BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



Mostrando entradas con la etiqueta aula. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aula. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de mayo de 2019

Miguela y la inteligencia emocional



                                       Foto: El periódico de Hortaleza


“La inteligencia emocional es vivir el presente plenamente, olvidarse del pasado porque ya no está, pensar en el futuro…, si quieres programar, un poco, pero tampoco en exceso porque no sabes si va a llegar. Tiene una parte intra-relacional (conocerte a ti mismo y manejar las emociones) y otra inter-relacional (saber relacionarte con los demás). Es la inteligencia del éxito.” 

Con esta definición optimista e intensa, tal como era ella misma, definía la maestra y pedagoga Miguela del Burgo la inteligencia emocional en una entrevista realizada para el periódico local de Hortaleza, su barrio de Madrid. 

Miguela, que se acaba de marchar, fue durante veinte años la directora del colegio Pablo Picasso, un emblema de la calidad y la vanguardia de la escuela pública. Ella comprendió desde el primer momento la importancia de la motivación, la autorregulación y la autoconciencia para el rendimiento escolar. Y comenzó a formar a los profesores de su claustro y a los propios niños. Como un faro, irradió a todos los colegios públicos y concertados de Hortaleza su interés por la inteligencia emocional a la que atribuía un papel asentador de los primeros aprendizajes. Se convirtió en formadora. Ella misma, se notaba en seguida, era una experta en la gestión de sus propias emociones. Y fue efectiva donde verdaderamente debe serlo cualquier innovación: en el nivel “micro”, escuela a escuela, clase a clase. Así que hoy, para los centros escolares de enseñanza primaria de un distrito completo de Madrid, decir inteligencia emocional es decir Miguela.

Por eso me parece oportuno pintar un retrato de la maestra que pone en juego ante los avatares del aula su propia inteligencia emocional. Por supuesto para mí, maestra también en un colegio de Hortaleza, describir la inteligencia emocional de un docente será hablar de cómo era Miguela.

Comienza la jornada y, a pesar de las dificultades, la maestra posee una inquebrantable resiliencia que le permite renovar cada mañana su compromiso con el aula. Llega contenta, sí. Saluda a los alumnos cuando entran a clase desde la puerta, es decir, se permite establecer ese primer contacto visual y sonriente desde el preciso instante en que ellos cruzan el umbral. Así, antes de comenzar las clases, los ha visto a todos, sabe quién se ha cortado el pelo, quién estrena abrigo o viene sin él en un día gélido. Confía en sí misma y en sus capacidades, permanece en estado de “alerta educativa” ante el movimiento y los mensajes que envían los alumnos. Como ella misma es curiosa, fomenta esa curiosidad entre los niños y niñas, no le importa detener un momento el avance del temario si debe intervenir ante algún conflicto, con paciencia para esperar que la solución provenga de la empatía que todos poseen y que deben encontrar en su interior para ponerla en juego. Para ello emplea prioritariamente el refuerzo positivo, capaz de hacer pasar de una motivación extrínseca a una intrínseca, desarrollando así la autoestima y el carácter.

A esa maestra emocionalmente inteligente le gusta comunicar y se esfuerza en perfeccionar esa habilidad. Está preparada para afrontar con serenidad los constantes cambios, manteniendo su identidad; para renovar su compromiso a diario, a veces en circunstancias difíciles; para aprender a conocerse y a conocer a los demás; para trabajar en equipo y sentirse miembro de una comunidad educativa; para decir sí y no, y a dar crédito a lo frágil; para reconocer en cada alumno sus potencialidades; para no llevarse los problemas de casa al aula, liberarse de la dictadura de lo ya hecho miles de veces y a plantearse cómo hacerlo siempre todo por primera vez. Sabe explicarse y escuchar, mirar y ser mirada, y ha aprendido a cuestionarse todo, sobre todo lo que ella misma hace cada día.

Por supuesto, su inteligencia emocional se asienta sobre un sólido sustrato ético. Nuestra Miguela elige cómo va a presentarse ante los alumnos y la comunidad educativa. Sabe de sobra que su presencia ante los demás no es sencillamente la manifestación externa de una disposición interior sino una elección deliberada sobre la forma en que quiere que los demás me perciban, y esto es fruto del pensamiento ético: sé como deseas parecer, decía Sócrates. Ella ha optado por una manera determinada de ser docente y ahora su compromiso es hacerla efectiva. Por eso no tiene miedo a ejercer su autoridad, por eso comprende que se deriva de la inmensa responsabilidad que ha contraído ante las familias y la sociedad, por eso se la gana a diario con decisiones justas, con una tendencia constante hacia lo que debe ser.

