BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



domingo, 26 de mayo de 2019

Mi tercera novela: Todo se olvida





Ya está aquí mi tercera novela:


«Perdonado es como se siente por dentro quien perdona».
                                                                                                

Criptana Senzi, la Alondra, fue una gran soprano pero lleva veinte años enferma de Alzheimer y lo ha olvidado todo. El periodista Pedro Bennasar, encargado de escribir su biografía, debe recuperar el pasado de esta mujer sin recuerdos: su infancia manchega en Campo de Criptana, sus primeras actuaciones, el éxito y el dolor de una muchacha sencilla pero destinada a alcanzar la cima de la ópera en una trayectoria casi sobrehumana.

¿Por qué perdió Criptana Senzi la memoria? ¿Qué quiso olvidar? ¿Qué olvidó? Cuando Pedro descubre las cartas que Criptana envió a lo largo de su vida, comprende que deberá reconstruir también la suya propia.

He puesto el corazón en esta novela de música, dolor y esperanza, que contiene muchos personajes. Con ella completo la «trilogía sobre el perdón», de la que también forman parte las novelas Jilgueros en la cabeza y El terrario.

Ya ha recibido algunas críticas. Han dicho de ella:

Literatura de redención. 
Valentín Arteaga, poeta.

Sanadora y emocionante
Manuel Francisco Reina, poeta.

Impresionante. Te mantiene enganchado
Pastora Vega, actriz.

Un libro capaz de viajar de lo universal al interior de nuestra propia alma. 
Juan Antonio Corbalán, médico y deportista.

Personajes inolvidables en torno a una mujer que ha olvidado todo. O no. 
María Ángeles Fernández, periodista.

Enamora. Carmen Guaita ha construido un mundo. 
Enrique Montiel, poeta y novelista



MANIFIESTO DE LAS LECTORAS QUE TIENEN LA OPORTUNIDAD DE LEER





Texto dedicado a la Asociación Cultural Antares de Campo de Criptana

Como lectora que tiene esa oportunidad, seré consciente de que cualquier lectura cuyo fin sea ensanchar mi vida y hacerla más profunda necesita un poquillo de tiempo que a lo mejor no puede estar previamente determinado – una hora o media hora al día- porque mi vida es complicada y está llena de cosas que hacer. Así que estaré abierta a los pequeños ratos libres, y preferiré alimentarme con un libro que desnutrirme con las pantallas.

Como lectora de la oportunidad, consideraré a un libro como un medio de vivir otras vidas, abrirme a la riqueza de otros lugares y otros tiempos, a las aportaciones de los escritores y a la posibilidad de paladear sensaciones nuevas.

Como lectora de la oportunidad, dejaré tiempo para pensar en lo que he leído, para darme el gusto de buscar un final distinto, para leer en un grupo de amigas - o en una asociación como Antares- para conversar sobre libros, para enriquecer mi realidad. Seré consciente de que yo veo muchas más cosas de las que el autor pensó porque me veo a mí misma en cada personaje que me enamora.

Como lectora de la oportunidad, me esforzaré en aprovechar mi propio tiempo de lectura y no me escocerá el dejar un libro sin terminar si no me emociona. Aprenderé de mis errores y poco a poco iré encontrando libros a mi medida.

Como lectora de la oportunidad, no tendré miedo a los clásicos, ni a los libros gordos ni a los ensayos ni a esos libros que no ha leído nadie. Todos son herramientas para bucear profundamente en mí misma.

Como lectora de la oportunidad, me imaginaré cómo son los ojos de los protagonistas de los libros, escucharé su risa, compartiré su dolor, les tendré cariño, confiaré en ellos. Y cuando alguno me llegue profundamente al corazón, apreciaré el privilegio.

Compartiré mis descubrimientos. Me dejaré aconsejar. Aconsejaré en lo que pueda.

Como lectora de la oportunidad, me atreveré a releer lo que leí de joven y me llegó al alma. Y así descubriré que sigo siendo yo, O que ya no soy la misma persona. Así sabré cómo ha sido mi relación con el tiempo.

