BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



jueves, 21 de enero de 2021

Yo soy yo y mi smartphone

 



Cuando el escritor norteamericano Marc Prensky acuñó en 2001 la expresión “nativos digitales”, se refería a quienes emplean la tecnología como una extensión de sí mismos. Por entonces se generalizaba el uso del smartphone, que ha resultado ser el paradigma de esa definición de Prensky. Y que se ha convertido en una prótesis de nuestros hijos desde que cumplen los diez u once años.

¿Para qué lo necesitan tan pronto? Bueno, es que tienen que comunicarse con sus amigos, o al menos eso es lo que ellos nos dicen, con gran poder de convicción, al suplicar que se lo compremos. Por supuesto, no queremos que se sientan inferiores o separados del grupo. Y ya está. Tardamos poco en comprender que hemos abierto la caja de Pandora en mitad de casa. Porque no debemos engañarnos, el gran atractivo del teléfono inteligente es el acceso a Internet. Y eso, hoy, lo pone todo alcance de nuestros hijos: desde el videojuego o la serie hasta la red social, desde la biblioteca de la Universidad de Harvard hasta la pornografía. El uso de una herramienta tan potente proporciona acceso ilimitado a la comunicación y la información, pero a cambio sitúa a niños y adolescentes ante riesgos graves. Por ese motivo hay que utilizarla con inteligencia y sentido común. De alguna manera, tienen que merecerla. Hace poco escuché decir a Pilar Rodríguez Sánchez, experta del programa “Familias enRedadas”:“Si nuestro hijo de doce años está despierto a las tres de la mañana chateando por el móvil, no está suficientemente maduro para tener móvil. Así de claro.” ¿Cuál es la conclusión? Que un smartphone tiene normas claras de empleo y ellos deben estar dispuestos a asumirlas.

La forma de comunicación de los adolescentes ha cambiado de distinta manera en los chicos que en las chicas. La colonización del smartphone les afecta más a ellas, mientras los chicos lo comparten con la consola y los videojuegos. Pero a unos y otras les obliga a crear una “imagen digital”, que deben cuidar tanto o más que la real. Por eso atienden de inmediato todos los mensajes que reciben. Por supuesto, cambia la relación entre el grupo de amigos, que siguen dialogando a través del teléfono incluso cuando están juntos. Cambia también la interacción de la familia. De hecho, las llamadas de voz están reservadas casi en exclusiva para los padres, y con sus amigos emplean otros cauces. La función principal del teléfono se convierte así en símbolo de control.

La forma de compartir, casi sin barreras, genera mucha transparencia en la comunicación. Esto facilita la colaboración pero también puede convertirse en una fuente de problemas porque el adolescente se “desnuda” psicológicamente ante los demás, y pierde su privacidad, volviéndose así vulnerable a cualquier forma de acoso,  incluida la que les puede obligar a desnudarse físicamente. Y se exponen a visualizar contenidos inapropiados, bien porque los padres no establecemos mecanismos de control, bien porque los reciben de sus amigos o como spam. No podemos cerrar los ojos ante el hecho de que el acceso a la pornografía online se establece hoy a los doce años.

Engolfados como están en sus cámaras, pueden capturar imágenes comprometidas de sí mismos o de otros. Cuando las cuelgan atolondradamente en la Red pueden crear un problema casi imposible de resolver e incluso con implicaciones legales. Y, como ya hemos comprobado, el estado de conexión permanente genera tensión en la familia y el entorno. Pueden negarse a apagar los móviles en reuniones familiares o en clase; pueden vivir tan volcados en ese mundo virtual que terminen ignorando lo que sucede en el cuarto de estar de casa.

El smarphone es una simple herramienta, diremos. También lo es la motosierra, y nuestros hijos de diez años no juegan con ella.  Debemos retrasar su llegada, tasar su tiempo de uso, ponerle normas claras de empleo, emplear los mecanismos de control parental. No los dejaríamos solos en la Quinta Avenida de Nueva York con el encargo de regresar solos a casa, ¿verdad? ¿Por qué entonces los dejamos solos en Internet?  Pero antes de nada, revisemos nuestra propia conducta porque, realmente, somos nosotros, los adultos, quienes estamos sometidos al imperio del smartphone.

