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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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sábado, 10 de marzo de 2018

Jocelyn Bell







Desde hace dos meses, tengo la oportunidad de dirigir y presentar una nueva sección del programa "La noche en vela" de RNE.
Se llama "Cinco mujeres" y cuenta brevemente la vida y el legado de mujeres científicas, pensadoras o escritoras.Me acompaña, por supuesto, la maravillosa Pilar Tabares, directora de La Noche en Vela".

La sección se divide en tres partes: en la primera profundizo sobre el legado de alguna mujer; en la segunda comentamos una noticia protagonizada por una mujer; y en la tercera -"El libro de tu año"- descubrimos qué autora publicó un libro importante en un año determinado, el que los oyentes elijan.
  
En el primer programa, hablamos sobre Jocelyn Bell, la descubridora de los púlsares. Está considerada la más importante astrónoma de la historia de la humanidad, junto con Hipatia de Alejandría. Sin embargo,  la Academia Sueca le negó el Premio Nobel. Merece la pena conocer su historia...

Completamos la sección con la noticia del Premio Nacional de las Letras para Rosa Montero y con el libro del año 1957, que es nada menos que "Entre visillos", de Carmen Martín Gaite.

RNE La noche en vela. JOCELYN BELL



sábado, 3 de marzo de 2018

Los dos corsés




Durante mucho tiempo, las mujeres hemos tenido que entrar en un corsé social que definía nuestra naturaleza. Así, la ineludible capacidad para dar a luz y criar a los hijos se vio adornada con unas características propias que pasaron a constituir la esencia del género femenino: la debilidad, la belleza, la falta de iniciativa, la sumisión al varón. Nos llamaban el el sexo débil pero éramos en realidad el sexo debilitado.

Hoy estamos en una era diferente. Para las mujeres de la sociedad occidental, el acceso al trabajo remunerado y los avances de la medicina abrieron hace ya algunos años las puertas de un cambio de paradigma. Aunque desde el final del siglo XIX se había desarrollado un movimiento a favor de los derechos de la mujer, el canon del feminismo moderno lo estableció en 1949 Simone de Beauvoir con su libro El segundo sexo. En él, la filósofa francesa analizaba la perspectiva de las mujeres que empezaban a actuar en un terreno, el de la industria y los servicios, tradicionalmente reservado a los hombres. De Beauvoir denunciaba la dificultad de integrarse en este mundo varonil con la educación tradicional “para señoritas”, y la necesidad de enfrentarse a los mitos y prejuicios creados a imagen y semejanza de los hombres. En El segundo sexo argumentaba que las mujeres recibían en la sociedad la categoría excluyente de “otras”, como una tribu llama “otros” a los extranjeros o a los completamente diferentes. En el mundo de los hombres- afirmaba - las mujeres son “otras”, extrañas que aceptan esta condición inferior. Por eso deben luchar por incorporarse a la categoría “varón”. A partir de ese momento, el feminismo se empleó en conseguir la igualdad en la categoría: “otras” no, iguales.

Apoyándose en esta teoría, la aventura de la igualdad en la categoría nos ha llevado a las mujeres muy lejos. Sin embargo, la segunda década del siglo XXI puede ser buen momento para evaluarlo y reconocer que hemos pagado por él un precio alto. Hemos aceptado que “iguales” quiera decir incorporadas a los parámetros diseñados por y para los hombres, sin que tengan que modificarse en absoluto. Hemos tolerado que la visibilidad y la influencia de una mujer supongan ocultar aspectos que le son esenciales. El feminismo más radical, además, con algo que podría denominarse “revancha por las culpas de la historia”, nos ha animado a una guerra de sexos en la que el hombre ha llegado a ser una pieza a abatir. Esta actitud excluyente es peligrosa para todos: lo es para el proyecto vital de las mujeres y lo es para los hombres, con frecuencia despojados de opinión ante muchas decisiones que les incumben. Nuestro nuevo espacio precisa de espacio para ellos. Cuando el feminismo desvincula a la mujer del hombre, choca frontalmente con la realidad de la vida, en la que estamos juntos los dos sexos pese a quien pese. Y además, se convierte también en un corsé.

