BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



lunes, 3 de abril de 2017

Una nueva vida



No sé por qué se me ocurrió ir en el tren de cercanías en vez de llevarme el coche aquel sábado por la tarde. Tal vez por la pereza de buscar aparcamiento en el centro de Alcalá de Henares, o por la necesidad de estar sola durante una hora, viendo pasar ciudades dormitorio y barriadas en silencio, sin hacer absolutamente nada. El caso es que tomé el de las 18,02 en la estación de Chamartín y me senté junto a la ventanilla.

Subieron en Atocha y se sentaron frente a mí. Tuve que recoger un poco las piernas; son tan estrechos esos asientos… Ella llevaba el hiyab con camiseta y vaqueros. Tenía los ojos de color castaño dulce, inmensos, rodeados por largas pestañas de muñeca. Era muy joven, no le eché más de veinte años, y tan preciosa, con la piel tan blanca y la boca tan suave, que las huríes no la hubieran dejado entrar en el paraíso. Él era alto y grande, moreno, con el cabello muy rizado y los ojos de fuego verde. Llevaba el ceño fruncido como un adolescente que hubiera crecido demasiado pronto. Se miraron en silencio y se besaron tiernamente en los labios. Estaban solos en el vagón, yo me sentí invisible. Fue él quien continuó una conversación que la llegada del tren debía de haber suspendido.

-He robado. He robado y lo tengo que admitir. Y ya lo he pagado.
-Y ahora, ¿qué? ¿Marcharte? ¿Te devuelven allí otra vez? ¿Es que no hay remedio?
-Me echan de aquí. Dice el abogado que no hay nada que hacer.

Bajó la cabeza en silencio, como escuchando una sentencia, pero sus ojos desprendían llamas de rabia verde. Ella miró a través de la ventanilla hacia un punto lejano. Pensé: qué triste está, qué enamorada, qué decidida. Se está convirtiendo en una mujer aquí ante mis ojos. En Atocha era una niña y ahora ya no lo es. Nunca lo será de nuevo.

-Pues me voy contigo. Yo no puedo vivir sin ti y me da todo igual. Se lo diré a mi madre y ella lo entenderá. Dejo todo lo que tenga que dejar y me voy contigo amor, a donde tú vayas.
Él acercó el rostro y volvió a besarla en los labios. Ella prosiguió. Hablaba con un timbre vibrante y tranquilo a la vez:

-Pero tiene que ser para comenzar una nueva vida. Tiene que ser para trabajar en serio, para estar juntos y hacer las cosas bien. Si la situación está mal aquí, allí será tremenda pero no importa. Algo nos saldrá.

Él le acarició la cara en silencio. Apretaba los labios y le temblaba la barbilla pero ella no se dio cuenta. Solo veía el fantasma del futuro.

-Amor, prométeme que será para empezar una nueva vida. Dime que sí, que vamos a trabajar en serio, juntos los dos. Dime que vamos a hacerlo todo bien a partir de ahora.
Él no contestó. El tren llegaba a la estación de Vallecas. Ella volvió a mirar hacia afuera, triste y decidida. Se bajaron en silencio. Los vi avanzar por el andén, cogidos de la mano.
La infancia de una muchacha quedó tirada en el asiento ante mí, como un despojo de alma.


Continué el viaje. 

viernes, 17 de marzo de 2017

La venganza de los niños



Hace tres siglos un profesor muy prestigioso, don Emmanuel Kant, de la Universidad de Köenigsberg, escribió que el motor que hacía progresar la sociedad humana era la insociable sociabilidad del hombre: esa competencia con el vecino que nos obliga a aguzar el ingenio, la competitividad que da origen a los inventos. Pero el ilustre “don Manuel” no tiene la razón completa, porque los conflictos que no se solucionan bien son disfunciones en la comunicación humana, esa comunicación del rostro humano frente al rostro humano que, según los paleontólogos, justifica nuestra posición erguida.

