BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



viernes, 23 de julio de 2021

Salud

 



Hace tiempo, una persona profundamente religiosa me dijo que el pecado original se nos notaba, sobre todo, en la incapacidad para resolver el hambre, la pobreza y el desamparo de la humanidad. Como si, dentro de nosotros, algo defectuoso nos impidiera aumentar con nuestras acciones la belleza de la Tierra.

Porque esta Tierra que nos empeñamos en enfermar es bella, perfecta en su equilibrio, armoniosa en sus formas y sus colores, asombrosa en su furia y consoladora en su calma. Y el ser humano es bello también: en la mirada poética y curiosa de la infancia, en la sabiduría y fragilidad de la vejez, en los dolores de un parto y los ensueños de amor, adolescentes sea cual sea la edad en que se vivan.

Sin embargo cada generación tiene su guerra, cada una tiene sus crisis; todas, su profundo dolor. No lo causa la muerte como consecuencia inseparable de la vida, sino como consecuencia del egoísmo, la desidia, la banalidad o la furia del hombre lobo para el hombre.  

Siempre hubo quien se aventuró en el mar en pos de sueños, hoy se nos desborda en desesperación y llanto. “Avanzas, avanzas y nada más puedes hacer. Todo lo que dejaste atrás ya lo las perdido”- escuché decir a un muchacho que había pasado dos años caminando por el Sahel y uno completo sentado junto a la valla de Melilla. No era joven más que en la edad claro. Había alcanzado con honores el doctorado en tristeza.

También nos desborda la cara más descarnada, los puros huesos de un sistema económico que nos asegura el pan- a veces solo un mendrugo- pero crea profundas desigualdades. Y así, en las esquinas de nuestras ciudades, en vez de correr el aire y refrescar a quien va a su labor diaria, circula el dinero con su corte: la tiranía de lo económico, el consumo desenfrenado. Y entonces la pobreza ya no es una condición humana que debemos resolver entre todos, sino un fracaso humillante de la vida del pobre, a quien los medios bombardean con el asombroso nivel de vida del rico.

Nos desbordan también la soledad y el silencio ocultos en los dobladillos de esta sociedad de la comunicación, donde todos hablamos con todos, o eso creemos, mientras nos empapa la homogeneidad cultural. Y ya hay quien, a pesar de contar con miles de “seguidores” se ahoga de soledad. Pero que no cunda el pánico, vocean. Siempre será primavera en los grandes almacenes aunque tiritemos con los escalofríos de las pandemias.

El mundo entero está enfermo de un virus antiguo. No es este Covid 19 nieto de las pestes que golpean a la humanidad desde el inicio de la historia. Estamos enfermos de egoísmo, nuestro pecado original. Y es una enfermedad tan extendida que solo puede aliviarse con un remedio: agrandar el tamaño y la fuerza de lo sano.

Salud es la oración intensa de quienes dedican su vida a rezar en las clausuras. Confieso que yo, humildemente, todas las mañanas al despertar pienso en ellas, en las monjas que rezan, porque estoy segura de que en sus ruegos incluyen a mis hijos y su generación, heredera de nuestras ruinas. Sé que también intuyen problemas y sufrimientos presentes y futuros de los que yo, siempre bien informada de las noticias, no tengo ni la más remota idea.

Salud crean las manos de quienes cuidan enfermos, limpian mocos y babas de desvalidos, iluminan la mirada de los niños, escriben poemas que cauterizan heridas, componen música que nos lava por dentro.

Trajo salud al mundo la vecina que una tarde, durante los meses de confinamiento, puso en tu puerta un bizcocho casero. Trajo salud la panadera que no cerró el pequeño local porque su pan alegraba al vecindario. Trajo salud el enfermero que abrazó a tu madre moribunda cuando tú no podías acompañarla en la hora final. Trae salud hasta el conductor desconocido que frena para que crucemos tranquilamente el paso de cebra. Y entonces, a base de pequeños destellos, comprende uno que la humanidad sigue adelante porque hay mucha, muchísima salud.

Nacimos con la enfermedad original impresa en el alma, y con el secreto de su curación impreso también en nuestros recovecos. Aportar salud, bienestar y cuidado para este mundo enfermo son las tareas que explican por qué estamos hoy aquí, por qué seguimos viviendo después de nacer y por qué todavía no nos hemos marchado.

