BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



martes, 13 de septiembre de 2016

EL "DIAGNOSTICISMO"



En 1930, José Ortega y Gasset describió en su libro “La rebelión de las masas” los perfiles negativos de sus contemporáneos. Los calificaba como vaciados de su propia historia, sin entrañas de pasado ni intimidad, dispuestos a fingir cualquier cosa, incapaces de entender que hubiera misiones particulares y vocaciones, abandonados a la impresión de que la vida es fácil, y por tanto convencidos de que son dominadores y triunfantes, acostumbrados al exceso en lo material, sin autocrítica ni escucha, que ni ponían en tela de juicio sus opiniones ni contaban con los demás.

Es facilísimo identificar con estas palabras a los jóvenes de hoy. El filósofo enmarcaba esta descripción en la desesperanza de los años treinta del siglo XX. La de nuestros chicos y chicas se enmarca en el sistema económico y social que nos gobierna, tal vez sucesor natural de aquel triste periodo de la historia.

Sin embargo, con ser todo esto cierto, caemos con frecuencia en algo que podríamos denominar “diagnosticismo”: una descripción pesimista de los problemas que no aporta soluciones. Me asombra hasta que punto se ha extendido esta práctica entre los expertos, incluso entre quienes hablan de educación, cuya herramienta básica debería ser la esperanza. Si en todos los seres humanos late un alma profunda, ¿cómo podemos llamar generación perdida a un grupo de personas que apenas ha empezado a vivir? ¿Con qué derecho? Al fin y al cabo, los adolescentes reflejan la actitud general de la sociedad y sus modelos éticos son los que les presentamos.

Debemos abandonar el “diagnosticismo”,  que no describe la verdad, ni siquiera una parte considerable de ella, porque termina siendo una fuente de desesperanza. Así que empecemos por la humildad de reconocer que el hombre no es la medida de todas las cosas sino la medida de lo humano. Somos seres abiertos a nuevas posibilidades de crecimiento, por eso los docentes, además de enseñar álgebra o robótica, personificamos

Sabemos que nuestra presencia está dejando una profunda huella vital en los alumnos y no desaprovechamos la ocasión de ahondarla transmitiendo de palabra y de obra el verdadero modo de empleo de la vida: los valores. Están ahí siempre: seguimos necesitando la comunicación, la amistad; seguimos siendo solidarios, seguimos doliéndonos con las injusticias y riendo como válvula de escape, seguimos amando y sufriendo. Los niños y jóvenes entienden qué es un sistema de valores, no hay más que hablar en clase sobre ellos.

Abandonar el “diagnosticismo” requiere, sobre todo, oxidar la nostalgia. Los “diagnosticistas”, cuando hablan de recuperar valores, se refieren a un tiempo perfecto en el cual estuvieron vigentes, y que nunca ha existido en realidad. No hay tiempos mejores a los que regresar, lo que hay es una búsqueda, un progreso ético de la humanidad que debe avanzar y no retroceder. Este es el mejor momento de la historia porque es el nuestro. Y el mundo de hoy, es mejor que el de hace quinientos años. A pesar de todo. Sin duda.

Nuestros alumnos han visto aumentar extraordinariamente sus posibilidades y tienen reconocidos sus derechos. Son iguales ante la ley y cuentan con las cuotas de libertad más amplias que nadie haya tenido. Además, no han perdido la profundidad de su esencia. Necesitan, de la manera más profundamente humana, mirar lo que acontece, pensar lo que acontece, preguntarse por ello. He escuchado decir a una gran especialista que la adolescencia es el territorio de la irreflexión. Seguramente, es una afirmación desmemoriada: no hay etapa en que uno reflexione más y se haga más preguntas. Los niños y jóvenes intuyen que el vértigo de la actualidad no es la plenitud y que necesitan una dimensión interior. Por eso el centro educativo debe ser un lugar donde cargar las pilas, y los profesores, una dinamo.

La tarea docente se efectúa, de principio a fin, en el sistema de valores. Nos obliga a los profesores a realizar un viaje hacia el interior que tiene un componente muy grande de decisión personal, de templanza, de consciencia, de espíritu. Si saboreamos estas palabras nos daremos cuenta de que estamos hablando de la dimensión esencial del hombre.

