BIENVENIDOS
Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.
domingo, 31 de mayo de 2015
CRONOS VA A MI CLASE
Cronos, el transcurrir del tiempo, va a nuestras clases y las alborota con sus prisas, tanto que apenas disfrutamos de la belleza de nuestra tarea. Nos hace falta escuchar mejor, pensar, mirar despacio a los ojos de otro ser humano, a los de un niño… Sentirnos maestros. Porque, siendo profesores, desempeñamos una tarea imprescindible, recorremos el camino más humano, ofrecemos la herencia más valiosa, exploramos la fuente de riqueza más necesaria, imaginamos sueños que duran siempre, hacemos el mundo mejor. Como docentes, cambiamos las vidas y abrimos futuros, así que estamos en disposición de comprender y aceptar la oportunidad que se nos ofrece, nuestro kairós.
Espero que este nuevo libro resulte útil para comprender mejor cuál es la dimensión esencial del tiempo en educación.
PARA CONOCERLO MEJOR
Hoy mismo, domingo 31 de mayo, lo firmaré a partir de las 19 horas en la caseta 358 de la Feria del Libro de Madrid.
Gracias a todos.
miércoles, 6 de mayo de 2015
ESCUELA Y DIÁLOGO
Cuando los antiguos
griegos despedían a alguien que emprendía un viaje largo utilizaban esta
expresión: Vayas donde vayas, serás una
polis. Vivir en una polis significaba emplear las palabras en lugar de la
fuerza. El político estaba resuelto a
emplear el discurso como medio de persuasión, en busca de un espacio para él
mismo y cualquier interlocutor que encontrara en su viaje.
La filósofa Hannah
Arendt enuncia así el sustrato esencial del diálogo: “Si los hombres no fueran
iguales, no podrían entenderse ni planear y prever para el futuro las
necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fueran distintos, es
decir, cada ser humano diferente de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso y la
acción para entenderse”.
Inmediatamente después
del diálogo amoroso con los padres, el ser humano se encuentra por primera vez
con “los hombres” en el ámbito escolar. Y allí, conoce también a su primer
maestro. Sea joven o maduro, hombre o mujer, el perfil del docente está siempre
anclado en la palabra. Los docentes son, sobre cualquier otra consideración,
los guardianes del diálogo. El curso escolar enmarca una verdadera oportunidad
de diálogo cuyo fin es conectar las vidas de profesores y alumnos y hacerlos
crecer como personas. Ahora bien, precisamente porque es un
diálogo que personifica, también trasciende las fronteras físicas del aula para
modificar la realidad del centro, de su entorno y, de manera trascendente, de
la sociedad. Aquí se podría describir, por ejemplo, la solidaridad profunda que
el profesorado de la escuela pública está mostrando frente a las dificultades
económicas y sociales de muchísimas familias. O tal vez no, porque para mostrar
en su totalidad la implicación del profesorado en tantos dramas humanos
faltarían las palabras.
Si
nos acercamos un poco más a la situación del aula, podemos preguntarnos: ¿qué
es dialogar? ¿Se enseña a dialogar? ¿Hay tiempo para dialogar conscientemente?
Es sintomática la denuncia de Marc LeBris: “La escuela niega la infancia: permite
hasta el absurdo la libertad de expresión del niño y luego la desprecia.”
Podemos preguntarnos si el diálogo
forma parte de la competencia en comunicación lingüística o es más bien una
actuación transversal que impregna, orienta y justifica las ocho competencias
básicas. Yo creo que esta última respuesta es la adecuada porque el
diálogo está en la base de cualquier desenvolvimiento educativo.
Dialogar
implica adquirir conciencia de las capacidades propias y del otro; y encontrar las estrategias necesarias para
desarrollarlas en busca de un fin común. Cada interlocutor necesita motivación,
confianza en sí mismo y gusto por escuchar, aprender y aportar. Mientras
dialoga, debe hacer uso de la atención, la concentración, la memoria, la
comprensión y la expresión lingüística; debe obtener información y
transformarla en conocimiento. Toda esta parafernalia puede reducirse a pocas
palabras: dialogar significa pensar a dos para llegar a un objetivo común,
incógnito cuando el diálogo comienza pero resuelto en un destello durante el
cual se tiene consciencia de la fraternidad. Si los hombres no fueran iguales…
Para
nosotros, los educadores, dialogar con los alumnos y favorecer el diálogo entre
ellos significa enseñarles a pensar. Por eso debemos comprender en qué ámbitos
se desarrolla el proceso del diálogo educativo.
