BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



Mostrando entradas con la etiqueta valores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta valores. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de octubre de 2020

El modo de empleo de la vida



Este curso he comenzado a colaborar con la Universidad de Padres, la plataforma on line de formación para familias y educadores creada hace más de una década por José Antonio Marina. Este es el primer artículo que he escrito para la plataforma. Incluyo un enlace a la web de la UP para quien desee más información.

Universidad de padres


EL MODO DE EMPLEO DE LA VIDA

Si pudiésemos volver a ese momento mágico en que vimos la carita de nuestra hija o nuestro hijo por primera vez, seguramente recordaríamos cuál fue el deseo que pedimos. Ninguno de nosotros le deseó en ese instante un Óscar de Hollywood o una final de Wimbledon, ¿verdad? Todos deseamos que fuese, sencillamente, feliz. Pero ya sabíamos entonces que ser felices no iba a significar: “Nunca te pondrás malito, nunca te traicionará un amigo, encontrarás a tu gran amor muy pronto y te acompañará siempre…” Lo que queríamos decir con la palabra feliz era: que conozca un buen modo de empleo de la vida, que sea capaz de acompañar y ser acompañado, que se pueda levantar después de un tropezón, que se sienta seguro de sí mismo. En resumen, queríamos decir: “que pueda guiarse en la vida por buenos valores”.

Sin embargo, es difícil explicar exactamente qué entendemos por valores. En términos económicos, lo más valioso es lo más caro. Pero esto no es suficiente. ¿Cuánto pagaríamos por una familia unida o por un amigo leal? Es evidente que los asuntos propiamente humanos se desarrollan en otro terreno. Y también está claro que los valores existen. Son cualidades reales de las actitudes del ser humano. A veces nos puede parecer que esas cualidades son relativas pero nos equivocamos, lo que son es relacionales, es decir, nosotros las captamos- las valoramos- o no. Son como las cualidades de un gran vino, que permanecen ocultas mientras no lo pruebe quien las sabe apreciar, pero si yo lo desprecio y elijo otra cosa no por ello pierde ese gran vino sus cualidades.

Los valores que la familia transmite son, inevitablemente, los que conforman su propio modo de empleo de la vida. Los hijos ponen a prueba nuestra propia educación pero también nuestra capacidad de reflexión y nuestra madurez, porque mientras ellos crecen también crecemos nosotros. Entonces, ¿qué valores podríamos considerar necesarios para educar bien? ¿Qué valores podrían servirnos hoy a todos? En este mundo tecnologizado y cambiante, para mí serían:

1-El proyecto personal, la apuesta por la propia vida, que exige compromiso y esfuerzo. Como decía Aristóteles: La felicidad es una actividad. Las claves del proyecto personal están en la disciplina, que significa ser capaz de terminar algo que se ha empezado, y la fuerza de voluntad, el músculo necesario para afrontar los retos y las crisis. ¿Cómo se educa en este valor? Poniendo cada día frente a nuestros hijos algunos pequeños retos personales, escalones adecuados a su estatura, cuyo premio sea la satisfacción de haberlos subido. Por cierto, ¿sabéis por qué son tan adictivos los videojuegos? Pues es muy fácil, porque tienen reglas y retos. Ambas cosas son necesarias para nuestros hijos y a veces no se las facilitamos.

2-La comunicación cara a cara, que enseña a respetar al otro y a argumentar. Es cada vez más difícil, hay que luchar por ella en casa.

3-La participación. Porque el mundo no es exactamente como se ve desde nuestra ventana. El ejemplo de unos padres que se implican en su comunidad, el trabajo en grupo, ser responsable de pequeñas tareas y la solidaridad ayudan a educar en este valor. La generosidad, que ensancha la vida, y el esfuerzo por la paz serán claves también.

4-Frente al consumo desenfrenado, la austeridad. Ser austero en este tiempo es una elección porque estamos rodeados de estímulos que deciden por nosotros. La vida diaria de cada familia puede educar en este valor, indudablemente con el ejemplo. Lo curioso de todo esto es que los niños entienden la austeridad perfectamente y somos nosotros, los adultos, quienes estamos atrapados por el consumo.

5-La responsabilidad. Ser responsable quiere decir escuchar los retos y las exigencias de la vida y responder a ellas. Pero sólo puede responder de sí mismo quien se gobierna.

