumnos, comprendí la profunda complejidad y belleza de la docencia. Entre tantos chicos y chicas que pasaron por mi aula recuerdo a un alumno guineano que no podía aprender a escribir y se convirtió en buen jugador de ajedrez; a una alumna gitana llena de talento e inteligencia que dejó de asistir a la escuela con la primera regla; a un pequeño con un grave desequilibrio psíquico, del que no conseguí nunca una mirada pero que un día me tomó la mano y me la besó; y a una alumna abandonada por una madre alcohólica a quien recuerdo a diario con la sensación de que no hice por ella lo suficiente.

De nuevo en Madrid, en el “Padre Coloma”, di clase a un grupo de sexto de Primaria con el que compartí mi amor por los cuentos de Borges y que supieron adaptar El Aleph a un teatrillo de marionetas. El último día de curso del año 2000, cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la hora de clase, todos se quedaron sentados y en silencio. Yo les pregunté por qué no se marchaban a casa y el delegado, de pie y en nombre de todos, me dijo: “No queremos separarnos de ti, profe.” Lo considero uno de los momentos más bellos de mi vida.

Después de un paréntesis de trece años, en el cual tuve el honor de defender al profesorado desde el sindicato ANPE, regresé a la escuela para encontrar de nuevo la belleza de esa forma única de comunicación entre seres humanos que es la relación educativa. Y desde el CEIP “San Miguel” de Hortaleza, rodeada de compañeros excelentes, aprendo y reaprendo cada día por qué me hace tan feliz compartir con los alumnos la dura, absorbente, mágica y feliz trinchera de la escuela.


A dos cursos de la jubilación, comprendo que este compromiso ha sido un buen viaje para la vida. No existe poder de transformación más grande que el de un maestro sobre su discípulo, ni poder de transformación más bello que el de un discípulo sobre su maestro. Todo lo que sé de la educación se ha fundamentado en el encuentro con personas y lo he recibido a través de ellas. De mis alumnos y de mis compañeros, de todos aquellos con quienes se ha cruzado la línea de mi vida, aprendí y aprendo. A diario.

sábado, 14 de octubre de 2017

MOTIVARSE



Acabo de asistir al V Congreso sobre Alumnos Superdotados y con Altas Capacidades organizado por la Fundación Mundo del Superdotado. Su presidenta, la titánica y maravillosa Carmen Sanz Chacón, es una mujer que está cambiando la percepción social sobre las personas más inteligentes, muchas veces, en tremenda paradoja, abocadas al fracaso escolar.

El título del congreso- "La apuesta por el talento. Identificación y motivación de los superdotados" me ha permitido conocer a centros y profesores de toda España que están trabajando ya con sus alumnos de altas capacidades de manera creativa y valiosa. Debemos pensar que componen un 10% de la población, por tanto no cabe duda de que están, silenciosos y anónimos, en todas nuestras aulas. También me ha permitido reflexionar sobre una de las palabras que componen ese título: la motivación.

Es curioso el malentendido que rodea a la motivación. Etimológicamente, deriva del latín movere, motum, movimiento. Designa una fuerza motriz, en este caso, psicológica, que orienta la conducta humana hacia un objetivo, explica los actos de un individuo, suscita, inicia, mantiene y canaliza las conductas personales aunque se integren después en un trabajo de equipo.

Sabemos que la motivación constituye una necesidad del ser humano y que puede ser primaria –aquella que obedece a impulsos biológicos-; secundaria, que se adquiere a través de la experiencia y el aprendizaje; intrínseca, aquella en que la motivación es la propia actividad en sí misma; o extrínseca, en la cual la motivación es un beneficio que se obtiene de la realización de la actividad.

La necesidad de respeto y de reconocimiento es la cuna de la motivación. Para la mayoría de los niños están más o menos completas las necesidades fisiológicas, las de seguridad y las afectivas. Sin embargo, pocos educadores y padres prestamos atención a las necesidades de autoestima y autorrealización. Y estas necesidades de crecimiento personal, cuando son satisfechas, desarrollan todas las potencialidades del ser humano.

De entre todos los tipos de motivación, la que tiene verdadera relevancia educativa es la motivación intrínseca, que responde a la necesidad de sentirse competente, de hacer las cosas con gusto y hacerlas bien. 
Estoy segura de que todos conocemos esta historia:
En la época en que se construía la catedral de París, una mañana pasó el arzobispo revisando los trabajos, que ocupaban a cientos y cientos de obreros.
En su recorrido, le llamaron particularmente la atención tres individuos que ejecutaban el mismo trabajo: picar grandes bloques de piedra. Sólo que el primero se desempeñaba con visible desgana y fastidio; el segundo, con seriedad, pero con lentitud y cierta pesadez; el tercero, en cambio, con entusiasmo y diligencia.
El arzobispo preguntó al primero: “¿Qué estás haciendo?” “Me pusieron a tallar esta piedra dura y horrible”- fue la respuesta. Luego preguntó al segundo: “¿Qué estás haciendo?” “Aquí, cumpliendo con el horario de trabajo, qué aburrimiento”. Finalmente, formuló la misma pregunta al tercero: “¿Qué estás haciendo?”, y recibió la respuesta: “¡Estoy construyendo la catedral de París!”