En el terreno de la educación, todos sabemos que el clima de un aula condiciona completamente el proceso de enseñanza y aprendizaje. Sabemos que, cuando encontramos conductas disruptivas, nuestra motivación y la del alumnado decrecen y se ven sustituidas por un desánimo que muy pronto se transforma en impotencia.
Los conflictos en las escuelas no son generalizados pero son reales. Los dos o tres alumnos disruptivos que todos contamos como “nuestros”, esos chicos o chicas que nos llevamos puestos a casa y sobresaltan por la noche nuestros sueños, existen de verdad. Han estado hoy en clase y volverán mañana. Su actitud seguramente refleja la despersonalización, la agresividad y las dificultades de comunicación de una sociedad como la nuestra, que gusta de llamarse precisamente sociedad de la comunicación. Tal es la evidencia de ese reflejo que a veces me pregunto si lo que ellos nos muestran en clase - la manera en que maltratan a sus compañeros y se agreden a sí mismos, la incidencia cada vez mayor de problemas psicológicos y hasta psiquiátricos- no será una especie de venganza de los niños por las dificultades que tienen hoy las familias para educar. Y también - hay que atreverse a decirlo- por la infantilización, el consumismo, la hipersexualización, la banalidad, el hedonismo, las adicciones y la incongruencia de los adultos que los rodean.

Hemos sido capaces de romper el tabú de que en la bendita infancia podía producirse la violencia. Estamos actuando ya en firme contra el acoso escolar y los resultados se notan. Tal vez haya llegado el momento de decir en voz alta que los niños y niñas con mayores dificultades sufren una fiebre de la que nosotros, los profesores, vemos solo los síntomas pero que se produce fuera del aula: en la casa y en el barrio, en la tele y en las redes sociales. Y que es allí – en la sociedad- donde únicamente se puede solucionar.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Filósofos





La maestra va a comenzar la clase de Naturales en 4º de Primaria, su tutoría. El tema de la sesión es el sistema nervioso. Para despertar el interés por el cerebro humano, pregunta a los alumnos qué diferencias encuentran entre las personas y el resto de los animales. Y los chiquillos de nueve años comienzan a enumerar conceptos inolvidables. 

Séfora, una de las niñas, toma nota de ellos en la pizarra digital, y escribe al dictado de sus compañeros: “La imaginación, la curiosidad, la palabra, la risa, el llanto, la emoción, poder elegir entre hacer algo bien o mal, soñar, el cine, los libros, cambiar de vida, proyectar, elegir, hacer cosas inesperadas y dar sorpresas, la libertad, saber que va a morir, el pensamiento, la reflexión, la emoción, contar cuentos, crear, construir, jugar al ajedrez, enamorarse, amar…”

Al terminar la clase la maestra está segura de que Sócrates y Kant, Nietzsche y Kierkegaard, Arendt y Zubiri, en realidad, eran personas que supieron conservar durante toda la vida sus almas de niño. Así que, cuando llega el momento de copiar el esquema sobre el sistema nervioso, siente que es ella la que baja el nivel.

Está segura también de que el gran reto de la escuela, reto incumplido, inaprensible desde los viejos conceptos, está en fomentar ese pensamiento alto y libre de los niños, sin encorsetarlo en los parámetros rígidos de lo que hay que decir y hacer porque siempre se ha dicho y hecho así.

Lo que se aprende en la escuela debe tener sentido fuera de ella; lo que un niño y una niña deducen, inducen y crean debe convertirse en un verdadero punto de partida. Y como el patrón estándar de corrección y evaluación se pliega ante la fuerza de la creatividad humana, cada docente debe asumir la obligación profesional y moral de potenciar esta fuerza en sus alumnos.

Yo soy esa maestra. ¡Cuánto he aprendido esta semana! ¡Gracias, chicos y chicas de mi escuela!



lunes, 6 de marzo de 2017

La Belleza





Clase de Valores en un colegio público de barrio en Madrid. Alumnos de 5º y 6º de Primaria, preadolescentes. Tema de la jornada: el valor de la Belleza.

