BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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domingo, 23 de mayo de 2021

Paseantes o el arraigo emocional



Antes de la pandemia, el señor Chuck McCarthy, ciudadano de Los Ángeles, se dedicaba a pasear con gente por siete dólares la hora. Su negocio se había expandido rápidamente y ya contaba con cinco empleados. La idea era sencilla: si a alguno le apetecía dar un paseo tranquilo charlando con otro, pues contrataba un paseante de personas y listo. La labor de este paseante era escuchar al cliente. Nunca sería un amigo pero lo parecería. 

No es una broma sino una tendencia emergente, como los dog cafés o las gatotecas, donde uno va a acariciar animales sin la complicación de alimentarlos ni llevarlos al veterinario. Ya existen en España. Ese gato nunca será tu mascota pero lo parecerá.

Curiosamente, muchos de los clientes de Mc Carthy eran jóvenes que hacían uso de todas las redes sociales pero al final necesitaban un momento de compañía humana. En un mundo hiperconectado, sin referencias sólidas, donde la gente joven debe abandonar su entorno para encontrar empleo, la industria de la compañía amistosa  está en auge. Muy pronto ya no será un paseante humano sino inteligencia artificial.

A pesar de todo, nuestra esencia más profunda nos lleva hacia la amistad verdadera, hacia los lazos reales y el compromiso con otras personas. Eso es lo que añoramos.

¿Y la escuela? ¿Hay compañía mutua? ¿ O solo lo parece?

La comunicación cara a cara durante el proceso educativo es la más larga en el tiempo y la más intensa después de la de la familia. Hoy, en la sociedad de la comunicación, debéis luchar más que nunca por ella. Debe ser una comunicación más horizontal que nunca, más a su nivel, más de escucharlos también a ellos porque los alumnos y alumnas se encuentran hoy en un estado de máxima fragilidad. Hay que responder a sus dudas más que obcecarse con el temario. A sus dudas vitales también. Permanece, en esta comunicación, vuestro propio aprendizaje, porque los alumnos también nos enseñan a los profes, a diario y siempre. Nosotros enseñamos- no a la clase entera sino a cada una de las personas que la forman- y ellos nos enseñan; ellos crecen y nosotros crecemos. 

Existe hoy un objetivo de búsqueda consciente que me parece muy importante, y es el arraigo emocional de cada alumno con la escuela y lo que sucede en ella, amenazado gravemente por el ámbito digital. Para seguir siendo significativa, los profesores hoy deben esforzarse conscientemente en que los alumnos y alumnas sientan su colegio como el espacio humano donde se desenvuelve buena parte de su vida. Y este es un nuevo reto que debéis afrontar: que la vinculación afectiva permanezca. Tal vez debamos cuidarlo antes de perderlo. Cuidarlo ahora mismo, hoy. A eso me refiero.

 

 

 

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Vientos y vendavales

 



Una vez tuve la oportunidad de asistir en Valencia a un congreso internacional sobre el papel de los gobiernos y los agentes sociales. Cuando todavía faltaban años para que llegara la Covid, los expertos de aquel foro describieron para el literal “mañana” un vendaval de dimensiones colosales que afectaría, más aún que a la economía, al papel de los estados y de la sociedad. Él nos zarandea hoy. 

Esta es una crisis sanitaria en su origen, en sus consecuencias lo es de civilización y de modos de vida; de las instituciones políticas y su ética; del acuerdo tácito por el cual los gobiernos protegían a los muy ricos si contribuían a cambio al bienestar social; de los logros conseguidos en derechos humanos. Incluso es una crisis de la familia. Pequeños y asustados, los occidentales de clase profesional, que vivíamos hasta ahora en el “barrio pijo” del mundo, comenzamos a atisbar cómo es la cotidianeidad de la mayor parte de la humanidad: frágil, insegura, consciente de que la muerte habita en nuestra propia sombra y nos acompaña al caminar.

Sopla cada vez más fuerte el viento de la importancia de cada persona. Hay nuevas formas de interacción con lo que nos rodea, cada vez más posibilidades de emprender acciones personales, de opinar, de comunicarse. Y por otra parte, hay cada vez más uniformidad en las tendencias, menos reflexión en la opinión. Por eso es importante, más que nunca, la manera de ser. La relación entre las personas está basada en el cordón umbilical que se tiende entre nosotros: un hilo que nutre y mantiene vivo, cuyas células son los valores. Nos estamos dando cuenta de la necesidad vital de la cooperación, aunque sea en la forma sencilla de un rectángulo de tela sobre los labios.

Y mientras el mundo se configura de esta nueva manera, cada uno de vosotros ve a sus alumnos afrontar su futuro en un mundo frío, desalmado, con pocas referencias. No se pueden prever los sufrimientos que les deparará el futuro. Sin embargo, la salida de esta crisis está en las personas que ellos son. Es el momento de la escuela que comprende su valor como epicentro del aprendizaje en relaciones personales.