El
primer ámbito es el propio docente que dialoga consigo mismo, porque la acción
educativa –ya esta dicho- debe partir de un sustrato ético.
Una
vez preparado el ámbito personal, el segundo escenario del diálogo es la
interacción con el alumno, que tiene un inevitable componente de verticalidad.
Y aquí es donde corremos el peligro de confundir diálogo educativo con monólogo
docente. Porque no nos engañemos, no hay nada más fácil de perder que la
facultad de dialogar conscientemente, es decir tomando en cuenta la opinión del
otro y buscando en todo momento el encuentro de ambos en una conclusión común
que no esté impuesta ni forzada. Y para perder la capacidad de diálogo basta
con vivir constantemente distraído. A los profesores nos basta con no pensar lo
que vamos hacer una vez que crucemos la puerta del aula. En la era de las redes
sociales, el diálogo interpersonal debe ser potenciado con una especie de alerta educativa, el deseo consciente de aprovechar cualquier momento para llevarlo a
cabo, en la certeza de que los jóvenes aportan valor a la actualidad.
El
tercer ámbito de actuación del diálogo educativo es, por irradiación, el
entorno de la escuela y la sociedad. Sobre todo en su configuración futura. Educar
con el diálogo y para el diálogo es poner los cimientos de una conciencia
crítica, de una consciencia de la propia individualidad, de una personalidad
con opinión, con iniciativa, con criterio.
Pero hay también un
cuarto ámbito, el diálogo de la profesión docente consigo misma. Se está
propiciando la idea de que los profesores somos técnicos, o maximizadores de
resultados. Y esto no es verdad. Nosotros contribuimos a mejorar la sociedad.
Para cumplir esta función que nos trasciende debemos estar en condiciones de
ejercer un control sobre el sentido, los objetivos y los contenidos de nuestro
trabajo. Es decir, debemos dialogar entre nosotros y sobre nosotros. Estamos
presenciando cómo se extienden el trabajo en redes y las plataformas de
formación o para compartir experiencias. Es un proceso revitalizador. La
docencia no es una actividad ensimismada sino dialógica.
Termino con Hannah
Arendt una vez más: Lo que hace que valga
la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos.
Ya está dicho.
domingo, 26 de abril de 2015
MANIFIESTO DE LA ESCUELA DE LA OPORTUNIDAD
Los profesores estamos llamados a valorar el tiempo no solo
como trayecto o como actividad programada según horarios y plazos sino como
presente real en el que personas únicas se comunican, se relacionan y crecen
con esa interacción. Debemos comprender que la verdadera dimensión del tiempo
es aquella a la que los antiguos griegos denominaban Kairós, la oportunidad presente. Así que me atrevo a presentar este
Manifiesto de la escuela de la
oportunidad con la idea de que resulte inspirador para todos.
MANIFIESTO DE LA ESCUELA DE LA OPORTUNIDAD
……………
Creo que el tiempo es mucho más que el paso de las horas.
Por eso:
Como docente de la escuela de la oportunidad, seré
consciente de que cualquier proceso educativo cuyo fin sea el aprendizaje pleno
necesita un tiempo que no puede estar previamente determinado. Por ello estaré abierto a las modificaciones
que exija mi programación y que me indicarán los propios alumnos.
Como docente de la escuela de la oportunidad, planificaré el
temario de la manera más rica posible, pero nunca consideraré esa planificación
como un fin en sí misma, sino como un medio de organizar las tareas, abierto a
la riqueza de la actualidad, a las aportaciones de los alumnos y a la
posibilidad de paladear aprendizajes. Así que nunca me consideraré culpable por
no haberla cumplido en su totalidad.
Como docente de la escuela de la oportunidad, dejaré tiempo
para hacer, para pensar, para leer o conversar, para enriquecer la realidad con
las aportaciones de los alumnos. Partiré siempre de sus conocimientos previos.
Seré consciente de que ellos aprenden mucho más de lo que yo les enseño, y que
su mundo es mayor que la escuela.
Como
docente de la escuela de la oportunidad, me esforzaré en aprovechar mi propio
tiempo y dejaré también espacio para mis reflexiones diarias sobre la dinámica
de clase. Evaluaré mi actitud, aprenderé de mis errores.
Como docente de la escuela de la oportunidad, no convertiré
en un tótem al temario, ni a las evaluaciones externas, ni a los libros de
texto. Todas son herramientas de un proceso mucho más profundo cuyos
protagonistas somos los alumnos y yo, es decir, personas.