La maestra comienza preguntando si alguien puede definir la belleza, y advierte a los chiquillos sobre la dificultad de la respuesta. Entre unos y otros, lanzan la primera bomba de sabiduría: “La belleza es algo mucho más profundo de lo que perciben los sentidos. Es aquello junto a lo que te sientes cómodo y tranquilo.” La maestra, casi sin resuello, propone algunas cuestiones mientras proyecta imágenes en la pizarra digital. “¿Es bella la pirámide de Keops?”- pregunta. Y Nico, un rubiales de ojos muy vivos responde inmediatamente: -“No, porque costó la vida de muchas personas.”. Lisett, desde la otra esquina de la clase, responde con su acento cálido: “Pero no perdieron la vida por nada, dejaron un gran legado. Sí que es bella.”

“Y Mona Lisa, ¿es bella?”- continúa la maestra. Verónica, que tiene la carita de un ángel, responde: “Para mí, sí lo es. A lo mejor no es tan perfecta como una modelo pero a su lado yo me sentiría cómoda.” “¿Por qué?”- pregunta Johansel, desafiante. Y Verónica, responde como un rayo: “Porque es amable. ¿No ves cómo le sonríe al pintor?”

“¿Y el David de Miguel Ángel?” “Es bello aunque está enfadado y con la honda en la mano da un poco de miedo”. “¿Y el Moisés?” “Este es mejor. Parece vivo.” “¿Son bellas las Meninas?”- prosigue la maestra. Y David, tan reflexivo siempre, opina sin dudarlo que algunas sí y otras no. Y que, en paradoja, la más guapa, que es la Infanta, parece soberbia y altanera, y por tanto no es bella. El grupo entero está de acuerdo así que, al final, la Menina más bella resulta ser la Maribárbola. Cuando la pantalla proyecta a Dora Maar pintada por Picasso en modo cubista, se organiza casi un tumulto. Entre unos y otros llegan a la conclusión de que es bella, con sus dos narices y sus seis ojos, porque es única.

La clase va terminando y hay que buscar conclusiones. Deciden apuntar como resumen esta frase: “La belleza no tiene que ver con lo que te gusta; es algo que te detiene, sobrepasa tus sentidos y alcanza tu corazón.” “¿Un ejemplo de belleza?”- pregunta la maestra. Naiara, que es muy sabia, responde: “Charlie Chaplin.” Y entonces, una tímida Sofía, que ha permanecido toda la sesión en silencio, levanta la mano y afirma serenamente: “La belleza es la verdad.”

La maestra siente una profunda emoción ante la belleza de ese pequeño grupo humano, pero quiere dar todavía un paso más. Les hace notar que han percibido con la vista todas las obras de arte cuya belleza han juzgado y les reta a demostrar qué harían para explicar la belleza a un invidente. Y entonces Miguel, con su metro setenta y dos de muchacho bueno, levanta el brazo casi hasta el techo de la clase y responde muy seguro: “Le acariciaría despacito con los pétalos de una rosa.”

jueves, 2 de marzo de 2017

martes, 21 de febrero de 2017

El Terrario


Ya está publicada mi segunda novela: El Terrario, en la editorial KHAF.
La presento el jueves 23 a las 19 horas en la Fundación Diario Madrid, calle Larra, 14.




La he situado en Bilbao, en cinco únicos días del año 1959 y con un protagonista que es un tipo duro. Intuyo que, en primer lugar, por el reto de entrar en el alma de un hombre, después de haber acompañado a Eulalia Requena, la protagonista de Jilgueros en la cabeza. Y ha sido curioso porque he encontrado en el alma de Juan Arnabal las mismas emociones que había en el alma de Eulalia, los mismos temores y esperanzas. Y el cambio, la diferencia, es la manera de expresarlo, cómo nos contamos los hombres y las mujeres nuestra propia historia. 