Me parece que el confinamiento y sus consecuencias han desvelado a la sociedad entera algo oculto bajo las generalizaciones de las leyes, pero que los maestros ya sabían: los alumnos son personas rabiosamente individuales. Así que habéis abierto ventanas tecnológicas y habéis viajado también hacia el interior, hacia la propia esencia. Me parece que cada escuela de hoy comienza a comprender que está en un lugar y un momento concretos, rodeada de otras que también son únicas e insustituibles. Y que los enfrentamientos, a veces cortinas de humo para ocultar intereses espurios, nos debilitan a todas.

El viento del cambio sopla de la escuela hacia afuera. Cuando parece que no hay esperanza, la hay a raudales. Cuando asoma una nueva ley de educación sin diálogo ni consenso, maestros y alumnos dialogan.

 

 

miércoles, 3 de junio de 2020

¿Puede ser humanizadora la escuela de las máquinas?




El pasado noviembre tuve el honor de participar en el Congreso de Escuelas Católicas con una ponencia compartida con el extraordinario pensador Pedro Huerta, superior de los Trinitarios. Pintábamos un futuro en el que resultaría difícil distinguir entre información y conocimiento, entre absolutos y relativos, entre procesos y resultados- porque las máquinas muestran resultados y su proceso es invisible, pero la enseñanza es puro proceso-. No podíamos prever que ese futuro llegaría a nuestras vidas bruscamente, a las pocas semanas.

Estos meses han puesto a prueba la capacidad humanizadora de la escuela y creo sinceramente que, durante la primera ola, los docentes habéis superado este difícil examen. Sobre todo porque las familias han visto por primera vez, y en la mayoría de los casos, qué compleja, qué importante para sus hijos es vuestra tarea. 

La docencia es una profesión esencial porque es, y seguirá siendo siempre, humanizadora. Sin embargo, el gran reto ante lo digital es, precisamente, comprender y defender esa esencialidad en lugar de dejarnos llevar por la agonía del temario y por la dificultad de la técnica que todavía no controlamos. Se equivocan quienes piensan que volveremos, sin más, a la clase magistral; esta forma de enseñar es la más fácil de sustituir por las máquinas.

Así que, ante este nuevo paradigma debemos actualizar- en el sentido filosófico de hacer presente, hacer actual- la función esencial: humanizadora.


COMUNICATIVA

En el perfil del docente estará siempre el diálogo entre seres humanos. Sin embargo, y lo habéis comprobado durante estos meses, el cara a cara es imposible cuando solo se ve la cara; es decir, cuando una pantalla y un lapso limitadísimo de tiempo nos impiden abarcar al alumno en su totalidad, lo que yo llamo verlo de espaldas, distinguir entre la actitud abierta y la huidiza, en resumen, verlo vivir. 
En estas semanas os han preocupado las ojeras de unos, la dolorosa desaparición de otros. La actualización de la comunicación se establecerá a partir de la certeza de que, más que nunca, seréis tutores de todos. Habrá una interacción más frecuente y menos rígida con la familia; tendremos que poner en palabras nuestra propia vida ante ellos, porque hay una diferencia muy grande entre decir ante el Google Meets “hola, ¿cómo estáis? y decir “chicos, ya salió mi padre del hospital.” Y ahora las confidencias, la mirada en primer plano habrá que provocarla. Será una comunicación más horizontal que nunca, porque todos somos conscientes de nuestra extrema fragilidad. Será una comunicación en la que deberemos escuchar más su visión de la realidad, y responder a sus dudas más que obcecarnos con el temario. Repito: habrá que escucharlos más. Solo así podremos defender nuestra comunicación humanizadora frente a las alternativas que nos ofrecen las máquinas.

ÉTICA

La docencia es una profesión eminentemente ética, y esa es una certeza que debe transformarse en un profundo compromiso vital. Por eso vuestra presencia está relacionada siempre con la ejemplaridad. Hoy se traduce en el cumplimiento de las normas, en la moral alta frente al miedo, en la actitud solidaria y consciente. Sois un referente ético. Debéis mostrarles también, y más que nunca, que ética significa actitud ante la vida, y que les apela a ellos mismos, a su proyecto y a su futuro. En el día a día de la clase, la ética docente significará estar abierto a todo, no regatear ningún esfuerzo. Y esto se refiere también a vuestra relación con los compañeros, con el claustro en su totalidad porque existe el serio peligro de convertiros en células aisladas ante vuestras pantallas.

DIGNA

Si lo virtual tiene y contiene, la docencia es. Hay una determinada manera de vivir la realidad del mundo: con los ojos abiertos a las próximas olas, que son la recesión económica y el cambio climático. Humaniza quien sabe distinguir lo esencial de lo accesorio. Habrá que asumir ese reto y habrá que contarlo.  


SIGNIFICATIVA

Estoy segura de que todos vuestros alumnos han valorado de otra forma la escuela durante este tiempo; han sentido hambre de ella. Seguro que todos han pensado formas de regresar con seguridad para la salud, ojalá los equipos directivos se atrevieran a preguntarles. Es importante que sientan su colegio como el espacio humano donde se desenvuelve buena parte de su vida.
Significativo quiere decir que - en los tiempos de Sócrates y en los de Google- cualquier cosa que hagan los profesores deja una huella indeleble en la biografía de otro ser humano.
Una de las tareas más complejas y emocionantes a partir de ahora será profundizar en el arraigo emocional de cada alumno con su centro. Más que nunca el tiempo de escuela será una oportunidad.