Como docente de la escuela de la oportunidad, apreciaré los
momentos cotidianos de belleza que me depara la enseñanza. Para ello, miraré
los ojos de mis alumnos, escucharé su risa, compartiré su dolor, les tendré
cariño, confiaré en ellos. Y cuando alguno de ellos me abra su corazón, agradeceré
el privilegio.
Como docente de la escuela de la oportunidad buscaré
momentos para compartir con mis compañeros de claustro, sin prejuicios y sin
ambages. Me dejaré ayudar. Ayudaré en lo que pueda.
Como docente de la escuela de la oportunidad, atenderé la
diversidad sintiéndome yo también parte
de ella. Tomaré conciencia de que diversidad es todo y otorgaré primacía a esa certeza.
Como docente de la escuela de la oportunidad, haré un
esfuerzo consciente por conocerme bien. Así sabré cómo es mi propia relación
con el tiempo.
Como docente de la escuela de la oportunidad, haré un
esfuerzo consciente por tener paciencia. Esa, la que todo lo alcanza.
Como docente de la escuela de la oportunidad, daré importancia
a la entrada en clase, a sus rutinas, para crear en los alumnos una percepción
de calma y alegría. Esto significa que ellos verán siempre mi entrada en clase
como una bienvenida.
Como docente de la escuela de la oportunidad, procuraré cuidar
el final de la clase, de manera que no se interrumpa bruscamente sino que haya
espacio para preguntar qué se ha aprendido, evaluar aspectos del interés y
comportamiento de los chicos y de las actividades. Tendrá que ser a costa de restar
tiempo a la cantidad de información que transmito, no hay remedio.
Como docente de la escuela de la oportunidad, cuidaré la
duración e intensidad de mis intervenciones y buscaré momentos en los cuales
los alumnos puedan elegir – actividades, ritmos, compromisos- de manera que ejerciten
su libertad y responsabilidad. Así la dinámica de la clase será verdaderamente
educativa.
Como docente de la escuela de la oportunidad, respetaré la
dignidad e intimidad de cada alumno, así que primaré la conversación individual
con el alumno que no se comporta bien frente a la proclamación de errores y
castigos ante la clase. A cada alumno le hablaré a su altura, y con mi actitud
ética y justa me convertiré para ellos en una altura a la que llegar.
Como docente de la escuela de la oportunidad, procuraré que
mi centro oferte actividades que sean capaces de estirar el tiempo: un huerto
escolar, un grupo de teatro, un coro, un taller de artes plásticas…
Actividades, en suma, que requieran un ritmo lento para ser efectuadas.
Como docente de la escuela de la oportunidad, haré un
esfuerzo consciente por mi propia desaceleración.
Como docente de la escuela de la oportunidad, distinguiré
entre los conocimientos esenciales y los superficiales, entre lo instrumental y
lo anecdótico, entre lo que debe alcanzar su momento en el curso al que imparto
la materia y lo que se repite durante los cursos posteriores. Y después,
elegiré.
Como docente de la escuela de la oportunidad, los estándares
más valiosos para mí serán los relacionados con la mejora del comportamiento y
la actitud porque ellos conllevan una inmediata mejora de las aptitudes
concretas.
Como docente de la escuela de la oportunidad, daré muchísima
importancia a la interacción de la escuela con su entorno, a la transmisión de
hábitos de respeto al medio ambiente, a la relación con las familias
Como docente de la escuela de la oportunidad, prepararé las
entrevistas con los padres como si fueran una escuela de padres. No tendré
reparo en incorporarles a las actividades en la medida de lo posible. Tendré en
cuenta las aportaciones que pueden hacer los abuelos o los distintos
profesionales que configuren el paisaje sociológico de mi aula.
Como docente de la escuela de la oportunidad, procuraré
disminuir la presión del reloj sobre mi tarea docente. Así podré disfrutar,
reír con los alumnos y no solo enfadarme.
Como docente de la escuela de la oportunidad, dejaré muy
clara ante los alumnos la importancia de respetar el tiempo de los demás. Eso
incluye la intolerancia a las disrupciones continuas. Son injustas y el profesor que desee
convertir su aula en Kairós está obligado a ser justo.
Como docente de la escuela de la oportunidad, estaré abierto
a las iniciativas de mis alumnos, las tendré en cuenta y las incorporaré con
gusto. Al fin y al cabo, las riendas de su aprendizaje las llevan ellos.
Como docente de la escuela de la oportunidad, destinaré
tiempo a mí mismo, a mi formación y lecturas, a mi integración como miembro del
claustro.
