BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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lunes, 16 de noviembre de 2020

Vientos y vendavales

 



Una vez tuve la oportunidad de asistir en Valencia a un congreso internacional sobre el papel de los gobiernos y los agentes sociales. Cuando todavía faltaban años para que llegara la Covid, los expertos de aquel foro describieron para el literal “mañana” un vendaval de dimensiones colosales que afectaría, más aún que a la economía, al papel de los estados y de la sociedad. Él nos zarandea hoy. 

Esta es una crisis sanitaria en su origen, en sus consecuencias lo es de civilización y de modos de vida; de las instituciones políticas y su ética; del acuerdo tácito por el cual los gobiernos protegían a los muy ricos si contribuían a cambio al bienestar social; de los logros conseguidos en derechos humanos. Incluso es una crisis de la familia. Pequeños y asustados, los occidentales de clase profesional, que vivíamos hasta ahora en el “barrio pijo” del mundo, comenzamos a atisbar cómo es la cotidianeidad de la mayor parte de la humanidad: frágil, insegura, consciente de que la muerte habita en nuestra propia sombra y nos acompaña al caminar.

Sopla cada vez más fuerte el viento de la importancia de cada persona. Hay nuevas formas de interacción con lo que nos rodea, cada vez más posibilidades de emprender acciones personales, de opinar, de comunicarse. Y por otra parte, hay cada vez más uniformidad en las tendencias, menos reflexión en la opinión. Por eso es importante, más que nunca, la manera de ser. La relación entre las personas está basada en el cordón umbilical que se tiende entre nosotros: un hilo que nutre y mantiene vivo, cuyas células son los valores. Nos estamos dando cuenta de la necesidad vital de la cooperación, aunque sea en la forma sencilla de un rectángulo de tela sobre los labios.

Y mientras el mundo se configura de esta nueva manera, cada uno de vosotros ve a sus alumnos afrontar su futuro en un mundo frío, desalmado, con pocas referencias. No se pueden prever los sufrimientos que les deparará el futuro. Sin embargo, la salida de esta crisis está en las personas que ellos son. Es el momento de la escuela que comprende su valor como epicentro del aprendizaje en relaciones personales.

Me parece que el confinamiento y sus consecuencias han desvelado a la sociedad entera algo oculto bajo las generalizaciones de las leyes, pero que los maestros ya sabían: los alumnos son personas rabiosamente individuales. Así que habéis abierto ventanas tecnológicas y habéis viajado también hacia el interior, hacia la propia esencia. Me parece que cada escuela de hoy comienza a comprender que está en un lugar y un momento concretos, rodeada de otras que también son únicas e insustituibles. Y que los enfrentamientos, a veces cortinas de humo para ocultar intereses espurios, nos debilitan a todas.

El viento del cambio sopla de la escuela hacia afuera. Cuando parece que no hay esperanza, la hay a raudales. Cuando asoma una nueva ley de educación sin diálogo ni consenso, maestros y alumnos dialogan.

 

 

martes, 19 de noviembre de 2019

A la intemperie




El pasado 14 de noviembre tuve el honor de dirigirme a los dos mil profesores asistentes al congreso de Escuelas Católicas. Me presenté ante ellos como lo que soy - una maestra católica que ha dedicado toda su vida a la enseñanza pública- para hablar de los desafíos que nos plantea este cambio de era histórica, y de la necesidad de mantener vigente la identidad y la esencia de nuestra profesión humanizadora. Compartí la ponencia con Pedro Huerta, superior de los Trinitarios, un pensador de primer orden y un verdadero maestro. Y para mí fue un honor pasar la jornada allí compartiendo experiencias.

Hubo polémica, sí. Pero la educación se enfrenta hoy a desafíos que trascienden la actuación de los políticos sobre ella. Ni la escuela pública ni la concertada van a desaparecer porque configuran el mapa escolar en nuestro país y entre ambas se escolariza el 95% de los niños y jóvenes. Y los maestros de las dos redes afrontamos los nuevos retos con vocación, con pasión y con preocupación compartidas. 

La escuela pública no es propiedad del gobierno, ni la concertada de las familias: ambas sirven a la sociedad. Los verdaderos problemas de la educación, los que realmente hay que abordar, están hoy fuera de los despachos. Pedro Huerta decía que debemos romper los invernaderos en que vegeta lo autoreferencial y educar a nuestros alumnos para vivir a la intemperie. 

Pues bien, mientras los políticos de todo signo discuten sobre el grosor de la espuma, así es como estamos todos los maestros: a la intemperie.

martes, 27 de agosto de 2019

El último principio




Una bella canción popular rusa dice: “Me resulta difícil hablar, pero también no hablar, de lo que llevo en el corazón.” Un sentimiento parecido me embarga ante este principio del curso escolar que será el último de mi vida profesional puesto que, si todo va bien, me jubilaré en el próximo mes de febrero.

Me resulta difícil hablar de la jubilación porque debo comenzar el curso con las pilas puestas. Quiero decir que debo programar, preparar, aprender, innovar, conocer a los alumnos, sintonizar con ellos, inundarme de esperanza para acompañarlos como si fuésemos a estar siempre juntos. En pocas palabras, eso mismo que están haciendo ahora todos los profesores y maestros.

Y me resulta difícil no hablar de la jubilación porque debo realizar un balance de la vida: cuarenta años en la enseñanza, una profesión que es una forma de ser.

