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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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sábado, 30 de septiembre de 2017

DIÁLOGO




El rostro del ser humano es único y particular, pero a la vez refleja todo el mundo. Cuando pasa el tiempo por él, cuando la luz rosada de la infancia amarillea en el anciano, cuando el amor lo arrebola y el dolor lo contrae, cuando la razón y la bondad brillan en su frente e incluso cuando la cerrazón lo oscurece como una sombra, el rostro refleja la indisoluble relación de la vida del hombre con todo lo que le rodea.

Los artistas y los enamorados supieron desde el principio de los tiempos que el alma se asoma siempre por el rostro. No es un asunto de armonía ni de proporciones, de cánones de belleza o de cirugías artificiales; es la expresión de la naturaleza humana cuando prescinde de los elementos culturales adquiridos y se muestra desvalida e intensa, desnuda en su alegría y su dolor. Un aliento interno que exuda, se evapora, en la mirada, la sonrisa, el gesto de cada persona.


Ese rostro común a todos en su estructura de especie y único en su personificación está ahí para abanderar la necesidad de diálogo con los otros. Frente al sentimiento artificial de la masa, frente a la máscara entendida como ficción congelada,  cada rostro humano que mira de frente a nuestro propio rostro nos recuerda que debemos recobrar el personalismo. Ya es hora de comprender que  no existe otra manera de construir una comunidad libre y justa más que a través del encuentro entre personas. El diálogo cara a cara, que justifica la posición erguida del hombre frente a las otras especies, requiere de tolerancia y respeto. Para este diálogo está diseñado nuestro rostro. No deberíamos olvidarlo ni en el hogar, ni en la escuela, ni en la sociedad, ni en la política.

miércoles, 6 de mayo de 2015

ESCUELA Y DIÁLOGO



 
 
Cuando los antiguos griegos despedían a alguien que emprendía un viaje largo utilizaban esta expresión: Vayas donde vayas, serás una polis. Vivir en una polis significaba emplear las palabras en lugar de la fuerza. El político estaba resuelto a emplear el discurso como medio de persuasión, en busca de un espacio para él mismo y cualquier interlocutor que encontrara en su viaje. 

La filósofa Hannah Arendt enuncia así el sustrato esencial del diálogo: “Si los hombres no fueran iguales, no podrían entenderse ni planear y prever para el futuro las necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fueran distintos, es decir, cada ser humano diferente de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso y la acción para entenderse.

Inmediatamente después del diálogo amoroso con los padres, el ser humano se encuentra por primera vez con “los hombres” en el ámbito escolar. Y allí, conoce también a su primer maestro. Sea joven o maduro, hombre o mujer, el perfil del docente está siempre anclado en la palabra. Los docentes son, sobre cualquier otra consideración, los guardianes del diálogo. El curso escolar enmarca una verdadera oportunidad de diálogo cuyo fin es conectar las vidas de profesores y alumnos y hacerlos crecer como personas. Ahora bien, precisamente porque es un diálogo que personifica, también trasciende las fronteras físicas del aula para modificar la realidad del centro, de su entorno y, de manera trascendente, de la sociedad. Aquí se podría describir, por ejemplo, la solidaridad profunda que el profesorado de la escuela pública está mostrando frente a las dificultades económicas y sociales de muchísimas familias. O tal vez no, porque para mostrar en su totalidad la implicación del profesorado en tantos dramas humanos faltarían las palabras.

Si nos acercamos un poco más a la situación del aula, podemos preguntarnos: ¿qué es dialogar? ¿Se enseña a dialogar? ¿Hay tiempo para dialogar conscientemente? Es sintomática la denuncia de Marc LeBris:La escuela niega la infancia: permite hasta el absurdo la libertad de expresión del niño y luego la desprecia.

Podemos preguntarnos si el diálogo forma parte de la competencia en comunicación lingüística o es más bien una actuación transversal que impregna, orienta y justifica las ocho competencias básicas. Yo creo que esta última respuesta es la adecuada porque el diálogo está en la base de cualquier desenvolvimiento educativo.