Como docente de la escuela de la oportunidad, disfrutaré
todo lo posible de desempeñar una profesión llena de sentido, productora de
felicidad tal vez como ninguna otra en el mundo.
Porque siendo profesor, siendo profesora, siendo maestra o
maestro desempeño la tarea imprescindible, recorro el camino más humano,
ofrezco la herencia más valiosa, exploro la fuente de riqueza más necesaria,
imagino sueños que duran siempre, hago el mundo mejor.
Sé que como docente yo cambio las vidas y abro futuros, así
que comprendo y acepto esta oportunidad, mi Kairós.
martes, 21 de abril de 2015
LA ESCUELA SOLA
El asesinato de un
profesor por un alumno es un hecho excepcional en España. Sin embargo, en los
claustros no lo hemos comentado apenas. Tal vez para convencernos de que la
muerte de este compañero no supone un motivo de alarma. O tal vez porque a
todos, al escuchar la noticia, se nos ha venido a la cabeza ese alumno callado
y taciturno que escribe cuentos tenebrosos y dibuja muñecos gore; ese que está durante muchas horas
del día – y de la noche- expuesto a la agresividad que mana desde mil pantallas.
Los profesores no sabemos cuándo se desborda el vaso, cuándo la sobredosis de
violencia externa y soledad interior muta el juego de un niño en paranoia. Tampoco
sabemos cuándo se olvidan definitivamente las consecuencias de los propios
actos, aunque convivimos con chicos que crecen en una sociedad de actos sin
consecuencias. Y al darles clase, al apuntar uno cualquiera de los límites que
la educación pone en la naturaleza del ser humano, los percibimos
sobreprotegidos por sus familias en lo banal y abandonados en lo esencial.
¿Qué puede hacer la
escuela ante el tsunami de violencia que acompaña el desarrollo psíquico de los
niños? Mucho y nada. Mucho si comprendemos que la tarea principal de los
docentes es el “traspaso” del modo de empleo de la vida. Aunque se nos apremie
para subir puntos en PISA, la docencia es un encuentro personal en el cual alumnos
y maestros recorremos un camino ético. Así que ahí estamos, redoblando las
iniciativas a favor de la convivencia y la acción tutorial. Ahí estamos con
nuestros reglamentos de centro, embutiendo el teorema de Pitágoras entre
artículos de la Declaración de los Derechos Humanos.
Pero no podemos hacer
nada sin el aporte a la comunidad educativa de profesionales de la psicología,
la pedagogía terapéutica, la compensatoria. La crisis se ha llevado la mayoría
de los apoyos de los centros educativos. Los que quedan apenas pueden acompañar
a los alumnos con dificultades de aprendizaje, y para los que tienen dificultades
de relación con los demás queda solo el tutor, a cuenta de su vocación docente.
Por cierto, nunca se ha considerado que la psiquiatría infantil deba tener
sitio en la escuela.
No podemos hacer nada
sin una familia que se implique con responsabilidad en la educación de los
hijos. Esa familia también necesita apoyo de la sociedad: mensajes educativos
desde los medios de comunicación, menos banalidad, mejores ejemplos públicos,
menos violencia estructural. Este muchacho de Barcelona, con trece años, es
adicto – así se ha dicho - a una serie de asesinos de zombis rodada con exceso
de vísceras y sangre. Mis propios alumnos de doce la siguen con pasión. ¿Por
qué no intervenir en casa cortando de raíz estas experiencias? ¿Cómo hacer
comprender a los padres que son devastadoras para la mente infantil?
Por último, los
centros no podemos hacer nada sin una buena política educativa. Ahora se habla
de una mesa para la convivencia escolar. Ya la hubo y nunca se convocaba. Se
trata de reconocer la labor en las aulas, de otorgar a los profesores un rango de valor. Cuando los
gobernantes desacreditan la labor docente abren la puerta a una dinámica
perversa en la cual la sociedad no respeta, por tanto la familia no respeta, por
tanto el alumno no respeta.
Cada año casi cuatro
mil profesores denuncian ante el Defensor del Profesor agresiones, insultos, acoso, soledad. Ellos no
son un hecho excepcional. Deberían preocuparnos mucho a todos.
Artículo escrito para el periódico El Mundo
sábado, 4 de abril de 2015
Escuela y diálogo
Cuando los antiguos
griegos despedían a alguien que emprendía un viaje largo utilizaban esta
expresión: Vayas donde vayas, serás una
polis. Vivir en una polis significaba emplear las palabras en lugar de la
fuerza. El político estaba resuelto a
emplear el discurso como medio de persuasión, en busca de un espacio para él
mismo y cualquier interlocutor que encontrara en su viaje.