6-La autoestima razonable, que reconoce los propios límites y es capaz por ello de potenciar lo mejor y aceptar lo menos bueno, de hacer más fuertes las propias capacidades y superar el desánimo que producen los fracasos. Para ella, el deporte es el educador por antonomasia pero también importa entender el verdadero significado de la belleza y del arte.

7-El fortalecimiento de los vínculos con la familia y con el entorno. Es imprescindible recuperar las obligaciones, la ob-ligatio que establece una vinculación con los demás y que nos liga a nuestra propia realidad personal.

8-La recuperación de la interioridad que hace preguntas sobre uno mismo. No corras, ve despacio, que a donde debes ir es a ti sólo, escribía Juan Ramón Jiménez. Lectura y reflexión, pero también algún momento de silencio, de pantalla apagada, de diálogo tranquilo… Escuchar a los hijos les enseña el valor de escucharse para encontrar su propia identidad.

Dicen que Francisco de Goya quería escribir en su epitafio: Aún aprendo. Seguramente, la inagotable posibilidad de aprender es el gran privilegio de cada ser humano. Educar bien a las próximas generaciones es nuestro reto y nuestra responsabilidad. Podemos lograrlo.

 

viernes, 1 de noviembre de 2019

Lo que tantos niños me enseñaron





Nos encontramos ante una crisis de civilización cuyas consecuencias desconocemos, sin embargo sí hay algo claro: la salida de las crisis personales está siempre en las personas. Por eso, hoy más que nunca es momento de educar bien.

Los centenares de niños de cuya biografía formo parte me han enseñando que la clave de buena educación estriba en conseguir personas completas, equilibradas, felices y capaces de hacer felices a los demás; capaces de recuperarse después del sufrimiento, de encontrar salida, es decir, personas con valores.

Me han enseñado que les son imprescindibles los valores positivos porque permiten empoderarse, dar poder a las propias capacidades. Me han enseñado que quieren aprender cómo llevar las riendas de la vida desde su propia fuerza interior y no desde las exigencias externas. 

Me han enseñado que, en una sociedad cortoplacista, necesitan y añoran un proyecto personal, para sentir su proyección en el tiempo y no solo el vértigo del presente. Me han enseñado que frente al individualismo, precisan el personalismo: sentirse uno y único, tener conciencia de vivir entre los otros.

Me han enseñado a amar la vida. ¿Qué significa esto? Viajar hacia el interior, hacia la propia esencia, descubrir nuestra individualidad y apreciar nuestro estar en el mundo en un lugar y un momento concretos, rodeados de otros que también son únicos e insustituibles. Somos diminutos eslabones en la gigantesca cadena de la historia de la humanidad, sí, pero indispensables en el aquí concreto en que debemos desenvolver todas nuestras capacidades: insustituibles hijos de nuestros padres, padres de nuestros hijos, amores de nuestros amores, amigos de nuestros amigos, significantes para quienes nos conocen. Cada vez únicos. Comprender esto es la clave para amar la vida. Y es una clave espiritual.

Me han enseñado también que entienden la austeridad y que somos los adultos quienes estamos atrapados en el consumo; que entienden también la exigencia de responsabilidades y les gusta notar que confiamos en ellos y que, por su parte, van creciendo en edad y sabiduría.

Me han enseñado que les encanta pensar y que soy yo, adulta, quien no les doy paso para que expliquen su propia visión del mundo.

Me han enseñado que entienden el verdadero sentido de la disciplina como sujeción voluntaria a una serie de requisitos para la consecución de un fin.

Me han enseñado que precisan, que es para ellos vital, el fortalecimiento de los vínculos de la familia. Y que les gusta acompañar a otros en el sufrimiento y la alegría, no otra cosa significa la palabra compasión.

Existe en nuestras casas y nuestras escuelas la posibilidad de la libertad, la posibilidad de la educación, no todo está escrito, no todo se desarrolla en Internet. Las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. Nuestro papel es ese: observador de las posibilidades de cada uno de nuestros alumnos, partera que las saca a la luz, individuo libre en busca de su esencia que sabe convertirse en referente y marcar el camino. No es fácil, la tarea de educar nunca lo es, pero es inapelable.

Gracias a tantos niños y niñas que me han enseñado.

martes, 3 de octubre de 2017

AUTOESTIMA





“Un maestro que es amable y comprensivo con sus alumnos siempre se gana la amistad de estos. Yo espero que usted ame a partir de ahora nuestra región, y le tome afecto, porque aquí hay mucho más que “bellotas y cerdos”.