Abajo el “diagnosticismo” sin respuestas. Ahora las cosas son así, pero ahora es cuando nos toca actuar. Necesitamos las virtudes clásicas, que son los verdaderos avances de la humanidad: justicia, prudencia, sabiduría profunda, conocimiento de nuestros límites, templanza en los juicios, pasión por la verdad, atención a los demás, autocontrol, reconocimiento de que somos una hermandad que solo puede progresar si se ayuda mutuamente. 

La partida está en nuestras manos.





miércoles, 27 de julio de 2016

EL DÍA DE LOS CUENTOS





El verano está lleno de oportunidades para la felicidad de educar. Sí, la felicidad: un privilegio que puede pasar desapercibido para los padres de niños pequeños porque suele estar envuelto en cansancio. 

Para convertir una tarde de tormenta o un largo viaje en automóvil en el "Día de los Cuentos", pueden servirnos algunas técnicas de la “Gramática de la Fantasía” de Gianni Rodari. Aquí van algunas que recuerdo haber empleado con mis propios hijos:


1.  El binomio fantástico: Unir dos palabras e inventarse un cuento.Por ejemplo: de perro y zapato, el zapaperro. A ver lo que sale de ahí.

2.  ¿Qué pasaría si...“nuestros nuevos vecinos fueran unos osos”? A dejar volar la imaginación parental con las preguntas y a disfrutar de las respuestas.

3.  El prefijo arbitrario. Transformamos las palabras en otras y nos inventamos su definición. Por ejemplo: el minirascacielos, la maximanta, el microhipopótamo. ¿Qué son?

4.  El error creativo: ¿Qué pasaría si las hermanastras de Cenicienta fueran hermanastros? ¿Y si la casita de chocolate fuera una cajita de chocolate?

5.   A partir de la solución, construir la adivinanza.

6.  Equivocar historias: Caperucita verde visitaba a su tía Rosita que vivía en la ciudad...

7.  Construir una historia con palabras que evoquen y una que rompa. Por ejemplo con: niña, bosque, cesta, lobo, abuela y helicóptero.

8.  ¿Qué pasó después? Continuar el cuento más allá de su final

9.  Ensalada de fábulas: Pinocho llega a la casa de los siete enanitos, el lobo se encuentra en el bosque a Hansel y Gretel...

Y mi favorita, de cosecha familiar, el diccionario desconocido: ¿Qué es una "fibrosilla"?


Este verano os animo a disfrutar del espectáculo de la creatividad de los niños. Es divertido, es inolvidable y puede poner las bases de esa riqueza imprescindible que es la comunicación constante y directa con nuestros hijos.

sábado, 2 de julio de 2016

viernes, 1 de julio de 2016

Sorolla en Gaza

                                   Agencia EFE 2016: Niños de la Franja de Gaza


La luz del Mediterráneo refulge en la piel de estos niños de Gaza, felices por el baño en la mar limpia y fresca. Así, tal como están ellos, desnudos y concentrados en la certeza de estar vivos, pintó Joaquín Sorolla en 1916, hace exactamente cien años, a unos niños valencianos. El artista plasmó con sus pinceles la misma infancia, la misma luz, el mismo mar del que beben estos chiquillos.  Sus “Niños en la playa” gozan, igual que estos, como si la tarde de verano no hubiera de terminar nunca.

Nadie sabe lo que deparó el futuro a los pequeños bañistas para quienes el Arte detuvo el tiempo. Si tenían diez años cuando los conoció Sorolla, tal vez participaron, aún imberbes, en la Guerra de África; al fin y al cabo el desastre de Annual sucedió en 1921. Si llegaron a la edad adulta, combatieron sin duda en la Guerra Civil que desangró hasta la extenuación las dos mitades irreconciliables de aquella España. Tal vez perdieron la vida en una cualquiera de las mil batallas. De la misma forma, nadie puede saber qué deparará el futuro a estos niños palestinos, cuyo destino los ha llevado a conocer el terror de un combate perpetuo en la Franja de Gaza.

Otros niños de esta misma edad, mis alumnos, se iniciaron durante este curso pasado en la Historia. Lo que más les sorprendió fue la cantidad de guerras. Uno de ellos, cuando leyó que hubo alguna vez una “Guerra de los Cien Años” me dijo con los ojitos muy abiertos: “¡Eso debe de ser lo que llaman el caos!”

