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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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jueves, 1 de diciembre de 2016

LA INCONSCIENCIA





En un texto celebérrimo – “La educación después de Auschwitz”- el filósofo Theodor W. Adorno elabora un fiero alegato contra la inconsciencia de los seres humanos, a la cual achaca todas las posibilidades de repetir una y otra vez errores y tragedias. Considera como problema grave lo que denomina “conciencia cosificada”, aquella necesidad de organizar “con realismo exagerado y con ausencia de emoción”, todo tipo de actividades sin objetivo, sin proyecto y sin meta. El hacer por hacer, que decían nuestros padres. Adorno dispara sus dardos contra quienes ocupan los lugares de mayor responsabilidad social, y denuncia la obsesión de muchos gobernantes por sacar adelante, a cualquier precio, “una supuesta aunque ilusoria política realista”, en la que se muestran poseídos por la voluntad de hacer cosas, de firmar y firmar papeles cada media hora, como quien toma un jarabe para la tos, mientras permanecen indiferentes al contenido de su acción y a la repercusión que pueda tener sobre los destinatarios, considerados, si es que se piensa en ellos, como meras cosas sin importancia. Esa actividad ciega – dice el filósofo- termina convirtiéndose en un culto, y su fundamento se sustenta en la propaganda.

No he dejado de pensar en el texto de Adorno mientras rememoraba la pequeña historia de la educación en España en estos últimos años. Desde el Pacto que quiso el ministro Gabilondo- en cuyo texto tuve el honor de participar como miembro del secretariado estatal de ANPE- , pasando por la ilusión de tocarlo con los dedos y la frustración de verlo encallar, hasta la incomunicación del ministro Wert y su equipo, con los que, literalmente, nunca se pudo dialogar. Por medio, una enésima Ley Orgánica de Educación, elaborada de espaldas a todos pero cimentada en la vieja LOGSE, a la cual se le colgaron, sobre la comprensividad de fondo, métodos nórdicos y evaluaciones, hasta convertirla en un pequeño engendro, como si se tratara de un nuevo monstruo del doctor Frankenstein. Y por supuesto, como telón de fondo, una crisis más larga de la cuenta, que se cebó en lo más necesario y lo más delicado de todo: el profesorado. Por aquí y por allá, iniciativas bienintencionadas y muy frustrantes, como la del Libro Blanco. Todo menos un Estatuto Docente. Y hoy, con la LOMCE casi terminada de implantar, volvemos al punto de partida. 

Esta vez parece que se va en serio: habrá Pacto. Aún así, me ha hecho mucha gracia que lo primero haya sido encargar un diagnóstico, como si no estuviera ya más que hecho, entre informes internacionales, memorias y evaluaciones. Debe de haber cientos de diagnósticos sobre la educación en los cajones del Congreso. No es cuestión de diagnósticos ya. Solo habrá un verdadero pacto si ponemos por escrito lo que queremos para nuestro país en los próximos veinte años, cómo queremos que sea nuestra gente, dónde soñamos con estar situados. Solo habrá un verdadero pacto si aceptamos que se debe invertir en profesorado y en recursos para atender el tremendo peligro de la exclusión que acecha hoy a miles de niños y niñas.

Siempre se vuelve al primer amor, dice el tango. Nosotros hemos vuelto a aquel momento mágico del diálogo político y social sobre educación, pero no somos tan ingenuos como entonces. En el recorrido desde ayer a hoy, las familias, los alumnos y los profesores hemos sufrido el daño inenarrable, el despilfarro tonto, la tensión inútil y la tomadura de pelo – ya basta de eufemismos- que ha sido la LOMCE. Y ahora resulta que todo lo que era innegociable y absoluto para el gobierno anterior, un año después, con el mismo partido y el mismo presidente, ya es relativo y se puede pactar, derogar y olvidar. El caso es hacer ahora lo contrario, el caso es firmar. Conciencia cosificada, diría tal vez Adorno. Yo no me atrevo a tanto, así que lo llamaré inconsciencia.

Bien está lo que bien acaba, dice uno de nuestros refranes, siempre tan pragmáticos. Desde mi escuela recortada, mutilada por la crisis, sin planes de apoyo, sin atención a la diversidad y sin suficientes plantillas de profesores, he visto llegar los libros nuevos de la LOMCE, cuajados de contenidos y con los niveles de exigencia hipertrofiados. He tenido que preparar a toda marcha con mis alumnos las pruebas externas, con el único objetivo de aprobarlas y, a pesar de disimularlo como he podido, ese es el valor que les he transmitido: se estudia para aprobar, no para aprender. He estado por tanto muy lejos de la conciencia reflexiva que considera Adorno como fin último de la educación. He estado, sin poderlo remediar, en la inconsciencia.


Si el fin único de la educación es que cada ser humano adquiera conciencia de sí mismo, de su rol en el mundo y su relevancia, deberíamos exigir que la consciencia de lo que uno se trae entre manos fuera el requisito esencial de todos los responsables políticos. Vamos a tener un Pacto de Educación por fin, sí, pero qué tristeza por el tiempo perdido, por el dinero despilfarrado, por la comunidad educativa desconcertada. Qué tristeza de educación. De España.

Artículo escrito para el periódico Escuela.

viernes, 6 de noviembre de 2015

PARA CONTRIBUIR AL DEBATE SOBRE LAS RETRIBUCIONES


 
 
Lo primero que ha conseguido el Libro blanco del profesorado es generar una polémica absurda sobre un imposible planteado antes de tiempo: los profesores cobrarán más o menos según los resultados.
Una vez más, el razonamiento profundo se ve lastrado por la necesidad de “titulares” o de distractores de la atención del público; no quiero pensar que sea simplemente por banalidad.