Las mujeres occidentales, que asumimos responsabilidades importantes en lo laboral y compromisos muy serios en lo personal, estamos situadas en el centro de ambos extremos. Deberíamos ser las mujeres sin corsé. Sin embargo, en realidad llevamos puestos los dos: el de la feminidad y el del feminismo.

Hoy casi nadie se atreve a decir que muchas mujeres con alta capacidad escogen opciones laborales poco ambiciosas porque no toleran el diseño de los horarios. Estamos aplaudiendo como una conquista que la maternidad, o la renuncia a ella, sea una decisión exclusiva de las mujeres - de nuestro cuerpo se llega a decir – sin reconocer que los hombres tienen responsabilidad sobre sus hijos y que muchos quieren asumirla. Por el contrario, apenas denunciamos la pervivencia – incluso el auge- de los peores estereotipos sobre las mujeres: el patrón del “sexo débil”, del “bello sexo”, sumiso, desprotegido, menos inteligente, plegado a los deseos del varón, dispuesto a servirle, obsesionado por parecerle atrayente. Tan vigente resulta este esquema de género, que se muestra cada tarde desde los programas de televisión y cada semana desde cientos de revistas, muchas de ellas específicamente femeninas.
Y mientras las mujeres concretas intentamos ajustar nuestras medidas particulares al corsé de la feminidad, al del feminismo, o a ambos a la vez, las occidentales alcanzamos cotas de igualdad y de poder impensables hasta hace apenas treinta años, justo cuando parece que las mejores conquistas del feminismo retroceden.

Debemos comprender que nos movemos como un péndulo entre enormes contradicciones porque estamos desmontando prejuicios atávicos y estableciendo una nueva posición que nos obliga a hombres y mujeres a hacer un viaje, a recolocarnos en el espacio. Para liberarnos de los dos corsés tenemos que empezar a defender la igualdad en la diferencia. Ha llegado la hora de decir: somos otras que los hombres, sí, pero esta no es una categoría personal diferente ni una clasificación por méritos sino una vivencia insustituible, la de ser una mujer. Inevitablemente, el retrato del hombre que camina junto a esa mujer también debe modificarse: no puede ser un enemigo ni un tirano sino un aliado que también debe encontrar un lugar “a su manera”. La  masculinidad no es el machismo sino, tal vez, su contrario.


Iguales en derechos y deberes, diferentes en la manera de encarar la vida. Así es como debemos lograr que sea. Y definirlo para que perdure, porque las más genuinas mujeres del siglo XXI son nuestras alumnas y ellas deberán tener la posibilidad de hacerlo todo como mujeres en un mundo en el cual esta condición, como la de ser hombre, sea relevante en la intimidad e irrelevante en la proyección externa. 

Iguales en derechos y deberes, diferentes en la manera de encarar la vida. Así es como debemos lograr que sea. Para mí una de las claves del futuro está en despojar a los valores de sus características de género y verlos desde su verdadera dimensión: la personal. Somos personas decididas, responsables, libres, sensibles, solidarias, frágiles, vulnerables, limitadas, complejas. Hombres y mujeres.

domingo, 8 de marzo de 2015

8 de marzo: campo de gules



“En campo de gules señorea un libro amarillo coronado de un ojo de azur.” No sé expresarme con los términos de la heráldica así que probablemente he escrito una tontería, pero es que este logo de la Feria del Libro de Leipzig se parece mucho a un escudo. Por eso me ha parecido sintomático que las “escuderas” sean cuatro muchachas. Es como si el fotógrafo pintara una metáfora de la situación de las mujeres frente a la educación, lo que algunos expertos denominan falla sociológica.

Cuando los niños y las niñas se escolarizan juntos en igualdad de condiciones, en cualquier nivel desde infantil a la universidad, las chicas tienen un éxito significativamente mayor por su capacidad, su aplicación y su sentido de la responsabilidad, factores que se constatan casi como una ley. Yo lo estoy viendo ahora en mi clase y me parece casi imposible que ese desnivel de madurez entre chicas y chicos pueda salvarse con el tiempo. Sin embargo, no solo se superan las diferencias sino que se invierten. Cuando pasa un tiempo, las chicas ya no están en igualdad con los varones, ni siquiera ganan el mismo dinero por el mismo trabajo. No se sientan en las Reales Academias, no influyen en la economía, no dictan en las cátedras ni en el poder político… Han desaparecido. ¿Quién se las ha tragado? Una “falla sociológica”- en expresión de Miguel Ángel Santos Guerra- que, aunque va rellenándose con sudor e incluso con sangre, tiene aún abierto un profundo abismo.