VOCACIONAL

Hay que sentirse llamado a esta tarea, hay que entenderla como una ofrenda de lo mejor, para que brote lo mejor en otros. Demostrareis vuestra vocación docente en el esfuerzo por personalizar a cada uno, conocerlo bien- esto hay que subrayarlo porque se vuelve más difícil- y amarlo.
Demostrareis vuestra vocación docente en la apertura a lo nuevo, en la búsqueda de lo que tienen de bueno y de malo los métodos y formas que os esperan, en la capacidad de conservar la comunicación humanizadora. Porque la vocación docente se define en cada uno de vosotros con la manera de ser, de trabajar y de tratar a los demás.

CAPAZ

Tendréis que renovar vuestro compromiso a diario, conoceros y potenciar vuestros puntos fuertes. Y compartirlos con vuestros compañeros de claustro. Habrá que dar más crédito que nunca a lo frágil para reconocer en cada alumno sus potencialidades. Habrá que aprender de nuevo a explicar y a escuchar, a mirar y a ser mirado. Y aprender a cuestionarse todo. Este tsunami de innovación debe estar bien contrastado, bien comprendido en su papel de herramienta dominada por lo humano.


¿Cuál será el rol de los alumnos en esta nueva realidad?

Ellos deben hacer un esfuerzo también por la humanización. Nuestra tarea será potenciar sus mejores rasgos, olvidando o minimizando la vieja clasificación “bueno o malo para una tarea académica.”

¿Cómo podemos mantener la certeza de ser profesores, cuando se pierde lo presencial?

Lo virtual nos ha permitido conservar el avance de lo académico; el regreso a las aulas debe incidir en la acción tutorial.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Educación y violencia de género



El próximo 25 de noviembre es el Día Internacional contra la Violencia de Género, que la ONU propuso conmemorar hace ya casi veinte años. 

La violencia de género se identifica preferentemente con el maltrato físico hacia una mujer; no podemos olvidar, sin embargo, el maltrato psicológico, sexual o económico, la mutilación genital, el matrimonio forzado, el tráfico de mujeres, y otras manifestaciones como la violencia institucional, el acoso callejero o el acoso sexual.

La violencia de los hombres contra las mujeres es un atavismo, una disfunción estructural que lleva existiendo desde el origen de la humanidad. Hemos avanzado mucho en su transformación aunque todavía quede mucho por hacer. El rechazo hacia la violencia contra las mujeres, su penalización legal y social es un gran avance y debemos cuidar los mensajes políticos para no retroceder en algo que supone un progreso para las mujeres y para los hombres también.

¿Cuál es por tanto el papel de la educación escolar ante la violencia de género?

En el Informe sobre el desarrollo mundial 2018, Jim Yong Kim, el presidente del Grupo Banco Mundial, afirma: “En el caso de los jóvenes, la educación fomenta el empleo, incrementa los ingresos, mejora la salud y reduce la pobreza. A nivel social, estimula la innovación, fortalece las instituciones y promueve la cohesión social. Los niños con los que la sociedad está más en deuda son aquellos que más necesitan de una buena educación para prosperar en la vida”.Como contraste a esta adjudicación de responsabilidades, León Tolstói  nos dice en Ana Karenina: “La mejora de las condiciones sociales es previa a la mejora que proporciona la educación.”

La escuela, por supuesto, tiene mucho que decir pero no todo, y esto es algo que debe quedar bien claro precisamente porque en la educación está la solución a este problema. Y sin duda es Tolstói quien tiene razón: es la sociedad la que debe renovar estructuras, emplearse a fondo en los problemas generados por la desigualdad; solo entonces puede prosperar la semilla de la educación. Es un grave error atribuir a la escuela una omnipotencia que no tiene frente a la fuerza de la educación en familia y a la configuración ética de la sociedad; ante situaciones cotidianas de desigualdad y maltrato que los niños observan en sus madres, o ante costumbres importadas que las familias no pierden cuando abandonan sus lugares de origen y que constituyen una estructura oculta, porque los avances sociales son inexorables pero las diversas culturas no los consiguen de manera homogénea. Por supuesto también ante la impresionante cercanía a la violencia de género con la que viven algunos niños, y la destrucción psíquica de quienes la han presenciado. Incluso, sin ir tan lejos, y observando a mis alumnas, ante las app que reproducen y perpetúan estereotipos. O ante los videojuegos violentos que ocupan un impresionante número de horas en la vida de los chicos. Porque no debemos olvidar que la educación contra la violencia de género implica también empoderar a los chicos en valores referentes al conocimiento y la cultura, al arte, a la sensibilidad… Y separar estos valores de lo femenino, acercarlos a la masculinidad.