“¡Un poquillo de luz, por el amor de Dios!” Así titula el poeta manchego Valentín Arteaga un libro que habita en mi mesilla de noche. Luz para iluminar nuestro propio interior. Aire fresco de la confianza en otros y de la alegría. ¿Por qué no hablar de ellas, de la confianza y la alegría? La salud de este mundo enfermo depende también de nuestras ventanas.

miércoles, 14 de julio de 2021

El mensaje secreto

 




Mi abuelo Manuel, a quien siempre llamé Papá Lolo, era astrónomo. Trabajaba como asistente de los astrónomos jefes en el Observatorio de San Fernando, que preside con su cúpula dieciochesca aquella zona de la bahía de Cádiz. Por supuesto, dominaba las matemáticas y durante la guerra civil se ocupó en desentrañar los códigos numéricos con que estaban cifrados los mensajes. Una mañana de marzo del año 1938, aquellas fórmulas desvelaron la noticia del hundimiento de un gran barco, el crucero Baleares. Había sido torpedeado durante la batalla del Cabo de Palos y setecientos ochenta y cinco de los mil miembros de su tripulación habían muerto. Entre ellos, casi todos los marineros, que eran naturales de San Fernando y la bahía. Demudado, trasladó el mensaje al Estado Mayor, que le ordenó secreto absoluto. Y tuvo que permanecer en silencio durante tres semanas mientras las madres y las novias de aquellos muchachos- que eran sus vecinas- hablaban esperanzadas del regreso. Él se cruzaba a diario con aquellas mujeres, huérfanas ya de hijos, a quienes impulsaba cada mañana el anhelo de volver a verlos. Y su corazón de hombre bueno se consumía en la llama negra de aquel secreto.

Durante muchos veranos de mi infancia, cuando nos sentábamos después de cenar a la fresca del patio, mi abuelo recordaba esa historia. Y siempre, siempre, lloraba al contármela. Las lágrimas de Papá Lolo me enseñaron lo terrible, lo inhumana que es la violencia; lo terrible, lo inhumana que es la guerra.

 

domingo, 4 de julio de 2021

La adultez emergente. O no.

 


Como a muchos, me resulta difícil asimilar que, después de un año de inmenso esfuerzo y sacrificio en los centros educativos, afrontemos una quinta ola de COVID 19 a causa de unos bachilleres en viajes de fin de curso cuyas imprudencias estaban programadas de antemano y fueron conocidas, aceptadas y pagadas por sus familias. Es como si a jóvenes que van a entrar en la mayoría de edad legal no se les pudieran pedir renuncias porque les provocaríamos una rabieta. Pero no estamos solos en esto; se trata de una tendencia que comparten todas las sociedades avanzadas.

Un informe publicado recientemente por la revista médica británica The Lancet titulado The age of adolescence ha situado la nueva edad de término de la adolescencia en… ¡los 24 años! Confirma además que las primeras experiencias adolescentes llegan a través de Internet a la vida de los niños y niñas aproximadamente a los diez años, por lo cual la etapa de la adolescencia aumenta su duración hasta una longitud insólita hasta ahora en la historia de la humanidad, en la cual siempre fue una transición, a veces breve, a la vida adulta. El estudio afirma literalmente: “La pubertad más temprana ha acelerado el inicio de la adolescencia en casi todas las poblaciones, mientras que también el retraso en su finalización ha elevado la edad de término a más allá de los 20 años. Paralelamente, el retraso en el momento de las transiciones de roles, incluso la finalización de la educación, el matrimonio y la paternidad, continúa desplazando las percepciones populares de cuándo comienza la edad adulta”.

 

Así que los jóvenes de dieciocho años de hoy pueden adoptar actitudes y hábitos que tal vez corresponden a los doce nuestros y de nuestros padres. Ya estamos observando cómo, imperceptiblemente, muchos retrasan la consecución del carnet de conducir, porque ya no les apetece lograr ese antiguo rito de paso. Por supuesto, el gran rito de paso a la vida adulta, que es el empleo y por tanto la independencia económica, se ha retrasado casi una década, y esto ya es parte de la construcción social y no de la voluntad particular de nuestros hijos. Pero si es verdad que la escasa y precaria oferta de empleo no les ayuda, también lo es que nosotros mismos catalogamos como “todavía joven para tener hijos” a una pareja de treintañeros en la que ambos trabajan.