Esta novela bebe también de la influencia de una mujer extraordinaria. Es Maite PagazaurtundúaElla me contó que una de sus hijas, todavía pequeña, le había preguntado por qué los buenos miraban siempre hacia otro lado. Ambas estuvimos dando vueltas a la idea de escribir juntas un libro sobre la banalidad del bien. Queríamos preguntarnos si “el bien” puede llamarse así cuando no se compromete. Aquel proyecto no pudo ser pero quedó en mí el germen de esta novela y poco a poco surgió la historia de Juan Arnabal, que a pesar de tenerlo todo se pregunta muchas veces qué es ser bueno. El toque decisivo fue encontrar esta cita de Hannah Arendt, en su libro La condición humanaLa vida, no el mundo, es el supremo bien del hombre. 

De esta amalgama surgió El Terrario, que es una novela de búsqueda, de ética y de memoria. El viaje moral de un hombre que, como todos, debe escoger entre las exigencias del mundo y las de su propio interior, para responder así a las grandes preguntas de la vida.

Esta es la sinopsis :                                                                            

Durante el mes de junio de 1959, Juan Arnabal —un empresario vasco que ha sido capaz de llegar desde una aldea minera a la cabeza de un emporio industrial— se encuentra con Ramón Arocha, el hijo no reconocido que dejó atrás. Ramón es tan audaz y ambicioso como él lo fue, pero tiene ideas muy diferentes a las suyas. El conflicto entre padre e hijo, la convulsa situación social y un suceso inesperado trastocan la vida de Juan hasta el punto de cambiarla completamente en el transcurso de cinco únicas jornadas.

Y ESTO HAN DICHO YA DE ELLA:

Leer a Carmen Guaita significa siempre encontrar un hilo de esperanza. De las tinieblas del fanatismo es capaz de extraer un hombre recobrado. Su humanismo no es equidistante, es exigente. Ella escribe como es.              Maite Pagazaurtundúa


Esta es la primera  novela  de Carmen Guaita después de  su hermosa Jilgueros en la cabeza,  todo un descubrimiento y un éxito. Esta, El terrario, también lo será, porque Carmen cuenta todo con  una sensibilidad, con un lenguaje  tan cuidado —construido como  una artesana de la palabra— que atrapa al lector y le transmite una sensación que hace que uno se entusiasme e, incluso, se enamore  de sus personajes.                                                                                                      Pepe Oneto

Una maravillosa novela de padres e hijos, violencia, ideales y redención.

                                                   Alberto Gómez, editor de Carpe Noctem 

¡Buenísima!
                                 Pedro Simón, de El Mundo

Mejor aún que Jilgueros en la cabeza. Los personajes, la trama, las experiencias vitales, todo es más cautivador. 
                                                      Carmen Bieger, 
                        directora de la Fundación Atresmedia



martes, 14 de febrero de 2017

DESAPRENDER



He recomendado muchas veces el libro “Momentos estelares de la humanidad”, del gran Stefan Zweig. Es un breve ensayo histórico en el que Zweig, con su maestría y sensibilidad, narra sucesos históricos pero fijándose únicamente en los pequeños detalles. De todos los “momentos” que contiene el libro, mi favorito es el que narra la historia de Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico. Cuenta Zweig que Balboa y sus compañeros, después de haber abandonado sus carabelas en el Atlántico y atravesar el istmo de Centroamérica entre enormes penalidades, se encontraron frente a un mar nuevo e incógnito. Y entonces se sumergieron en sus aguas y las bebieron, para averiguar si tenían el mismo sabor salado del océano que habían dejado atrás. He utilizado muchas veces esta historia porque me parece la metáfora ideal para definir el tiempo en el cual nos encontramos los profesores. Estamos situados ante un nuevo paradigma educativo, pero el espejo nos devuelve una imagen borrosa porque los cambios tecnológicos y sociales parecen diluir nuestra identidad. El perfil profesional de los docentes está cambiando vertiginosamente. Como hemos dicho otras veces, todo el mundo sabe para qué sirve la Wikipedia pero, ¿para qué sirve un profesor?