Adjudicadas las responsabilidades, está claro que la escuela tiene mucho que hacer. Por ejemplo es seguramente el estamento que mejor representa ante chicos y chicas la imagen de mujeres profesionales, y las profesoras debemos ser conscientes de ello. 

Por supuesto, a las aulas llega el eco de situaciones de violencia de género desde edades muy tempranas; la certeza de que tiene lugar entre parejas y ex parejas adolescentes.  En los últimos años se está visibilizando, a pesar de todo, que los adolescentes cuentan cada vez con más herramientas para su detección y denuncia, y que la sociedad en general está tomando conciencia de la magnitud de la cuestión.

En la escuela tenemos deberes que realizar, por supuesto. Y hay que tomarlos en serio. Podemos identificar, por ejemplo, el lenguaje que empleamos, los espacios en los que nos movemos y la utilización que hacemos de ellos, los conocimientos y las labores que ponemos en valor (que dejan al margen aquellos que surgen de las mujeres, que invisibilizan las tareas de cuidados, que excluyen las emociones del discurso…), o los mandatos sobre cómo debemos relacionarnos unas personas con otras en función del género, la orientación, la identidad, el origen social y étnico o las diversas capacidades. 

Si tenemos en cuenta que, desde los primeros años de vida, la escuela es uno de los contextos de socialización más importante, y que a través de las dinámicas escolares podemos estar transmitiendo y repitiendo pequeñas violencias, es necesario contar con estrategias concretas para, por un lado, facilitar esa toma de conciencia propia y de las personas de nuestro alrededor (incluyendo al profesorado, al alumnado, las familias…) y, por otro, para aprender a detectarlas y reconducirlas.

Las escuelas estamos invitadas a la acción, a poner en marcha estrategias específicas en nuestro contexto educativo: el reconocimiento de la diversidad, el reconocimiento de las mujeres, la valoración y corresponsabilidad en los trabajos de cuidados, la convivencia y el empoderamiento personal por encima del género. Estos aspectos se concretan, a su vez, en propuestas en distintos ámbitos relevantes: los objetivos y contenidos del currículo, la metodología y organización del aula, las relaciones, los espacios, el lenguaje y los materiales didácticos. Todos los pasos didácticos deben hacernos más conscientes de cómo funcionan nuestros centros escolares, identificando y solucionando todos los aspectos negativos de la base de la pirámide en cuya cúspide está la violencia de género.

Estamos en ello, con un compromiso creciente y que debe ser cada vez mayor. Pero no olvidemos a Tolstói: “La mejora de las condiciones sociales es previa a la mejora que proporciona la educación.”

El próximo miércoles 13 de noviembre participaré en una mesa redonda sobre Educación y violencia de género organizada por Ilunion.


lunes, 17 de diciembre de 2018




                                  Tarjeta escrita por un alumno de mi tutoría, 4º de primaria.



Ha llegado la Navidad con sus colores. 

Los profesores empezamos con ella temprano y no podemos negarnos a celebrarla. Tantas cosas compartimos en estas fechas que cuando llegan los días señalados hemos constatado ya, mejor que nadie, nuestra condición de vecinos de un mundo pequeño. Sin embargo como ciudadanos nos preocupan los nubarrones de las crisis políticas y las dificultades económicas; en lo personal, tal vez para muchos haya desazón y problemas. Las cosas no están bonitas, ¿qué será de nosotros en 2019?



Ha llegado la Navidad con su emoción. 

Quién sabe si, precisamente por estar preocupados, no la viviremos esta vez de manera más consciente e incluso más austera.

Quién sabe si, precisamente por la incertidumbre sobre el futuro, no subrayaremos su carácter de fiesta de la familia, que celebra los vínculos con los demás y con nuestra propia memoria.

Porque la Navidad puede ser una reserva de espiritualidad de la que beber, como peces en el río, durante el resto del año; porque algún día nosotros nos iremos y no volveremos más, que dice también el villancico, os deseo a todos unos días llenos de Navidad verdadera.

Gracias de corazón por seguir este blog y leer mis libros.

                                                                                                    Carmen


martes, 4 de septiembre de 2018

Nuevo curso







En los próximos días, más de ocho millones de estudiantes comenzarán un nuevo curso escolar. Entre ellos, con su mochila y sus cuadernos, se encuentra la presidenta del gobierno que gestionará nuestra vejez. También nuestros futuros médicos, pilotos de avión, fontaneros, periodistas y artistas. ¿Cómo queremos que sean? ¿Qué conocimientos, qué valores, qué compromiso con su país deseamos transmitirles? 

A esos niños y niñas los está preparando para el futuro un sistema educativo atomizado, con unos gobernantes separados y hasta enfrentados a la realidad de unas escuelas que ya van tomando decisiones por su cuenta. La política educativa en España lleva décadas tan condicionada que, sencillamente, ha perdido el contacto con la realidad de las aulas. ¿Recuerdan la Yenka? “Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres…” Siete leyes de educación desde el inicio de la democracia, cuatro reformas educativas, una incapacidad absoluta de acuerdo y de pacto... 