Esto decía una carta, fechada en febrero de 1983, que recibí de uno de mis alumnos extremeños y que aún conservo, maravillada por la seguridad y la sabiduría de un chaval de 8º de EGB, es decir del actual 2º de la ESO. Las redes sociales me han permitido comprobar a distancia que aquel muchacho reflexivo es hoy un empresario de éxito, querido y respetado. Él, a los catorce años, ya se sentía capaz de hacer cosas, y por eso las hacía.

Todos los profesores sabemos que una de las claves del progreso de los alumnos es la autoestima. Este concepto, utilizado tantas veces fuera de contexto, implica la capacidad de mirar un objetivo, mirarse a uno mismo y deducir algo tan sencillo como “puedo hacerlo.” 

La pedagogía ha incidido sobre esa mirada que debe ser a la vez objetiva y amorosa. Sin embargo ha olvidado en muchas ocasiones que los activadores de la autoestima, y de la voluntad, son los objetivos referenciales, las “metas”. Paradójicamente, hoy queremos recuperar las metas educativas pero al revés, convirtiéndolas en banales “resultados”.

Un profesor está obligado a mostrar metas, y a favorecer que cada uno escoja las suyas. Lo bueno de esto es que la educación no ha dejado de ser un factor de movilidad social, aunque lo afirmen así algunos pesimistas. Una etapa obligatoria con suficiente apoyo y un buen sistema de becas podrían seguir siendo el trampolín para que cualquier persona llegara a donde se propusiera. Lo que debería aportar cada individuo, a cambio, sería una aspiración y mucha voluntad.

“Yo voy a ser chatarrero, como mi padre. ¿Qué otra cosa puedo ser?” Los niños y niñas de las zonas menos favorecidas tienen dificultades para conseguir aspiraciones distintas a las de su entorno. Les cuesta mucho proyectarse a sí mismos en el futuro. No solo porque la infancia es, de todas las etapas biográficas, la más incardinada en el presente, un tiempo que los niños viven en toda su intensidad, sino porque les faltan modelos concretos, cotidianos. Sus familias están ancladas también en el presente inmediato, tal vez porque cuando uno no sabe lo que va a cenar no se puede pensar en otra cosa.

Los profesores debemos compensar en la medida de lo posible esta falta de referencias. Lo hacemos constantemente en el ámbito cultural, e incluso en el lúdico, pero también debemos aportar a nuestros alumnos experiencias que les muestren modelos profesionales, hombres y mujeres que encarnen opciones vitales distintas a las que proporcionan los entornos familiares. Nos debería preocupar que un alumno adolescente crea que una periodista o un arquitecto son personajes tan fantásticos como Luke Skywalker. De ahí que pueda ser útil proporcionarles encuentros con diversos profesionales que, sencillamente, les hablen sobre su trabajo. Sé que los alumnos viven con profundo interés estos encuentros, preguntan, participan, desean informarse sobre la profesión concreta y “la retratan” para comprobar si ellos tienen cualidades que se ajustan a soñar con ella en el futuro. Y por supuesto, las tienen. Abrir las ventanas a la posibilidad de que aquella chiquilla a la que le gusta escribir se imagine a sí misma como novelista es muy gratificante para el maestro. 

Por cierto, si nos ven disfrutar a la vez que ellos les estaremos enviando también buenas referencias sobre una profesión que tienen muy cercana: la nuestra.


lunes, 6 de marzo de 2017

La Belleza





Clase de Valores en un colegio público de barrio en Madrid. Alumnos de 5º y 6º de Primaria, preadolescentes. Tema de la jornada: el valor de la Belleza.

La maestra comienza preguntando si alguien puede definir la belleza, y advierte a los chiquillos sobre la dificultad de la respuesta. Entre unos y otros, lanzan la primera bomba de sabiduría: “La belleza es algo mucho más profundo de lo que perciben los sentidos. Es aquello junto a lo que te sientes cómodo y tranquilo.” La maestra, casi sin resuello, propone algunas cuestiones mientras proyecta imágenes en la pizarra digital. “¿Es bella la pirámide de Keops?”- pregunta. Y Nico, un rubiales de ojos muy vivos responde inmediatamente: -“No, porque costó la vida de muchas personas.”. Lisett, desde la otra esquina de la clase, responde con su acento cálido: “Pero no perdieron la vida por nada, dejaron un gran legado. Sí que es bella.”