  • Ser comunicativo y estar comunicado, porque en el perfil del docente está siempre la palabra, el diálogo entre seres humanos. Maestros y alumnos nos comunicamos cara a cara, afirmándonos en el lugar que ocupamos sin dejar de afirmar al otro. Durante cada curso escolar, conectamos profundamente nuestras vidas en un espacio donde todos aprendemos y crecemos como personas.
  • Ser eminentemente ético, porque en el diálogo educativo el maestro comparte con el alumno sus conocimientos – claro está- pero también sus convicciones y expectativas, sus valores, por eso el diálogo se desenvuelve en la más compleja riqueza de lo humano, y es tan difícil de explicar que, como diría Lope de Vega, solamente quien lo probó lo sabe.
  • Ser digno, por la condición de profesional esencial. Se es maestro, se es profesora. Ineludiblemente. Mientras dura su camino común, cada profesor es un referente ético para cada alumno; por su parte todos los alumnos son apelaciones a la excelencia moral para el maestro. La tarea docente transmite el mundo para que pueda ser mejorado por la generación siguiente, que a su vez habrá de transmitirlo. Y ese avance, durante el cual las generaciones se suman, es profundamente, dignamente humano.
  • Ser trascendente, transformador, emocionalmente arraigado en la realidad, máster en el manejo del carácter propio y del paso del tiempo, consciente de la autoridad que conlleva la responsabilidad inmensa que asumimos.
  • Ser vocacional, una persona interesada por las personas que sabe apreciar la belleza de quien se está abriendo al mundo.Sentir un profundo respeto por uno mismo. Educar es comprender y hacerse comprender, respetar y hacerse respetar.
  • Haber aprendido a conocerse y a conocer a los demás para trabajar en equipo y sentirse miembro de una comunidad educativa. Aprender a decir sí y no, y a dar crédito a lo frágil para reconocer en cada alumno sus potencialidades. Aprender a no llevarse los problemas de casa al aula, a liberarse de la dictadura de lo ya hecho miles de veces y a plantearse cómo hacerlo siempre todo por primera vez.



En febrero del año 20 diré adiós a una profesión de privilegio, productora de felicidad por sí misma. O tal vez no diré adiós, porque resulta que nunca en mi vida he trabajado como maestra; lo soy que es algo diferente.

Llegará febrero, pero a día de hoy, entre programaciones y caritas nuevas, deseo un buen curso para todos.



La canción a la que aludo se llama "Noches de Moscú" y me encanta esta interpretación en vivo del gran barítono Dimitri Horovstovsky, que ahora comparto.



miércoles, 2 de noviembre de 2016

MODELOS



Hace unos días, en un curso de formación sobre la Acción Tutorial que se celebraba en el “CTIF Madrid Norte”, de San Sebastián de los Reyes, la ponente pidió a los profesores presentes que escribieran cinco certezas de su vida profesional. Ellos, 25 maestros, maestras y profesoras de Secundaria, se concentraron profundamente, lápiz y papel en mano, y durante un buen rato reflexionaron en silencio sobre una cuestión nada inocua ni neutral, que apelaba directamente a su sistema de valores.

Comenzó después la ronda de respuestas y hablaron los docentes: “Tengo la certeza de que soy un modelo de comportamiento para mis alumnos y ello me obliga a tomar decisiones éticas.” “Tengo la certeza de la duda, el cuestionamiento perenne de mis decisiones y mis actos.” “Tengo la certeza de que aprendo de los alumnos.” “Tengo la certeza de que sé cómo hacerlos sonreír”. “Tengo la certeza de que me gusta mi profesión, me hace levantarme feliz por las mañanas.” “Tengo la certeza de que mi presencia deja huella en muchas personas.” “Hago el trabajo para el que he nacido.” “El aprendizaje necesita emoción y motivación.” “Mis alumnos saben que pueden contarme sus asuntos, sean o no pertinentes.” “No puedo hacer mucho sin la ayuda y el impulso de la familia.” “Transmito valores.” “Es una profesión de aprendizaje constante”. “Cada día aprendo de los chicos y chicas de mi clase”. “Ellos aprenden mejor cuando parto de sus fortalezas y no de sus debilidades.” “Aprenden mucho más de lo que yo les enseño. “ “Tengo la certeza de que no soy un súper héroe”. “Tengo la certeza de que alguna vez defraudaré a alguno.” “Necesito cuidarme física y mentalmente, ser resiliente.” “No puedo trabajar sola, necesito al lado mi centro, mi claustro.” “Sé que me quieren.” “Tengo entre las manos una gran responsabilidad.” “Mi profesión es un gran compromiso.” “Aunque me jubile, nunca dejaré de ser maestra.”

Y así hasta completar los 25 profesores. A cinco certezas cada uno, fueron 125 afirmaciones deslumbrantes sobre la vocación, la aptitud y la ética de una profesión entera. Estaba allí un grupo ilusionado, consciente, comprometido, en lucha contra el desánimo y sin gafas de color de rosa porque, como expresó una de las maestras en nombre de todos: “Tengo la certeza de que la enseñanza no se valora lo suficiente.”

Yo estuve allí delante, boquiabierta y fascinada por la belleza que despliegan las personas que aman lo que hacen, los seres libres que saben convertirse en referentes y marcar el camino, mientras ellos mismos van en busca de su esencia.  Las palabras y la actitud de estos maestros me ratificó en otra certeza: existe en nuestros días la posibilidad de la libertad, la posibilidad de la educación, no todo está escrito, no todo se desarrolla en las redes sociales. Las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. ¡Cuánto me hubiera gustado que los grandes jefes de lo educativo presenciaran ese encuentro al azar de profesores convertidos en alumnos durante tres horas de una tarde de miércoles!

Este grupo de personas va a irradiar su influencia sobre varias generaciones de ciudadanos, a los que habrán dado ejemplo y habrán acompañado. Y efectivamente, nunca dejarán de ser profesores. Cuando se dedica la vida a ser un referente, no se deja de serlo. Los que se marchen, y los que lleguen como renuevo, van a estar educando siempre.
Les agradezco mucho su gran lección. Aún así, antes de conocer a estos 25 profes tranquilos y profundos, yo ya tenía  la certeza de que la profesión docente está constituida por personas especialísimas, generosas, sensibles y fuertes, que reflexionan sobre su tarea y sobre sí mismos, y aceptan con alegría  el impresionante compromiso ético que comienza cada mañana cuando se abre  la puerta de una clase y se le dice a las personas que te escuchan: “Buenos días, chicas; buenos días, chicos”.