La educación es la decisión del presente que más incide en el futuro. Me pregunto si los políticos españoles serán capaces alguna vez de comprender que hoy entran en el aula los españoles de mañana, una presidenta del gobierno. 

martes, 12 de junio de 2018

SOLO PARA SUPERHÉROES






El informe «Effective Teacher Policies: Insights from PISA» recién presentado evalúa la situación del profesorado y su papel en las escuelas que escolarizan alumnos en riesgo de exclusión social. Y llega a una conclusión que todos conocíamos de antemano: los profesores que trabajan en los entornos más desfavorecidos deben ser iconos de la excelencia.

Cuando hablamos de “excelencia del profesor” en los entornos desfavorecidos queremos decir que deben ser personas con vocación y aptitud, resilientes - es decir capaces de soportar mil inclemencias en pie y con una sonrisa-, que no se agoten al trabajar en solitario, con escasísimos apoyos, con los PTSC y orientadores compartidos con otros centros, con el mismo sueldo que todos los demás, sin reconocimiento alguno de su mérito profesional; personas en constante mejora de su formación, comprensivas, comprometidas socialmente; que acepten una atribución inmensa: la responsabilidad en solitario ante el futuro empleo de sus alumnos, sus ingresos, su salud, su fuga del umbral de la pobreza, su rol en la sociedad… 

Hace ya unas cuantas décadas, los profesores aceptamos todas las responsabilidades que no se supieron adjudicar, desde poner en práctica los fundamentos de la democracia hasta cuidar la salud bucodental. Hoy sufrimos la falta de valoración social pero agachamos la cabeza. El hecho es que nuestra mayor fuente de desmotivación como docentes es el desequilibrio entre las expectativas de omnipotencia, nuestros esfuerzos- dispersos en la amplitud de objetivos-  y los logros del alumnado.

Ha llegado el momento de decir que la educación escolar en los entornos desfavorecidos no es omnipotente. Hay una función para ella, otra para la familia, otra para la política educativa y muchas para la sociedad (medios de comunicación, modelos de comportamiento, gestores de los horarios laborales, cuidado de los colectivos en riesgo, facilidad de acceso a la cultura y el arte, inversión en mejoras sociales…)

Así que, a la vez que buscamos profesores excelentes para los centros educativos más complejos, debemos establecer con seriedad qué es una escuela, qué son los profesores, cuál es su función y qué se espera realmente de ellos. Porque el profesor excelente, que desea llevar a cabo su tarea en la avanzadilla de las dificultades sociales, necesita que en su entorno se desarrollen seriamente políticas de igualdad, de protección social, de empleo digno. Necesita una llamada de atención a los medios de masas, una puesta en valor de la cultura, que facilite el acceso de todos. Necesita que en los grandes titulares veamos por fin a personas que puedan servirnos a todos de modelo ético.

Por supuesto, ya hay algún periódico que ha aprovechado el tumulto de PISA para destacar: “En las escuelas más difíciles no es cuestión de número de profesores sino de que sean geniales.” ¿Quién aceptará tal reto?

martes, 8 de mayo de 2018

PRELUDIO PARA UN PACTO





Acabo de enviar este artículo para un número de Cuadernos de Pedagogía dedicado al Pacto por la Educación que, lógicamente, no he leído aún. Me interesa mucho conocer la opinión de quienes participarán en él, y sus propuestas para conseguir ese pacto soñado. Mi artículo, sin embargo, quiere esbozar un preludio.

En sus primeras notas van a resonar los límites de la educación escolar.

El presidente del Grupo Banco Mundial, Jim Yong Kim, en el Informe sobre el desarrollo mundial 2018, afirma: “La educación fomenta el empleo, incrementa los ingresos, mejora la salud y reduce la pobreza. A nivel social, estimula la innovación, fortalece las instituciones y promueve la cohesión social. Pero estos beneficios dependen del aprendizaje, y la escola­rización sin aprendizaje es una oportunidad desaprovechada. Más aún, es una gran injusticia: los niños con los que la sociedad está más en deuda son aquellos que más necesitan de una buena educación para prosperar en la vida”.

En muchas escuelas se escolarizan y aprenden alumnos que pertenecen a este último grupo. Sobre sus profesores, en solitario, hace recaer el Banco Mundial una atribución inmensa: su futuro empleo, sus ingresos, su salud, su fuga del umbral de la pobreza, su rol en la sociedad… Antes de anonadarnos por completo, podemos recordar a León Tolstói en un párrafo de ese monumento humano que es Ana Karenina: “La mejora de las condiciones sociales es previa a la mejora que proporciona la educación.”  Y comprendemos que es Tolstói quien acierta.