“Y Mona Lisa, ¿es bella?”- continúa la maestra. Verónica, que tiene la carita de un ángel, responde: “Para mí, sí lo es. A lo mejor no es tan perfecta como una modelo pero a su lado yo me sentiría cómoda.” “¿Por qué?”- pregunta Johansel, desafiante. Y Verónica, responde como un rayo: “Porque es amable. ¿No ves cómo le sonríe al pintor?”

“¿Y el David de Miguel Ángel?” “Es bello aunque está enfadado y con la honda en la mano da un poco de miedo”. “¿Y el Moisés?” “Este es mejor. Parece vivo.” “¿Son bellas las Meninas?”- prosigue la maestra. Y David, tan reflexivo siempre, opina sin dudarlo que algunas sí y otras no. Y que, en paradoja, la más guapa, que es la Infanta, parece soberbia y altanera, y por tanto no es bella. El grupo entero está de acuerdo así que, al final, la Menina más bella resulta ser la Maribárbola. Cuando la pantalla proyecta a Dora Maar pintada por Picasso en modo cubista, se organiza casi un tumulto. Entre unos y otros llegan a la conclusión de que es bella, con sus dos narices y sus seis ojos, porque es única.

La clase va terminando y hay que buscar conclusiones. Deciden apuntar como resumen esta frase: “La belleza no tiene que ver con lo que te gusta; es algo que te detiene, sobrepasa tus sentidos y alcanza tu corazón.” “¿Un ejemplo de belleza?”- pregunta la maestra. Naiara, que es muy sabia, responde: “Charlie Chaplin.” Y entonces, una tímida Sofía, que ha permanecido toda la sesión en silencio, levanta la mano y afirma serenamente: “La belleza es la verdad.”

La maestra siente una profunda emoción ante la belleza de ese pequeño grupo humano, pero quiere dar todavía un paso más. Les hace notar que han percibido con la vista todas las obras de arte cuya belleza han juzgado y les reta a demostrar qué harían para explicar la belleza a un invidente. Y entonces Miguel, con su metro setenta y dos de muchacho bueno, levanta el brazo casi hasta el techo de la clase y responde muy seguro: “Le acariciaría despacito con los pétalos de una rosa.”

miércoles, 2 de noviembre de 2016

MODELOS



Hace unos días, en un curso de formación sobre la Acción Tutorial que se celebraba en el “CTIF Madrid Norte”, de San Sebastián de los Reyes, la ponente pidió a los profesores presentes que escribieran cinco certezas de su vida profesional. Ellos, 25 maestros, maestras y profesoras de Secundaria, se concentraron profundamente, lápiz y papel en mano, y durante un buen rato reflexionaron en silencio sobre una cuestión nada inocua ni neutral, que apelaba directamente a su sistema de valores.

Comenzó después la ronda de respuestas y hablaron los docentes: “Tengo la certeza de que soy un modelo de comportamiento para mis alumnos y ello me obliga a tomar decisiones éticas.” “Tengo la certeza de la duda, el cuestionamiento perenne de mis decisiones y mis actos.” “Tengo la certeza de que aprendo de los alumnos.” “Tengo la certeza de que sé cómo hacerlos sonreír”. “Tengo la certeza de que me gusta mi profesión, me hace levantarme feliz por las mañanas.” “Tengo la certeza de que mi presencia deja huella en muchas personas.” “Hago el trabajo para el que he nacido.” “El aprendizaje necesita emoción y motivación.” “Mis alumnos saben que pueden contarme sus asuntos, sean o no pertinentes.” “No puedo hacer mucho sin la ayuda y el impulso de la familia.” “Transmito valores.” “Es una profesión de aprendizaje constante”. “Cada día aprendo de los chicos y chicas de mi clase”. “Ellos aprenden mejor cuando parto de sus fortalezas y no de sus debilidades.” “Aprenden mucho más de lo que yo les enseño. “ “Tengo la certeza de que no soy un súper héroe”. “Tengo la certeza de que alguna vez defraudaré a alguno.” “Necesito cuidarme física y mentalmente, ser resiliente.” “No puedo trabajar sola, necesito al lado mi centro, mi claustro.” “Sé que me quieren.” “Tengo entre las manos una gran responsabilidad.” “Mi profesión es un gran compromiso.” “Aunque me jubile, nunca dejaré de ser maestra.”