Dialogar implica adquirir conciencia de las capacidades propias y del otro;  y encontrar las estrategias necesarias para desarrollarlas en busca de un fin común. Cada interlocutor necesita motivación, confianza en sí mismo y gusto por escuchar, aprender y aportar. Mientras dialoga, debe hacer uso de la atención, la concentración, la memoria, la comprensión y la expresión lingüística; debe obtener información y transformarla en conocimiento. Toda esta parafernalia puede reducirse a pocas palabras: dialogar significa pensar a dos para llegar a un objetivo común, incógnito cuando el diálogo comienza pero resuelto en un destello durante el cual se tiene consciencia de la fraternidad. Si los hombres no fueran iguales…

Para nosotros, los educadores, dialogar con los alumnos y favorecer el diálogo entre ellos significa enseñarles a pensar. Por eso debemos comprender en qué ámbitos se desarrolla el proceso del diálogo educativo.

El primer ámbito es el propio docente que dialoga consigo mismo, porque la acción educativa –ya esta dicho- debe partir de un sustrato ético.

Una vez preparado el ámbito personal, el segundo escenario del diálogo es la interacción con el alumno, que tiene un inevitable componente de verticalidad. Y aquí es donde corremos el peligro de confundir diálogo educativo con monólogo docente. Porque no nos engañemos, no hay nada más fácil de perder que la facultad de dialogar conscientemente, es decir tomando en cuenta la opinión del otro y buscando en todo momento el encuentro de ambos en una conclusión común que no esté impuesta ni forzada. Y para perder la capacidad de diálogo basta con vivir constantemente distraído. A los profesores nos basta con no pensar lo que vamos hacer una vez que crucemos la puerta del aula. En la era de las redes sociales, el diálogo interpersonal debe ser potenciado con una especie de alerta educativa, el deseo consciente de aprovechar cualquier momento para llevarlo a cabo, en la certeza de que los jóvenes aportan valor a la actualidad.

El tercer ámbito de actuación del diálogo educativo es, por irradiación, el entorno de la escuela y la sociedad. Sobre todo en su configuración futura. Educar con el diálogo y para el diálogo es poner los cimientos de una conciencia crítica, de una consciencia de la propia individualidad, de una personalidad con opinión, con iniciativa, con criterio.

Pero hay también un cuarto ámbito, el diálogo de la profesión docente consigo misma. Se está propiciando la idea de que los profesores somos técnicos, o maximizadores de resultados. Y esto no es verdad. Nosotros contribuimos a mejorar la sociedad. Para cumplir esta función que nos trasciende debemos estar en condiciones de ejercer un control sobre el sentido, los objetivos y los contenidos de nuestro trabajo. Es decir, debemos dialogar entre nosotros y sobre nosotros. Estamos presenciando cómo se extienden el trabajo en redes y las plataformas de formación o para compartir experiencias. Es un proceso revitalizador. La docencia no es una actividad ensimismada sino dialógica.

Termino con Hannah Arendt una vez más: Lo que hace que valga la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos. Ya está dicho.



 