Hace ya unas cuantas décadas, la escuela aceptó todas las responsabilidades que no se supieron adjudicar, desde poner en práctica los fundamentos de la democracia hasta cuidar la salud bucodental. También guardó silencio ante el tópico de la educación escolar como panacea universal de los desajustes personales y disrupciones sociales. Por supuesto los profesores siempre supimos que no podríamos cumplir con tan altas expectativas pero, aquejados de pérdida de identidad, dimos la razón a quienes ponían todo sobre nuestros hombros, a sabiendas de que íbamos a defraudarlos. De ahí que hoy la mayor fuente de desmotivación para los docentes sea el desequilibrio entre sus esfuerzos- dispersos en la amplitud de objetivos-  y los logros del alumno. Hemos levantado un universo sobre una premisa falsa pero ha llegado el momento de decir la verdad: la educación escolar no es omnipotente. Hay una función para ella, otra para la familia, otra para la política educativa y muchas para la sociedad (medios de comunicación, modelos de comportamiento, gestores de los horarios laborales, cuidado de los colectivos en riesgo, facilidad de acceso a la cultura y el arte, inversión en mejoras sociales…)

Así que la primera parte del preludio para un pacto concluye con este ruego: antes de establecer medidas concretas de mejora de la educación, por favor definamos con seriedad qué es una escuela, qué son los profesores, cuál es su función y qué esperamos realmente de ellos.

En la segunda parte del preludio, debemos hablar de las familias, tantas veces desorientadas y agotadas. Nadie pondrá en duda que la implicación de los padres en la educación de sus hijos necesita tiempo. Educar es convivir. Por tanto, debemos establecer un diseño más racional de los horarios laborales. El éxito del sistema educativo precisa del apoyo de la familia, de su participación en la escuela, de su disponibilidad de tiempo para atender los requerimientos de los profesores y de los propios hijos. El verdadero reto de la conciliación familiar y laboral es que permita a los padres ejercer con verdadero protagonismo su derecho y su deber de educar, y que permita a la escuela cumplir con su papel específico y propio: el lugar del conocimiento y el aprendizaje.  Así pues, el preludio de un pacto tendría que conseguir la racionalización de los horarios. Todas las medidas destinadas a lograr este objetivo contribuirán, sin duda alguna, a mejorar la educación.

El tercer momento introducirá un nuevo tema: la política educativa. En nuestro país, su mayor lastre es el cortoplacismo. Cada norma, cada ley se circunscribe al periodo de gobierno del partido de turno. La prioridad parece ser la aplicación de la ideología entendida como una marca de clan, a la que se opone el clan de enfrente cuando le llega su oportunidad. De ahí el desprecio a los dictámenes de los órganos consultivos y de representación. Por ejemplo en el proceso de elaboración de la LOMCE – que es el gran paradigma de los errores políticos en educación-  el Consejo de Estado, el Consejo Escolar y organizaciones del profesorado aportaron propuestas valiosas que contaban con amplio consenso. Fueron ignoradas y, sin embargo, habrían mejorado el articulado de la ley y aumentado su apoyo social.

Creer que las ideologías deben dictar las decisiones en educación es un residuo del siglo XX. En un país democrático occidental, pleno de tecnología e inserto en un mundo globalizado, la expresión política se basa fundamentalmente en el respeto al Derecho y en los avances en el concepto de ciudadanía. En este sentido, y salvo matices culturales, los españoles no se distinguen de los finlandeses. Aquí como allí, la gente necesita manejarse en la vida, situarse ante el mundo con suficientes conocimientos, respetar los derechos de todos, cumplir con los deberes, conseguir un trabajo digno y ser consciente del tesoro que es la democracia. Así que antes de sentarse a hablar de educación, los políticos deberán asegurar a los ciudadanos su voluntad de intervenir en la mejora del futuro y no solo en el mantenimiento del statu quo inmediato.

Por supuesto, y como coda, no habrá pacto de educación sin el desarrollo previo de políticas de igualdad, de protección social, de empleo digno. Sin una llamada de atención a los medios de masas. Sin una puesta en valor de la cultura, que facilite el acceso de todos. Sin que en los grandes titulares veamos por fin a personas que puedan servirnos a todos de modelo ético.

“La mejora de las condiciones sociales es previa a la mejora que proporciona la educación.”  Sí, Tolstói acierta.

domingo, 5 de noviembre de 2017

La ocasión


Le dimos el papel protagonista en la obra de teatro. Al fin y al cabo, nos habíamos metido en ese proyecto por él, para ver si de alguna manera lo animábamos. Era el alumno más díscolo del curso. El texto era difícil. Lo bordó. Tan bien lo hizo que nos vino a la memoria la incandescencia de la pedagogía de Unamuno: “El genio nace y no se hace, y nace de un abrazo más íntimo, más amoroso, más hondo que los demás, nace de un puro momento de amor, de un amor puro.”

El encuentro escolar debe ser siempre una gran ocasión. No solamente porque está regida por la dimensión del tiempo que se relaciona con el Kairós, la oportunidad, sino porque en ella se despliegan las mejores facultades de todos los que intervienen. La relación educativa es un diálogo de lo mejor de muchas almas, con un único fin: el futuro.