No resulta difícil explicar por qué sucede esto. La mayor parte de los trabajos están diseñados por los hombres y giran a su alrededor. Obligan a las mujeres a sumergirse en ellos y a renunciar a una buena parte de vivencias personales que ellas quieren y necesitan experimentar también. Llegar a puestos de primer nivel es una carrera de obstáculos para hombres y mujeres, pero parece como si ellas además tuvieran que correr cargando con una mochila. Y, sin necesidad de remontarnos a las directivas, la jornada laboral interminable tiraniza a muchas mujeres que, sencillamente, tienen que llevar dinero a casa.

Este campo de gules muestra por tanto el color de la injusticia. Bienvenido sea el simbólico escudo que nos envía un mensaje: mujeres, solo la cultura – más argumentos sólidos a favor de lo verdaderamente femenino, más educación y más conocimiento - podrá rellenar los pliegues de la terrible falla sociológica.

Artículo escrito para la revista 21RS
 

jueves, 19 de febrero de 2015

El tratado


 
Qué ves? A una bella actriz que posa para los medios en un festival de cine.

No, no me refiero a eso, mira un poco mejor, a lo profundo, ¿qué ves? A una muchacha joven, bien plantada y bien vestida, olé por ella. Sonríe porque mira a los objetivos que sonríen. Que la juzgan. Y se ofrece ante ellos abierta, confiada en sí misma, pero con la cabeza hacia atrás en un gesto espontáneo de desafío, un gesto pensado para protegerse.

Muy bien, y ahora fíjate todavía un poco mejor. ¿Qué ves? A una mujer frente a mucho mundo. Sola. Y es que a toda mujer a veces le pasa esto, que está de repente en mitad de un paisaje extraño y frente a ella todo es oscuro y grande como esa nube anónima de fotógrafos que está encima de esta muchacha, delante, al lado, junto, diciendo: mira, ven, dale, corre, aprisa, termina, recoge, toca.

¿Qué ves entonces? A cualquier mujer trabajando y cómo se siente a veces. Porque esto no es una foto pura y simple Es un tratado que habla de cada mujer y su situación en el mundo de hoy, del mundo y de las mujeres.

¿Qué ves entonces? Un retrato de grupo. En esta joven actriz que desempeña tan bien su papel de “Mecomoelmundo” están representadas todas las mujeres profesionales, cuidadoras y madres. Las que se ganan la soldada y la reparten en forma de vida y cariño. Aquellas a las que les siguen gustando todavía “los plátanos pochos y el cuello del pollo”. Las que tiran de pie después de noches de insomnio y nunca se queman las manos con la sartén, las que saben escribir informes y guisar lentejas. Y esas mujeres están, como ella, plantadas en el suelo con los tacones firmes, bien arregladitas, serias y ligeras, duras y livianas, expuestas y recogidas, abiertas a los retos y cerradas a la desesperanza.

Así que al final, ¿qué ves? Pues, es verdad, un tratado. Y hasta me parece que se titula: “Sobre lo solas que se sienten las mujeres a veces, incluso cuando están muy acompañadas.”

Artículo escrito para la revista 21RS
 

viernes, 8 de marzo de 2013

8 de marzo: Día de la igualdad en la diferencia




En una escena clave de la película “Eva al desnudo”, la gran Bette Davis, que interpreta a una actriz muy famosa, reflexiona sobre su vida de esta manera: “Antes o después hay una carrera que todas las mujeres, queramos o no, tenemos que hacer: la de ser una mujer.”

¿Qué significa esto? En pleno siglo XXI, las mujeres occidentales miramos hacia atrás con la satisfacción de haber conseguido muchas cosas: el voto político y la presencia social, el acceso al trabajo remunerado y a los estudios superiores. Se nos han reconocido la igualdad ante la ley y la competencia profesional. También han mejorado las condiciones de la maternidad y nuestra salud en general. En apenas cuatro o cinco décadas, hemos vivido cambios que a nuestras hijas les parecen inverosímiles. Pero esto no es toda la verdad. Aquí y ahora, las mujeres llevamos una vida muy compleja, en primera línea de todas las facetas de la sociedad, incluidas sus contradicciones.