El retraso del final de la adolescencia marca ahora una nueva etapa de la vida, entre los 18 y los 29 años, que se denomina “la adultez emergente”. Viene marcada por la dilatación temporal de la dependencia familiar pero, a pesar de ella, me parece muy importante- e incluso vital para el futuro como sociedad- que sepamos exigir a la gente joven el cumplimiento de sus responsabilidades.

Siempre con el apoyo de su familia, deben comprender que sus acciones tienen consecuencias y  que ellos- protagonistas de su vida- son quienes han de empeñarse en resolver sus problemas. El sentido común debería prohibirnos a los padres, por ejemplo, ir a pedir una revisión de examen a un profesor de bachillerato, hacer cola para la matrícula universitaria mientras los interesados duermen- estampa común en estos días de julio- o acompañarlos hasta la misma puerta en una entrevista de trabajo. Es cosa suya. Tienen derecho a asumirla.  

La adultez emergente puede terminar convirtiéndose en un cascarón irrompible. Me preocupa.

 


[1] Sawyer et alia, The age of adolescence. The Lancet, 2018. https://www.thelancet.com/journals/lanchi/article/PIIS2352-4642(18)30022-1/fulltext

 

lunes, 21 de junio de 2021

La permanencia de lo humano

 


Hace una semana recibí esta fotografía como sugerencia para abordar el tema “Formar para transformar.” Desde luego la imagen está llena de historias pero a mí me llevó a pensar en algo a lo que doy vueltas desde que publiqué La Ventana: la permanencia de lo humano. Me gusta imaginar que el libro estaba en la papelera, el niño lo ha encontrado, lo ha abierto y ha quedado atrapado por la invitación a separarse un ratito de las distracciones tecnológicas y permanecer en lo humano.

No podemos dudar que estamos situados en la frontera de un nuevo periodo de la historia, ni podemos negar que cuando la inteligencia artificial se está convirtiendo en nuestro primer recurso para resolver problemas, y nos anuncia su cada vez más convincente humanización, debemos esforzarnos por asegurar la permanencia de lo humano. Por eso, cuando se nos invita a formar para transformar, la tarea es comprender de forma nuclear qué debemos transformar y qué debe permanecer.

 

Me parece que el primer reto de los profesores en esta década de los 20 es comprender quiénes son sus alumnos porque se trata de una generación muy particular. Y aunque defendamos siempre la singularidad personal, nos interesa reconocer el marco en que se sitúan junto a sus coetáneos del mundo occidental.

Quienes han nacido entre 1995 y 2014 forman parte de la que se ha venido en llamar Generación Z, cuya principal característica es haber utilizado Internet desde la infancia. Los dispositivos tecnológicos han estado siempre en su entorno cotidiano e interactúan con ellos con total naturalidad. De hecho esta es la principal diferencia con su generación anterior, la de los millenials, que accedieron a Internet en la adolescencia. Los Z se han acostumbrado a acceder a una carga infinita de información y estímulos; no se comunican de forma digital mediante el texto o la voz sino con la imagen en movimiento. La velocidad, la inmediatez, la importancia del resultado y no del proceso, y el desarrollo de relaciones on line son sus normas generacionales. A cambio se sienten más solos y excluidos, han sufrido el impacto de la silenciosa pandemia de desestructuración familiar y conocen bien la ansiedad y el dolor. Se ha definido a la Generación Z como «la más formalmente educada de la historia, la más dotada de tecnología de todos los tiempos, y globalmente la más rica de todos los tiempos». Una generación en la que se anticipa lo que puede ser el futuro.

Uno de los principales prescriptores de tendencias juveniles, la cadena MTV, acuñó para la Generación Z el nombre The Founders, los fundadores, porque crecen en un mundo cuyos sistemas políticos y sociales están en descomposición, agravada por estas circunstancias mundiales de pandemia, y están llamados a ser la generación que reconstruya o reinvente los logros heredados. Ellos deberán conseguir que los avances de la ciencia y el arte resistan el embate de lo tecnológico. Ellos tendrán que desarrollar una ética para las máquinas. Su responsabilidad será que permanezca lo humano: la comunicación cara a cara, el anhelo de trascendencia que se pregunta sobre uno mismo y su lugar en el mundo, el arraigo emocional con el entorno, el espacio y el tiempo como categorías vitales. Y si no les ayudamos a definir bien esa trayectoria del futuro, es decir si no los formamos para transformar, terminaremos llegando "a donde ya estamos yendo", como decía el monologuista norteamericano Irwin Corey.