El cuentecillo se nos ha contado mil veces a los profesores para explicarnos lo que es la motivación, sin profundizar en su verdadero significado. Porque, si los tres picapedreros tienen el mismo trabajo, el mismo horario y el mismo sueldo, el tercero de ellos nos deja bien claro que el infinitivo verbal que corresponde al sustantivo “motivación” es motivarse. Hablamos por tanto de un estado de ánimo que uno debe lograr y sostener por sí mismo.

 Los profesores no “motivamos” a los alumnos; este malentendido ha dado lugar a que se nos haya confundido algunas veces con animadores. Nuestra tarea es rodear a los alumnos de la seguridad, las experiencias de éxito, la aprobación de sus logros, la propuesta de nuevos retos y, en definitiva el “paisaje” que les permita a ellos desarrollar una motivación personal ante la tarea y ante la vida.

Educar a alguien es, en primer lugar, hacer que confíe en sí mismo. Para  ser capaces de ver las potencialidades de nuestros hijos y de nuestros alumnos - y verlas es la única manera de guiarles para que las saquen a la luz - nos conviene reflexionar como El Principito: “Yo siempre amé el desierto. Uno se sienta sobre una duna de arena. No ve nada. No oye nada. Y, sin embargo, alguna cosa resplandece en silencio. Lo más bello del desierto es que, siempre, en alguna parte esconde un pozo.”

He aprendido muchísimo durante este congreso. Agradezco mucho esta oportunidad a la Fundación Mundo del Superdotado y a Carmen Sanz Chacón.





martes, 3 de octubre de 2017

AUTOESTIMA





“Un maestro que es amable y comprensivo con sus alumnos siempre se gana la amistad de estos. Yo espero que usted ame a partir de ahora nuestra región, y le tome afecto, porque aquí hay mucho más que “bellotas y cerdos”.

Esto decía una carta, fechada en febrero de 1983, que recibí de uno de mis alumnos extremeños y que aún conservo, maravillada por la seguridad y la sabiduría de un chaval de 8º de EGB, es decir del actual 2º de la ESO. Las redes sociales me han permitido comprobar a distancia que aquel muchacho reflexivo es hoy un empresario de éxito, querido y respetado. Él, a los catorce años, ya se sentía capaz de hacer cosas, y por eso las hacía.

Todos los profesores sabemos que una de las claves del progreso de los alumnos es la autoestima. Este concepto, utilizado tantas veces fuera de contexto, implica la capacidad de mirar un objetivo, mirarse a uno mismo y deducir algo tan sencillo como “puedo hacerlo.” 

La pedagogía ha incidido sobre esa mirada que debe ser a la vez objetiva y amorosa. Sin embargo ha olvidado en muchas ocasiones que los activadores de la autoestima, y de la voluntad, son los objetivos referenciales, las “metas”. Paradójicamente, hoy queremos recuperar las metas educativas pero al revés, convirtiéndolas en banales “resultados”.

Un profesor está obligado a mostrar metas, y a favorecer que cada uno escoja las suyas. Lo bueno de esto es que la educación no ha dejado de ser un factor de movilidad social, aunque lo afirmen así algunos pesimistas. Una etapa obligatoria con suficiente apoyo y un buen sistema de becas podrían seguir siendo el trampolín para que cualquier persona llegara a donde se propusiera. Lo que debería aportar cada individuo, a cambio, sería una aspiración y mucha voluntad.

“Yo voy a ser chatarrero, como mi padre. ¿Qué otra cosa puedo ser?” Los niños y niñas de las zonas menos favorecidas tienen dificultades para conseguir aspiraciones distintas a las de su entorno. Les cuesta mucho proyectarse a sí mismos en el futuro. No solo porque la infancia es, de todas las etapas biográficas, la más incardinada en el presente, un tiempo que los niños viven en toda su intensidad, sino porque les faltan modelos concretos, cotidianos. Sus familias están ancladas también en el presente inmediato, tal vez porque cuando uno no sabe lo que va a cenar no se puede pensar en otra cosa.

Los profesores debemos compensar en la medida de lo posible esta falta de referencias. Lo hacemos constantemente en el ámbito cultural, e incluso en el lúdico, pero también debemos aportar a nuestros alumnos experiencias que les muestren modelos profesionales, hombres y mujeres que encarnen opciones vitales distintas a las que proporcionan los entornos familiares. Nos debería preocupar que un alumno adolescente crea que una periodista o un arquitecto son personajes tan fantásticos como Luke Skywalker. De ahí que pueda ser útil proporcionarles encuentros con diversos profesionales que, sencillamente, les hablen sobre su trabajo. Sé que los alumnos viven con profundo interés estos encuentros, preguntan, participan, desean informarse sobre la profesión concreta y “la retratan” para comprobar si ellos tienen cualidades que se ajustan a soñar con ella en el futuro. Y por supuesto, las tienen. Abrir las ventanas a la posibilidad de que aquella chiquilla a la que le gusta escribir se imagine a sí misma como novelista es muy gratificante para el maestro. 

Por cierto, si nos ven disfrutar a la vez que ellos les estaremos enviando también buenas referencias sobre una profesión que tienen muy cercana: la nuestra.