Para acercarnos a algunas de ellas podríamos empezar, por ejemplo, contemplando la feminidad y el feminismo desde la perspectiva de las mujeres en vez de clasificar a las mujeres desde la perspectiva de la feminidad o desde la del feminismo, que parecen actitudes excluyentes. Debemos empezar a despojarnos de esas superestructuras que nos están definiendo y no tienen nada que ver con lo esencial. Ser mujer – como ser varón- es algo mucho más complejo que un patrón al que cada una de nosotras debe ceñirse. Haga lo que haga, cuidar al hijo enfermo o barrenar en una mina, una mujer nunca deja de serlo.

Durante mucho tiempo, las mujeres hemos tenido que entrar en un corsé social que definía nuestra naturaleza. Así, la ineludible capacidad para dar a luz y criar a los hijos se vio adornada con unas características propias que pasaron a constituir la esencia del género femenino: la debilidad, la belleza, la falta de iniciativa, la sumisión al varón. Hoy estamos en una era diferente. Para las mujeres de la sociedad occidental, el acceso al trabajo remunerado y los avances de la medicina abrieron hace ya algunos años las puertas de un cambio de paradigma. Aunque desde el final del siglo XIX se había desarrollado un movimiento a favor de los derechos de la mujer, el canon del feminismo moderno lo estableció en 1949 Simone de Beauvoir con su libro El segundo sexo. En él, la filósofa francesa analizaba la perspectiva de las mujeres que empezaban a actuar en un terreno, el de la industria y los servicios, tradicionalmente reservado a los hombres. De Beauvoir denunciaba la dificultad de integrarse en este mundo varonil con la educación tradicional “para señoritas”, y la necesidad de enfrentarse a los mitos y prejuicios creados a imagen y semejanza de los hombres. En El segundo sexo argumentaba que las mujeres recibían en la sociedad la categoría excluyente de “otras”, como una tribu llama “otros” a los extranjeros o a los completamente diferentes. En el mundo de los hombres- afirmaba - las mujeres son “otras”, extrañas que aceptan esta condición inferior. Por eso deben luchar por incorporarse a la categoría “varón”. A partir de ese momento, el feminismo se empleó en conseguir la igualdad en la categoría: “otras” no, iguales.

Apoyándose en esta teoría, la aventura de la igualdad en la categoría nos ha llevado a las mujeres muy lejos. Sin embargo, la segunda década del siglo XXI puede ser buen momento para evaluarlo y reconocer que hemos pagado por él un precio alto. Hemos aceptado que “iguales” quiera decir incorporadas a los parámetros diseñados por y para los hombres, sin que tengan que modificarse en absoluto. Hemos tolerado que la visibilidad y la influencia de una mujer supongan ocultar aspectos que le son esenciales. El feminismo más radical, además, con algo que podría denominarse “revancha por las culpas de la historia”, nos ha animado a una guerra de sexos en la que el hombre ha llegado a ser una pieza a abatir. Esta actitud excluyente es peligrosa para todos: lo es para el proyecto vital de las mujeres y lo es para los hombres, con frecuencia despojados de opinión ante muchas decisiones que les incumben. Nuestro nuevo espacio precisa de espacio para ellos. Cuando el feminismo desvincula a la mujer del hombre, choca frontalmente con la realidad de la vida, en la que estamos juntos los dos sexos pese a quien pese. Y además, se convierte también en un corsé.

Ahora estamos aquí un grupo de mujeres con responsabilidades importantes en lo laboral y, con toda seguridad, con compromisos muy serios en lo personal. Situadas en el centro de ambos extremos, deberíamos ser las mujeres sin corsé. Sin embargo, ¿no os parece en ocasiones que en realidad llevamos puestos los dos corsés?