Para este chiquillo, que es por cierto bastante revoltoso y peleón en el patio de recreo, el conflicto es consustancial, porque cada niño necesita afirmar su identidad y su diversidad frente al mundo.  Pero una vez resuelto ese conflicto, ahí está el mar para reír con el amigo, para salpicar, dar volteretas y hacer aguadillas; para atragantarse con agua salada de la buena, no de la que brota en nuestras lágrimas.

La guerra es la sombra que amenaza esta playa de luz; la quimera que llena de cuerpos rotos el mismo mar en que estos niños se bañan. La guerra es patrimonio adulto, nuestro empeño y nuestra responsabilidad. Y tal vez la prueba más palmaria de nuestro pecado original.

No sabemos qué os deparará el futuro, niños de Gaza. Vamos a respetar vuestro baño como si, al igual que vosotros, creyésemos que esta tarde de verano no va a terminar nunca.

domingo, 5 de junio de 2016

Yo sufro, yo acoso



Hace apenas una semana, y para abordar en clase el gravísimo problema del acoso escolar, conté a los alumnos de 5º de primaria la historia del niño acosado que, convertido ya en adulto y cirujano, tuvo que operar a vida o muerte a su acosador. La clase entendió la moraleja sobre el sentido cíclico de las situaciones vitales. También, por supuesto, el dilema moral. Todos menos uno apostaron de manera espontánea por la solución más humana: el médico salvó la vida del paciente. Sin embargo, un chiquillo que ha vivido problemas serios de violencia familiar, optó por la venganza. Para él era la solución más lógica. Ni sus compañeros ni yo logramos que cambiara de opinión. El debate fue muy intenso, salieron a la luz algunos problemas que permanecían ocultos y la sombra del acoso escolar - un fenómeno que se desarrolla siempre en el ecosistema de los niños - planeó sobre mi aula.  “Yo sufro”. “Yo acoso.”

Desde el momento en que los niños abandonan el mundo protegido de la primera infancia y se encuentran con retos que deben resolver solos, comienzan la andadura de su propia vida. El modo en que afrontan los problemas que se les plantean depende de un importante conjunto de factores que actúan todos a la vez: el carácter, la construcción psicológica, la educación que reciben, el medio cultural y la actitud misma de la sociedad para con ellos.
Un problema al que todos deben enfrentarse es el conflicto con los iguales: la discusión, el enfrentamiento o la mera cesión de derechos inevitable en cualquier laboratorio de convivencia, sea la escuela, el parque o la oficina. Ya decía Kant que nuestro rasgo más característico como seres humanos es “la insociable sociabilidad.”

Los conflictos son imprescindibles para la socialización plena del pensamiento, para ver a los otros en cuanto que son “otros que yo” y tenerlos en cuenta. El conflicto enseña al niño a ajustar las relaciones con los miembros de su grupo, a percibir claramente tanto los sentimientos que le inspiran los otros - con quién conecta y con quién no- como los que él inspira en los demás. Se realiza de esta manera y de forma natural la selección entre afines que es consustancial a la amistad.

Por supuesto, la palabra “conflicto” implica solamente los hechos incluidos en su definición: pelea, problema, diferencia de opinión, discusión. Es decir, una situación en la que hay bandos y contendientes, natural en el enfrentamiento entre iguales; algo muy diferente a la agresión, o al acoso escolar, en los que hay verdugos y víctimas. Esta primera distinción es fundamental para abordar las conductas sistemáticas de acoso y violencia escolar en toda su complejidad y dándoles la importancia que se merecen. Y debemos tomarlas en serio porque están sucediendo a nuestro lado, en cuanto volvemos la espalda.

La agresividad intimidatoria entre escolares no es nueva. El matón es un personaje antiguo ¿Quién no es capaz de recordar las novatadas? ¿Quién no ha tenido un mote o ha vivido con desesperación el día en que estrenó las gafas? Sin embargo, muchos nuevos factores inciden en que las acciones sistemáticas de acoso tengan en nuestros días derivaciones más graves, sean más violentas y despiadadas y, en muchos casos, queden impunes. Precisamente porque los niños viven un momento de especial indefensión en una sociedad agresiva, que los colma a la vez de derechos y de desprecios, es momento de que los centros escolares se conviertan en lugares de prevención, diagnóstico inmediato y tratamiento eficaz de esa victimización entre iguales en que consiste el bullying.  Esa acción negativa e intencionada sitúa a las víctimas en posiciones de las que difícilmente pueden salir por sus propios medios, y los profesores tenemos la responsabilidad esencial de protegerlos.