Gracias  por esta inyección de savia fresca, profesores del “CTIF Madrid Norte”. 

¡Qué cerca de mí estaba la esperanza!

Escrito para el periódico Escuela.

lunes, 3 de octubre de 2016

PROFESIONALIDAD






“-Cuando yo uso una palabra – insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga: ni más ni menos.
-La cuestión- insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas.
-La cuestión- zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo.”
                                                                    Lewis Carroll, Alicia a través del espejo.


Desde hace algunos años los docentes vivimos y trabajamos sumergidos en un torrente de palabras que significan muchas cosas distintas. No tengo la certeza de que alguna vez hayan poseído un significado único, pero sí sé que desde el comienzo de mi carrera como docente, hace más de treinta años, han cobrado sentidos y dimensiones muy distintas.

Una de estas palabras sujeta a los vaivenes es “profesionalidad”. El Diccionario de la Real Academia, con su proverbial laconismo, nos ofrece dos definiciones:”Cualidad de la persona que ejerce su actividad con capacidad y aplicación relevantes”  y “Actividad que se ejerce como una profesión”.  Pues bien, cuesta encontrar artículos de opinión, testimonios, noticias o comentarios que den por hecho que los maestros y profesores españoles desempeñamos nuestra actividad con capacidad y aplicación relevantes. Como afirma el profesor portugués Antonio Reis Monteiro: La profesión docente sufre una curiosa paradoja: es una gran profesión a la que cuesta reconocer una gran profesionalidad. 

Efectivamente, esta gran paradoja condensa muchos de los problemas que aquejan a los docentes de hoy. Nadie duda, en términos generales, que los profesores desempeñamos un papel relevante para la sociedad, pero el valor personal y público del servicio que prestamos- la educación- no disfruta hoy de un estatus comparable al de otras profesiones de relevancia social análoga. La sociedad actual hace elogio de la educación y desprecio de los educadores. Los profesores vemos cada día cuestionada nuestra capacidad para tomar decisiones pedagógicas y académicas, para mantener el orden y la convivencia y para ejercer una labor educativa complementaria a la de la familia. A veces parece que no estamos incluidos en el derecho a la educación, que para nosotros es sencillamente el derecho a enseñar, como para los alumnos es el derecho a aprender. Es frecuente la asimilación de la tarea docente con la figura mitológica de Sísifo, que cada día debía levantar de nuevo lo que por la noche le desmoronaban.

Me pregunto por qué nos sucede esto, cuando en mi experiencia cotidiana convivo y he conocido claustros enteros con capacidad y aplicación excelentes, que realizan una tarea de calidad mucho mayor que la mera relevancia. Tal vez haya llegado el momento de que los propios centros, sobre todo en la enseñanza pública, salgamos a contar todo lo que hacemos bien, y accedamos a la cultura de la comunicación, en vez de sacar a la luz solamente nuestras necesidades o carencias.

La paradoja entre valoración de la importancia de una profesión y descrédito de su profesionalidad se ha demostrado, por ejemplo, en el último debate sobre los deberes escolares. La opinión pública ha escuchado testimonios de padres contrarios a ellos, de padres a favor, de expertos del ámbito universitario, tertulianos y comentaristas. Ninguno de ellos ha hablado de que un profesor sabe lo que hace cuando pone deberes a sus alumnos, porque eso forma parte de su tarea profesional. Y de que siempre está abierto al diálogo con las familias y con el resto de sus compañeros.

Para quienes desempeñamos una tarea de tan inmensa responsabilidad como es la enseñanza- que conlleva un compromiso ético profundo y una absorbente implicación personal- resulta muy duro que a los destinatarios de nuestra tarea – alumnos, familias y sociedad- les resulte difícil valorar en una medida justa nuestro trabajo. 

Sobre educación, todos opinan, todos saben, todos cuestionan, menos los políticos, que guardan silencio o exponen lugares comunes. La verdad es que si a la sociedad le preocupa aquello de lo que hablan los políticos, entonces la situación del profesorado no puede preocuparles. Pero de ahí a que la docencia se convierta en recurso para la caricatura de trazo grueso o para la crítica de barniz sociológico hay un mundo. Los profesores no podemos estar definidos, en el imaginario colectivo, por la duración de nuestras vacaciones de verano. La valoración del trabajo que lleva a cabo un docente en el aula no es simplemente una cuestión de salario sino de “salario emocional” y está pendiente para la política y la sociedad.

La única posibilidad de invertir esta tendencia está en la posición que ocupe la educación en las políticas de Estado. Los informes internacionales nos muestran que en aquellos países que consideran a la educación como actuación prioritaria, el profesorado goza instantáneamente de mayor respeto y consideración por parte de todos.

Cuánta razón llevaba Lewis Carroll: “La cuestión es saber quién es el que manda. Eso es todo.”



domingo, 5 de junio de 2016

Yo sufro, yo acoso



Hace apenas una semana, y para abordar en clase el gravísimo problema del acoso escolar, conté a los alumnos de 5º de primaria la historia del niño acosado que, convertido ya en adulto y cirujano, tuvo que operar a vida o muerte a su acosador. La clase entendió la moraleja sobre el sentido cíclico de las situaciones vitales. También, por supuesto, el dilema moral. Todos menos uno apostaron de manera espontánea por la solución más humana: el médico salvó la vida del paciente. Sin embargo, un chiquillo que ha vivido problemas serios de violencia familiar, optó por la venganza. Para él era la solución más lógica. Ni sus compañeros ni yo logramos que cambiara de opinión. El debate fue muy intenso, salieron a la luz algunos problemas que permanecían ocultos y la sombra del acoso escolar - un fenómeno que se desarrolla siempre en el ecosistema de los niños - planeó sobre mi aula.  “Yo sufro”. “Yo acoso.”

