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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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sábado, 4 de abril de 2015

Escuela y diálogo


 
Cuando los antiguos griegos despedían a alguien que emprendía un viaje largo utilizaban esta expresión: Vayas donde vayas, serás una polis. Vivir en una polis significaba emplear las palabras en lugar de la fuerza. El político estaba resuelto a emplear el discurso como medio de persuasión, en busca de un espacio para él mismo y cualquier interlocutor que encontrara en su viaje. 
La filósofa Hannah Arendt enuncia así el sustrato esencial del diálogo: “Si los hombres no fueran iguales, no podrían entenderse ni planear y prever para el futuro las necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fueran distintos, es decir, cada ser humano diferente de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso y la acción para entenderse.
Inmediatamente después del diálogo amoroso con los padres, el ser humano se encuentra por primera vez con “los hombres” en el ámbito escolar. Y allí, conoce también a su primer maestro. Sea joven o maduro, hombre o mujer, el perfil del docente está siempre anclado en la palabra. Los docentes son, sobre cualquier otra consideración, los guardianes del diálogo. El curso escolar enmarca una verdadera oportunidad de diálogo cuyo fin es conectar las vidas de profesores y alumnos y hacerlos crecer como personas. Ahora bien, precisamente porque es un diálogo que personifica, también trasciende las fronteras físicas del aula para modificar la realidad del centro, de su entorno y, de manera trascendente, de la sociedad. Aquí se podría describir, por ejemplo, la solidaridad profunda que el profesorado de la escuela pública está mostrando frente a las dificultades económicas y sociales de muchísimas familias. O tal vez no, porque para mostrar en su totalidad la implicación del profesorado en tantos dramas humanos faltarían las palabras.
Si nos acercamos un poco más a la situación del aula, podemos preguntarnos: ¿qué es dialogar? ¿Se enseña a dialogar? ¿Hay tiempo para dialogar conscientemente? Es sintomática la denuncia de Marc LeBris:La escuela niega la infancia: permite hasta el absurdo la libertad de expresión del niño y luego la desprecia.
Podemos preguntarnos si el diálogo forma parte de la competencia en comunicación lingüística o es más bien una actuación transversal que impregna, orienta y justifica las ocho competencias básicas. Yo creo que esta última respuesta es la adecuada porque el diálogo está en la base de cualquier desenvolvimiento educativo.
Dialogar implica adquirir conciencia de las capacidades propias y del otro;  y encontrar las estrategias necesarias para desarrollarlas en busca de un fin común. Cada interlocutor necesita motivación, confianza en sí mismo y gusto por escuchar, aprender y aportar. Mientras dialoga, debe hacer uso de la atención, la concentración, la memoria, la comprensión y la expresión lingüística; debe obtener información y transformarla en conocimiento. Toda esta parafernalia puede reducirse a pocas palabras: dialogar significa pensar a dos para llegar a un objetivo común, incógnito cuando el diálogo comienza pero resuelto en un destello durante el cual se tiene consciencia de la fraternidad. Si los hombres no fueran iguales…
Para nosotros, los educadores, dialogar con los alumnos y favorecer el diálogo entre ellos significa enseñarles a pensar. Por eso debemos comprender en qué ámbitos se desarrolla el proceso del diálogo educativo.
El primer ámbito es el propio docente que dialoga consigo mismo, porque la acción educativa –ya esta dicho- debe partir de un sustrato ético.
Una vez preparado el ámbito personal, el segundo escenario del diálogo es la interacción con el alumno, que tiene un inevitable componente de verticalidad. Y aquí es donde corremos el peligro de confundir diálogo educativo con monólogo docente. Porque no nos engañemos, no hay nada más fácil de perder que la facultad de dialogar conscientemente, es decir tomando en cuenta la opinión del otro y buscando en todo momento el encuentro de ambos en una conclusión común que no esté impuesta ni forzada. Y para perder la capacidad de diálogo basta con vivir constantemente distraído. A los profesores nos basta con no pensar lo que vamos hacer una vez que crucemos la puerta del aula. En la era de las redes sociales, el diálogo interpersonal debe ser potenciado con una especie de alerta educativa, el deseo consciente de aprovechar cualquier momento para llevarlo a cabo, en la certeza de que los jóvenes aportan valor a la actualidad.
El tercer ámbito de actuación del diálogo educativo es, por irradiación, el entorno de la escuela y la sociedad. Sobre todo en su configuración futura. Educar con el diálogo y para el diálogo es poner los cimientos de una conciencia crítica, de una consciencia de la propia individualidad, de una personalidad con opinión, con iniciativa, con criterio.
 
Pero hay también un cuarto ámbito, el diálogo de la profesión docente consigo misma. Se está propiciando la idea de que los profesores somos técnicos, o maximizadores de resultados. Y esto no es verdad. Nosotros contribuimos a mejorar la sociedad. Para cumplir esta función que nos trasciende debemos estar en condiciones de ejercer un control sobre el sentido, los objetivos y los contenidos de nuestro trabajo. Es decir, debemos dialogar entre nosotros y sobre nosotros. Estamos presenciando cómo se extienden el trabajo en redes y las plataformas de formación o para compartir experiencias. Es un proceso revitalizador. La docencia no es una actividad ensimismada sino dialógica.
Termino con Hannah Arendt una vez más: Lo que hace que valga la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos. Ya está dicho.
 