Y así hasta completar los 25 profesores. A cinco certezas cada uno, fueron 125 afirmaciones deslumbrantes sobre la vocación, la aptitud y la ética de una profesión entera. Estaba allí un grupo ilusionado, consciente, comprometido, en lucha contra el desánimo y sin gafas de color de rosa porque, como expresó una de las maestras en nombre de todos: “Tengo la certeza de que la enseñanza no se valora lo suficiente.”

Yo estuve allí delante, boquiabierta y fascinada por la belleza que despliegan las personas que aman lo que hacen, los seres libres que saben convertirse en referentes y marcar el camino, mientras ellos mismos van en busca de su esencia.  Las palabras y la actitud de estos maestros me ratificó en otra certeza: existe en nuestros días la posibilidad de la libertad, la posibilidad de la educación, no todo está escrito, no todo se desarrolla en las redes sociales. Las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. ¡Cuánto me hubiera gustado que los grandes jefes de lo educativo presenciaran ese encuentro al azar de profesores convertidos en alumnos durante tres horas de una tarde de miércoles!

Este grupo de personas va a irradiar su influencia sobre varias generaciones de ciudadanos, a los que habrán dado ejemplo y habrán acompañado. Y efectivamente, nunca dejarán de ser profesores. Cuando se dedica la vida a ser un referente, no se deja de serlo. Los que se marchen, y los que lleguen como renuevo, van a estar educando siempre.
Les agradezco mucho su gran lección. Aún así, antes de conocer a estos 25 profes tranquilos y profundos, yo ya tenía  la certeza de que la profesión docente está constituida por personas especialísimas, generosas, sensibles y fuertes, que reflexionan sobre su tarea y sobre sí mismos, y aceptan con alegría  el impresionante compromiso ético que comienza cada mañana cuando se abre  la puerta de una clase y se le dice a las personas que te escuchan: “Buenos días, chicas; buenos días, chicos”.


Gracias  por esta inyección de savia fresca, profesores del “CTIF Madrid Norte”. 

¡Qué cerca de mí estaba la esperanza!

Escrito para el periódico Escuela.

sábado, 13 de febrero de 2016

Educar en valores es educar


 
Educar es una de las experiencias más transformadoras y bellas de la vida pero también es un compromiso con la vida misma. En lo bueno y lo malo, en la riqueza y la pobreza, en la salud y la enfermedad somos el padre o la madre, la profesora o el maestro de otro ser humano. Por tanto, estamos para siempre vinculados a él. En cierto sentido, nos hacemos eternos a través de las personas a cuya educación contribuimos.

 Educar es transmitir el modo de empleo de la vida, dar a conocer las posibilidades de la inteligencia humana pero también del alma – los sentimientos - y del espíritu – la capacidad de juzgar, ejercer la fuerza de voluntad y decidir libremente-.

 La clave de la educación está en ayudar a nuestros hijos o alumnos a ser felices y capaces de hacer felices a los demás. El proceso equivale a mostrarles un camino, proveerles de buenas botas, cogerles de la mano los primeros tramos y apartarse después para que puedan hacer camino al andar. Las herramientas con las que se educa son el amor y el sentido común, y los ingredientes que forman parte del modo de empleo de la vida son, sin duda alguna, los valores.

 Sin embargo, es difícil explicar exactamente qué entendemos por valores. En términos económicos, el valor está ligado al precio y así podemos establecer que lo más valioso es lo más caro. Pero esto no es suficiente. ¿Cuánto pagaríamos por una familia unida o por un amigo leal? Es evidente que los asuntos propiamente humanos se desarrollan en otro terreno.

 


Los valores existen. Son cualidades positivas, reales y no relativas, y tienen por ello una dimensión objetiva. Pero es muy importante tener en cuenta que son relacionales, es decir, nosotros los captamos o no - los valoramos-  en una dimensión subjetiva que es esencial también. Son como las cualidades de un gran vino, que permanecen ocultas mientras no lo pruebe quien las sabe apreciar. O como el arpa de la rima de Bécquer, cuyas notas esperan la mano que sabe arrancarlas.

Desde que los antiguos griegos propusieron el concepto Êthos para definir el carácter, el sentido ético se considera parte esencial del hombre. La ética constituye y fundamenta nuestra personalidad, nuestros hábitos, nuestra predisposición para elegir en un sentido o en otro.