Desde el momento en que los niños abandonan el mundo protegido de la primera infancia y se encuentran con retos que deben resolver solos, comienzan la andadura de su propia vida. El modo en que afrontan los problemas que se les plantean depende de un importante conjunto de factores que actúan todos a la vez: el carácter, la construcción psicológica, la educación que reciben, el medio cultural y la actitud misma de la sociedad para con ellos.
Un problema al que todos deben enfrentarse es el conflicto con los iguales: la discusión, el enfrentamiento o la mera cesión de derechos inevitable en cualquier laboratorio de convivencia, sea la escuela, el parque o la oficina. Ya decía Kant que nuestro rasgo más característico como seres humanos es “la insociable sociabilidad.”

Los conflictos son imprescindibles para la socialización plena del pensamiento, para ver a los otros en cuanto que son “otros que yo” y tenerlos en cuenta. El conflicto enseña al niño a ajustar las relaciones con los miembros de su grupo, a percibir claramente tanto los sentimientos que le inspiran los otros - con quién conecta y con quién no- como los que él inspira en los demás. Se realiza de esta manera y de forma natural la selección entre afines que es consustancial a la amistad.

Por supuesto, la palabra “conflicto” implica solamente los hechos incluidos en su definición: pelea, problema, diferencia de opinión, discusión. Es decir, una situación en la que hay bandos y contendientes, natural en el enfrentamiento entre iguales; algo muy diferente a la agresión, o al acoso escolar, en los que hay verdugos y víctimas. Esta primera distinción es fundamental para abordar las conductas sistemáticas de acoso y violencia escolar en toda su complejidad y dándoles la importancia que se merecen. Y debemos tomarlas en serio porque están sucediendo a nuestro lado, en cuanto volvemos la espalda.

La agresividad intimidatoria entre escolares no es nueva. El matón es un personaje antiguo ¿Quién no es capaz de recordar las novatadas? ¿Quién no ha tenido un mote o ha vivido con desesperación el día en que estrenó las gafas? Sin embargo, muchos nuevos factores inciden en que las acciones sistemáticas de acoso tengan en nuestros días derivaciones más graves, sean más violentas y despiadadas y, en muchos casos, queden impunes. Precisamente porque los niños viven un momento de especial indefensión en una sociedad agresiva, que los colma a la vez de derechos y de desprecios, es momento de que los centros escolares se conviertan en lugares de prevención, diagnóstico inmediato y tratamiento eficaz de esa victimización entre iguales en que consiste el bullying.  Esa acción negativa e intencionada sitúa a las víctimas en posiciones de las que difícilmente pueden salir por sus propios medios, y los profesores tenemos la responsabilidad esencial de protegerlos.

A pesar de ello, todos los estudios señalan que nuestra intervención puede ser tardía e incluso escasa, y esta es una certeza que nos desvela a todos. Aunque no se debe generalizar, parece claro que las herramientas que empleamos, tanto en forma de normativas como en la formación específica y en la acción tutorial, son insuficientes. Y a pesar de ello, los estudios constatan también la existencia de zonas y horarios de especial conflictividad precisamente porque no hay profesores delante, entre los que se lleva la palma el recreo que sigue a la hora de la comida. En esa franja horaria se observa la relación inversamente proporcional entre el número de profesores y la incidencia de los conflictos. Por tanto parece demostrado que nuestra presencia, nuestras decisiones y nuestra actitud frente a los agresores y víctimas son factores de enorme relevancia en la incidencia de los problemas y la dimensión que pueden llegar a alcanzar.

Por supuesto, los mismos estudios que ponen el acento en nuestras dificultades como docentes demuestran que tanto los padres de los alumnos víctimas de agresiones como los de quienes intimidan a otros compañeros no tienen conciencia del problema y hablan de él con sus hijos en contadas ocasiones.
Es por tanto la comunidad educativa en pleno, como fuerza compensatoria, quien influye en la solución del acoso escolar. Las actitudes, conducta y preparación de familias, profesores y personal del centro son elementos decisivos.

Como tutora de un curso de Primaria, me parece urgente, en primer lugar, la formación específica, que deberían facilitar con urgencia las administraciones. Mientras llega a los centros- y espero que inaugure masivamente el próximo curso- hay otro aspecto importante que está en nuestra mano: la permisividad en cuanto a normas de conducta también está asociada al desarrollo de las actitudes de violencia escolar. Las normas de centro claras y que se cumplen son imprescindibles, junto con la información preventiva, el debate, el diálogo abierto y la concienciación.

“Yo sufro”. “Yo acoso.” Estas dos alarmas tienen que convertirse para todos en una prioridad máxima. Así que, a quien corresponda, pido en nombre propio y de mis compañeros formación intensiva e inmediata para la prevención, diagnóstico y tratamiento del acoso escolar.








domingo, 21 de junio de 2015

El tiempo como esencia de la profesión docente


 
 
En su libro “Momentos estelares de la humanidad”, el escritor austriaco Stefan Zweig cuenta que Vasco Núñez de Balboa, al avistar por primera vez el Pacífico, entró en las aguas y bebió de ellas para comprobar si eran saladas como las del mar que él había dejado atrás. Los docentes estamos ante un panorama tan nuevo como el de aquellos descubridores y también tenemos que encontrar las referencias.

A simple vista, parece que han desaparecido las metáforas que nos definían: un profesor es un árbol que da frutos, una cadena con sus eslabones, un labrador que siembra… Todas eran, por cierto, imágenes que proyectaban nuestro esfuerzo en el tiempo porque una de las claves de la profesión docente es la trascendencia.

La filósofa Hannah Arendt describió magistralmente esta energía de las interacciones humanas: La fuerza del proceso de la acción nunca se agota en un acto individual sino que crece al tiempo que se multiplican sus consecuencias. Quien actúa nunca sabe del todo lo que hace pues siempre hay consecuencias que jamás intentó tanto en lo positivo como en lo negativo.[1] Hasta hace poco, la certeza de que cada uno de sus actos incidía en la vida de los alumnos formaba parte de la visión del profesor sobre sí mismo y de la imagen que presentaba ante las familias. Hoy, desde luego, nos cuesta más.

