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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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martes, 11 de febrero de 2020

Aquel recuerdo y el presente




                                                                                                            La Codosera (Badajoz)


Mi primer destino en la función pública como propietaria provisional fue el colegio Nuestra Señora de Chandavila, de La Codosera, uno de los más bellos enclaves de Extremadura, en la provincia de Badajoz. Llegué en septiembre de 1982 y era tan joven que enseguida me nombraron secretaria del claustro, privilegio que nunca se volvió a repetir. 
Recuerdo una escuela muy viva, muy pequeña y muy feliz. De entonces a hoy, La Codosera ha crecido mucho y ya llegan a ella carreteras y comunicaciones. Internet me ilustra sobre la evolución de aquel cole: el Chandavila se mantiene vivo y extraordinario, afortunadamente.

No han corrido la misma suerte centenares de escuelas rurales por toda nuestra geografía. Todavía me sobrecoge, al viajar por carretera, el innumerable desfile de construcciones abandonadas que tienen todo el aspecto de haber sido colegios donde los niños y niñas de los pueblos lo aprendían todo, con la misma calidad y esfuerzo que en las capitales. Y es que, urbanocéntricos como somos, olvidamos que ese mundo rural a cuya desaparición asistimos con indiferencia ocupa el 90% del territorio español y el 35% de la población.

Todavía recuerdo con bochorno la presentación de un informe Talis en la cual un político denunciaba que los niños españoles no aprobaban ni siquiera una experiencia tan cotidiana como orientarse en el Metro. Entonces un maestro se dirigió a este buen señor para hacerle ver que esa no era una experiencia cotidiana ni siquiera para los niños de Madrid. “Mis alumnos son de pueblo y distinguen un álamo de un olmo, pero nunca se perderán en el Metro, se lo aseguro”- dijo aquel maestro a quien aplaudimos con fervor.

Al hablar sobre la escuela rural podemos tender a una generalización que también es muy urbana. Hay comarcas que sufren una impactante desertización pero las hay que mantienen una actividad humana y económica pujante, a pesar de las dificultades. Tampoco es ya de recibo la dicotomía decimonónica entre lo rural y lo urbano tanto en el modelo de vida como en la ocupación del espacio. En el siglo XXI las tecnologías de la comunicación han diluido las diferencias porque han uniformizado modas y hábitos sociales, han modificado la estructura de las familias y han aumentado la movilidad y las oportunidades de empleo virtual. Tanto es así que cabe preguntarse en qué se diferencia hoy metodológicamente una escuela rural de una de ciudad. En ambas entra el mundo entero a través de una pizarra digital, en ambas se aplica la innovación educativa. Por eso no podemos mirar atrás con nostalgia sino reflexionar sobre los pueblos de hoy y sobre el lugar que han de ocupar. Y en ese contexto la escuela rural es el primer foco de innovación, una fuente de equilibrio territorial y de cohesión social, y- de manera fundamental- una salvaguarda de la base cultural y el patrimonio histórico.

Desde luego el despoblamiento que se ha producido en los últimos sesenta años es un problema grave y generador de desequilibrios sociales y territoriales, especialmente – y reproduzco datos de un estudio de REDER (Red Española de Desarrollo Rural)-  en los territorios que abarcan una circunferencia que tuviera como centro Madrid y cuyo radio alcanzase la Cornisa Cantábrica, el Pirineo y el interior de las costas mediterráneas y suratlánticas, bordeada por los valles del Guadalquivir, Ebro, Segura, Turia , Guadiana y Tajo. Muchos pueblos de esta zona no alcanzan los 5.000 habitantes y su abandono se considera, desde el año 2014, problema de Estado. En la mayoría de ellos han desaparecido las escuelas porque “tenían muy pocos alumnos, no compensaba la inversión económica, agruparlos en centros más grandes es rentabilizarlos”- (¿para destinar el dinero a contratar medios de transporte, para desanimar a sus habitantes, a los profesores destinados allí?).- “Está demostrado que los servicios sociales no son rentables cuando la población es escasa”. Rentable, ese parece ser el concepto clave de la cuestión. ¿Rentable para quién? ¿Es el cierre de las escuelas una de las causas de la desertización? ¿Es simplemente una de las consecuencias? 