Artículo escrito para el periódico Escuela. Está basado en uno de los capítulos de mi próximo libro "Cronos va a mi clase" (PPC, mayo 2015)


 
 
 
 
 
 


 
 

 

martes, 15 de octubre de 2013

Panorama (atónito) de la educación 2013



La Real Academia define panorama como “paisaje muy dilatado que se contempla desde un punto de observación.” En la certeza de que describo un terreno enorme y voy a generalizar, esto es lo que veo desde mi observatorio.


El conflicto en las Islas Baleares ha retratado como una pintura expresionista la situación de la política educativa en España. Allí han entrado en liza, por una parte, un gobierno que mantiene vigente un decreto de enorme complejidad práctica contra la mayoría de las opiniones, incluida la del poder judicial. Por la otra, una comunidad educativa tan enfadada como para situarse al borde de atentar contra el derecho a la educación. Es un asunto muy serio y tan grave que no admite lecturas simplistas.

Uno de los grandes lastres de nuestro país es el cortoplacismo de la política educativa. Cada norma, cada ley de educación se circunscribe al periodo de gobierno del partido de turno. La prioridad parece ser la aplicación de la ideología entendida como una marca de clan, a la que se opone por sistema el clan de enfrente para imponer la suya cuando le toque. La justificación suele ser porque lo digo yo. De ahí el desprecio a los dictámenes de los órganos consultivos y de representación. Por ejemplo en el proceso de elaboración de la LOMCE – que es el paradigma de los errores políticos en educación- el Consejo de Estado, el Consejo Escolar y organizaciones del profesorado aportaron propuestas valiosas que contaban con amplio consenso. Se han ignorado aunque habrían mejorado el articulado de la ley y aumentado su apoyo social. Ahora la reforma ha nacido herida de muerte pero eso no importa.

Creer que las ideologías deben dictar las decisiones en educación es un residuo del convulso siglo XX. En un país democrático occidental, tecnologizado e inserto en la globalización, el núcleo de las ideologías políticas está en el respeto a los derechos y el cumplimiento de los deberes de ciudadanía. En este sentido, y salvo matices culturales, España no se distingue de Finlandia sean cuales sean las siglas que gobiernen. Aquí como allí, la gente necesita educación para manejarse en el complejo mundo actual, conocer la naturaleza y la cultura, respetar los derechos de todos, cumplir con las obligaciones, conseguir un trabajo digno y valorar el tesoro que es la democracia. Y si esto es así, ¿a qué viene entonces tanto peso ideológico en nuestras leyes? ¿Cómo es posible que los políticos españoles no sean capaces de pactar un mínimo de medidas para combatir el fracaso escolar y garantizar la igualdad de oportunidades? Nuestra política necesita metas a largo plazo, planes que pasarse de unos gobiernos a otros. Nos falta la visión de un futuro mejor para todos y nos sobra el interés por mantener el statu quo presente.

Por otra parte, los legisladores parecen no entender la complejidad de la educación. Educar es hacer avanzar una ciencia, desarrollar un arte. Es un asunto tan imbricado en los proyectos personales, con una relevancia tan extraordinaria para la sociedad que no se puede administrar sin tener en cuenta a sus agentes. La calidad de la educación es, ante todo, la elección ética de un docente y de un claustro. Y luego – bastante más tarde- puede ser también un texto publicado en el BOE. Por eso el legislador no debe creerse omnipotente y con frecuencia lo mejor que puede hacer es desregular, apoyar las iniciativas de los docentes e incentivar sus esfuerzos. Exactamente lo contrario a las posiciones inflexibles, la desconfianza y la deslealtad institucional con que a veces se trata al profesorado.

La docencia es hoy una profesión indignada por la gestión de la política educativa. Si en el aula cada profesor trabaja como siempre, afrontando retos enormes, los claustros están en muchos casos crispados por las dificultades, los recortes y la falta de reconocimiento. Hay un profundo malestar por la politización que ya contamina las reuniones docentes. Como colectivo en general, el profesorado está al borde de la desmotivación, maltratado por la pérdida de derechos laborales, y humillado por la desconfianza en su profesionalidad. Por tanto es altamente inflamable y puede mostrarse vulnerable ante la demagogia.

Y frente a nosotros están los alumnos y sus familias, a la expectativa y en un momento clave. La educación vuelve a ser un factor de movilidad social. Se ha convertido en la gran alternativa al desempleo, hay un interés insólito por lo educativo, se matriculan más alumnos que nunca en la enseñanza pública y esta se encuentra con la ocasión de mostrar su calidad. En este marco es la propia sociedad quien está diciendo claramente: “La educación importa. Tratarla con irresponsabilidad es un grave error.”
Según el ejemplo balear también nos están diciendo que si se les obliga a elegir, van a ponerse del lado de los maestros.
Conviene tomar nota.