Parece que ya no se nos necesita como mensajeros de la cultura, que nadie aprecia que prestemos un servicio social. Las leyes se suceden pero en todas permanece invariable la desconfianza hacia los profesores. Es evidente: se ha puesto en cuestión la esencia e identidad de la profesión docente, que está muy relacionada con la variable más profunda del tiempo.

El primer escollo que debe sortear hoy la identidad del magisterio es la confusión entre información y conocimiento. La opinión general asegura que el conocimiento mana desde las pantallas, pero quien piensa así pierde de vista que en ellas sólo aparece información, aunque sea a toneladas. Como solo puede manejar ese volumen quien sepa lo que busca, sigue haciendo falta el sustrato que aporta la educación. Las herramientas digitales enriquecen el trabajo en el aula pero no pueden hacer ese trabajo en lugar de un profesor porque la enseñanza es una forma de comunicación humana: una personificación. Tal vez, agobiados por las exigencias tecnológicas lo estemos olvidando.

Otro motivo de deterioro de la identidad docente es el relativismo. La idea de que el sistema de valores y conocimientos que transmiten los profesores es una construcción discutible llegó a la educación en los años sesenta del siglo pasado y se convirtió muy pronto en un modelo pedagógico extendido. La docencia ha sido víctima de un sistema educativo que se instaló en lo relativo. Aún lo tenemos entre nosotros, bajo mil siglas sucesivas, paradójico, banal, lleno de normas, volcado en imponer horarios frente a serenidad, resultados frente a procesos... El desprecio que el modelo educativo tiene por la esencia se traduce, entre otras cosas, en la distribución de las materias, que se han convertido en compartimentos estancos y se dan la espalda unas a otras, cuando la primera aproximación de los jóvenes al conocimiento debería ser holística.

Las leyes de educación españolas de las últimas décadas nos dicen que lo trivial es tan valioso como lo profundo, que la burocracia cuenta más que la dedicación al alumno y que la creatividad del docente carece de interés. El resultado es que la labor de quien enseña es menos relevante y está rodeada de desconfianza. Por supuesto, este diseño no es gratuito. Si los conceptos y valores que se aprenden en la escuela son relativos, son también modificables al albur de cada cambio de gobierno. Así lo estamos viendo.

Los profesores, por definición, nadamos a contracorriente y esto debería enorgullecernos. Nuestra tarea se fundamenta en la transmisión de absolutos que lo son, claro está, “relativamente” -porque la sociedad avanza- pero que constituyen un  trampolín sobre el que saltar. Estos absolutos de la educación son los conceptos del conocimiento, que deben asimilarse antes de poder ser refutados, para el avance de la ciencia; y los valores de la democracia, sin cuya aceptación universal es imposible la convivencia. Todo lo demás- asignaturas, tecnologías, métodos- son simples herramientas y el problema que los legisladores nos dejan siempre sobre la mesa es la confusión entre unos y otras. Ahí es donde se nota que quienes escriben leyes de educación no conocen la complejidad de esta. Antes de cualquier otra consideración, más importante que el número de horas o el currículo de su asignatura, el docente debe proyectar en cada alumno y cada alumna un ser humano completo y, con la suma de todos, una sociedad mejor. Y debe actuar con idealismo, con la idea de perfectibilidad a pesar de las limitaciones individuales o familiares. Por eso la profesión docente, inmersa en el presente vital de sus actores, se proyecta en el tiempo más que ninguna otra; por eso solo puede evaluarse en el tiempo.

Por otro lado, hoy contamos con un nuevo elemento de presión: los resultados de las evaluaciones internacionales. Debemos maximizar la productividad de los ciudadanos porque la educación es un apéndice de la economía, dicen. Debemos ponernos al mismo nivel que Finlandia y Corea del Sur, países por cierto con buenos resultados en PISA pero con índices de depresión y suicidio juvenil de los que nadie habla. Mejorar estas evaluaciones importa más que los efectos de la educación sobre las dimensiones espirituales de los alumnos: motivación, curiosidad, creatividad, valores, progreso personal...  Así se diluye la esencia de una profesión en la que importa mucho la formación, desde luego, pero que solo puede estructurarse alrededor de la vocación y de la ética, es decir, de proyectos en el tiempo.

Por supuesto, criticar el auge de estos informes no significa dejar de evaluar, sino que los resultados de las evaluaciones deben tener en cuenta el punto de partida, los medios, las circunstancias y el efecto real de las propuestas pedagógicas; dejar de fijarse tanto en el éxito, que etimológicamente es la salida, y observar la entrada. ¿Qué traen nuestros alumnos de su casa? Recuerdo, en la presentación de un informe PISA en 2014, cómo la representante del Ministerio de Educación criticaba que los alumnos españoles no hubieran resuelto correctamente una prueba de la vida real que consistía en interpretar un plano del Metro. Un profesor que estaba en el auditorio levantó la mano y dijo: “Mire usted, es que mis alumnos son de pueblo y solo hay Metro en diez ciudades españolas. ¿De verdad es esta una prueba de la vida real? ¿Los niños de Madrid distinguen a simple vista un chopo de un olmo? Mis alumnos sí, porque esa es su vida real. Y le aseguro a usted que cuando vengan a la capital no se perderán en el Metro.” Le aplaudimos, claro. Los estándares internacionales son solo cifras. La humillación de la educación ante la economía está condenada al fracaso. Como dice un viejo proverbio alemán: pedí trabajadores, pero me mandaron personas.

A día de hoy, en los claustros resulta fácil dejarse llevar por el pesimismo y la desesperanza. No son la misma cosa: el pesimista espera que sucedan cosas malas, el desesperanzado ha perdido el interés por lo que pueda suceder y, como dice Chesterton, ya no cree en el bien ni en la belleza. Ninguna de las dos actitudes es propia de la educación que es optimismo y esperanza, una apuesta indudable por el bien y la belleza. En resumen, de nuevo, una inmersión en el presente y una proyección en el tiempo.

