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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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jueves, 21 de enero de 2021

Yo soy yo y mi smartphone

 



Cuando el escritor norteamericano Marc Prensky acuñó en 2001 la expresión “nativos digitales”, se refería a quienes emplean la tecnología como una extensión de sí mismos. Por entonces se generalizaba el uso del smartphone, que ha resultado ser el paradigma de esa definición de Prensky. Y que se ha convertido en una prótesis de nuestros hijos desde que cumplen los diez u once años.

¿Para qué lo necesitan tan pronto? Bueno, es que tienen que comunicarse con sus amigos, o al menos eso es lo que ellos nos dicen, con gran poder de convicción, al suplicar que se lo compremos. Por supuesto, no queremos que se sientan inferiores o separados del grupo. Y ya está. Tardamos poco en comprender que hemos abierto la caja de Pandora en mitad de casa. Porque no debemos engañarnos, el gran atractivo del teléfono inteligente es el acceso a Internet. Y eso, hoy, lo pone todo alcance de nuestros hijos: desde el videojuego o la serie hasta la red social, desde la biblioteca de la Universidad de Harvard hasta la pornografía. El uso de una herramienta tan potente proporciona acceso ilimitado a la comunicación y la información, pero a cambio sitúa a niños y adolescentes ante riesgos graves. Por ese motivo hay que utilizarla con inteligencia y sentido común. De alguna manera, tienen que merecerla. Hace poco escuché decir a Pilar Rodríguez Sánchez, experta del programa “Familias enRedadas”:“Si nuestro hijo de doce años está despierto a las tres de la mañana chateando por el móvil, no está suficientemente maduro para tener móvil. Así de claro.” ¿Cuál es la conclusión? Que un smartphone tiene normas claras de empleo y ellos deben estar dispuestos a asumirlas.

La forma de comunicación de los adolescentes ha cambiado de distinta manera en los chicos que en las chicas. La colonización del smartphone les afecta más a ellas, mientras los chicos lo comparten con la consola y los videojuegos. Pero a unos y otras les obliga a crear una “imagen digital”, que deben cuidar tanto o más que la real. Por eso atienden de inmediato todos los mensajes que reciben. Por supuesto, cambia la relación entre el grupo de amigos, que siguen dialogando a través del teléfono incluso cuando están juntos. Cambia también la interacción de la familia. De hecho, las llamadas de voz están reservadas casi en exclusiva para los padres, y con sus amigos emplean otros cauces. La función principal del teléfono se convierte así en símbolo de control.

La forma de compartir, casi sin barreras, genera mucha transparencia en la comunicación. Esto facilita la colaboración pero también puede convertirse en una fuente de problemas porque el adolescente se “desnuda” psicológicamente ante los demás, y pierde su privacidad, volviéndose así vulnerable a cualquier forma de acoso,  incluida la que les puede obligar a desnudarse físicamente. Y se exponen a visualizar contenidos inapropiados, bien porque los padres no establecemos mecanismos de control, bien porque los reciben de sus amigos o como spam. No podemos cerrar los ojos ante el hecho de que el acceso a la pornografía online se establece hoy a los doce años.

Engolfados como están en sus cámaras, pueden capturar imágenes comprometidas de sí mismos o de otros. Cuando las cuelgan atolondradamente en la Red pueden crear un problema casi imposible de resolver e incluso con implicaciones legales. Y, como ya hemos comprobado, el estado de conexión permanente genera tensión en la familia y el entorno. Pueden negarse a apagar los móviles en reuniones familiares o en clase; pueden vivir tan volcados en ese mundo virtual que terminen ignorando lo que sucede en el cuarto de estar de casa.

El smarphone es una simple herramienta, diremos. También lo es la motosierra, y nuestros hijos de diez años no juegan con ella.  Debemos retrasar su llegada, tasar su tiempo de uso, ponerle normas claras de empleo, emplear los mecanismos de control parental. No los dejaríamos solos en la Quinta Avenida de Nueva York con el encargo de regresar solos a casa, ¿verdad? ¿Por qué entonces los dejamos solos en Internet?  Pero antes de nada, revisemos nuestra propia conducta porque, realmente, somos nosotros, los adultos, quienes estamos sometidos al imperio del smartphone.

Artículo escrito originalmente para la UP

 

 

viernes, 16 de mayo de 2014

El silencio de las niñas



En un mundo con tantos motivos de preocupación, me preocupa especialmente el silencio de las niñas. Estamos tratando a quienes serán las mujeres del futuro como princesitas Disney. Las queremos sumisas y sometidas siempre al dictamen del espejito mágico y del príncipe encantador; o por el contrario les exigimos que tomen decisiones de adultas con su llave de casa al cuello. Las vemos como pequeñas maniquíes para los artículos de consumo y ponemos en la picota su  dignidad esencial cuando les enviamos el mensaje de que sin tetas no hay paraíso. Este es, como todos saben, el nombre de una popular serie de televisión. Confieso que me avergüenza escribirlo.

Debemos romper el silencio de nuestras niñas: las de este occidente deshumanizado que las viste como meretrices chiquitas, y las agobia con requerimientos sobre el peso y el color del cabello desde los seis años. Esta sociedad en la que circulan por Internet miles de imágenes de niñas compradas, vendidas, ya para siempre sin inocencia y sin infancia.

Y mientras se desenvuelve la vida de una niña europea – al mismo tiempo – miles de niñas de otros lugares viven cada día en un infierno. Es imperativo que las niñas del mundo no sean invisibles. Por eso debemos romper el silencio de esas pequeñas secuestradas en una de las innumerables cicatrices de África, amenazadas con la violación, máximo exponente de la vulnerabilidad del sexo femenino. Y también debemos romper el silencio de las niñas esclavizadas en los burdeles asiáticos, de las que viven sometidas a los atroces matrimonios concertados y la compraventa, de las sujetas a mutilaciones y al contagio del SIDA, de las madres adolescentes, de las que sirven de cebo para la pederastia.

Las niñas también guardan silencio  sobre sus sueños. Aunque estamos  convencidos de que quieren ser famosas, la verdad es que siguen queriendo ser profesoras. Suyos son el cuidado, la ternura y la fortaleza, porque son mujeres en proyecto.

Entre tanto lodo aparece una vez más la esencia de la naturaleza humana. Y en ella no vive el retroceso, vive la esperanza. Nunca conseguiremos nada verdaderamente bueno si no es para todos. Para las niñas también.