Por eso la mayor aportación educativa para la generación Z debe ser el desarrollo del pensamiento. De un pensamiento propio que se articule en torno al conocimiento, a la intuición y a la capacidad crítica.

Dice el filósofo Heidegger: Pensar no conduce a un saber como las ciencias, pensar no produce ninguna sabiduría aprovechable de la vida, pensar no descifra enigmas del mundo, pensar no infunde inmediatamente fuerzas para la acción.

Con esta cita comienza Hannah Arendt, discípula de Heidegger, su libro La vida del espíritu. Luego recuerda su propio ensayo sobre la banalidad del mal y su teoría de un mal producido no por convicciones ideológicas ni motivaciones malignas sino por la incapacidad de pensar.

Pero, ¿qué perdemos si pensar no sirve para ninguna de esas conquistas prácticas de las que hablaba Heidegger?

Nuestra inteligencia realiza de forma automática actividades de extrema complejidad- como nuestros movimientos-. Sin embargo, la característica de la inteligencia humana es dirigir esos mecanismos automáticos hacia fines elegidos conscientemente por nosotros mismos. Es lo que se denomina inteligencia ejecutiva. Y disponemos también de una inteligencia generadora, exclusivamente humana, que produce nuevas ideas. Es el lugar donde habitan la imaginación y la creatividad. Pensar por tanto es conquistar lo humano. Quizá ha llegado el momento de desmentir la convicción central de la modernidad: solo se puede aprender haciendo. También se puede aprender pensando, porque pensar es abrir los ojos del espíritu.

¿Están cerrados los ojos de la generación Z? No, solo adormecidos por la satisfacción inmediata de los deseos, regalo indiscutible de las máquinas. Por eso su periodo formativo debe ser verdaderamente transformador. Si las conquistas de lo humano son una herencia y no solo un testamento, la pregunta que deben escuchar es: "¿Cómo quieres que sea el mundo en el que tú vivirás?" Y que piensen la respuesta.

Para que ellos piensen, es importante nuestra relación con los procesos del pensamiento. Por eso un profesor jamás debe conformarse con la repetición mecánica de lugares comunes sino esforzarse por crear su pensamiento propio. Como profesionales, debemos creer que la importancia del pensamiento no es discutible. Y debemos creer que consiste en algo mucho más creativo que la simple respuesta a estímulos inmediatos. 

La crisis de la educación comenzó cuando olvidamos que es un proceso y empezaron a importarnos muchísimo los resultados. Pero si el ser humano se acomoda a la satisfacción inmediata de los deseos- invitación envenenada que nos hace hoy la tecnología- y permite que mueran los símbolos del pensamiento y los procesos del aprendizaje, no sobrevivirá.

 

 

 


martes, 15 de junio de 2021

Un aprendizaje para este verano

 



Nuestras hijas e hijos traen de fábrica una inmensa confianza en nosotros, que los padres vamos perdiendo a base de mandarlos callar y de no hablar más que para dar órdenes y regañar. También la perdemos a base de criticar sus opiniones con hábitos viejos como el “qué sabrás tú” y ese tipo de frases hechas, que son dañinas y abren grietas de silencio. La confianza se trabaja escuchando: al niño chiquito que nos va contando el mundo (mientras nosotros, conectados al móvil, estamos oyendo un runrún); o al adolescente a quien no preguntamos nunca su opinión sobre las cosas, ni le pedimos consejo, y encima protestamos porque no nos escucha.

 

Lo bueno es que son muy indulgentes con nosotros y la confianza se puede recuperar. ¿Cómo? Hablando nosotros: de cosas que nos preocupan, de cosas que hacemos, de historias antiguas…, pidiéndoles consejo y ayuda, respetando sus respuestas. También mirando a los ojos y mostrando en la mirada todo nuestro cariño- que se nos olvida mirar así-. Incluso el adolescente más airado está deseando recuperar la confianza en nosotros. Fuera redes, fuera móviles y distracciones absurdas cuando estemos con los hijos. Al primer acercamiento del tipo “¿sabes qué, mamá?”, atención completa.