Quisiera contribuir al debate con dos puntualizaciones:

La primera: la carrera docente debe contener, para ser tal carrera, complementos retributivos adecuados, pero es imposible debatir sobre el contenido y la situación de los mismos sin haber diseñado previamente, con cuidado y con calma, cómo va a ser esa carrera docente. Así que, una vez más, empezamos la casa por el tejado, nos peleamos un rato por el grosor de las tejas, derrochamos en la compra de dos o tres chimeneas y, como dijo el clásico, luego fuese y no hubo nada. Nunca construimos la casa.

La segunda: las retribuciones de un profesor nunca pueden estar relacionadas con los resultados de sus alumnos, ni cualitativos ni cuantitativos, porque según nos señalan machaconamente todos los estudios internacionales, estos resultados están muy relacionados también con el entorno social y económico de las familias. Las retribuciones de un profesor, si forman parte de su carrera docente, deben estar relacionadas únicamente con el profesor mismo: su formación, puesta en marcha y participación en actividades de innovación y mejora educativa; implicación en la mejora del centro; investigaciones; creación de materiales y recursos…

Un profesor no es un vendedor que pueda ganar más o menos según los beneficios económicos que aporte a su empresa; ni un futbolista a quien se incentive con primas para que meta goles; los profesores- y ahora parafraseo a mis alumnos- jugamos en otra liga.

lunes, 26 de octubre de 2015

El Libro Blanco del Profesorado


 

Con el encargo a José Antonio Marina de un “Libro Blanco del Profesorado”, por parte del ministro de Educación, vuelve a la palestra el anhelado Estatuto Docente. Me parece buena idea y, aunque estemos en vísperas de elecciones, buen momento. Abordar las características propias de la docencia como profesión es un asunto esencial, y no debe asociarse ni a un gobierno concreto ni a una legislatura. Por eso, empezar ahora es hacerlo a tiempo. O quizá, hacerlo por fin.

Si somos capaces de trabajar este documento en serio - terminando cuando se termine -por encima de partidismos, el Libro Blanco del Profesorado puede convertirse en el primer capítulo de un acuerdo transversal, social y político, sobre la educación. No es por tanto un tema banal.

Se trata de establecer el marco en el que estarían contempladas las características propias de la docencia, por una parte como profesión en general y, por otra, como función pública en particular. Una suerte de Constitución que marcaría las diferencias sustanciales que tiene nuestro trabajo con respecto a otros, establecería las modificaciones necesarias en el acceso y la formación, marcaría el trayecto de la carrera docente y mostraría claramente el indisoluble componente ético que convierte la tarea de cada profesor en una “forma de ser”.

No obstante, requiere de unos acuerdos previos. El primero debería ser un criterio integrador, por encima del freudiano “narcisismo de las pequeñas diferencias” que lastra tantas decisiones en educación.

El segundo acuerdo debería provenir del respeto a la igualdad de derechos del profesorado español, sea cual sea su lugar de origen o su situación en los distintos Cuerpos docentes y niveles educativos.

El tercer acuerdo debería estar basado en la certeza de que la docencia es una profesión esencial, que merece el máximo respeto y apoyo por parte no solo de la familia y la sociedad sino de los gestores políticos. De ellos han partido en los últimos años los mayores ataques a nuestra dignidad y profesionalidad, en una suerte de “mundo al revés” que no puede volver a repetirse. A cambio, como es lógico, los profesores estamos obligados, profesional y moralmente, a ser ejemplares. Y con esto abro los puntos suspensivos que deben llevarnos, por fin, a la asunción de un código deontológico.

 
Me resulta incomprensible, lo confieso, que no se haya establecido nunca para el profesorado español este elemento de identidad. Lo interpreto como consecuencia de una falta de interés histórica por la educación y sus actores. Los códigos deontológicos de la Medicina, el Periodismo, el Derecho o las carreras técnicas marcan para sus respectivos miembros la frontera entre una labor cualquiera y una profesión- tarea que se profesa, es decir, que tiene unos requisitos muy definidos, de los que cada sujeto puede hablar-. En pocas palabras, constituyen un elemento de autorregulación. El Colegio de Doctores y Licenciados puso en marcha una iniciativa hace años pero apenas tuvo eco. Espero sinceramente que llegue por fin ese juramento hipocrático de la enseñanza, ya que, por sí solo, es capaz de aumentar la consideración social y profesional. Y no hay que temer la ideologización porque los valores de un profesor se fundamentan en certezas muy sólidas, escritas en todas las Declaraciones de Derechos Humanos.

Por último – pero solo por falta de espacio- deberíamos partir de un acuerdo sobre la carrera, el segundo elemento de identidad de cualquier profesión. Más allá de la cuantía de las retribuciones- que son modificables y deben serlo siempre al alza-, se trata del reconocimiento tangible al esfuerzo, la vocación, la generosidad y la energía de tantos miles de docentes.

Animo al profesor Marina a avanzar en este Libro Blanco teniendo en cuenta la realidad de los claustros, en la certeza de que hoy la unidad básica de funcionamiento escolar ya no es el profesor aislado sino el centro en su conjunto. Y también me atrevo a rogarle que no se conforme con la lluvia de ideas de Internet sino que hable cara a cara con grupos de profesores de diferentes características, porque todo lo que debe contener el Libro Blanco del Profesorado lo sabemos los profesores mejor que nadie.