Como lectora de la oportunidad, si me apetece escribir algo, no tendré miedo.

Haré un esfuerzo por tener paciencia con mis hijos. No me cansaré de que me vean leer.

Como lectora de la oportunidad, daré una buena bienvenida a los libros nuevos, con su olor crujiente; y a los de la biblioteca, que llevan en su cuerpo las cicatrices de las lágrimas y el eco de las risas de muchas otras personas.

Procuraré estar atenta al final de un libro, de manera que haya espacio para preguntarme a mí misma qué he aprendido de mí que antes no sabía.

Como lectora de la oportunidad, cuidaré la intensidad de mis buceos en el argumento de ese libro que me engancha y, si no es necesario, no compararé a mi pareja con el protagonista.

Como lectora de la oportunidad, respetaré la intimidad de quienes leen a mi lado, así también habrá para mí un poquillo de respeto y silencio.

Como lectora de la oportunidad, procuraré que los libros no me quiten demasiado el sueño, pero si tengo que pasarme la noche entera leyendo porque no lo puedo soltar, no lo soltaré y listo.

Haré un esfuerzo consciente por mi propia desaceleración. Para leer a gusto hay que respirar.

Como lectora de la oportunidad, distinguiré perfectamente, en mi biblioteca, entre los libros esenciales y los superficiales, y sabré siempre responder a la pregunta: ¿Qué cinco libros salvarías de un incendio?

Como lectora de la oportunidad, disfrutaré todo lo que pueda de reírme y de llorar delante de un libro. Y si termino por mojarlo de lágrimas, bien mojado quedará.

Como lectora de la oportunidad, disfrutaré todo lo posible de realizar una actividad llena de sentido, en sí misma productora de felicidad, tal vez como pocas.

Y de vez en cuando dedicaré un pequeño pensamiento a esos dos tercios de mujeres de la tierra que no pueden o no saben leer.

Porque necesitamos los libros.

Porque las grandes obras de la literatura son grandes regalos que los seres humanos nos hemos hecho a nosotros mismos.

Porque los grandes escritores explican nuestra vida, la orientan, la iluminan.

Porque leer nos ayuda a comprender y eso nos hace mejores personas.

Porque existe la novela que cuenta mi vida, el poema que habla de mi amor, el libro de pensamiento que aclara el mío.

Porque buscar esos libros donde está mi retrato es una aventura apasionante. Y no me la pienso perder.

Porque a lo mejor tiene razón la escritora Marguerite Yourcenar, en las Memorias de Adriano cuando dice:
No estoy seguro de que el descubrimiento del amor sea por fuerza más delicioso que el descubrimiento de la poesía.


domingo, 19 de mayo de 2019

Miguela y la inteligencia emocional



                                       Foto: El periódico de Hortaleza


“La inteligencia emocional es vivir el presente plenamente, olvidarse del pasado porque ya no está, pensar en el futuro…, si quieres programar, un poco, pero tampoco en exceso porque no sabes si va a llegar. Tiene una parte intra-relacional (conocerte a ti mismo y manejar las emociones) y otra inter-relacional (saber relacionarte con los demás). Es la inteligencia del éxito.” 

Con esta definición optimista e intensa, tal como era ella misma, definía la maestra y pedagoga Miguela del Burgo la inteligencia emocional en una entrevista realizada para el periódico local de Hortaleza, su barrio de Madrid. 

Miguela, que se acaba de marchar, fue durante veinte años la directora del colegio Pablo Picasso, un emblema de la calidad y la vanguardia de la escuela pública. Ella comprendió desde el primer momento la importancia de la motivación, la autorregulación y la autoconciencia para el rendimiento escolar. Y comenzó a formar a los profesores de su claustro y a los propios niños. Como un faro, irradió a todos los colegios públicos y concertados de Hortaleza su interés por la inteligencia emocional a la que atribuía un papel asentador de los primeros aprendizajes. Se convirtió en formadora. Ella misma, se notaba en seguida, era una experta en la gestión de sus propias emociones. Y fue efectiva donde verdaderamente debe serlo cualquier innovación: en el nivel “micro”, escuela a escuela, clase a clase. Así que hoy, para los centros escolares de enseñanza primaria de un distrito completo de Madrid, decir inteligencia emocional es decir Miguela.