 

Por supuesto, a veces nos ocultan problemas. Suelen callar, paradójicamente, para evitarnos a nosotros la preocupación. Es muy importante decir a nuestro hijo que vamos a querer saber cualquier cosa que le pase, que estamos “por él, por ella”, y siempre vamos a querer ayudar, que no le preocupe preocuparnos, que para eso estamos. Nuestra mirada sobre ellos es un detector de preocupaciones: el cambio de hábitos, de sueño, más silencio del normal, dolores de estómago inexplicables… A veces la intuición nos dice que pasa algo y nos quedamos parados, sin tomar la iniciativa de preguntar, esperando a que nos lo digan. Y mientras tanto ellos piensan: “mi madre no se está dando cuenta.”

 

Por otro lado, ¿por qué dudar de nuestro papel de padres o madres? Ellos ya saben que no somos perfectos y no les importa. Nos conocen bien, tal vez mejor que nosotros a ellos, nos tienen muy observados. Si te muestras tal como eres, si das lo mejor de ti mismo y procuras vivir con coherencia entre lo que piensas, lo que dices y lo que haces, ya eres el ejemplo que tus hijos necesitan.

 

Igual lo que mejor les conviene es que les ayudemos a dibujar el mapa de su vida. Porque les hará más felices manejarse por la vida con un mapa personal, donde estén marcados los límites de las acciones, sus puntos fuertes y sus puntos flacos. Cuando un niño o una niña se sienten seguros de lo que pueden y no pueden hacer, saben cuáles son sus cualidades y conocen la forma de mejorar sus defectos, son más felices porque son más autónomos y superan mejor las dificultades y frustraciones. El ejemplo contrario es el niño o la niña que creen que pueden hacerlo todo y tenerlo todo, que creen que todo lo hacen bien o, por el contrario, están tan sobreprotegidos que ni siquiera saben lo que pueden hacer. En estos niños el golpe contra la vida real es tremendo, y tienen la felicidad más complicada.

¡Pero también les hacemos felices nosotros cuando estamos de buen humor! Estar juntos, reírnos, decirnos unos a otros que nos queremos... Saber que nos hacen felices les hace sentir muy valiosos.

 

Así que, si un hada madrina me quitara de encima treinta años y volviese a ser una madre joven, jamás atendería una llamada de trabajo fuera de horario y estando con mis hijos. Tampoco la atendería, como hice tantas veces, durante los treinta minutos del mediodía en que comíamos juntos. Es que me veo a mí misma levantándome de la mesa y todavía me tiro de los pelos. ¡Si era solo media hora, y ellos tenían ganas de hablar! Les demostraba que elegía el trabajo antes que su presencia, pero las llamadas hubieran podido esperar un ratito, y ellos seguían siendo para mí lo mejor del día. Esta contradicción, esta confusión en mi pódium de lo importante, todavía me duele, aunque ellos me han asegurado mil veces que no se acuerdan. Creo que me lo dicen por lo compungida que me ven.

Y es que el tema del tiempo de calidad es un caramelito que los adultos nos tomamos para suavizar el malestar, pero todos sabemos que cuando no estamos con ellos, no estamos. De ahí que nos planteemos estas cosas. Desde luego, cuando ves a tu hijo o a tu hija poco rato, debes compensar, pero nunca con regalos ni siendo muy tolerante, sino mirándolos mucho, escuchando mucho y actuando con mucha coherencia respecto a las normas y las reglas de casa. Quiero decir que cuando estés tienes que estar “en cuerpo y alma” y tienes que educar.

 

Así que el mejor regalo para este verano post pandemia sería el tiempo en familia. Para hacer algo juntos: acercarse a la naturaleza, a la cultura- la música, el teatro, el cine, un museo, una exposición, las pelis clásicas…-, pasar una tarde en torno a un tablero de parchís, muertos de risa, sin móviles ni redes sociales, compartir una afición…

De entre todo lo que mis hijos me enseñaron cuando eran niños y me siguen enseñando, el aprendizaje más importante para mí ha sido que estar juntos- hacer cosas juntos- produce recuerdos para siempre y muchísima felicidad.