Para aprovechar la ocasión, nos vendría bien a los profes responder a una pequeña serie de preguntas. Son estas:
  • Lo que enseñamos, ¿es lo que los estudiantes aprenden? Si hemos contestado no, es porque comprendemos la esencial individualidad de los procesos de aprendizaje.
  •  ¿Somos verdaderamente democráticos o solo lo parecemos? No perdamos la ocasión de formar parte de una comunidad, de crearla con esfuerzo y alegría.
  •  ¿Pensamos solo con la cabeza o pensamos con el cuerpo? Si no lo tenemos claro, no perdamos la ocasión de cambiar los espacios del aula.
  • ¿Les enseñamos a evaluarse a sí mismos? Pues es imprescindible para crecer.
  • ¿Estudian o aprenden? No dejemos pasar la ocasión de incorporar lo narrativo, lo que emociona, lo que es inesperado, lo que parte de sus vivencias y conocimientos previos.
  • ¿Nos sentimos los profes libres en el aula? Pues tal vez debamos volver sobre Unamuno: “La libertad no significa otra cosa que la emancipación de la lógica, que es nuestra más triste servidumbre.”




[1] Miguel de Unamuno, Amor y Pedagogía, 

domingo, 29 de octubre de 2017

Memorias



Durante buena parte de mi vida he sido maestra.

No ingresé en el Magisterio con una clara vocación docente. Sabía, sí, que me interesaban los niños: que si fuera médico me especializaría en Pediatría, y si fuera juez, en Menores. Sabía también que era curiosa para el conocimiento y me gustaba transmitir lo que aprendía. Sin embargo, para transformar mi interés genérico por la infancia en una vocación clara, tuve que atravesar un proceso casi químico: de amalgamar y producir sustancias nuevas. Mis alquimistas fueron Mariano Martín Alcázar y otros profesores extraordinarios de “Escuni”, mi escuela universitaria. De allí salí con la seguridad de que había acertado en la elección profesional y de que comprometer la vida en ser maestra me llenaría de felicidad. Cuarenta años después sé que no me había equivocado.

Conocí a mis primeros alumnos allá por 1980, en el centro de educación especial “María Corredentora”, de Madrid. Recuerdo que trabajaba allí un grupo incandescente de profesoras. De ellas y de aquellos niños y niñas aprendí que en mi clase no podría haber nunca un rincón para el desánimo.

Ingresé en la función docente en 1981 y mi primer centro público fue el colegio “Arquitecto Gaudí”, también de Madrid, que escolarizaba un alumnado de alto nivel social y económico.  En aquel primer año de funcionaria novata, aprendí de los chicos a no tomarme demasiado en serio a mí misma. También aprendí que hay diferentes tipos de polvos pica-pica.

Después di clase en La Codosera, un pueblo de Badajoz fronterizo con Portugal  a donde por entonces no llegaba la carretera. Mis alumnos no habían recibido nunca una carta y mi propio abuelo escribió treinta diferentes, dirigidas a aquellos chiquillos. Recuerdo que celebramos una gran fiesta cuando llegó el cartero, y que los padres me inundaban a diario de pan caliente y leche recién ordeñada. Por entonces aprendí el valor esencial de muchas cosas sencillas.

Dirigí un grupo de teatro escolar en el colegio público “Juan Vázquez”, de Badajoz capital, con el que preparé durante todo un trimestre la Historia de una escalera, de Buero Vallejo. Compartimos muchas horas de ensayos en las que aquellos chicos de octavo de EGB sacaron de sí mismos talentos y pasiones desconocidas. Estrenamos nuestra obra el día que murió Luis Álvarez Lencero y allí, en un salón de actos de colegio, ante media entrada de padres y niños pequeños, mis alumnos y yo guardamos un minuto de emocionado silencio por la memoria del gran poeta extremeño. Ese homenaje fue iniciativa de los jóvenes actores, que me dieron entonces una gran lección. Aprendí tanto de aquellos chicos que todavía hoy ocupan un lugar especial en mi memoria y mi corazón.

En el colegio “Ciudad del Aire” de Alcalá de Henares aprendí de los alumnos y de un maravilloso director, Santiago Crespo, la importancia que tiene para un docente la autodisciplina. Y recuerdo con emoción a aquel chiquillo que me pidió dirigirse solemnemente a la clase, y entonces dijo: “Por favor, no me llaméis Nacho. Mi nombre es Ignacio y me gusta ser yo mismo.” Lo apunté para tenerlo yo también en cuenta.

Del “Fray Albino” de Santa Cruz de Tenerife me traje la paciencia. Mis alumnos la tuvieron a manos llenas conmigo y mi dificultad para aprender los nombres guanches.

En el “Manuel Azaña” de Alcalá de Henares, donde di clase durante quince años entre enormes dificultades por las circunstancias sociales de los alumnos, comprendí la profunda complejidad y belleza de la docencia. Entre tantos chicos y chicas que pasaron por mi aula recuerdo a un alumno guineano que no podía aprender a escribir y se convirtió en buen jugador de ajedrez; a una alumna gitana llena de talento e inteligencia que dejó de asistir a la escuela con la primera regla; a un pequeño con un grave desequilibrio psíquico, del que no conseguí nunca una mirada pero que un día me tomó la mano y me la besó; y a una alumna abandonada por una madre alcohólica a quien recuerdo a diario con la sensación de que no hice por ella lo suficiente.