Por eso me parece oportuno pintar un retrato de la maestra que pone en juego ante los avatares del aula su propia inteligencia emocional. Por supuesto para mí, maestra también en un colegio de Hortaleza, describir la inteligencia emocional de un docente será hablar de cómo era Miguela.

Comienza la jornada y, a pesar de las dificultades, la maestra posee una inquebrantable resiliencia que le permite renovar cada mañana su compromiso con el aula. Llega contenta, sí. Saluda a los alumnos cuando entran a clase desde la puerta, es decir, se permite establecer ese primer contacto visual y sonriente desde el preciso instante en que ellos cruzan el umbral. Así, antes de comenzar las clases, los ha visto a todos, sabe quién se ha cortado el pelo, quién estrena abrigo o viene sin él en un día gélido. Confía en sí misma y en sus capacidades, permanece en estado de “alerta educativa” ante el movimiento y los mensajes que envían los alumnos. Como ella misma es curiosa, fomenta esa curiosidad entre los niños y niñas, no le importa detener un momento el avance del temario si debe intervenir ante algún conflicto, con paciencia para esperar que la solución provenga de la empatía que todos poseen y que deben encontrar en su interior para ponerla en juego. Para ello emplea prioritariamente el refuerzo positivo, capaz de hacer pasar de una motivación extrínseca a una intrínseca, desarrollando así la autoestima y el carácter.

A esa maestra emocionalmente inteligente le gusta comunicar y se esfuerza en perfeccionar esa habilidad. Está preparada para afrontar con serenidad los constantes cambios, manteniendo su identidad; para renovar su compromiso a diario, a veces en circunstancias difíciles; para aprender a conocerse y a conocer a los demás; para trabajar en equipo y sentirse miembro de una comunidad educativa; para decir sí y no, y a dar crédito a lo frágil; para reconocer en cada alumno sus potencialidades; para no llevarse los problemas de casa al aula, liberarse de la dictadura de lo ya hecho miles de veces y a plantearse cómo hacerlo siempre todo por primera vez. Sabe explicarse y escuchar, mirar y ser mirada, y ha aprendido a cuestionarse todo, sobre todo lo que ella misma hace cada día.

Por supuesto, su inteligencia emocional se asienta sobre un sólido sustrato ético. Nuestra Miguela elige cómo va a presentarse ante los alumnos y la comunidad educativa. Sabe de sobra que su presencia ante los demás no es sencillamente la manifestación externa de una disposición interior sino una elección deliberada sobre la forma en que quiere que los demás me perciban, y esto es fruto del pensamiento ético: sé como deseas parecer, decía Sócrates. Ella ha optado por una manera determinada de ser docente y ahora su compromiso es hacerla efectiva. Por eso no tiene miedo a ejercer su autoridad, por eso comprende que se deriva de la inmensa responsabilidad que ha contraído ante las familias y la sociedad, por eso se la gana a diario con decisiones justas, con una tendencia constante hacia lo que debe ser.

Nunca se le olvida percibir las emociones y sentimientos de sus alumnos, y les ayuda a ponerlos en palabras. Su objetivo es una cohesión de grupo que haga brillar el respeto y la cordialidad y aleje el fantasma del acoso. No es tarea fácil sino permanente y sujeta a vaivenes. Nuestra Miguela, como todas, trabaja en un aula de verdad no ante probetas de laboratorio en condiciones ideales para la proliferación de los cultivos.

Por supuesto, domina el arte del enfado, habilidad básica de la docencia que sin embargo nadie nos enseña. Por eso, ante las regañinas y castigos se mantiene siempre muy consciente, auto controlada, no pierde nunca la alerta de que es justo y educativo. Su lenguaje corporal y dialéctivo siempre es asertivo. Enfatiza  la creación de debates y de un ambiente en el aula democrático y respetuoso y en el que cada uno pueda tener su lugar y capacidad para expresarse e interactuar. Su inteligencia emocional impregna, a lo largo de su jornada laboral, todo lo que piensa, dice, calla y hace.