sábado, 4 de abril de 2015

Escuela y diálogo


 
Cuando los antiguos griegos despedían a alguien que emprendía un viaje largo utilizaban esta expresión: Vayas donde vayas, serás una polis. Vivir en una polis significaba emplear las palabras en lugar de la fuerza. El político estaba resuelto a emplear el discurso como medio de persuasión, en busca de un espacio para él mismo y cualquier interlocutor que encontrara en su viaje. 
La filósofa Hannah Arendt enuncia así el sustrato esencial del diálogo: “Si los hombres no fueran iguales, no podrían entenderse ni planear y prever para el futuro las necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fueran distintos, es decir, cada ser humano diferente de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso y la acción para entenderse.
Inmediatamente después del diálogo amoroso con los padres, el ser humano se encuentra por primera vez con “los hombres” en el ámbito escolar. Y allí, conoce también a su primer maestro. Sea joven o maduro, hombre o mujer, el perfil del docente está siempre anclado en la palabra. Los docentes son, sobre cualquier otra consideración, los guardianes del diálogo. El curso escolar enmarca una verdadera oportunidad de diálogo cuyo fin es conectar las vidas de profesores y alumnos y hacerlos crecer como personas. Ahora bien, precisamente porque es un diálogo que personifica, también trasciende las fronteras físicas del aula para modificar la realidad del centro, de su entorno y, de manera trascendente, de la sociedad. Aquí se podría describir, por ejemplo, la solidaridad profunda que el profesorado de la escuela pública está mostrando frente a las dificultades económicas y sociales de muchísimas familias. O tal vez no, porque para mostrar en su totalidad la implicación del profesorado en tantos dramas humanos faltarían las palabras.
Si nos acercamos un poco más a la situación del aula, podemos preguntarnos: ¿qué es dialogar? ¿Se enseña a dialogar? ¿Hay tiempo para dialogar conscientemente? Es sintomática la denuncia de Marc LeBris:La escuela niega la infancia: permite hasta el absurdo la libertad de expresión del niño y luego la desprecia.
Podemos preguntarnos si el diálogo forma parte de la competencia en comunicación lingüística o es más bien una actuación transversal que impregna, orienta y justifica las ocho competencias básicas. Yo creo que esta última respuesta es la adecuada porque el diálogo está en la base de cualquier desenvolvimiento educativo.
Dialogar implica adquirir conciencia de las capacidades propias y del otro;  y encontrar las estrategias necesarias para desarrollarlas en busca de un fin común. Cada interlocutor necesita motivación, confianza en sí mismo y gusto por escuchar, aprender y aportar. Mientras dialoga, debe hacer uso de la atención, la concentración, la memoria, la comprensión y la expresión lingüística; debe obtener información y transformarla en conocimiento. Toda esta parafernalia puede reducirse a pocas palabras: dialogar significa pensar a dos para llegar a un objetivo común, incógnito cuando el diálogo comienza pero resuelto en un destello durante el cual se tiene consciencia de la fraternidad. Si los hombres no fueran iguales…
Para nosotros, los educadores, dialogar con los alumnos y favorecer el diálogo entre ellos significa enseñarles a pensar. Por eso debemos comprender en qué ámbitos se desarrolla el proceso del diálogo educativo.
El primer ámbito es el propio docente que dialoga consigo mismo, porque la acción educativa –ya esta dicho- debe partir de un sustrato ético.
Una vez preparado el ámbito personal, el segundo escenario del diálogo es la interacción con el alumno, que tiene un inevitable componente de verticalidad. Y aquí es donde corremos el peligro de confundir diálogo educativo con monólogo docente. Porque no nos engañemos, no hay nada más fácil de perder que la facultad de dialogar conscientemente, es decir tomando en cuenta la opinión del otro y buscando en todo momento el encuentro de ambos en una conclusión común que no esté impuesta ni forzada. Y para perder la capacidad de diálogo basta con vivir constantemente distraído. A los profesores nos basta con no pensar lo que vamos hacer una vez que crucemos la puerta del aula. En la era de las redes sociales, el diálogo interpersonal debe ser potenciado con una especie de alerta educativa, el deseo consciente de aprovechar cualquier momento para llevarlo a cabo, en la certeza de que los jóvenes aportan valor a la actualidad.
El tercer ámbito de actuación del diálogo educativo es, por irradiación, el entorno de la escuela y la sociedad. Sobre todo en su configuración futura. Educar con el diálogo y para el diálogo es poner los cimientos de una conciencia crítica, de una consciencia de la propia individualidad, de una personalidad con opinión, con iniciativa, con criterio.
 
Pero hay también un cuarto ámbito, el diálogo de la profesión docente consigo misma. Se está propiciando la idea de que los profesores somos técnicos, o maximizadores de resultados. Y esto no es verdad. Nosotros contribuimos a mejorar la sociedad. Para cumplir esta función que nos trasciende debemos estar en condiciones de ejercer un control sobre el sentido, los objetivos y los contenidos de nuestro trabajo. Es decir, debemos dialogar entre nosotros y sobre nosotros. Estamos presenciando cómo se extienden el trabajo en redes y las plataformas de formación o para compartir experiencias. Es un proceso revitalizador. La docencia no es una actividad ensimismada sino dialógica.
Termino con Hannah Arendt una vez más: Lo que hace que valga la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos. Ya está dicho.
 
Artículo escrito para el periódico Escuela. Está basado en uno de los capítulos de mi próximo libro "Cronos va a mi clase" (PPC, mayo 2015)


 
 
 
 
 
 


 
 

 

viernes, 23 de marzo de 2012

PARA UNA MUCHACHA QUE QUIERE SER PROFESORA



El sistema social establecido, tal como lo hemos conocido hasta ahora quienes nacimos después de la Segunda Guerra Mundial, se está desmoronando estruendosamente. El Estado del bienestar, que creímos nuestra gran conquista del periodo entre siglos, ha caído también y nos salpica las manos y la cara como el flujo de una gigantesca cloaca.