En el transcurso de la vida vamos formando nuestro carácter – es decir, somos cada vez más éticos-, y debemos construir, a partir de la educación recibida y con el esfuerzo propio, una manera de ser que nos permita avanzar con la moral alta y no desmoralizados. Altos de moral, es decir, controlando las circunstancias, dueños de nuestra vida, con los pies firmes y la frente alta. Con la moral del Alcoyano, si es que alguien recuerda esa vieja expresión. Forjar un buen carácter a partir de la herencia genética, la educación y la capacidad para superar ambas es, de hecho, la tarea de cada vida.

En esta dimensión resultan imprescindibles los valores positivos, las virtudes, aquello que los antiguos griegos llamaban la areté: una manera buena de ser. Poner en práctica las virtudes ayuda a realizarse como ser humano y ajusta la convivencia con los demás. Quien se mueve en una escala de valores positiva está apropiado de sí, es dueño de su vida, libre.

Y esto es así porque las virtudes  - que recibimos después de haberlas ejercitado, como nos recuerda Aristóteles - nos permiten empoderarnos, una bella y antigua palabra castellana que significa dar poder a las propias capacidades, el objetivo de una buena educación. Por eso educar en valores es educar, sencillamente. Debemos mostrar cuáles son los valores buenos porque para captarlos es necesario estimarlos, comprender su jerarquía y distinguirlos de los deseos y las preferencias. Debemos enseñar a valorar lo que verdaderamente sirve para vivir.

 


Sin embargo, tenemos que educar en una sociedad que busca la felicidad en el bienestar y no comprende que el sentido de las cosas importa aún más que la felicidad. Decía Heidegger: Ninguna época acumuló tantos y tan ricos conocimientos sobre el hombre como la nuestra. Ninguna época logró que este saber fuera tan rápida y cómodamente accesible. Y no obstante, ninguna época supo menos qué es el hombre.

 Es inevitable que nos preguntemos: ¿Quién educa en realidad? ¿Cómo debemos educar hoy?

 
 
 
La primera respuesta es sencilla. Todos los que estamos en contacto con un niño le educamos de alguna manera, pero no con la misma responsabilidad. El papel protagonista del proceso educativo es de los padres. Los hijos miran constantemente a sus padres, los aprehenden. Para crecer necesitan imitar e identificarse con unos modelos y eso es precisamente lo que la familia es para ellos. No nos debe extrañar que la juzguen en cuanto tengan capacidad para hacerlo.

 Los valores que la familia transmite son, inevitablemente, los que conforman su propio modo de empleo de la vida. Los hijos ponen a prueba la educación de los padres, pero también la capacidad de reflexión y la madurez, porque mientras ellos crecen se va llevando a cabo simultáneamente la tarea ética del adulto.

 

 


Además hay otros ámbitos educativos importantes. La adquisición de conocimientos, destrezas y valores de la convivencia social se lleva a cabo en la escuela. En cierto sentido, los profesores ejercemos sobre nuestros alumnos un liderazgo moral, y el liderazgo no es sino la voluntad constante de mejora… propia.  Sin embargo, para que este escenario importantísimo funcione bien, debemos procurar coherencia entre colegio y casa, sabiendo que la educación escolar complementa a la de la familia, no la suple. Por supuesto, también los medios de comunicación son emisores de mensajes educativos y a través de ellos entran en casa la mayoría de los valores que imperan hoy, pero ni siquiera su influencia, aunque tiene la fuerza de un titán, sustituye a la de la familia.

 

La segunda cuestión - ¿Cómo educar hoy?-  es más compleja. Todas las sociedades humanas se definen por su escala de valores y los que priman hoy en la nuestra no son empoderantes. Descritos brevemente, con ayuda de la profesora Adela Cortina, algunos de los valores más valorados en el momento actual son:

 
·        El “cortoplacismo”, la ausencia de un proyecto de futuro. Su paradigma es la tarjeta de crédito. Disfrute ahora y pague más tarde es uno de los mensajes que más escuchan los jóvenes. Nuestro dueño es el absoluto presente –carpe diem-. Decía Nietzsche: el hombre ya no es capaz de hacer promesas. Claro que no, puesto que las promesas necesitan tiempo para ser cumplidas. Y sin embargo, hacer una promesa y cumplirla es la única manera que tenemos de controlar la incertidumbre del futuro.