A pesar de ello, todos los estudios señalan que nuestra intervención puede ser tardía e incluso escasa, y esta es una certeza que nos desvela a todos. Aunque no se debe generalizar, parece claro que las herramientas que empleamos, tanto en forma de normativas como en la formación específica y en la acción tutorial, son insuficientes. Y a pesar de ello, los estudios constatan también la existencia de zonas y horarios de especial conflictividad precisamente porque no hay profesores delante, entre los que se lleva la palma el recreo que sigue a la hora de la comida. En esa franja horaria se observa la relación inversamente proporcional entre el número de profesores y la incidencia de los conflictos. Por tanto parece demostrado que nuestra presencia, nuestras decisiones y nuestra actitud frente a los agresores y víctimas son factores de enorme relevancia en la incidencia de los problemas y la dimensión que pueden llegar a alcanzar.

Por supuesto, los mismos estudios que ponen el acento en nuestras dificultades como docentes demuestran que tanto los padres de los alumnos víctimas de agresiones como los de quienes intimidan a otros compañeros no tienen conciencia del problema y hablan de él con sus hijos en contadas ocasiones.
Es por tanto la comunidad educativa en pleno, como fuerza compensatoria, quien influye en la solución del acoso escolar. Las actitudes, conducta y preparación de familias, profesores y personal del centro son elementos decisivos.

Como tutora de un curso de Primaria, me parece urgente, en primer lugar, la formación específica, que deberían facilitar con urgencia las administraciones. Mientras llega a los centros- y espero que inaugure masivamente el próximo curso- hay otro aspecto importante que está en nuestra mano: la permisividad en cuanto a normas de conducta también está asociada al desarrollo de las actitudes de violencia escolar. Las normas de centro claras y que se cumplen son imprescindibles, junto con la información preventiva, el debate, el diálogo abierto y la concienciación.

“Yo sufro”. “Yo acoso.” Estas dos alarmas tienen que convertirse para todos en una prioridad máxima. Así que, a quien corresponda, pido en nombre propio y de mis compañeros formación intensiva e inmediata para la prevención, diagnóstico y tratamiento del acoso escolar.








miércoles, 4 de mayo de 2016

La revolución tranquila



 
Son muchísimos los docentes que están modificando la manera de enfrentar su trabajo cotidiano. Tenemos ya, dentro de la escuela, una auténtica revolución metodológica que, contra viento y marea, ha comenzado a transformar la educación. Puede afirmarse sin riesgo de error que, a día de hoy, es en las aulas donde surgen a diario las mejores propuestas de mejora del sistema.

Los profesores comenzamos a asumir que las características de los alumnos actuales– heterogeneidad, estímulos externos, cambio de valores familiares- nos obligan a salir de nuestra “zona de confort” para incorporar las técnicas de inteligencia emocional y social que constituyen hoy uno de los grandes objetivos del proceso educativo. La revolución tranquila quiere crear un clima de seguridad y confianza en el centro educativo frente a una sociedad muy agresiva con la infancia y la adolescencia. Quiere apreciar a los alumnos como personas singulares. En el día a día esto se traduce en favorecer el desarrollo de sus múltiples inteligencias, ofrecerles clases ricas, flexibles y variadas, potenciar lo mejor de cada uno, valorar en voz alta los logros y no solo los fracasos. En palabras del profesor de un IES con el cual he cambiado impresiones hoy mismo: se trata de que ellos y nosotros disfrutemos en clase.

Por supuesto esta revolución tranquila supone incorporar las herramientas digitales con criterio, sin improvisar, sabiendo en todo momento con qué objetivo las empleamos. Nos invita a adquirir el conocimiento a través de la actividad, de manera que podamos desarrollar el pensamiento sistemático, la memoria sobre lo significativo y la conexión entre aprendizajes. Hoy los alumnos aprenden mucho más de lo que nosotros enseñamos en clase y nuestro reto como docentes es transformar el inmenso volumen de información en conocimiento y competencia.

Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Quien añore la tarima desde la cual el profesor hablaba sin parar durante sesenta minutos, debe recordar que buena parte del silencioso auditorio se dedicaba a hacer pajaritas de papel y aprobaba con “chuletas.”

Confieso que envidio a los profesores jóvenes que serán protagonistas de este cambio de época. Pero la avanzadilla, los profesores concretos que ponen ya en práctica la innovación metodológica un día tras otro, está aquí. Y ya no la forman “los raros” del claustro; ya constituyen un número considerable y pueden trabajar en equipo.