Me parece cada vez más fácil dejarse llevar por el pesimismo y tal vez por la desesperanza. No son la misma cosa: el pesimista espera que sucedan cosas malas, el desesperanzado ha perdido el interés por lo que pueda suceder. Ninguna de las dos actitudes es propia de la educación, que es, por definición, optimismo y esperanza.

Así que me agarro hoy, como si fuera una viga del alma, a una muchacha de veinte años, brillante y joven, que ha terminado una licenciatura de Humanidades y quiere ser profesora. Por eso desecho todo análisis de la actualidad y escribo esta reflexión para ella. Va por ti, que tienes la vida por delante.

Escribe Galdós que la docencia es la pasión por compartir el conocimiento y que necesita una buena dosis de amor propio. Siempre acierta este gran maestro. Podríamos usar su definición a la manera moderna como si fueran etiquetas de Internet y ya no haría falta explicar nada más sobre la vocación docente: pasión, compartir, conocimiento, amor, propio.

La vocación docente no comienza para todos con tu privilegiada certeza.  También se desvela a lo largo de la formación, como un descubrimiento que va transformando el interés genérico por la infancia en pasión por la relación educativa.  Pero ambas vías comparten un sustrato esencial: las características personales y los valores de quien se acerca voluntariamente a la docencia. Y además confluyen en una manera determinada de ser, porque el magisterio imprime carácter. Es esta una expresión de la ética clásica en la cual “carácter” se dice êthos y tiene la connotación de una meta que se alcanza a lo largo del viaje de la vida.

Hay una primera certeza en la vocación docente que es el amor a los niños y jóvenes. Solamente puede darse en personas que estén interesadas por las personas. Y que, de entre todo el panorama de lo humano, sepan apreciar la profunda belleza de quien se está abriendo al mundo.

Pero hay también una segunda clave en la dosis justa de amor propio. Educar es comprender y hacerse comprender, respetar y hacerse respetar. Y sentirse depositario de autoridad. De hecho, la vocación docente implica no tener miedo a la certeza de que uno va a tener autoridad sobre alguien y estará obligado a hacer buen uso de ella.

La autoridad es una cualidad personal, que se adquiere con un notable esfuerzo y convierte a quien la posee en un referente. Para un profesor, está basada en la confianza, el respeto y la credibilidad; implica ganársela con decisiones justas y ejercerla con razones. Por eso la vocación docente solo puede darse en personas con una determinada manera de ser, de trabajar y de tratar a los demás.

Pero la autoridad es también un elemento básico del proceso educativo. No tengas miedo a la autoridad del profesor porque lo es. La educación no es simplemente espontánea, pone una barrera entre el pensamiento y la acción, necesaria para vivir entre los demás. El maestro fuerza la naturaleza del niño para perfeccionarla porque transmite el modo de empleo de la vida. Por eso quien tenga vocación docente no podrá ser una persona banal sino seria. Alegre y seria.

Una tercera clave habla de compartir. La primera impresión puede hacernos creer que lo que un maestro comparte con sus alumnos es el conocimiento, pero no es tan sencillo. El escenario profundo de la relación educativa  no está basado simplemente en añadir al sustrato original de un niño un elemento trascendente como la cultura. Hay un diálogo durante el cual el maestro comparte con el alumno sus conocimientos – claro está- pero también sus convicciones, sus expectativas, su certeza de que el destino está en sus manos, su voluntad, su percepción de la sociedad en actualidad y en proyecto, su visión del mundo y del papel que el ser humano juega en él. En realidad, comparte sus valores, por eso el diálogo se desenvuelve en la más compleja riqueza de lo humano.

Ambos comparten también un camino. El ser de un niño y su proyecto son lo mismo; el ser de un maestro y su ética son lo mismo. La prescripción escondida en el destino de ambos es la búsqueda, y los dos buscan mientras avanzan.

Por si todo esto fuera poco, quien tenga vocación docente debe ser optimista y, por tanto, poseer bastante apertura de miras y algo de sentido del humor, que es el primer garante de la serenidad en los seres humanos. Dicen que un optimista no ve el mundo tal como es sino tal como debería ser. Buena definición para la palabra “educar”, sin duda.

Vas a acercarte a una profesión esencial. Serás profesora y esto es mucho más que trabajar en la enseñanza.

Mucha suerte. Gracias por devolverme la esperanza.

Este artículo está publicado en el periódico Escuela.