 
·        El individualismo. Pone en primer lugar la libertad negativa, es decir, entendida como independencia absoluta: “en mi perímetro hago lo que quiero y nadie interfiere”. Es una actitud que daña gravemente la convivencia. Nos gusta disfrutar de las ventajas de formar parte de una sociedad pero no asumimos las responsabilidades que conlleva. La imagen más elocuente es la casa donde hay un televisor y un ordenador en cada dormitorio y ya no hay turnos que esperar, ni nada que ceder, ni un espacio común para con-vivir. Nuestra cultura, llena de recursos comunicativos, en triste paradoja, nos aísla y nos hace  romper vínculos con los más cercanos a nosotros.

 
·        La ética “indolora”: se reclaman los derechos pero no se reconocen las  obligaciones. Y tampoco parece caber el respeto, la philia politike de los clásicos, una consideración hacia la persona que está frente a mí, sea quien sea, y que es independiente de las cualidades o los logros que admire en ella. Uno de los indicadores de la despersonalización de nuestro tiempo es precisamente que sólo cabe el respeto para lo que admiramos o estimamos.

 
·        La exterioridad, la incapacidad de reflexionar. Es una pérdida dolorosa. El auge de las religiones orientales, con sus técnicas de meditación, atestigua cuánto echamos de menos, sin saberlo siquiera, la dimensión interior. Para ser dueño de la propia vida hay que conocerse: ¿Quién soy yo? ¿Por qué hago lo que hago? Como diría el profesor Savater: las preguntas de la vida.

 
·        La competitividad, la autoestima fuerte, ciega, entendida como hacer más cosas y aguantar más tiempo, que se confunde con la libertad, la juventud o la modernidad. Y junto a ella, la experimentación de lo nuevo por lo nuevo, sin calcular las consecuencias, en la convicción de que la diversión y la felicidad están asociadas al consumo. Una estrategia de mercado bien disfrazada nos hace creer que el alcohol, las drogas, la sexualidad indiscriminada y la adquisición de la última moda son experiencias obligatorias. Esta valoración produce estragos en la salud física y mental de mucha gente joven y les hace olvidar que las personas felices tienen responsabilidades y compromisos.

 

·        El gregarismo, que no es sociabilidad sino inercia de seguir lo que todo el mundo haga o diga. Cada vez resulta más difícil distinguirse de la masa, de manera que las opiniones personales, si discrepan de lo políticamente correcto – ¿establecido por quién?- se mantienen ocultas, se sofocan. Aunque nunca del todo, claro está. En este sentido, las tecnologías de la comunicación están abriendo nuevas corrientes de opinión y participación en las que seguramente está el germen del futuro.

 
·        La falta de compasión, la dureza en los sentimientos. No nos damos cuenta de que compasión no es condescendencia de los que están bien con los que se encuentran mal, sino acompañamiento del otro en el sufrimiento y en la alegría. Además, como la compasión está unida a la justicia, estamos olvidando también que ésta es, en su origen, dar a cada uno lo suyo, no a todos lo mismo.

 

Para educar bien, es imprescindible mostrar a los niños y adolescentes aquellos valores que pueden fortalecer su personalidad. Nos encontramos:

 ·        frente al “cortoplacismo”, el proyecto personal, la apuesta por la propia vida, que exige compromiso y esfuerzo. Como decía Aristóteles: las personas disfrutamos poniendo en juego la mayor cantidad de facultades posible. La felicidad es una actividad.

Las claves están en la disciplina, que funciona como alimento de cualquier proyecto, y la fuerza de voluntad, el músculo necesario para afrontar los retos que la vida nos presenta.

¿Cómo se educa en estos valores? Aumentando el nivel de            exigencia, poniendo cada día frente a nuestros hijos o alumnos algunos pequeños retos personales, escalones adecuados a su estatura, cuyo premio sea la satisfacción de haberlos subido.

 


·        Frente al individualismo, el personalismo. Martin Buber lo explica muy bien: No existe otra manera de construir una comunidad en la que se equilibren justicia y libertad más que basándola en la relación de encuentro entre personas. Es el diálogo cara a cara, que justifica la posición erguida del hombre frente a las otras especies. La tolerancia y el respeto fundamentan este encuentro entre personas que debemos poner en práctica cada día.

 
·        Frente al gregarismo, la participación social. El hombre no sólo tiene voz para expresar el placer o el dolor; también tiene palabra, capacidad de buscar acuerdos. Ser gregario es lo contrario de ser social. Sentirse ciudadano quiere decir estar comprometido con buscar lo mejor para todos. El ejemplo de unos padres que se implican en su comunidad, el trabajo en grupo, ser responsable de pequeñas tareas, la solidaridad, la participación en actividades sociales, ayudan a educar en este valor. La generosidad, que ensancha la vida, y el esfuerzo por la paz serán nuestras claves también.