 

 

domingo, 6 de junio de 2021

La ventana: una distopía en forma de tragedia clásica

 

El novelista, editor y crítico literario Alberto Gómez, de Carpe Noctem, ha escrito esta maravillosa reseña de mi novela La Ventana. Le estoy muy agradecida.

                 


                     La ventana, una distopía en forma de tragedia clásica

La ventana, última novela de Carmen Guaita, narra la historia de una maestra, Venecia, en un futuro en el que la educación tal y como hoy la conocemos solo existe para la élite. El resto se ven obligados a ser educados por un sistema de Inteligencia Artificial que los moldea para trabajos precarios o para lo que la obra llama “el ocio”, equivalente aquí a perder el tiempo en actividades no tanto lúdicas como inútilmente absorbentes, drogadictas.

Es central en la trama, por lo tanto, el papel de los maestros y, en concreto, el estilo personal, cercano y socrático (mayéutica) de la educación tradicional. Y en relación con esa importancia, la idea de que si por un lado es necesario que los maestros pidan y gocen de mayor reconocimiento social, no pueden permitir que este se logre a costa de ver la educación reducida a un lujo para aquellos que puedan pagarla. La educación, la verdadera educación, solo lo será, dice esta novela si es humana, cercana y para todos.

Sumen a este, el mensaje clave de que los niños necesitan tanto a los maestros como estos a aquellos. Porque esa vocación de enseñar y de aprender, ese instinto, es la razón principal de ser de esta novela.

En este sentido, la propia experiencia personal de la autora –que dejó una cómoda carrera para volver a ser maestra en un colegio humilde de Madrid− es el cimiento vital sobre el que se levanta una obra que es tanto una defensa de la educación como, desde ese punto de vista biográfico, un llamado a “igualar el pensamiento con la vida”, en expresión de Azorín. Es decir, a actuar de acuerdo con lo que se piensa, sin negociaciones con la propia comodidad, adultamente.

Formalmente, dos son, a mi entender, las columnas que sujetan esta novela. En primer lugar, su clasicismo, entendiendo por tal dos cosas: su propósito moral y su empleo de los recursos y estructuras de las tragedias griegas para hacer avanzar la trama. Destaca a este respecto el hecho de que en la trama el idioma elegido por la élite mundial para ser educada y para comunicarse entre sí sea el latín. Un hecho que permite a la autora darnos a entender cómo las humanidades van más allá de estudiar latín o de conocer bien las principales obras griegas. De lo que se trata, en cambio, es de celebrar la naturaleza humana, uno de cuyos epicentros es la vida social entre iguales: “entre personas vivo”, uno de los lemas de la novela.

También destaca en el entramado moral de esta obra la idea de que la cultura no es ni alta ni baja, sino que solo es cultura si está accesible para todos, es decir, si es popular. Y que, por lo tanto, no se puede hablar de que una persona es culta solo por saber latín o porque sabe de memoria algunos pasajes de los autores clásicos. La cultura solo es posible entre los otros y para los otros. “La cultura sigue viva porque el ser humano la necesita”, se dice. Más allá de la tecnología y el ocio, porque nos habla de lo que nos hace verdaderamente humanos y porque enciende la capacidad de pensar por uno mismo y de enfrentarnos al misterio de nuestra propia existencia.

El segundo pilar de la obra y en relación con ese clasicismo, es su idealismo, su renuencia −¿su renuncia?− a avanzar bajo la férula dictatorial de lo veraz. La ventana es una novela simbólica, de pura ficción. Todo sucede en ella ordenado como por una acuciante necesidad. Como en las obras clásicas, el azar no existe en esta novela. Al contrario, todo es destino. Porque lo importante no es la veracidad de lo que se nos cuenta, su verosimilitud, sino el hecho puro, la parábola que nos narra cómo el hombre, una vez más, trató de ir más allá de la naturaleza –esta vez, a través de la destrucción del planeta y de la inteligencia artificial− hasta caer en la hybris y atraer el castigo divino.

Fruto de ese clasicismo es también el mencionado simbolismo, que encontramos en los nombres de los personajes, en los espacios que ocupan (Mérida y su teatro romano, por ejemplo), en los autores que evocan, en los libros que citan… Así, el otro protagonista de la obra, también de nombre clásico, el joven Alcibíades –guerrero y alumno preferido de Sócrates−, se convierte en el símbolo de la esperanza en un futuro parecido a nuestro presente, donde maestros y alumnos puedan volver a estar reunidos en las aulas, convertidas en un espacio de educación socrático.