Artículo escrito originalmente para la UP

 

 

miércoles, 13 de enero de 2021

La relación más profunda de nuestra vida y un regalo de Reyes


La relación más profunda de nuestra vida

Hace un par de semanas tuve el honor de participar en un homenaje a la Educación organizado por el grupo Educar es todo. Se dirigía especialmente a los padres y madres. Quise hablar de la que considero "la relación más profunda de nuestra vida."

Esta es la charla, que comienza aproximadamente en el minuto 11 del vídeo. 

Encuentro mucha felicidad en poder compartir con las familias lo que he aprendido sobre educación durante tantos años de camino. 


                          LA RELACIÓN MÁS PROFUNDA DE NUESTRA VIDA



Y un regalo de Reyes

Y este es un gran regalo de Reyes que debo compartir con vosotros para agradecer el apoyo emocional que me habéis prestado para terminar esta novela. Muy pronto estará disponible. 



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Navidad con Van Cliburn

 

En este año difícil, árido y doloroso, en el cual hemos sentido más miedo que esperanza, quisiera felicitaros la Navidad con este vídeo y esta historia real. La he escrito para compartirla con las familias de adolescentes a quienes oriento en la plataforma on line Universidad de Padres. Me hace ilusión que llegue también hasta vosotros a través del blog.

 Van Cliburn Rach 3




VAN CLIBURN, PRIMER GANADOR DEL PREMIO CHAIKOVSKI.

En los años cincuenta del siglo pasado, el mundo conservaba aún las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial y vivía dividido en dos grandes bloques que competían por desafíos armamentísticos y económicos. Uno de los bloques pivotaba sobre los Estados Unidos de América y el otro sobre la Unión Soviética. Fue un periodo histórico complejo que se denominó “La Guerra Fría.”

En 1958, la tensión entre los EEUU y la URSS era máxima. Por entonces, el gobierno ruso puso en marcha un concurso internacional para pianistas al que denominó Premio Chaikovski. Aunque las bases permitían presentarse a intérpretes de todo el mundo, la idea era demostrar la importancia de la cultura soviética.

Van Cliburn, un pianista norteamericano de veintitrés años que vivía en Texas, decidió presentarse al concurso. En su entorno hicieron lo posible por desanimarlo. Temían que sufriera una mala acogida y estaban seguros de que jamás podría ganar un premio soviético. Solo dos personas lo apoyaron: su madre y su profesora de piano, Rosina Lhevinne, que era rusa de nacimiento.

Van Cliburn era ya un gran virtuoso pero no muy conocido. Era demasiado joven. Durante unos meses practicó las piezas que iba a presentar al concurso, todas de compositores rusos, y llegó a ensayar hasta dieciocho horas diarias.

Fue el mejor desde el principio. El público ruso lo adoraba, y después de cada ronda del torneo lo aplaudía de pie hasta diez minutos seguidos. Un chaval de Texas era quien mejor interpretaba la música rusa. El día de la final, su interpretación fue tan maravillosa que el jurado del premio- formado por artistas míticos de la órbita soviética- llamó a Nikita Krushev, el jefe de Estado de la URSS y le dijo: “¡Tenemos que darle el premio al americano!” Krushev respondió: “Pues si es el mejor, que gane.” Y acudió como público a todos sus conciertos posteriores.

Van Cliburn se hizo famoso en todo el mundo. Su premio propició la primera conversación amistosa  entre los gobiernos americano y ruso, y se considera el principio del fin de la Guerra Fría. Sus interpretaciones durante el concurso fueron grabadas y se pueden ver en Internet.

Quisiera proponeros disfrutar estos días de Navidad de una muy especial: el RACH 3.

El Concierto para piano y orquesta nº 3 del compositor ruso Serguei Rachmaninov está considerada la pieza más difícil compuesta para piano. Tanto es así que muy pocos pianistas lo pueden tocar. El propio Rachmaninov nunca interpretó en público la parte más difícil: la cadenza ossia del primer movimiento, que empieza en el minuto 11’30 de este vídeo. Van Cliburn tocó el RACH 3 completo, en Moscú y ante los rusos, con veintitrés años. Sigue siendo una interpretación de referencia, muchos la consideran la más bella de la historia.

