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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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martes, 4 de septiembre de 2018

Nuevo curso







En los próximos días, más de ocho millones de estudiantes comenzarán un nuevo curso escolar. Entre ellos, con su mochila y sus cuadernos, se encuentra la presidenta del gobierno que gestionará nuestra vejez. También nuestros futuros médicos, pilotos de avión, fontaneros, periodistas y artistas. ¿Cómo queremos que sean? ¿Qué conocimientos, qué valores, qué compromiso con su país deseamos transmitirles? 

A esos niños y niñas los está preparando para el futuro un sistema educativo atomizado, con unos gobernantes separados y hasta enfrentados a la realidad de unas escuelas que ya van tomando decisiones por su cuenta. La política educativa en España lleva décadas tan condicionada que, sencillamente, ha perdido el contacto con la realidad de las aulas. ¿Recuerdan la Yenka? “Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás, un, dos, tres…” Siete leyes de educación desde el inicio de la democracia, cuatro reformas educativas, una incapacidad absoluta de acuerdo y de pacto... 

La educación es la decisión del presente que más incide en el futuro. Me pregunto si los políticos españoles serán capaces alguna vez de comprender que hoy entran en el aula los españoles de mañana, una presidenta del gobierno. 

martes, 8 de mayo de 2018

PRELUDIO PARA UN PACTO





Acabo de enviar este artículo para un número de Cuadernos de Pedagogía dedicado al Pacto por la Educación que, lógicamente, no he leído aún. Me interesa mucho conocer la opinión de quienes participarán en él, y sus propuestas para conseguir ese pacto soñado. Mi artículo, sin embargo, quiere esbozar un preludio.

En sus primeras notas van a resonar los límites de la educación escolar.

El presidente del Grupo Banco Mundial, Jim Yong Kim, en el Informe sobre el desarrollo mundial 2018, afirma: La educación fomenta el empleo, incrementa los ingresos, mejora la salud y reduce la pobreza. A nivel social, estimula la innovación, fortalece las instituciones y promueve la cohesión social. Pero estos beneficios dependen del aprendizaje, y la escola­rización sin aprendizaje es una oportunidad desaprovechada. Más aún, es una gran injusticia: los niños con los que la sociedad está más en deuda son aquellos que más necesitan de una buena educación para prosperar en la vida”.

En muchas escuelas se escolarizan y aprenden alumnos que pertenecen a este último grupo. Sobre sus profesores, en solitario, hace recaer el Banco Mundial una atribución inmensa: su futuro empleo, sus ingresos, su salud, su fuga del umbral de la pobreza, su rol en la sociedad… Antes de anonadarnos por completo, podemos recordar a León Tolstói en un párrafo de ese monumento humano que es Ana Karenina: “La mejora de las condiciones sociales es previa a la mejora que proporciona la educación.”  Y comprendemos que es Tolstói quien acierta.

Hace ya unas cuantas décadas, la escuela aceptó todas las responsabilidades que no se supieron adjudicar, desde poner en práctica los fundamentos de la democracia hasta cuidar la salud bucodental. También guardó silencio ante el tópico de la educación escolar como panacea universal de los desajustes personales y disrupciones sociales. Por supuesto los profesores siempre supimos que no podríamos cumplir con tan altas expectativas pero, aquejados de pérdida de identidad, dimos la razón a quienes ponían todo sobre nuestros hombros, a sabiendas de que íbamos a defraudarlos. De ahí que hoy la mayor fuente de desmotivación para los docentes sea el desequilibrio entre sus esfuerzos- dispersos en la amplitud de objetivos-  y los logros del alumno. Hemos levantado un universo sobre una premisa falsa pero ha llegado el momento de decir la verdad: la educación escolar no es omnipotente. Hay una función para ella, otra para la familia, otra para la política educativa y muchas para la sociedad (medios de comunicación, modelos de comportamiento, gestores de los horarios laborales, cuidado de los colectivos en riesgo, facilidad de acceso a la cultura y el arte, inversión en mejoras sociales…)

Así que la primera parte del preludio para un pacto concluye con este ruego: antes de establecer medidas concretas de mejora de la educación, por favor definamos con seriedad qué es una escuela, qué son los profesores, cuál es su función y qué esperamos realmente de ellos.

