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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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lunes, 3 de octubre de 2016

PROFESIONALIDAD






“-Cuando yo uso una palabra – insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga: ni más ni menos.
-La cuestión- insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas.
-La cuestión- zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo.”
                                                                    Lewis Carroll, Alicia a través del espejo.


Desde hace algunos años los docentes vivimos y trabajamos sumergidos en un torrente de palabras que significan muchas cosas distintas. No tengo la certeza de que alguna vez hayan poseído un significado único, pero sí sé que desde el comienzo de mi carrera como docente, hace más de treinta años, han cobrado sentidos y dimensiones muy distintas.

Una de estas palabras sujeta a los vaivenes es “profesionalidad”. El Diccionario de la Real Academia, con su proverbial laconismo, nos ofrece dos definiciones:”Cualidad de la persona que ejerce su actividad con capacidad y aplicación relevantes”  y “Actividad que se ejerce como una profesión”.  Pues bien, cuesta encontrar artículos de opinión, testimonios, noticias o comentarios que den por hecho que los maestros y profesores españoles desempeñamos nuestra actividad con capacidad y aplicación relevantes. Como afirma el profesor portugués Antonio Reis Monteiro: La profesión docente sufre una curiosa paradoja: es una gran profesión a la que cuesta reconocer una gran profesionalidad. 

Efectivamente, esta gran paradoja condensa muchos de los problemas que aquejan a los docentes de hoy. Nadie duda, en términos generales, que los profesores desempeñamos un papel relevante para la sociedad, pero el valor personal y público del servicio que prestamos- la educación- no disfruta hoy de un estatus comparable al de otras profesiones de relevancia social análoga. La sociedad actual hace elogio de la educación y desprecio de los educadores. Los profesores vemos cada día cuestionada nuestra capacidad para tomar decisiones pedagógicas y académicas, para mantener el orden y la convivencia y para ejercer una labor educativa complementaria a la de la familia. A veces parece que no estamos incluidos en el derecho a la educación, que para nosotros es sencillamente el derecho a enseñar, como para los alumnos es el derecho a aprender. Es frecuente la asimilación de la tarea docente con la figura mitológica de Sísifo, que cada día debía levantar de nuevo lo que por la noche le desmoronaban.

Me pregunto por qué nos sucede esto, cuando en mi experiencia cotidiana convivo y he conocido claustros enteros con capacidad y aplicación excelentes, que realizan una tarea de calidad mucho mayor que la mera relevancia. Tal vez haya llegado el momento de que los propios centros, sobre todo en la enseñanza pública, salgamos a contar todo lo que hacemos bien, y accedamos a la cultura de la comunicación, en vez de sacar a la luz solamente nuestras necesidades o carencias.

La paradoja entre valoración de la importancia de una profesión y descrédito de su profesionalidad se ha demostrado, por ejemplo, en el último debate sobre los deberes escolares. La opinión pública ha escuchado testimonios de padres contrarios a ellos, de padres a favor, de expertos del ámbito universitario, tertulianos y comentaristas. Ninguno de ellos ha hablado de que un profesor sabe lo que hace cuando pone deberes a sus alumnos, porque eso forma parte de su tarea profesional. Y de que siempre está abierto al diálogo con las familias y con el resto de sus compañeros.

Para quienes desempeñamos una tarea de tan inmensa responsabilidad como es la enseñanza- que conlleva un compromiso ético profundo y una absorbente implicación personal- resulta muy duro que a los destinatarios de nuestra tarea – alumnos, familias y sociedad- les resulte difícil valorar en una medida justa nuestro trabajo. 

Sobre educación, todos opinan, todos saben, todos cuestionan, menos los políticos, que guardan silencio o exponen lugares comunes. La verdad es que si a la sociedad le preocupa aquello de lo que hablan los políticos, entonces la situación del profesorado no puede preocuparles. Pero de ahí a que la docencia se convierta en recurso para la caricatura de trazo grueso o para la crítica de barniz sociológico hay un mundo. Los profesores no podemos estar definidos, en el imaginario colectivo, por la duración de nuestras vacaciones de verano. La valoración del trabajo que lleva a cabo un docente en el aula no es simplemente una cuestión de salario sino de “salario emocional” y está pendiente para la política y la sociedad.

La única posibilidad de invertir esta tendencia está en la posición que ocupe la educación en las políticas de Estado. Los informes internacionales nos muestran que en aquellos países que consideran a la educación como actuación prioritaria, el profesorado goza instantáneamente de mayor respeto y consideración por parte de todos.