 


·        Frente al consumo desenfrenado, la austeridad. También en la manera de consumir mostramos nuestro compromiso vital. Ser austero en este tiempo es una elección porque estamos rodeados de estímulos que deciden por nosotros. No somos más libres ni más felices por malbaratar las cosas. La vida diaria de cada familia, la dinámica de cada aula, puede educar en este valor, indudablemente con el ejemplo.

 
·        Frente a la ética indolora, la exigencia de los derechos y también de las responsabilidades. Padres y profesores tenemos que establecer normas claras que enmarquen la convivencia desde el principio, como las tiene la sociedad en que los jóvenes van a vivir y como las tiene la inevitable relación con los demás. Ser responsable quiere decir escuchar los retos y las exigencias de la vida y responder a ellas. Pero sólo puede responder de sí mismo quien se gobierna.

     
·        La autoestima razonable, que reconoce los propios límites y es capaz por ello de potenciar lo mejor y aceptar lo menos bueno, de hacer más fuertes las propias capacidades y superar el desánimo que producen los fracasos. Para ella, el deporte es el educador por antonomasia pero también importa entender el verdadero significado de la belleza y del Arte. Ambos, deporte y arte, esperan algo más de protagonismo en nuestras aulas.

 
·        El fortalecimiento de los vínculos con la familia y con el entorno. Es imprescindible recuperar las obligaciones, la ob-ligatio que establece una vinculación con los demás y que nos liga a nuestra propia realidad personal. Para nuestros alumnos, una de estas obligaciones fundamentales es el esfuerzo ante el estudio, que deben entender como un compromiso ante su propia vida y ante la sociedad.

 
·        La recuperación de la interioridad, del “examen de conciencia”, que hace preguntas sobre uno mismo. No corras, ve despacio, que a donde debes ir es a ti sólo, escribía Juan Ramón Jiménez. Lectura y reflexión, pero también algún momento de silencio, de pantalla apagada, de diálogo tranquilo … Escuchar a los niños les enseña el valor de escucharse para encontrar su propia identidad.

 
Los valores empoderantes se alimentan unos a otros y nos permiten caminar cerca de la esencia del ser humano.  En ella se encuentran la consciencia de ser una persona única – “yo”- y poseer una vida singular, la libertad, y el sentido de la trascendencia para reconocer el misterio tremendo y fascinante que nos envuelve y es mayor que nuestras fuerzas.

 
Dicen que Francisco de Goya quería escribir en su epitafio: Aún aprendo. Seguramente, la inagotable posibilidad de aprender es el gran privilegio de cada ser humano. Educar bien a las próximas generaciones es nuestro reto y nuestra responsabilidad. Podemos aprender a hacerlo y podemos construir para nosotros mismos una actitud empoderante.

 


 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Familia o escuela




En 1940 los padres de Lola decidieron educarla en casa. La niña, que recibía clases de piano y cultura general, descubrió pronto que era fácil escaparse porque las sesiones comenzaban cuando ella estuviese dispuesta. Luego quiso iniciar el bachillerato pero el instituto fue un contraste tan brusco que desembocó en fracaso.

Lola es mi madre. Sé que guarda resentimiento por las puertas que sus padres le cerraron, por los aprendizajes sociales que hubiera necesitado, y por la burbuja irreal que le deparó después tantos encontronazos con la vida.

 Hoy retorna esta manera de educar, envuelta en papel de regalo y denominada homeschooling para darle mayor brillo. En la mayor  parte de los casos, constituye un retroceso profundo. La enseñanza en casa solo es accesible para rentas y niveles culturales altos – o para tendencias ideológicas extremas- y separa a los niños de las experiencias de socialización, investigación, autoconocimiento y ética que proporciona la convivencia escolar. Quienes toman esta decisión niegan que la educación sea algo más complejo, más social, que el aprendizaje. Y luego, claro, tienen que acudir a “lugares de socialización para niños que aprenden en casa”, una paradoja que cuesta comprender.
 
Yo soy maestra, amo todo lo que la escuela puede hacer y necesito a la familia. Esa persona que entra en clase cada mañana nos necesita a ambos- familia y escuela- en perfecto equilibrio y respeto.

Artículo escrito para el periódico El Mundo