Van Cliburn es un ejemplo de fuerza de voluntad y perseverancia, pero también de autonomía. Si hubiera tenido miedo al público, al viaje, al reto de tocar música rusa en Rusia siendo americano, si no se hubiera sentido seguro de sí mismo, no hubiera conseguido llegar a la cima. Y tal vez la Guerra Fría hubiera durado más tiempo.

Por cierto, lo que hace al empezar el concierto es leer una carta de amor que alguien le ha dejado sobre el piano. No os perdáis la parte final, la de los saludos, para comprobar cómo el arte, cuando es verdadero, conmueve y une a los seres humanos por encima de bandos y de políticas. Y cómo los que son grandes de verdad suelen ser humildes también.

El director de orquesta, Kirill Kondrashin, es también un mito. Es maravilloso observar cómo el gran director ruso y el joven pianista americano se respetan y se admiran mutuamente.

¡Disfrutad de Van Cliburn y del RACH 3!

Si os engancha, buscad su interpretación del RACH 2- el Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov- también en Moscú durante el concurso. Es muy emocionante.


***

Existe el Arte, existe lo trascendente, existe la belleza, existe la esperanza, existe el amor. Y aunque nosotros caminemos por un valle de lágrimas, merece la pena existir, vivir y construir con los demás, para los demás. 

Gracias muy especiales por haberme acompañado y animado durante el proceso de escritura de la novela La Ventana. Muy pronto la tendremos en la mano.

                                                                      ¡Feliz Navidad!

viernes, 20 de noviembre de 2020

En la misma piedra

 


Reconozco que he vivido todo el trámite de redacción y aprobación de la LOMLOE con tristeza y decepción. Esta nueva ley educativa vuelve a llevar el nombre del político de turno, la carga ideológica de turno y el microchip de autodestrucción, porque la cambiarán en cuanto gobierne un partido de otro signo. La ley Celaá es la cara, o la cruz, de la ley Wert y esto quiere decir que volvemos a tropezar en la misma piedra.

Puedo resumir mi decepción en diez razones:

1. Desde el primer momento se renunció a construir la ley a partir de la negociación y el acuerdo con la comunidad educativa. Una vez más, todo ha estado cocinado en los despachos, todo ha formado parte de planes exclusivamente políticos. Y aunque quienes la han redactado saben más de educación que el extraño conjunto de perfiles académicos de la ley Wert, no se ha escuchado al profesorado. Ni siquiera se ha escuchado a la historia. Y de esta última afirmación surge mi decepción número 2.


2. La ley Celaá se gestó antes de un cambio radical de la realidad educativa al cual ha permanecido de espaldas durante su tramitación. La escuela ha modificado su faz para siempre, a causa de una transformación de la metodología y la dinámica cotidiana que no ha surgido de forma natural sino como respuesta inmediata a una gigantesca crisis. Hubiera sido más lógico detener la maquinaria legislativa y reflexionar sobre este cambio para adecuarse a él. No lo han hecho y eso lastra completamente la nueva ley e incluso la despoja del adjetivo “nueva.” La LOMLOE nace anticuada. Aquí y allá se pellizca la actualidad con algunas disposiciones sobre las “emergencias” y se hace una llamada a “promover el desarrollo de la competencia digital,” frase que aparece en todas las leyes- con la misma redacción- desde hace veinte años. Tiene razón José Antonio Marina: están en la Luna. Hasta los altos despachos no llega noticia de necesidades tan imperiosas como bajar las ratios definitivamente, crear plataformas digitales seguras y no comerciales para el contenido curricular, duplicar las plantillas o acelerar la formación del profesorado en las nuevas herramientas digitales. Tampoco atender los nuevos requerimientos emocionales del alumnado.


3. La LOMLOE no es una reforma. Corrige a la LOMCE lo que esta corrigió a la LOE. Mantiene la estructura tradicional del sistema educativo, no tiene valor para hacer obligatoria la educación infantil de 3 a 5 años ni para convertir el bachillerato en una etapa de tres cursos que prepare para la universidad y no solo para la PAU, una prueba, por cierto, anacrónica. Vuelven los ciclos a Primaria (no se habían ido porque nadie hizo caso), desaparecen los itinerarios en la ESO con su disparate de las titulaciones de primera y segunda; y a cambio regresa la diversificación. Es otra mano de pintura.