Hoy casi nadie se atreve a decir que muchas mujeres con alta capacidad escogen opciones laborales poco ambiciosas porque no toleran el diseño de los horarios. Estamos aplaudiendo como una conquista que la maternidad, o la renuncia a ella, sea una decisión exclusiva de las mujeres - de nuestro cuerpo se llega a decir – sin reconocer que los hombres tienen responsabilidad sobre sus hijos y que muchos quieren asumirla. Por el contrario, apenas denunciamos la pervivencia – incluso el auge- de los peores estereotipos sobre las mujeres: el patrón del “sexo débil”, del “bello sexo”, sumiso, desprotegido, menos inteligente, plegado a los deseos del varón, dispuesto a servirle, obsesionado por parecerle atrayente. Tan vigente resulta este esquema de género, que se muestra cada tarde desde los programas de televisión y cada semana desde cientos de revistas, muchas de ellas específicamente femeninas.
Y mientras las mujeres concretas intentamos ajustar nuestras medidas particulares al corsé de la feminidad, al del feminismo, o a ambos a la vez, las occidentales alcanzamos cotas de igualdad y de poder impensables hasta hace apenas treinta años, justo cuando parece que las mejores conquistas del feminismo retroceden.

Debemos comprender que nos movemos como un péndulo entre enormes contradicciones porque estamos desmontando prejuicios atávicos y estableciendo una nueva posición que nos obliga a hombres y mujeres a hacer un viaje, a recolocarnos en el espacio. Para liberarnos de los dos corsés tenemos que empezar a defender la igualdad en la diferencia. Ha llegado la hora de decir: somos otras que los hombres, sí, pero esta no es una categoría personal diferente ni una clasificación por méritos sino una vivencia insustituible, la de ser una mujer. Inevitablemente, el retrato del hombre que camina junto a esa mujer también debe modificarse: no puede ser un enemigo ni un tirano sino un aliado que también debe encontrar un lugar “a su manera”. La  masculinidad no es el machismo sino, tal vez, su contrario.

Iguales en derechos y deberes, diferentes en la manera de encarar la vida. Así es como debemos lograr que sea. Y definirlo para que perdure, porque las más genuinas mujeres del siglo XXI son nuestras hijas y ellas deberán tener la posibilidad de hacerlo todo como mujeres en un mundo en el cual esta condición, como la de ser hombre, sea relevante en la intimidad e irrelevante en la proyección externa. Para mí una de las claves del futuro está en despojar a los valores de sus características de género y verlos desde su verdadera dimensión: la personal. Somos personas decididas, responsables, libres, sensibles, solidarias, frágiles, vulnerables, limitadas, complejas. Hombres y mujeres.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Cartas desde el desierto para el Día de la Mujer




He recibido una carta desde el desierto. Es de un joven viajera y habla de la inmensidad del terreno, del calor y del viento, de la belleza de las estrellas en el cielo nocturno.

He recibido una carta desde el desierto. Me la envía Aissa, una joven saharaui de trece años. En ella me cuenta que pasa hambre y sed en el campamento de refugiados. Me dice textualmente: “Quiero ser moderna. Enfermera y moderna.  Pero aquí no se puede llevar otra cosa que la melfa. Yo estoy en contra de la poligamia, mi padre se fue con una niña de mi edad porque mi madre ya no podía darle más hijos. Es beduino y no le vemos. En vuestro país tendría que pagarnos por abandonarnos. Aquí nada.

He recibido una carta desde el desierto. La ha escrito una mujer que durante quince  años ha confundido el amor con el silencio. En ella me confiesa una grave crisis de autoestima, de confianza y de reposo, que la tiene desalentada y triste, confusa, maltratada.

 He recibido una carta desde el desierto. Me la manda una mujer que se levanta y se acuesta sola, ríe y llora sola, come y duerme sola y ella sola se abraza cuando siente miedo.

He recibido una carta desde el desierto. La firma una madre de familia y tiene estructura de currículum vitae. En ella se enumeran veintitrés cursos de formación y una buena experiencia laboral, pero los márgenes están sobados de tanto enviar copias a todas partes, y huele un poco a sal de lágrimas.

He recibido una carta desde el desierto. Es de Antoine de Saint Exupéry y en ella dice:

 “Lo bello del desierto es que en cualquier lugar esconde un pozo.”

¿Es verdad esto? Yo creo que sí. Hay un manantial escondido y brotará a la hora menos pensada. En todos los desiertos.