Y es que como la propia obra dice (p. 78): “Los seres humanos, además de cosas concretas, necesitan símbolos… y los artistas muestran los símbolos”. Este ha sido el propósito de la obra: ofrecernos símbolos con los que interpretar el mundo que habitamos, la realidad que nos toca crear y que creamos cada día, con nuestra actividad o nuestra pasividad.

La única duda es saber cómo recibirá el lector medio este encadenamiento de símbolos y casualidades, esta obra tan alejada del canon realista-decimonónico; si no le parecerá, acaso, un defecto de realismo lo que es una virtud de clasicismo e idealismo.

La novela es, en todo caso, un apasionado toque de corneta ante el peligro de convertir en privativo de unos pocos el que es el pegamento fundamental de las sociedades: la educación. Y también un grito ante el desprestigio, o directamente el abandono, de las humanidades y del caudal clásico de la cultura que en esta obra de Carmen Guaita es defendido tanto en contenido como en forma.

 

martes, 1 de junio de 2021

Fin de curso

 


Para la maestra era el último final de curso. La jubilación estaba muy próxima y ella recorría con la vista las mesas de la clase, todavía repletas de libros y papeles, de lápices mordidos y dibujos ingenuos, pensando para sí: en junio del año que viene ya no estaré en el colegio.

Llegaron los pequeños, emocionados y felices: último día del curso, primer día del futuro para ellos también. Tanto camino recorrido por ese paisaje familiar de corchos y murales de papel. Algunos, en los días previos, habían confesado que preferían el cole, que las vacaciones- en sus familias dolientes- no eran el mejor momento del año. Sin embargo ahí estaban, expectantes.

-¿Os habéis acordado de las bolsas para llevaros todo el material?

-¡Sí!

-¿De los limones para hacer hoy limonada en el recreo?

-¡Sí, profe!

Último día de curso. Conteniendo la emoción, la maestra pasó lista a aquellas caritas, su promoción “final de carrera”. Allí estaba Carmelina, tan preciosa, llena de voluntad, incansable ante el esfuerzo. Quería ser egiptóloga y leía correctamente los jeroglíficos. “Aquí pone NIKÉ”- había interpretado pocos días antes, en la inscripción de una camiseta turística que traía puesta Alber, el rey de los videojuegos. En la mesa de enfrente estaba Salomé, la futura maquilladora cinematográfica. Lo tenía tan claro que se había pasado el curso caracterizando a sus compañeros en todas las funciones de teatro. El menos ilusionado ante las vacaciones era William, un metro setenta de ángel de diez años. Había progresado tanto, tantísimo desde que llegó de su Santo Domingo natal, había aprendido tantas cosas, había puesto tanto de sí mismo en su trabajo, sus compañeros y su maestra, que ya ocupaba un lugar relevante en el corazón de todos. ¡Pero si menos de un mes antes, para explicar de forma práctica las elecciones generales, lo habían elegido presidente del Gobierno! La maestra lo miraba, tan serio y profundo, con tanto sentido común, y no podía por menos de preguntarse cómo lo haría si fuera presidente de verdad. Pues con honestidad y con criterio, como lo hacía todo.

Aquí venía Manuel. Qué requetemal lo había pasado con la separación de los padres, cuánto había sufrido, cuánto había llorado en clase con la excusa de la alergia en los ojos. Este niño sensible y dulce, pura infancia sin malear hasta que el desamor de los adultos invadió el terreno virgen de su alma, situaba frente a la maestra el dolor de la vulnerabilidad sometida al  egocentrismo de las “personas mayores”. Y la propia maestra comprendía que el final de la niñez está marcado, precisamente, por el instante en que el futuro y lo adulto invaden la inmersión en el tiempo presente que caracteriza a un niño. Como le había sucedido también a Ana, a Fran, a Julia, a Cristopher, a Mabel… Alumnos de ella, simple y llanamente; no sus hijos adoptivos, no sus apéndices ni sus invitados a una vida más serena, menos sujeta a las inquietudes del pan y del trabajo que faltan.

Último final de curso. Ya habían recogido. Se despedían de su maestra. Ella pensaba: “Dios los bendiga y los proteja siempre.”