En la segunda parte del preludio, debemos hablar de las familias, tantas veces desorientadas y agotadas. Nadie pondrá en duda que la implicación de los padres en la educación de sus hijos necesita tiempo. Educar es convivir. Por tanto, debemos establecer un diseño más racional de los horarios laborales. El éxito del sistema educativo precisa del apoyo de la familia, de su participación en la escuela, de su disponibilidad de tiempo para atender los requerimientos de los profesores y de los propios hijos. El verdadero reto de la conciliación familiar y laboral es que permita a los padres ejercer con verdadero protagonismo su derecho y su deber de educar, y que permita a la escuela cumplir con su papel específico y propio: el lugar del conocimiento y el aprendizaje.  Así pues, el preludio de un pacto tendría que conseguir la racionalización de los horarios. Todas las medidas destinadas a lograr este objetivo contribuirán, sin duda alguna, a mejorar la educación.

El tercer momento introducirá un nuevo tema: la política educativa. En nuestro país, su mayor lastre es el cortoplacismo. Cada norma, cada ley se circunscribe al periodo de gobierno del partido de turno. La prioridad parece ser la aplicación de la ideología entendida como una marca de clan, a la que se opone el clan de enfrente cuando le llega su oportunidad. De ahí el desprecio a los dictámenes de los órganos consultivos y de representación. Por ejemplo en el proceso de elaboración de la LOMCE – que es el gran paradigma de los errores políticos en educación-  el Consejo de Estado, el Consejo Escolar y organizaciones del profesorado aportaron propuestas valiosas que contaban con amplio consenso. Fueron ignoradas y, sin embargo, habrían mejorado el articulado de la ley y aumentado su apoyo social.

Creer que las ideologías deben dictar las decisiones en educación es un residuo del siglo XX. En un país democrático occidental, pleno de tecnología e inserto en un mundo globalizado, la expresión política se basa fundamentalmente en el respeto al Derecho y en los avances en el concepto de ciudadanía. En este sentido, y salvo matices culturales, los españoles no se distinguen de los finlandeses. Aquí como allí, la gente necesita manejarse en la vida, situarse ante el mundo con suficientes conocimientos, respetar los derechos de todos, cumplir con los deberes, conseguir un trabajo digno y ser consciente del tesoro que es la democracia. Así que antes de sentarse a hablar de educación, los políticos deberán asegurar a los ciudadanos su voluntad de intervenir en la mejora del futuro y no solo en el mantenimiento del statu quo inmediato.

Por supuesto, y como coda, no habrá pacto de educación sin el desarrollo previo de políticas de igualdad, de protección social, de empleo digno. Sin una llamada de atención a los medios de masas. Sin una puesta en valor de la cultura, que facilite el acceso de todos. Sin que en los grandes titulares veamos por fin a personas que puedan servirnos a todos de modelo ético.

La mejora de las condiciones sociales es previa a la mejora que proporciona la educación.”  Sí, Tolstói acierta.

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA INCONSCIENCIA





En un texto celebérrimo – “La educación después de Auschwitz”- el filósofo Theodor W. Adorno elabora un fiero alegato contra la inconsciencia de los seres humanos, a la cual achaca todas las posibilidades de repetir una y otra vez errores y tragedias. Considera como problema grave lo que denomina “conciencia cosificada”, aquella necesidad de organizar “con realismo exagerado y con ausencia de emoción”, todo tipo de actividades sin objetivo, sin proyecto y sin meta. El hacer por hacer, que decían nuestros padres. Adorno dispara sus dardos contra quienes ocupan los lugares de mayor responsabilidad social, y denuncia la obsesión de muchos gobernantes por sacar adelante, a cualquier precio, “una supuesta aunque ilusoria política realista”, en la que se muestran poseídos por la voluntad de hacer cosas, de firmar y firmar papeles cada media hora, como quien toma un jarabe para la tos, mientras permanecen indiferentes al contenido de su acción y a la repercusión que pueda tener sobre los destinatarios, considerados, si es que se piensa en ellos, como meras cosas sin importancia. Esa actividad ciega – dice el filósofo- termina convirtiéndose en un culto, y su fundamento se sustenta en la propaganda.