4. Aunque el Ministerio las publicita, la LOMLOE no contiene medidas concretas de apoyo a la enseñanza pública. ¿Cómo se va a favorecer a los centros que escolarizan alumnos con muchas dificultades si no se aumentan los recursos y las plantillas? Tampoco se atreve a apostar por los CEIPSOs, es decir a unir la primaria y la secundaria en los centros públicos, que es la verdadera causa por la cual muchas familias eligen la enseñanza concertada. Pinchar a la concertada con el tema de la libertad de elección y la demanda social no beneficia por arte de magia a la pública. La realidad siempre fue más compleja que el maniqueísmo. La enseñanza pública debe estar presente en esa libertad de elección y poner en juego su calidad. Siempre pensé que situarla como la competidora débil era una profecía autocumplida.


5. La LOMLOE mantiene, como es habitual, un catálogo de proyectos sin que suba ni una décima el porcentaje de PIB destinado a la educación. Porque, como todos los legisladores educativos saben, la calidad nunca, nunca, nunca es cuestión de dinero. Tal vez hubieran podido utilizar esa premisa como base de un pacto. “Prohibido hablar de financiación en una ley educativa”, podría ser la segunda premisa. Fuera del articulado hay un compromiso verbal de aumentar el porcentaje del PIB hasta el 5% en 2025. Un plazo muy largo para una ley sin consenso, en el umbral de una profunda crisis económica.


6. Sí, desaparecen los centros específicos de educación especial. Es un hecho: “En diez años los centros dispondrán de los recursos necesarios para atender a todos los alumnos con discapacidad”. Precisamente porque he sido PT y he trabajado toda mi vida por la integración, me pongo en el lugar de las familias y me sumo a sus protestas. Los centros de educación especial de hoy realizan con su alumnado una labor insustituible.


7. Actúa de forma injusta con la asignatura de Religión. No tiene valor para suprimirla, así que le hace bullying al despojarla de todo peso académico y al negarle una materia complementaria. Siempre he creído que la asignatura Valores debe ser para todos, como recoge esta ley, pero mientras exista la Religión como asignatura, quienes la imparten son profesores y quienes la reciben son alumnos. Merecen respeto.


8. Después de mil frases armoniosas sobre justicia, equidad, igualdad y una serie de valores que, en efecto, son imprescindibles en democracia, incumple el acuerdo al que se llegó en 2018 sobre la vuelta de la asignatura de Ética en Secundaria, impartida por filósofos. Wert fue quien la quitó, así que estará satisfecho.


9. Una vez más pospone al profesorado. En la disposición adicional séptima existe el compromiso de elaborar una normativa que regule la formación inicial y permanente, el acceso a la profesión y el desarrollo de la carrera docente. Es exactamente lo mismo que decía la LOMCE: hoy no, mañana.


10. Cuando no se abordan los recursos, desdobles, especialistas y apoyos que puede necesitar un alumno para superar todas las materias, la solución más sencilla es echarlo para adelante, que salga pronto del sistema: que apruebe los cursos con suspensos y que titule en bachillerato con materias pendientes. Es un mensaje desmoralizador que tendrá efectos colaterales en los alumnos sin dificultades pero sin ganas. Increíble.


Y ya fuera del decálogo, el español debe ser la lengua vehicular en el Estado. Todos lo sabemos. La causa de esta enmienda de última hora es evidente: se hipoteca nuestra cohesión para conseguir objetivos políticos inmediatos.

Escribo todo esto con dolor, no con sarcasmo ni con ganas de mantener la ley anterior, que era una catástrofe.  Me duele porque es una gran oportunidad perdida. De nuevo tropezamos en la misma piedra, de nuevo la escuela hará lo que pueda con lo que le manden, de nuevo inauguramos una ley educativa entre rifirrafes, marcada desde la cuna, ajena a lo que está pasando en las clases. Cuánto lo siento. Qué decepción.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Vientos y vendavales

 



Una vez tuve la oportunidad de asistir en Valencia a un congreso internacional sobre el papel de los gobiernos y los agentes sociales. Cuando todavía faltaban años para que llegara la Covid, los expertos de aquel foro describieron para el literal “mañana” un vendaval de dimensiones colosales que afectaría, más aún que a la economía, al papel de los estados y de la sociedad. Él nos zarandea hoy. 