Hace poco se publicó un estudio que investigaba el factor que mejor conforma el prestigio de una profesión. En la enseñanza, los propios docentes valoraron la formación; pero los padres y alumnos respondieron que ese factor clave era la vocación. En esta respuesta tienen razón los padres. La vocación, que hoy apenas se tiene en cuenta, es determinante del éxito como docente en una proporción fundamental. Sin vocación, el aula puede producir rechazo. A la vocación se la sirve y desarrollarla es, en sí misma, una recompensa.

Ser profesor es una pasión. Uno parte del interés por la infancia y, durante el periodo de formación primero y con el ejercicio profesional después, se va transformando en entusiasta de la relación educativa. Ejercer esta profesión imprime carácter. Esta expresión ha quedado anticuada pero merece conservarse. Proviene de la ética clásica en la cual “carácter” se dice êthos y tiene la connotación de una meta personal que se alcanza a lo largo del viaje de la vida. Ese desafío ético es la primera prueba de que el tiempo fundamenta el desempeño de la docencia.

Por supuesto, es una vocación que solamente puede darse en personas interesadas por las personas, que sepan apreciar la belleza de quien se está abriendo al mundo. Así que un maestro tiene los ojos, las manos y la voz en el presente de un niño, y los sueños en lo que puede llegar a ser.

En el escenario profundo de la relación educativa hay un camino por el que profesor y alumno avanzan juntos. La docencia no es una profesión de primeras impresiones: no es ser comunicador o político en campaña. Aquí se debe mantener alto el listón día tras día durante muchos años. Sostener una actitud frente al paso del tiempo y, en curiosa paradoja, dejarse modelar por ese mismo tiempo.

            Podríamos creer que lo único que un maestro comparte con sus alumnos es el conocimiento, pero el escenario profundo de la relación educativa no está basado simplemente en añadir cultura al sustrato original de un niño. El proceso de la educación es un diálogo – a veces escondido bajo el peso del monólogo docente- durante el cual el maestro comparte sus convicciones, sus expectativas, sus dudas y certezas, su visión del mundo y del papel que el ser humano juega en él. En realidad, comparte sus valores, por eso el diálogo se desenvuelve en la más compleja riqueza de lo humano. Conviene aceptar la dimensión dialógica y sacarla a la luz para que no quede asfixiada en el inútil intento de esconder lo que los psicólogos denominan “currículo oculto”.

El ser de un niño y su proyecto son lo mismo; el ser de un maestro y su ética son lo mismo, así que el profesor y el alumno comparten también un camino por el cual los dos encuentran las experiencias mientras avanzan.

Vista desde ese núcleo biográfico, la docencia está siempre abierta a nuevas posibilidades, llena de esperanza, obligando a sus actores a construir un proyecto de ser, a tomar decisiones, a hacerlo mejor, a volver a empezar.  La huella que marque día a día en la vida de otros seres humanos durará para siempre.

Puede que ahora nos sintamos como Vasco Núñez de Balboa ante un inmenso océano, pero cuando probemos sus aguas comprenderemos que la esencia de nuestra profesión es la misma desde el principio de los tiempos. Dedicarse a la enseñanza será siempre una manera salada y profunda de vivir.

 

 



[1] Hannah Arendt, La condición humana. Paidós, Barcelona, 2005.

jueves, 12 de febrero de 2015

Tiempo de innovación


 
La RAE define “innovar” como “mudar o alterar algo, introduciendo novedades”. Si nos damos cuenta, es una definición tranquila porque no supone destruirlo todo y volver a empezar sino descubrir el elemento que perturba e incidir sobre él. Por eso innovar en educación es algo cotidiano y posible. Se trata de un esfuerzo consciente por hacer algo en clase que no se hacía el día anterior, el curso anterior.

Son muchísimos los docentes que están modificando la manera de enfrentar su trabajo cotidiano. Tal vez se sienten interpelados por una certeza: si un maestro de 1915 despertara después de haber estado dormido durante cien años, encontraría intacta la manera de dar clase porque no ha cambiado en un siglo. A pesar de ello, miles de profesores nos hacen ver que, poco a poco, la tarea docente va modificándose. En primer lugar porque es muy difícil dar la espalda a la sociedad digital, pero también porque los profesores comenzamos a comprender que las características de los alumnos actuales– heterogeneidad, estímulos externos, cambio de valores familiares- nos obligan a salir de nuestra “zona de confort”, aquella en la cual había una tarima desde la que se controlaba y se hablaba a un auditorio silencioso. A día de hoy, si fuera de la escuela casi todo está cambiando, también se va modificando lo que sucede en el interior. Y es precisamente en las aulas donde surgen las mejores propuestas de mejora. A diario.

En este sentido, el profesor José Blas García, de la Universidad de Murcia, ha difundido a través de varias plataformas on line una interesantísima reflexión sobre la innovación que ha titulado sonoramente como “Soy un sinvergüenza educativo”.
 
 
Algunas claves de su propuesta son: cambiar la manera de agrupar a los alumnos en clase. Dejar de lado la distinción tradicional en mesas separadas y situar a los chicos de tres en tres o de cuatro en cuatro, para que interactúen, compartan y aprendan a respetar el espacio de los otros. Al menos una vez al día, realizar alguna actividad grupal, para que encuentren sentido a esta manera de situarse y se sientan miembros relevantes de una unidad intermedia entre el pequeño individuo y la gran clase. Formar grupos equilibrados, heterogéneos en la medida de lo posible pero sobre todo pensando en cada alumno y en lo que puede aportar y recibir de los demás.  Asignarles roles pero respetando el margen de actuación y dejando tiempo para que la primera solución a cualquier conflicto parta del propio grupo. Esto implica esperar y observar antes de intervenir al primer impulso, al estilo tradicional. Estas y otras muchas propuestas acercan el aula al aprendizaje colaborativo, una de las claves de la enseñanza activa e innovadora. Para José Blas García – y también para mí- es la mejor manera de favorecer el dominio de las técnicas de inteligencia emocional y social que constituyen hoy uno de los grandes objetivos del proceso educativo.