Mejorar la calidad de los servicios de sanidad, educación y asistenciales en los pueblos, así como disponer de infraestructuras adecuadas para permitir que estos servicios se puedan prestar en un radio de distancia razonable sin riesgos para la vida y la unidad familiar debería ser una prioridad gubernamental. Y que la escuela unitaria es factor de desarrollo, debería ser una certeza. Porque simplemente no es cierto que sea mejor concentrar a los niños y niñas en aglomeraciones escolares, como no lo es obligar a sus familias a emigrar a zonas más pobladas. Puede que a corto plazo- el único al cual atienden los políticos españoles- resultase más barata esta solución, pero ya hemos alcanzado el medio y largo plazo y no solo hemos provocado desequilibrios tal vez irreversibles sino que hemos encarecido ostensiblemente la adopción de soluciones y la aplicación de las políticas adecuadas. Esto en un país que firmó los objetivos de la Estrategia 2020 de la UE y se comprometió a “destacar a los territorios rurales como polos de cultura, desarrollo e innovación”. ¡Ya estamos en el 2020!

Es un error imponer razones economicistas sobre la calidad de vida de los seres humanos. El mundo rural no es un parque temático de la biodiversidad destinado a que lo visiten los urbanitas durante los fines de semana. Los pueblos tienen dueños, las escuelas rurales tienen destinatarios. Las familias que residen en estas zonas no quieren abandonar su territorio ni renunciar a sus raíces, son los gestores quienes les fuerzan a hacerlo, ya sea retirándoles servicios, deteriorando su calidad o encareciéndolos hasta hacerlos inviables. No tienen en cuenta que el medio rural es el gran proveedor de alimentos, naturaleza y calidad de vida de las zonas urbanas, y que el inalienable derecho a la educación alcanza a la última niña de la aldea más perdida. Para eso pagamos impuestos los españoles, no para las arbitrariedades que soportamos a diario.

La España rural, como la escuela rural, es una realidad diversa y heterogénea, que debe interesarnos a todos los que deseamos un país vivo, activo, que valore dónde esta situada la educación de calidad. Y nadie puede negar que las pequeñas escuelas unitarias saben mucho de calidad educativa, de innovación metodológica, de colaboración con las familias y de personalización. Repito: saben mucho.

domingo, 29 de octubre de 2017

Memorias



Durante buena parte de mi vida he sido maestra.

No ingresé en el Magisterio con una clara vocación docente. Sabía, sí, que me interesaban los niños: que si fuera médico me especializaría en Pediatría, y si fuera juez, en Menores. Sabía también que era curiosa para el conocimiento y me gustaba transmitir lo que aprendía. Sin embargo, para transformar mi interés genérico por la infancia en una vocación clara, tuve que atravesar un proceso casi químico: de amalgamar y producir sustancias nuevas. Mis alquimistas fueron Mariano Martín Alcázar y otros profesores extraordinarios de “Escuni”, mi escuela universitaria. De allí salí con la seguridad de que había acertado en la elección profesional y de que comprometer la vida en ser maestra me llenaría de felicidad. Cuarenta años después sé que no me había equivocado.

Conocí a mis primeros alumnos allá por 1980, en el centro de educación especial “María Corredentora”, de Madrid. Recuerdo que trabajaba allí un grupo incandescente de profesoras. De ellas y de aquellos niños y niñas aprendí que en mi clase no podría haber nunca un rincón para el desánimo.

Ingresé en la función docente en 1981 y mi primer centro público fue el colegio “Arquitecto Gaudí”, también de Madrid, que escolarizaba un alumnado de alto nivel social y económico.  En aquel primer año de funcionaria novata, aprendí de los chicos a no tomarme demasiado en serio a mí misma. También aprendí que hay diferentes tipos de polvos pica-pica.