Estamos inaugurando un movimiento global que va a mejorar todo el sistema por completo, y en pocos años. Además, lo hará como tiene que ser: desde abajo. 

 

 

miércoles, 13 de abril de 2016

Crisis


 
 
 
Hace años tuve la oportunidad de asistir en Valencia a un congreso internacional sobre el papel de los gobiernos y los agentes sociales. Cuando todavía no se olfateaba en el aire ni siquiera la palabra crisis, los expertos de aquel foro describieron para el literal “mañana” una tormenta de dimensiones colosales, que afectaría mucho más que a la economía, al papel de los estados y de la sociedad. En ella seguimos inmersos hoy sin encontrar salida. Es una crisis de civilización y de modos de vida; de las instituciones y su ética; del acuerdo tácito por el cual los gobiernos protegían a los muy ricos si contribuían a cambio al bienestar social; de los logros conseguidos en derechos humanos. Incluso es una crisis de la familia.  Pequeños y asustados, los occidentales de clase media, que vivíamos hasta ahora en el “barrio pijo” del mundo, comenzamos a atisbar cómo es la cotidianeidad de la mayor parte de la humanidad.

 
En este cambio surge cada vez más fuerte el propio individuo. Hay nuevas formas de interacción con lo que nos rodea, cada vez más posibilidades de emprender acciones personales, de opinar, de comunicarse. Y por otra parte, hay cada vez más uniformidad en las tendencias. Por eso es importante, más que nunca, la manera de ser. Estamos comenzando a convertirnos en “marcas”, en el sentido de que se sabe quiénes somos pero además cómo somos, es decir qué rasgos de nuestra personalidad nos diferencian de los demás. El  individuo ya no forma parte de grupos sino que cada uno de nosotros es un grupo en sí. La relación entre las personas ya no está basada en la imposición sino en el cordón umbilical que se tiende entre nosotros. Nos estamos dando cuenta de la necesidad vital de la cooperación.

 

Y mientras el mundo se configura de esta nueva manera, cada uno de nosotros, los docentes, sigue teniendo sus crisis personales, de motivación y hasta de autoestima, llora sus lágrimas, escribe su novela. Vemos a nuestros alumnos afrontar su futuro en un mundo frío, algo desalmado, con pocas referencias. No podemos prever qué sufrimientos, qué problemas les deparará la vida. Sin embargo, hay algo que tenemos claro, la salida de esta crisis está en las personas. Por eso, hoy más que nunca es el momento de la escuela que comprende su auténtico valor. Porque la educación es el epicentro de la construcción de relaciones personales.

 
En la escuela, el ajuste que recortó el número de profesionales y de programas educativos de una manera tan violenta, se ha convertido en el viento de una verdadera revolución metodológica e interpersonal que ya está en marcha. Los profesores que la realizarán- que la estamos realizando ya - hemos descubierto la individualidad de los alumnos, oculta durante décadas bajo la uniformidad del sistema napoleónico. Así que, mientras abrimos ventanas tecnológicas al mundo entero, y nos hermanamos con lugares desconocidos hasta ahora, viajamos también hacia el interior, hacia la propia esencia. Me parece que cada escuela de hoy comienza a apreciar que está en un lugar y un momento concretos, rodeados de otros que también son únicos e insustituibles. La revolución de conseguir una escuela más autónoma y más libre, que ya no espera soluciones que provengan “de arriba”.

 
Lejos de los tópicos al uso y de los lugares comunes del lenguaje, la libertad no consiste en poder elegir entre el bien o el mal. La libertad consiste en que se puede. Cuando yo, sencillamente, soy libre para poder, cuando tengo la posibilidad de poder es cuando realmente tengo que tomar las riendas de mi vida. Tal vez para escapar de esta responsabilidad, nos quiere el capitalismo cada vez más clónicos, más ajustados a los patrones standard de la OCDE, más adocenados. Pero la escuela sí puede. Y está en ello. Tanto que me da rabia no tener treinta años. Esta revolución metodológica e interpersonal es digna de ser vivida desde dentro.

 
Llega la hora de clase. Hoy también presenciaré un milagro. Como dice Kierkegaard, las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. El viento del cambio sopla de la escuela hacia afuera. Cuando parece que no hay esperanza, la hay a raudales.