¿Conocemos los docentes la importancia de cuidar y potenciar nuestra propia inteligencia emocional? ¿Hablamos de ella? Miguela del Burgo lo hacía constantemente. Al fin y al cabo, ella sabía que las cualidades de la persona emocionalmente inteligente se llaman - se llamaron siempre- valores.

Sucede una cosa muy curiosa contigo, Miguela: no te has ido. Eso debe de ser lo que llaman "dejar un legado."

Te sigo queriendo y admirado mucho. Gracias.












sábado, 11 de mayo de 2019

Una conferencia sobre la identidad y la esencia de la profesión docente

Más información e inscripción en la conferencia

Espero que resulte interesante.

De la Quinta Avenida a casa





Los menores de 14 años no pueden abrir una cuenta en YouTube y los padres son los responsables de que sus hijos posean un canal propio. Pues bien, más de la mitad de los niños entre 2 y 5 años usan YouTube, y a partir de los seis años empiezan a seguir a youtubers. Los 1.300 canales dirigidos al público infantil en España, generan 6 billones de reproducciones al mes.

El 93% de los niños españoles de 10 a 15 años usa Internet según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística. El 70% de ellos lo hace desde su teléfono móvil. Al 86% de ellos, sus padres no les filtran los contenidos. El mayor grupo de riesgo son las niñas, principales usuarias de las aplicaciones, mientras los niños se especializan en videojuegos. Son datos de Viacom.

Siete de cada diez niños españoles tiene un perfil en una red social, algo prohibido por ley hasta los dieciséis años. Mientras tanto, en el Silicon Valley de Estados Unidos, cuna de las grandes empresas de comunicación, comienzan a proliferar los colegios sin tabletas ni ordenadores porque los padres no quieren que sus hijos repitan sus patrones de conducta, y consideran que los beneficios de las pantallas son limitados mientras que el riesgo de adicción es alto. Nosotros lo estamos comprobando en clase con la sobre exposición a Fortnite de nuestros alumnos y a las aplicaciones para "fotos de poner morritos", como Tik Tok, de las alumnas.

¿Son simplemente cifras? No, son niños reales, están en clase, conocemos a sus padres y madres. A veces me sorprendo a mí misma preguntado a alguna familia: "¿Dejarías a tu hija en la Quinta Avenida de Nueva York con el encargo de que volviera sola a casa? ¿Por qué la dejas entonces sola en Internet?"

martes, 16 de abril de 2019

Notre-Dame






Año tras año he narrado a mis alumnos, como ejemplo de motivación, la historia de ese tallador de piedra del siglo XII que realizaba un trabajo durísimo con una canción en los labios, y cuando le preguntaban por qué estaba tan contento respondía: “Estoy construyendo la catedral de París”.

Ahora comparto con todos la consternación ante el incendio de Notre- Dame. He llegado a preguntarme por qué sentía un dolor tan profundo, y me parece que es porque, al perder Notre-Dame, hemos perdido también las vidas de miles de seres humanos. En esa catedral estaban sus sueños, sus símbolos, sus huellas, su alegría, su dolor, su fe. Por eso era tan bella.

Sentir algo que es de todos como muy nuestro, recordar cuándo y con quién se visitó por primera vez, reconocerlo entre mil imágenes, amarlo. Notre- Dame era un símbolo de lo mejor que Europa ha aportado a la humanidad, y de lo mejor que ha hecho la humanidad por sí misma. Eso debe de significar la expresión “patrimonio universal”.

Algo nos dice que esa aguja neogótica, que hemos visto caer con horror tantas veces desde las pantallas, simboliza un mundo que desaparece.
La catedral de París se reconstruirá más moderna, ignífuga, pero no se recuperarán las huellas perdidas. Novecientos años de historia son muchos años. Tal vez hoy las lágrimas por Notre-Dame lo son por nosotros mismos.

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Sí, yo también he comenzado a releer a Víctor Hugo. 

"Se cumplen hoy trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diecinueve días desde que despertara a los parisienses el vuelo ruidoso de todas las campanas..."