Después di clase en La Codosera, un pueblo de Badajoz fronterizo con Portugal  a donde por entonces no llegaba la carretera. Mis alumnos no habían recibido nunca una carta y mi propio abuelo escribió treinta diferentes, dirigidas a aquellos chiquillos. Recuerdo que celebramos una gran fiesta cuando llegó el cartero, y que los padres me inundaban a diario de pan caliente y leche recién ordeñada. Por entonces aprendí el valor esencial de muchas cosas sencillas.

Dirigí un grupo de teatro escolar en el colegio público “Juan Vázquez”, de Badajoz capital, con el que preparé durante todo un trimestre la Historia de una escalera, de Buero Vallejo. Compartimos muchas horas de ensayos en las que aquellos chicos de octavo de EGB sacaron de sí mismos talentos y pasiones desconocidas. Estrenamos nuestra obra el día que murió Luis Álvarez Lencero y allí, en un salón de actos de colegio, ante media entrada de padres y niños pequeños, mis alumnos y yo guardamos un minuto de emocionado silencio por la memoria del gran poeta extremeño. Ese homenaje fue iniciativa de los jóvenes actores, que me dieron entonces una gran lección. Aprendí tanto de aquellos chicos que todavía hoy ocupan un lugar especial en mi memoria y mi corazón.

En el colegio “Ciudad del Aire” de Alcalá de Henares aprendí de los alumnos y de un maravilloso director, Santiago Crespo, la importancia que tiene para un docente la autodisciplina. Y recuerdo con emoción a aquel chiquillo que me pidió dirigirse solemnemente a la clase, y entonces dijo: “Por favor, no me llaméis Nacho. Mi nombre es Ignacio y me gusta ser yo mismo.” Lo apunté para tenerlo yo también en cuenta.

Del “Fray Albino” de Santa Cruz de Tenerife me traje la paciencia. Mis alumnos la tuvieron a manos llenas conmigo y mi dificultad para aprender los nombres guanches.

En el “Manuel Azaña” de Alcalá de Henares, donde di clase durante quince años entre enormes dificultades por las circunstancias sociales de los alumnos, comprendí la profunda complejidad y belleza de la docencia. Entre tantos chicos y chicas que pasaron por mi aula recuerdo a un alumno guineano que no podía aprender a escribir y se convirtió en buen jugador de ajedrez; a una alumna gitana llena de talento e inteligencia que dejó de asistir a la escuela con la primera regla; a un pequeño con un grave desequilibrio psíquico, del que no conseguí nunca una mirada pero que un día me tomó la mano y me la besó; y a una alumna abandonada por una madre alcohólica a quien recuerdo a diario con la sensación de que no hice por ella lo suficiente.

De nuevo en Madrid, en el “Padre Coloma”, di clase a un grupo de sexto de Primaria con el que compartí mi amor por los cuentos de Borges y que supieron adaptar El Aleph a un teatrillo de marionetas. El último día de curso del año 2000, cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la hora de clase, todos se quedaron sentados y en silencio. Yo les pregunté por qué no se marchaban a casa y el delegado, de pie y en nombre de todos, me dijo: “No queremos separarnos de ti, profe.” Lo considero uno de los momentos más bellos de mi vida.

Después de un paréntesis de trece años, en el cual tuve el honor de defender al profesorado desde el sindicato ANPE, regresé a la escuela para encontrar de nuevo la belleza de esa forma única de comunicación entre seres humanos que es la relación educativa. Y desde el CEIP “San Miguel” de Hortaleza, rodeada de compañeros excelentes, aprendo y reaprendo cada día por qué me hace tan feliz compartir con los alumnos la dura, absorbente, mágica y feliz trinchera de la escuela.


A dos cursos de la jubilación, comprendo que este compromiso ha sido un buen viaje para la vida. No existe poder de transformación más grande que el de un maestro sobre su discípulo, ni poder de transformación más bello que el de un discípulo sobre su maestro. Todo lo que sé de la educación se ha fundamentado en el encuentro con personas y lo he recibido a través de ellas. De mis alumnos y de mis compañeros, de todos aquellos con quienes se ha cruzado la línea de mi vida, aprendí y aprendo. A diario.