No he dejado de pensar en el texto de Adorno mientras rememoraba la pequeña historia de la educación en España en estos últimos años. Desde el Pacto que quiso el ministro Gabilondo- en cuyo texto tuve el honor de participar como miembro del secretariado estatal de ANPE- , pasando por la ilusión de tocarlo con los dedos y la frustración de verlo encallar, hasta la incomunicación del ministro Wert y su equipo, con los que, literalmente, nunca se pudo dialogar. Por medio, una enésima Ley Orgánica de Educación, elaborada de espaldas a todos pero cimentada en la vieja LOGSE, a la cual se le colgaron, sobre la comprensividad de fondo, métodos nórdicos y evaluaciones, hasta convertirla en un pequeño engendro, como si se tratara de un nuevo monstruo del doctor Frankenstein. Y por supuesto, como telón de fondo, una crisis más larga de la cuenta, que se cebó en lo más necesario y lo más delicado de todo: el profesorado. Por aquí y por allá, iniciativas bienintencionadas y muy frustrantes, como la del Libro Blanco. Todo menos un Estatuto Docente. Y hoy, con la LOMCE casi terminada de implantar, volvemos al punto de partida. 

Esta vez parece que se va en serio: habrá Pacto. Aún así, me ha hecho mucha gracia que lo primero haya sido encargar un diagnóstico, como si no estuviera ya más que hecho, entre informes internacionales, memorias y evaluaciones. Debe de haber cientos de diagnósticos sobre la educación en los cajones del Congreso. No es cuestión de diagnósticos ya. Solo habrá un verdadero pacto si ponemos por escrito lo que queremos para nuestro país en los próximos veinte años, cómo queremos que sea nuestra gente, dónde soñamos con estar situados. Solo habrá un verdadero pacto si aceptamos que se debe invertir en profesorado y en recursos para atender el tremendo peligro de la exclusión que acecha hoy a miles de niños y niñas.

Siempre se vuelve al primer amor, dice el tango. Nosotros hemos vuelto a aquel momento mágico del diálogo político y social sobre educación, pero no somos tan ingenuos como entonces. En el recorrido desde ayer a hoy, las familias, los alumnos y los profesores hemos sufrido el daño inenarrable, el despilfarro tonto, la tensión inútil y la tomadura de pelo – ya basta de eufemismos- que ha sido la LOMCE. Y ahora resulta que todo lo que era innegociable y absoluto para el gobierno anterior, un año después, con el mismo partido y el mismo presidente, ya es relativo y se puede pactar, derogar y olvidar. El caso es hacer ahora lo contrario, el caso es firmar. Conciencia cosificada, diría tal vez Adorno. Yo no me atrevo a tanto, así que lo llamaré inconsciencia.

Bien está lo que bien acaba, dice uno de nuestros refranes, siempre tan pragmáticos. Desde mi escuela recortada, mutilada por la crisis, sin planes de apoyo, sin atención a la diversidad y sin suficientes plantillas de profesores, he visto llegar los libros nuevos de la LOMCE, cuajados de contenidos y con los niveles de exigencia hipertrofiados. He tenido que preparar a toda marcha con mis alumnos las pruebas externas, con el único objetivo de aprobarlas y, a pesar de disimularlo como he podido, ese es el valor que les he transmitido: se estudia para aprobar, no para aprender. He estado por tanto muy lejos de la conciencia reflexiva que considera Adorno como fin último de la educación. He estado, sin poderlo remediar, en la inconsciencia.


Si el fin único de la educación es que cada ser humano adquiera conciencia de sí mismo, de su rol en el mundo y su relevancia, deberíamos exigir que la consciencia de lo que uno se trae entre manos fuera el requisito esencial de todos los responsables políticos. Vamos a tener un Pacto de Educación por fin, sí, pero qué tristeza por el tiempo perdido, por el dinero despilfarrado, por la comunidad educativa desconcertada. Qué tristeza de educación. De España.

Artículo escrito para el periódico Escuela.