Cuánta razón llevaba Lewis Carroll: “La cuestión es saber quién es el que manda. Eso es todo.”



domingo, 8 de marzo de 2015

8 de marzo: campo de gules



“En campo de gules señorea un libro amarillo coronado de un ojo de azur.” No sé expresarme con los términos de la heráldica así que probablemente he escrito una tontería, pero es que este logo de la Feria del Libro de Leipzig se parece mucho a un escudo. Por eso me ha parecido sintomático que las “escuderas” sean cuatro muchachas. Es como si el fotógrafo pintara una metáfora de la situación de las mujeres frente a la educación, lo que algunos expertos denominan falla sociológica.

Cuando los niños y las niñas se escolarizan juntos en igualdad de condiciones, en cualquier nivel desde infantil a la universidad, las chicas tienen un éxito significativamente mayor por su capacidad, su aplicación y su sentido de la responsabilidad, factores que se constatan casi como una ley. Yo lo estoy viendo ahora en mi clase y me parece casi imposible que ese desnivel de madurez entre chicas y chicos pueda salvarse con el tiempo. Sin embargo, no solo se superan las diferencias sino que se invierten. Cuando pasa un tiempo, las chicas ya no están en igualdad con los varones, ni siquiera ganan el mismo dinero por el mismo trabajo. No se sientan en las Reales Academias, no influyen en la economía, no dictan en las cátedras ni en el poder político… Han desaparecido. ¿Quién se las ha tragado? Una “falla sociológica”- en expresión de Miguel Ángel Santos Guerra- que, aunque va rellenándose con sudor e incluso con sangre, tiene aún abierto un profundo abismo.

No resulta difícil explicar por qué sucede esto. La mayor parte de los trabajos están diseñados por los hombres y giran a su alrededor. Obligan a las mujeres a sumergirse en ellos y a renunciar a una buena parte de vivencias personales que ellas quieren y necesitan experimentar también. Llegar a puestos de primer nivel es una carrera de obstáculos para hombres y mujeres, pero parece como si ellas además tuvieran que correr cargando con una mochila. Y, sin necesidad de remontarnos a las directivas, la jornada laboral interminable tiraniza a muchas mujeres que, sencillamente, tienen que llevar dinero a casa.

Este campo de gules muestra por tanto el color de la injusticia. Bienvenido sea el simbólico escudo que nos envía un mensaje: mujeres, solo la cultura – más argumentos sólidos a favor de lo verdaderamente femenino, más educación y más conocimiento - podrá rellenar los pliegues de la terrible falla sociológica.

Artículo escrito para la revista 21RS
 

jueves, 19 de febrero de 2015

El tratado


 
Qué ves? A una bella actriz que posa para los medios en un festival de cine.

No, no me refiero a eso, mira un poco mejor, a lo profundo, ¿qué ves? A una muchacha joven, bien plantada y bien vestida, olé por ella. Sonríe porque mira a los objetivos que sonríen. Que la juzgan. Y se ofrece ante ellos abierta, confiada en sí misma, pero con la cabeza hacia atrás en un gesto espontáneo de desafío, un gesto pensado para protegerse.

Muy bien, y ahora fíjate todavía un poco mejor. ¿Qué ves? A una mujer frente a mucho mundo. Sola. Y es que a toda mujer a veces le pasa esto, que está de repente en mitad de un paisaje extraño y frente a ella todo es oscuro y grande como esa nube anónima de fotógrafos que está encima de esta muchacha, delante, al lado, junto, diciendo: mira, ven, dale, corre, aprisa, termina, recoge, toca.

¿Qué ves entonces? A cualquier mujer trabajando y cómo se siente a veces. Porque esto no es una foto pura y simple Es un tratado que habla de cada mujer y su situación en el mundo de hoy, del mundo y de las mujeres.

¿Qué ves entonces? Un retrato de grupo. En esta joven actriz que desempeña tan bien su papel de “Mecomoelmundo” están representadas todas las mujeres profesionales, cuidadoras y madres. Las que se ganan la soldada y la reparten en forma de vida y cariño. Aquellas a las que les siguen gustando todavía “los plátanos pochos y el cuello del pollo”. Las que tiran de pie después de noches de insomnio y nunca se queman las manos con la sartén, las que saben escribir informes y guisar lentejas. Y esas mujeres están, como ella, plantadas en el suelo con los tacones firmes, bien arregladitas, serias y ligeras, duras y livianas, expuestas y recogidas, abiertas a los retos y cerradas a la desesperanza.

Así que al final, ¿qué ves? Pues, es verdad, un tratado. Y hasta me parece que se titula: “Sobre lo solas que se sienten las mujeres a veces, incluso cuando están muy acompañadas.”

Artículo escrito para la revista 21RS