Nunca se le olvida percibir las emociones y sentimientos de sus alumnos, y les ayuda a ponerlos en palabras. Su objetivo es una cohesión de grupo que haga brillar el respeto y la cordialidad y aleje el fantasma del acoso. No es tarea fácil sino permanente y sujeta a vaivenes. Nuestra Miguela, como todas, trabaja en un aula de verdad no ante probetas de laboratorio en condiciones ideales para la proliferación de los cultivos.

Por supuesto, domina el arte del enfado, habilidad básica de la docencia que sin embargo nadie nos enseña. Por eso, ante las regañinas y castigos se mantiene siempre muy consciente, auto controlada, no pierde nunca la alerta de que es justo y educativo. Su lenguaje corporal y dialéctivo siempre es asertivo. Enfatiza  la creación de debates y de un ambiente en el aula democrático y respetuoso y en el que cada uno pueda tener su lugar y capacidad para expresarse e interactuar. Su inteligencia emocional impregna, a lo largo de su jornada laboral, todo lo que piensa, dice, calla y hace.

¿Conocemos los docentes la importancia de cuidar y potenciar nuestra propia inteligencia emocional? ¿Hablamos de ella? Miguela del Burgo lo hacía constantemente. Al fin y al cabo, ella sabía que las cualidades de la persona emocionalmente inteligente se llaman - se llamaron siempre- valores.

Sucede una cosa muy curiosa contigo, Miguela: no te has ido. Eso debe de ser lo que llaman "dejar un legado."

Te sigo queriendo y admirado mucho. Gracias.












miércoles, 6 de diciembre de 2017

Lo pequeño

Resulta que Madrid es la capital europea que cuenta con más árboles. Sin embargo - y aunque notemos su presencia - no creo que la mayoría de quienes vivimos aquí sepamos cómo se llaman, cuántos años tienen o si dan fruto. Y es que en el ritmo vertiginoso de una ciudad se pierde un tesoro, el aprecio por el valor de las cosas pequeñas.
Este defecto puede llegar a convertirse, si no tenemos precaución, en un “mal de escuela”. Y no voy a hablar ahora de la naturaleza sino, literalmente, de las cosas pequeñas hechas por las personas.

Los profesores vivimos rodeados de las pequeñas cosas cotidianas, de las herramientas corrientes, de las actitudes de los niños y de sus inquietudes. A diario convivimos con ellas pero no nos fijamos porque se han hecho invisibles bajo la enorme capa de las cosas “trascendentales” – terminar el temario o preparar la evaluación- en que nos ocupamos.

Sin embargo estas cosas pequeñas son las mejores manifestaciones de la dignidad y la capacidad de la especie humana, e incluso sirven como motor de confianza en la pervivencia de la humanidad. Las miradas, los gestos, los rasgos de los niños, su creatividad ante un problema, sus dibujos, sus regalitos agradecidos,  aquello por lo que ríen, lo que les emociona o disgusta… Todo forma parte esencial de la belleza de la docencia. Son, aunque no nos demos cuenta, la fuente de la juventud eterna de un maestro y la gasolinera de su vocación.

“Escribe cinco cosas buenas de cada uno de tus alumnos”, me retó una vez ese gran psicólogo y gran hombre que es Javier Urra. Dicho así, parece fácil. No lo es. Para mi vergüenza, y aunque sé las notas que sacan en los exámenes, tal vez no los conozco lo suficiente.

La docencia está llena de pequeños momentos que vivimos a diario sin darles valor alguno, como si fueran naturales. Pero son muestras de la capacidad del ser humano para resolver problemas complejos, manifestaciones de la inteligencia verdadera, que no es la acumulación de conocimientos - hoy los tiene un ordenador - sino la intuición. Así que, antes de que llegue la jubilación, tengo el propósito de gustarlas mejor, de valorarlas más, de mirar con más afecto a los niños que me miran, de agradecer su disponibilidad para creer lo que digo, para obedecer lo que mando. Para agradecer su confianza en mí. Estoy hablando de trabajar más despacio, pararse para admirar el dibujo sencillo, para escuchar una historia pequeña, cotidiana, tal vez insustancial para mí pero tan trascendente para el niño. Y de paso, por qué no, pararme para pensar en lo que hago y mirar cada día, uno por uno, a los ojos de todos, para así educarlos con la sencillez de mi presencia.