Por supuesto esta innovación tranquila supone perder el miedo a las herramientas digitales. No podemos negar ni su existencia ni su impacto en la vida de los chicos así que debemos incorporarlas con criterio, sin improvisar, sabiendo en todo momento para qué. Creo que ese para qué de las TIC es más importante que el cómo.

Innovar es también incidir en los valores personales sin despreciar el conocimiento, preparando bien las sesiones y planteando ejercicios que desarrollen el pensamiento sistemático, la memorización y la conexión entre aprendizajes.  Es el tiempo de que los alumnos sean los protagonistas. Innovar es dedicar tiempo al diálogo con ellos, crear un clima de seguridad y confianza, que el aula sea un lugar en el que estar a gusto y comportarse con sinceridad. Debemos conocer no solamente su nivel de aprendizaje sino sus deseos, sueños e intereses. Así seremos mejores profesores porque adecuaremos las clases a esos intereses y, en la medida de lo posible, los satisfaremos.

Innovar es también apreciar a los alumnos como personas singulares. En el día a día esto se traduce en favorecer el desarrollo de sus múltiples inteligencias, ofrecerles clases ricas, flexibles y variadas, potenciar lo mejor de cada uno, valorar en voz alta los logros y no solo los fracasos. En fin, dejarse llevar por Agustín de Hipona, un pedagogo que lleva veinte siglos en vanguardia: “La educación que no viene motivada por el amor, desprestigia a la persona del educador y no beneficia a los educandos.” No es la primera vez que lo más innovador es lo más clásico.

La innovación tranquila comienza a asomar tímidamente pero con pasos seguros en las aulas. Y no lo ha hecho por donde hubiera podido ser más previsible: no ha venido de la mano de las tecnologías, tampoco como consecuencia de grandes proyectos: leyes educativas, estudios pedagógicos...  Son los docentes concretos quienes la ponen en práctica un día tras otro, y esa es una cuestión distinta al grandilocuente proyecto;  esencialmente va de trabajo pequeño, convencido y valorado.

Las grandes mareas son simplemente olas que llegan incansables a la orilla, unas tras otras. La oportunidad de la innovación educativa es como esas olas. Está incidiendo ya sobre muchos centros, así que el docente que acepte esta dinámica puede estar seguro de colaborar en un verdadero movimiento de cambio educativo global que puede impregnar la educación de tal manera que, como ha afirmado en muchas ocasiones el profesor José Antonio Marina, todo el sistema cambie a mejor y por completo en cinco años. 
 
Artículo escrito para el periódico Escuela.

 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PANORAMA DESDE EL AULA


 
Desde la ventana de mi aula- cuarto de Primaria de un colegio público de barrio en Madrid- se ve a lo lejos un inmenso esqueleto, una rueda de hormigón y acero que oculta el horizonte. Quiso ser un edificio emblemático, nada menos que la Ciudad de la Justicia, pero se quedó a medias y ahora no es más que el injusto recordatorio de un proyecto faraónico. Uno más de este periodo reciente durante el cual todos los deseos políticos pudieron hacerse realidad porque el dinero público no era de nadie.

Si, aún con ese horizonte en la retina, contemplo mi aula ventana adentro, reconozco con tristeza los recortes en educación que han sido la consecuencia del despilfarro previo de millones de euros. Ventana adentro, condeno a esa abortada ciudad de la justicia, a los aeropuertos fantasmas y a las cuentas corruptas. Por culpa de ese desenfreno mi centro no cuenta este curso con el imprescindible especialista en Audición y Lenguaje. Por culpa de ese desenfreno, en mi centro –que escolariza en cada aula al menos a tres alumnos de integración- compartimos con otros muchos un solo especialista en Pedagogía Terapéutica, a razón de un día para cada colegio del distrito. Así que, si el panorama de mi vista viaja desde la Ciudad de la Justicia hasta el centro del aula, solo puedo pensar que esta pequeña escuela pública de barrio, situada apenas a diez kilómetros de la Carrera de San Jerónimo, se encuentra sin embargo a años luz de las actividades de los fabricantes de políticas.

Sin embargo, si mi mirada inicia su recorrido en el propio centro, el panorama no es pesimista en absoluto. En la sala de profesores de este pequeño colegio habita un claustro de titanes. Como está sucediendo en todas partes, sus profesores son capaces de tomarse como un reto que haya dos leyes de educación en vigor de manera simultánea, a pesar de las dificultades de organización, de que aún no han llegado los libros y de que apenas hay pautas para programar. Pero nada de eso importa porque hay unas maestras y unos maestros capaces de asumir la desaparición de los ciclos en la enseñanza primaria y seguir programando actividades conjuntas; profesionales que no dudan en apuntarse a seminarios de formación, que preparan proyectos de mejora y de innovación, que se reúnen para pensar, que salen del aula agotados cada día y entran felices al día siguiente. Todos los profes imparten- impartimos- clase en varios cursos, vigilamos tres o cuatro recreos por semana, apoyamos a los alumnos y nos apoyamos unos a otros. Los tutores y docentes de cursos LOMCE se devanan los sesos para adaptarse a una nueva ley que cae desde lo alto como un chaparrón de esos que encharcan sin refrescar, pero ni se desaniman ni protestan. Y yo, con toda humildad, intento seguir su ritmo y aprender mucho de ellos.