De nuevo en Madrid, en el “Padre Coloma”, di clase a un grupo de sexto de Primaria con el que compartí mi amor por los cuentos de Borges y que supieron adaptar El Aleph a un teatrillo de marionetas. El último día de curso del año 2000, cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la hora de clase, todos se quedaron sentados y en silencio. Yo les pregunté por qué no se marchaban a casa y el delegado, de pie y en nombre de todos, me dijo: “No queremos separarnos de ti, profe.” Lo considero uno de los momentos más bellos de mi vida.

Después de un paréntesis de trece años, en el cual tuve el honor de defender al profesorado desde el sindicato ANPE, regresé a la escuela para encontrar de nuevo la belleza de esa forma única de comunicación entre seres humanos que es la relación educativa. Y desde el CEIP “San Miguel” de Hortaleza, rodeada de compañeros excelentes, aprendo y reaprendo cada día por qué me hace tan feliz compartir con los alumnos la dura, absorbente, mágica y feliz trinchera de la escuela.


A dos cursos de la jubilación, comprendo que este compromiso ha sido un buen viaje para la vida. No existe poder de transformación más grande que el de un maestro sobre su discípulo, ni poder de transformación más bello que el de un discípulo sobre su maestro. Todo lo que sé de la educación se ha fundamentado en el encuentro con personas y lo he recibido a través de ellas. De mis alumnos y de mis compañeros, de todos aquellos con quienes se ha cruzado la línea de mi vida, aprendí y aprendo. A diario.

sábado, 30 de septiembre de 2017

DIÁLOGO




El rostro del ser humano es único y particular, pero a la vez refleja todo el mundo. Cuando pasa el tiempo por él, cuando la luz rosada de la infancia amarillea en el anciano, cuando el amor lo arrebola y el dolor lo contrae, cuando la razón y la bondad brillan en su frente e incluso cuando la cerrazón lo oscurece como una sombra, el rostro refleja la indisoluble relación de la vida del hombre con todo lo que le rodea.

Los artistas y los enamorados supieron desde el principio de los tiempos que el alma se asoma siempre por el rostro. No es un asunto de armonía ni de proporciones, de cánones de belleza o de cirugías artificiales; es la expresión de la naturaleza humana cuando prescinde de los elementos culturales adquiridos y se muestra desvalida e intensa, desnuda en su alegría y su dolor. Un aliento interno que exuda, se evapora, en la mirada, la sonrisa, el gesto de cada persona.


Ese rostro común a todos en su estructura de especie y único en su personificación está ahí para abanderar la necesidad de diálogo con los otros. Frente al sentimiento artificial de la masa, frente a la máscara entendida como ficción congelada,  cada rostro humano que mira de frente a nuestro propio rostro nos recuerda que debemos recobrar el personalismo. Ya es hora de comprender que  no existe otra manera de construir una comunidad libre y justa más que a través del encuentro entre personas. El diálogo cara a cara, que justifica la posición erguida del hombre frente a las otras especies, requiere de tolerancia y respeto. Para este diálogo está diseñado nuestro rostro. No deberíamos olvidarlo ni en el hogar, ni en la escuela, ni en la sociedad, ni en la política.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Filósofos





La maestra va a comenzar la clase de Naturales en 4º de Primaria, su tutoría. El tema de la sesión es el sistema nervioso. Para despertar el interés por el cerebro humano, pregunta a los alumnos qué diferencias encuentran entre las personas y el resto de los animales. Y los chiquillos de nueve años comienzan a enumerar conceptos inolvidables. 

Séfora, una de las niñas, toma nota de ellos en la pizarra digital, y escribe al dictado de sus compañeros: “La imaginación, la curiosidad, la palabra, la risa, el llanto, la emoción, poder elegir entre hacer algo bien o mal, soñar, el cine, los libros, cambiar de vida, proyectar, elegir, hacer cosas inesperadas y dar sorpresas, la libertad, saber que va a morir, el pensamiento, la reflexión, la emoción, contar cuentos, crear, construir, jugar al ajedrez, enamorarse, amar…”

Al terminar la clase la maestra está segura de que Sócrates y Kant, Nietzsche y Kierkegaard, Arendt y Zubiri, en realidad, eran personas que supieron conservar durante toda la vida sus almas de niño. Así que, cuando llega el momento de copiar el esquema sobre el sistema nervioso, siente que es ella la que baja el nivel.

Está segura también de que el gran reto de la escuela, reto incumplido, inaprensible desde los viejos conceptos, está en fomentar ese pensamiento alto y libre de los niños, sin encorsetarlo en los parámetros rígidos de lo que hay que decir y hacer porque siempre se ha dicho y hecho así.

Lo que se aprende en la escuela debe tener sentido fuera de ella; lo que un niño y una niña deducen, inducen y crean debe convertirse en un verdadero punto de partida. Y como el patrón estándar de corrección y evaluación se pliega ante la fuerza de la creatividad humana, cada docente debe asumir la obligación profesional y moral de potenciar esta fuerza en sus alumnos.

Yo soy esa maestra. ¡Cuánto he aprendido esta semana! ¡Gracias, chicos y chicas de mi escuela!