La revolución educativa en la que hemos entrado de pleno nos trae un nuevo perfil profesional, una nueva identidad. La dicotomía entre información y conocimiento; la tensión entre autonomía necesaria y burocratización obligatoria; la distancia entre los absolutos - conocimiento y valores- con los que trabajamos en la escuela, y los relativos en que se mueve la sociedad; en resumen, el nuevo paradigma educativo está modificando de manera imparable el “hacia afuera” de la profesión docente. Pero no debemos asustarnos por la importancia de estos cambios. Los profesores no somos  árboles. Podemos movernos.







Algunos gráficos nos muestran el panorama que encontramos al entrar en clase mejor que nuestra propia observación. Por ejemplo, se nos demuestra que, en el método tradicional de profesor que habla ante alumno que escucha, la mitad de la clase está desconectada, ya sea activamente- es decir, enredando- o pasivamente: poniendo cara de póker y mirando de reojo el reloj. En la otra mitad, hay un 10% que escucha y aprende, un 10% que ya se lo sabe y se está aburriendo soberanamente- los alumnos de alta capacidad que casi siempre abandonamos-, un 10% que empieza con ganas y luego se pierde, y un 20% que quiere pero no puede seguirnos el ritmo. Y si esto es verdad, ¿cuánto tiempo vamos a seguir trabajando así? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta de que el mundo de nuestros alumnos ha cambiado completamente?

Es imprescindible comprender que innovar es cambiar algo, no todo. Innovar es recuperar la motivación; dividir el trabajo; poner metas al curso, no al día; ir de lo fácil a lo difícil; divertirse en clase; comprender que hoy la unidad mínima de acción educativa es el centro en su totalidad. Pero para innovar hay que desaprender.  Este “desaprendizaje” es, seguramente, el mayor reto de innovación al que nos enfrentamos los profesores, y no tiene nada que ver con reciclarse o manejar bien las herramientas tecnológicas.

Desaprender es: dar más importancia al proceso que al resultado; sentirse miembro integrado de un centro; abrir la puerta del aula al entorno social y, sobre todo, a los otros miembros del claustro; no enseñar aquello que el alumno puede aprender por sí sólo; asumir que el alumno puede aprender tanto fuera como dentro del aula, de sí mismos y de sus compañeros; asumir que el alumno también puede enseñarnos algo a nosotros, los ex de la tarima; comprender que lo que se aprende en la clase debe tener sentido fuera de la clase; cambiar el Yo hablo y tú callas por el diálogo; transmitir la idea de que el error es una oportunidad de aprendizaje; potenciar la reflexión y el espíritu crítico; hacer alguna “locura” en equipo: un taller de teatro, una orquesta, un taller de videojuegos, un programa de radio…; atreverse a ser un profesor genial; comprender que todos somos tutores, de los alumnos y de nuestros propios compañeros de claustro, porque tutor es la persona que tiene la responsabilidad de velar por otros.

Y en medio de este cambio, es importante también recordar nuestras certezas porque el nuevo paradigma educativo conserva intacto el “hacia adentro” de nuestra profesión: la comunicación interpersonal, la esencialidad que nos hace únicos; y la trascendencia, es decir, la influencia biográfica sobre otras personas. Y por supuesto se mantienen inamovibles, por mucho vendaval de cambio que sople, nuestros requisitos personales para ejercer la profesión docente: la vocación, la aptitud y la exigencia ética.


Es tranquilizador pensar que el mar que probaron Vasco Núñez de Balboa y sus compañeros era salado, evidentemente. Por eso me animo a recordar cada mañana, antes de abrir la puerta de una clase a primera hora, que la docencia- mi elección profesional- es y seguirá siendo una manera salada y profunda de vivir.