Esta es una crisis sanitaria en su origen, en sus consecuencias lo es de civilización y de modos de vida; de las instituciones políticas y su ética; del acuerdo tácito por el cual los gobiernos protegían a los muy ricos si contribuían a cambio al bienestar social; de los logros conseguidos en derechos humanos. Incluso es una crisis de la familia. Pequeños y asustados, los occidentales de clase profesional, que vivíamos hasta ahora en el “barrio pijo” del mundo, comenzamos a atisbar cómo es la cotidianeidad de la mayor parte de la humanidad: frágil, insegura, consciente de que la muerte habita en nuestra propia sombra y nos acompaña al caminar.

Sopla cada vez más fuerte el viento de la importancia de cada persona. Hay nuevas formas de interacción con lo que nos rodea, cada vez más posibilidades de emprender acciones personales, de opinar, de comunicarse. Y por otra parte, hay cada vez más uniformidad en las tendencias, menos reflexión en la opinión. Por eso es importante, más que nunca, la manera de ser. La relación entre las personas está basada en el cordón umbilical que se tiende entre nosotros: un hilo que nutre y mantiene vivo, cuyas células son los valores. Nos estamos dando cuenta de la necesidad vital de la cooperación, aunque sea en la forma sencilla de un rectángulo de tela sobre los labios.

Y mientras el mundo se configura de esta nueva manera, cada uno de vosotros ve a sus alumnos afrontar su futuro en un mundo frío, desalmado, con pocas referencias. No se pueden prever los sufrimientos que les deparará el futuro. Sin embargo, la salida de esta crisis está en las personas que ellos son. Es el momento de la escuela que comprende su valor como epicentro del aprendizaje en relaciones personales.

Me parece que el confinamiento y sus consecuencias han desvelado a la sociedad entera algo oculto bajo las generalizaciones de las leyes, pero que los maestros ya sabían: los alumnos son personas rabiosamente individuales. Así que habéis abierto ventanas tecnológicas y habéis viajado también hacia el interior, hacia la propia esencia. Me parece que cada escuela de hoy comienza a comprender que está en un lugar y un momento concretos, rodeada de otras que también son únicas e insustituibles. Y que los enfrentamientos, a veces cortinas de humo para ocultar intereses espurios, nos debilitan a todas.

El viento del cambio sopla de la escuela hacia afuera. Cuando parece que no hay esperanza, la hay a raudales. Cuando asoma una nueva ley de educación sin diálogo ni consenso, maestros y alumnos dialogan.

 

 

viernes, 6 de noviembre de 2020

El mundo enfermo

 


Hace tiempo, una persona profundamente religiosa me dijo que el pecado original se nos notaba, sobre todo, en la incapacidad para resolver el hambre, la pobreza y el desamparo de la humanidad. Como si, dentro de nosotros, algo defectuoso nos impidiera aumentar con nuestras acciones la belleza de la Tierra.

Porque la Tierra es bella, perfecta en su equilibrio, armoniosa en sus formas y sus colores, asombrosa en su furia y consoladora en su calma. Y el ser humano es bello también: en la mirada poética y curiosa de la infancia, en la sabiduría y fragilidad de la vejez, en los dolores de un parto y los ensueños de amor, adolescentes sea cual sea la edad en que se vivan.

Sin embargo cada generación tiene su guerra, cada una tiene sus crisis; todas, su profundo dolor. No lo causa la muerte como consecuencia inseparable de la vida, sino como consecuencia del egoísmo, la desidia, la banalidad o la furia del hombre lobo para el hombre.  

Siempre hubo quien se aventuró en el mar en pos de sueños, hoy se nos desborda en desesperación y llanto. “Avanzas, avanzas y nada más puedes hacer. Todo lo que dejaste atrás ya lo las perdido”- escuché decir a un muchacho que había pasado dos años caminando por el Sahel y uno completo sentado junto a la valla de Melilla. No era joven más que en la edad, claro; había alcanzado con honores el doctorado en tristeza. 