El panorama desde mi aula, por tanto, está lleno de confianza en los profesionales de la enseñanza pública. He leído hace pocos días una frase brillante que no comparto. Dice así: los docentes tienen tanta libertad para desempeñar su tarea como el conductor atrapado en un atasco la tiene para elegir la música que va a poner en el radiocasete. No me gusta ese pesimismo destructivo. Está claro que hay dificultades,  una burocracia que constriñe, recortes en ayudas imprescindibles que nunca llegan y que están relacionadas siempre – no se dude- con el capital humano. Pero hay también libertad porque la comunicación educativa es un camino ético, un modo de estar en el mundo. Convivir con los alumnos al cien por cien de la capacidad de cada profesor, dando lo mejor de nuestro presente por su futuro, es una opción embriagadoramente libre. Es la opción de la docencia, la nuestra.

Comparto, esta vez de corazón, un pensamiento de José Antonio Marina: la inteligencia práctica es la cumbre de todo el despliegue intelectual, y es la inteligencia necesaria para educar. Así que, en pleno uso de la porción de inteligencia práctica que me haya correspondido, me propongo dar la espalda en la medida de lo posible al fantasma de la Ciudad de la Justicia y mirar con orgullo a mis alumnos y a mis compañeros de claustro. Las cuentas sobre el despilfarro las pediré en el recto uso de mis opciones como ciudadana, pero en otro ámbito.

Si mi mirada recorre el aula de cuarto de primaria se encuentra con la mirada de un niño.

Feliz curso nuevo a todos.

  (Artículo escrito para el periódico Escuela) 

 

lunes, 5 de mayo de 2014

Desacreditar a los docentes


 
 
Durante la última semana de abril, a los maestros y profesores españoles nos ha cabido el triste honor de protagonizar las descalificaciones de una cumplida representación de políticos. La profesión docente se ha visto zarandeada por un huracán de críticas injustas, ante las cuales no ha habido lugar a la réplica. Por desgracia no puedo calificarlas con el adjetivo “inesperadas” porque ya son habituales. Aún así, seguimos sin saber a santo de qué vienen.
 
Esta semana horribilis tuvo su prólogo durante la presentación de los resultados del Informe PISA. Elevado a la categoría de absoluto, considerado como oráculo de la política educativa, se ha olvidado que este informe no es sino un diagnóstico elaborado sobre una muestra parcial del sistema educativo. Y se ha omitido que once comunidades autónomas están por encima de la media de la OCDE en sus resultados. Para los profesores de estas comunidades no ha habido, por supuesto, ni una palabra de reconocimiento.

La semana comenzó cuando el presidente de una comunidad autónoma realizó unas insólitas declaraciones, ajenas a su competencia, sobre la apertura del acceso al magisterio a los titulados de cualquier carrera. El mensaje que envió a la sociedad fue algo parecido a: “¿Cómo no va a servir un Licenciado en Derecho para enseñar a leer a veinticinco niños de seis años, si para eso sirve cualquiera?” Pocas horas más tarde, el Ministerio de Educación presentó un documento base para modificar el sistema de acceso a la función docente que contradecía la iniciativa autonómica. De nuevo, y en un ámbito tan fundamental como la educación, se enfrentaron propuestas contradictorias para abrir polémicas estériles e impedir los avances.

En apoyo del presidente de la comunidad autónoma, una política que ha protagonizado recientemente los titulares de prensa por sus carencias en educación vial y cívica se animó a publicar un artículo muy crítico con el magisterio, dando por hecho que es una profesión saturada de incultos “que no poseen los conocimientos de un niño de doce años”. Da igual que con estas manifestaciones se lesione la confianza de cada familia en alguien tan transformador y cercano como el maestro de su hijo; da igual que las encuestas insistan en que la sociedad valora a los profesores y desconfía de los políticos.

Para añadir un poco más de pimienta a esta “semana del docente”, la  segunda responsable del sistema educativo español, desde allende los mares, achacó la escasez de presupuestos para la educación a los abultados sueldos de los profesores. Sin embargo los recursos humanos son la clave de un sistema educativo de calidad, como saben en todo el mundo. Nuestra realidad se puede enumerar: esos famosos sueldos, siempre escasos, fueron machacados mucho antes de la crisis económica; cincuenta mil profesores han perdido su empleo en los últimos tres años; jamás ha habido en España un presupuesto generoso para la enseñanza;  y el porcentaje de PIB destinado a la educación nunca ha alcanzado la media de la OCDE, ni siquiera en tiempos más felices. Los patronos de los profesores españoles -pues no otra cosa son quienes asumen responsabilidades en la administración educativa- están obligados a conocer bien al colectivo docente y, si no les es posible amarlo, al menos deben respetarlo y valorar una tarea sobre la que recaen todas las responsabilidades y todas las exigencias.

La semana terminó muy cerca de mí, en un debate radiofónico sobre los modelos de jornada escolar durante el cual un reputado experto en educación afirmó que, para conseguir el horario en jornada continua, los maestros acosan a las familias. Y después afirmó que los profesores no saben de lo que hablan.

Acosadores, despilfarradores, inútiles, vagos, mal preparados, incultos. ¿Es justo este tratamiento? Los claustros están llenos de profesionales que no pierden la ilusión, de iniciativas fructíferas, de abnegación. Antonio Machado - profesor de la enseñanza pública- sale en nuestro rescate. ¿No será más bien que los descalificadores desprecian cuanto ignoran?

Aunque resulte difícil de creer, hay que remontarse a los inicios del siglo XX y luego al periodo preconstitucional para encontrar en España iniciativas relacionadas con la política del profesorado, con el aumento de su motivación y la confianza que se merece. Hoy los docentes están haciendo un inmenso esfuerzo por incorporarse a los requerimientos de la realidad, que son los de cada alumno y cada familia, afortunadamente, y no los de la política. Y lo hacen de manera voluntaria, sin reconocimiento profesional o económico puesto que no existe en nuestro país una carrera docente. Me quedo con la afirmación de uno de los responsables del informe PISA: “los resultados no pueden mejorar sin valorar adecuadamente la importancia de la labor docente en la dinámica educativa. Los países que obtienen mejores resultados en esta prueba de competencias son los que dedican un mayor apoyo al profesorado”.

Esta competición de tiro al blanco en la cual los docentes somos la diana es vergonzosa y debe terminar.