Me propongo valorar un poco cada día la belleza de tantas cosas pequeñas como pasan en mi clase.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

PANORAMA DESDE EL AULA


 
Desde la ventana de mi aula- cuarto de Primaria de un colegio público de barrio en Madrid- se ve a lo lejos un inmenso esqueleto, una rueda de hormigón y acero que oculta el horizonte. Quiso ser un edificio emblemático, nada menos que la Ciudad de la Justicia, pero se quedó a medias y ahora no es más que el injusto recordatorio de un proyecto faraónico. Uno más de este periodo reciente durante el cual todos los deseos políticos pudieron hacerse realidad porque el dinero público no era de nadie.

Si, aún con ese horizonte en la retina, contemplo mi aula ventana adentro, reconozco con tristeza los recortes en educación que han sido la consecuencia del despilfarro previo de millones de euros. Ventana adentro, condeno a esa abortada ciudad de la justicia, a los aeropuertos fantasmas y a las cuentas corruptas. Por culpa de ese desenfreno mi centro no cuenta este curso con el imprescindible especialista en Audición y Lenguaje. Por culpa de ese desenfreno, en mi centro –que escolariza en cada aula al menos a tres alumnos de integración- compartimos con otros muchos un solo especialista en Pedagogía Terapéutica, a razón de un día para cada colegio del distrito. Así que, si el panorama de mi vista viaja desde la Ciudad de la Justicia hasta el centro del aula, solo puedo pensar que esta pequeña escuela pública de barrio, situada apenas a diez kilómetros de la Carrera de San Jerónimo, se encuentra sin embargo a años luz de las actividades de los fabricantes de políticas.

Sin embargo, si mi mirada inicia su recorrido en el propio centro, el panorama no es pesimista en absoluto. En la sala de profesores de este pequeño colegio habita un claustro de titanes. Como está sucediendo en todas partes, sus profesores son capaces de tomarse como un reto que haya dos leyes de educación en vigor de manera simultánea, a pesar de las dificultades de organización, de que aún no han llegado los libros y de que apenas hay pautas para programar. Pero nada de eso importa porque hay unas maestras y unos maestros capaces de asumir la desaparición de los ciclos en la enseñanza primaria y seguir programando actividades conjuntas; profesionales que no dudan en apuntarse a seminarios de formación, que preparan proyectos de mejora y de innovación, que se reúnen para pensar, que salen del aula agotados cada día y entran felices al día siguiente. Todos los profes imparten- impartimos- clase en varios cursos, vigilamos tres o cuatro recreos por semana, apoyamos a los alumnos y nos apoyamos unos a otros. Los tutores y docentes de cursos LOMCE se devanan los sesos para adaptarse a una nueva ley que cae desde lo alto como un chaparrón de esos que encharcan sin refrescar, pero ni se desaniman ni protestan. Y yo, con toda humildad, intento seguir su ritmo y aprender mucho de ellos.

El panorama desde mi aula, por tanto, está lleno de confianza en los profesionales de la enseñanza pública. He leído hace pocos días una frase brillante que no comparto. Dice así: los docentes tienen tanta libertad para desempeñar su tarea como el conductor atrapado en un atasco la tiene para elegir la música que va a poner en el radiocasete. No me gusta ese pesimismo destructivo. Está claro que hay dificultades,  una burocracia que constriñe, recortes en ayudas imprescindibles que nunca llegan y que están relacionadas siempre – no se dude- con el capital humano. Pero hay también libertad porque la comunicación educativa es un camino ético, un modo de estar en el mundo. Convivir con los alumnos al cien por cien de la capacidad de cada profesor, dando lo mejor de nuestro presente por su futuro, es una opción embriagadoramente libre. Es la opción de la docencia, la nuestra.

Comparto, esta vez de corazón, un pensamiento de José Antonio Marina: la inteligencia práctica es la cumbre de todo el despliegue intelectual, y es la inteligencia necesaria para educar. Así que, en pleno uso de la porción de inteligencia práctica que me haya correspondido, me propongo dar la espalda en la medida de lo posible al fantasma de la Ciudad de la Justicia y mirar con orgullo a mis alumnos y a mis compañeros de claustro. Las cuentas sobre el despilfarro las pediré en el recto uso de mis opciones como ciudadana, pero en otro ámbito.

Si mi mirada recorre el aula de cuarto de primaria se encuentra con la mirada de un niño.

Feliz curso nuevo a todos.

  (Artículo escrito para el periódico Escuela)