También nos desborda la cara más descarnada, los puros huesos de un sistema económico que nos asegura el pan- a veces solo un mendrugo- pero crea profundas desigualdades. Y así, en las esquinas de nuestras ciudades, en vez de correr el aire y refrescar a quien va a su labor diaria, circula el dinero con su corte ministerial: el imperio de lo económico, el consumo desenfrenado. Y entonces la pobreza ya no es una condición humana que debemos resolver entre todos, sino un fracaso humillante de la vida del pobre, a quien los medios bombardean con el asombroso nivel de vida del rico.

Nos desbordan también la soledad y el silencio ocultos en los dobladillos de esta sociedad de la comunicación, donde todos hablamos libremente con todos - o eso creemos- mientras nos empapa la homogeneidad cultural. Y ya hay quien, a pesar de contar con miles de “seguidores” se ahoga de soledad. Pero que no cunda el pánico, vocean. Ya es primavera en los grandes almacenes aunque tiritemos aún con las heladas.

El mundo entero está enfermo de un virus antiguo. No es este Covid nieto de las pestes y pandemias que golpean a la humanidad desde el inicio de la historia. Estamos enfermos de egoísmo, nuestro pecado original. Y es una enfermedad tan extendida que solo puede aliviarse con un remedio: agrandar el tamaño y la fuerza de lo sano.

Salud es la oración intensa de quienes dedican su vida a rezar en las clausuras. Confieso que,  humildemente, todas las mañanas al despertar pienso en ellas, en las monjas que rezan, porque estoy segura de que en sus ruegos incluyen a mis hijos y su generación, heredera de nuestras ruinas. Ellas, sin poner un pie en la calle, conocen problemas presentes y futuros de los que yo, siempre bien informada de las noticias, no tengo ni la más remota idea.

Salud crean las manos de quienes cuidan enfermos, limpian mocos y babas de desvalidos, iluminan en la escuela la mirada de los niños, escriben poemas que cauterizan heridas, componen música que nos lava por dentro.

Trae salud al mundo la vecina que durante los meses de confinamiento puso en tu puerta un bizcocho casero. Trae salud la panadera que te contó que no cerraba porque su pan alegraba al vecindario. Trae salud el enfermero que abrazó a tu madre moribunda cuando tú no podías acompañarla en la hora final. Trae salud hasta el conductor desconocido que frena para que cruces tranquila el paso de cebra. Y entonces, a base de pequeños destellos, comprende uno que la humanidad sigue adelante porque hay mucha, muchísima salud.

Nacimos con la enfermedad original impresa en el alma, y con el secreto de su curación impreso también en nuestros recovecos. Aportar salud, bienestar y cuidado para este mundo enfermo son las tareas que explican por qué estamos hoy aquí, por qué seguimos viviendo después de nacer y por qué todavía no nos hemos marchado.

“¡Un poquillo de luz, por el amor de Dios!” Así titula el poeta manchego Valentín Arteaga un libro que habita en mi mesilla de noche. Luz para iluminar nuestro propio interior. Aire fresco de la confianza en otra persona y de la alegría. La salud de este mundo enfermo depende también de nuestras ventanas.

Artículo original escrito para la revista Providencia.

domingo, 4 de octubre de 2020

El modo de empleo de la vida



Este curso he comenzado a colaborar con la Universidad de Padres, la plataforma on line de formación para familias y educadores creada hace más de una década por José Antonio Marina. Este es el primer artículo que he escrito para la plataforma. Incluyo un enlace a la web de la UP para quien desee más información.

Universidad de padres


EL MODO DE EMPLEO DE LA VIDA

Si pudiésemos volver a ese momento mágico en que vimos la carita de nuestra hija o nuestro hijo por primera vez, seguramente recordaríamos cuál fue el deseo que pedimos. Ninguno de nosotros le deseó en ese instante un Óscar de Hollywood o una final de Wimbledon, ¿verdad? Todos deseamos que fuese, sencillamente, feliz. Pero ya sabíamos entonces que ser felices no iba a significar: “Nunca te pondrás malito, nunca te traicionará un amigo, encontrarás a tu gran amor muy pronto y te acompañará siempre…” Lo que queríamos decir con la palabra feliz era: que conozca un buen modo de empleo de la vida, que sea capaz de acompañar y ser acompañado, que se pueda levantar después de un tropezón, que se sienta seguro de sí mismo. En resumen, queríamos decir: “que pueda guiarse en la vida por buenos valores”.

Sin embargo, es difícil explicar exactamente qué entendemos por valores. En términos económicos, lo más valioso es lo más caro. Pero esto no es suficiente. ¿Cuánto pagaríamos por una familia unida o por un amigo leal? Es evidente que los asuntos propiamente humanos se desarrollan en otro terreno. Y también está claro que los valores existen. Son cualidades reales de las actitudes del ser humano. A veces nos puede parecer que esas cualidades son relativas pero nos equivocamos, lo que son es relacionales, es decir, nosotros las captamos- las valoramos- o no. Son como las cualidades de un gran vino, que permanecen ocultas mientras no lo pruebe quien las sabe apreciar, pero si yo lo desprecio y elijo otra cosa no por ello pierde ese gran vino sus cualidades.

Los valores que la familia transmite son, inevitablemente, los que conforman su propio modo de empleo de la vida. Los hijos ponen a prueba nuestra propia educación pero también nuestra capacidad de reflexión y nuestra madurez, porque mientras ellos crecen también crecemos nosotros. Entonces, ¿qué valores podríamos considerar necesarios para educar bien? ¿Qué valores podrían servirnos hoy a todos? En este mundo tecnologizado y cambiante, para mí serían:

1-El proyecto personal, la apuesta por la propia vida, que exige compromiso y esfuerzo. Como decía Aristóteles: La felicidad es una actividad. Las claves del proyecto personal están en la disciplina, que significa ser capaz de terminar algo que se ha empezado, y la fuerza de voluntad, el músculo necesario para afrontar los retos y las crisis. ¿Cómo se educa en este valor? Poniendo cada día frente a nuestros hijos algunos pequeños retos personales, escalones adecuados a su estatura, cuyo premio sea la satisfacción de haberlos subido. Por cierto, ¿sabéis por qué son tan adictivos los videojuegos? Pues es muy fácil, porque tienen reglas y retos. Ambas cosas son necesarias para nuestros hijos y a veces no se las facilitamos.

2-La comunicación cara a cara, que enseña a respetar al otro y a argumentar. Es cada vez más difícil, hay que luchar por ella en casa.

3-La participación. Porque el mundo no es exactamente como se ve desde nuestra ventana. El ejemplo de unos padres que se implican en su comunidad, el trabajo en grupo, ser responsable de pequeñas tareas y la solidaridad ayudan a educar en este valor. La generosidad, que ensancha la vida, y el esfuerzo por la paz serán claves también.

4-Frente al consumo desenfrenado, la austeridad. Ser austero en este tiempo es una elección porque estamos rodeados de estímulos que deciden por nosotros. La vida diaria de cada familia puede educar en este valor, indudablemente con el ejemplo. Lo curioso de todo esto es que los niños entienden la austeridad perfectamente y somos nosotros, los adultos, quienes estamos atrapados por el consumo.

5-La responsabilidad. Ser responsable quiere decir escuchar los retos y las exigencias de la vida y responder a ellas. Pero sólo puede responder de sí mismo quien se gobierna.

6-La autoestima razonable, que reconoce los propios límites y es capaz por ello de potenciar lo mejor y aceptar lo menos bueno, de hacer más fuertes las propias capacidades y superar el desánimo que producen los fracasos. Para ella, el deporte es el educador por antonomasia pero también importa entender el verdadero significado de la belleza y del arte.

7-El fortalecimiento de los vínculos con la familia y con el entorno. Es imprescindible recuperar las obligaciones, la ob-ligatio que establece una vinculación con los demás y que nos liga a nuestra propia realidad personal.

8-La recuperación de la interioridad que hace preguntas sobre uno mismo. No corras, ve despacio, que a donde debes ir es a ti sólo, escribía Juan Ramón Jiménez. Lectura y reflexión, pero también algún momento de silencio, de pantalla apagada, de diálogo tranquilo… Escuchar a los hijos les enseña el valor de escucharse para encontrar su propia identidad.

Dicen que Francisco de Goya quería escribir en su epitafio: Aún aprendo. Seguramente, la inagotable posibilidad de aprender es el gran privilegio de cada ser humano. Educar bien a las próximas generaciones es nuestro reto y nuestra responsabilidad. Podemos lograrlo.