La filósofa Hannah
Arendt enuncia así el sustrato esencial del diálogo: “Si los hombres no fueran
iguales, no podrían entenderse ni planear y prever para el futuro las
necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fueran distintos, es
decir, cada ser humano diferente de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso y la
acción para entenderse”.
Inmediatamente después
del diálogo amoroso con los padres, el ser humano se encuentra por primera vez
con “los hombres” en el ámbito escolar. Y allí, conoce también a su primer
maestro. Sea joven o maduro, hombre o mujer, el perfil del docente está siempre
anclado en la palabra. Los docentes son, sobre cualquier otra consideración,
los guardianes del diálogo. El curso escolar enmarca una verdadera oportunidad
de diálogo cuyo fin es conectar las vidas de profesores y alumnos y hacerlos
crecer como personas. Ahora bien, precisamente porque es un
diálogo que personifica, también trasciende las fronteras físicas del aula para
modificar la realidad del centro, de su entorno y, de manera trascendente, de
la sociedad. Aquí se podría describir, por ejemplo, la solidaridad profunda que
el profesorado de la escuela pública está mostrando frente a las dificultades
económicas y sociales de muchísimas familias. O tal vez no, porque para mostrar
en su totalidad la implicación del profesorado en tantos dramas humanos
faltarían las palabras.
Si
nos acercamos un poco más a la situación del aula, podemos preguntarnos: ¿qué
es dialogar? ¿Se enseña a dialogar? ¿Hay tiempo para dialogar conscientemente?
Es sintomática la denuncia de Marc LeBris: “La escuela niega la infancia: permite
hasta el absurdo la libertad de expresión del niño y luego la desprecia.”
Podemos preguntarnos si el diálogo
forma parte de la competencia en comunicación lingüística o es más bien una
actuación transversal que impregna, orienta y justifica las ocho competencias
básicas. Yo creo que esta última respuesta es la adecuada porque el
diálogo está en la base de cualquier desenvolvimiento educativo.
Dialogar
implica adquirir conciencia de las capacidades propias y del otro; y encontrar las estrategias necesarias para
desarrollarlas en busca de un fin común. Cada interlocutor necesita motivación,
confianza en sí mismo y gusto por escuchar, aprender y aportar. Mientras
dialoga, debe hacer uso de la atención, la concentración, la memoria, la
comprensión y la expresión lingüística; debe obtener información y
transformarla en conocimiento. Toda esta parafernalia puede reducirse a pocas
palabras: dialogar significa pensar a dos para llegar a un objetivo común,
incógnito cuando el diálogo comienza pero resuelto en un destello durante el
cual se tiene consciencia de la fraternidad. Si los hombres no fueran iguales…
Para
nosotros, los educadores, dialogar con los alumnos y favorecer el diálogo entre
ellos significa enseñarles a pensar. Por eso debemos comprender en qué ámbitos
se desarrolla el proceso del diálogo educativo.
El
primer ámbito es el propio docente que dialoga consigo mismo, porque la acción
educativa –ya esta dicho- debe partir de un sustrato ético.
Una
vez preparado el ámbito personal, el segundo escenario del diálogo es la
interacción con el alumno, que tiene un inevitable componente de verticalidad.
Y aquí es donde corremos el peligro de confundir diálogo educativo con monólogo
docente. Porque no nos engañemos, no hay nada más fácil de perder que la
facultad de dialogar conscientemente, es decir tomando en cuenta la opinión del
otro y buscando en todo momento el encuentro de ambos en una conclusión común
que no esté impuesta ni forzada. Y para perder la capacidad de diálogo basta
con vivir constantemente distraído. A los profesores nos basta con no pensar lo
que vamos hacer una vez que crucemos la puerta del aula. En la era de las redes
sociales, el diálogo interpersonal debe ser potenciado con una especie de alerta educativa, el deseo consciente de aprovechar cualquier momento para llevarlo a
cabo, en la certeza de que los jóvenes aportan valor a la actualidad.
El
tercer ámbito de actuación del diálogo educativo es, por irradiación, el
entorno de la escuela y la sociedad. Sobre todo en su configuración futura. Educar
con el diálogo y para el diálogo es poner los cimientos de una conciencia
crítica, de una consciencia de la propia individualidad, de una personalidad
con opinión, con iniciativa, con criterio.
Pero hay también un
cuarto ámbito, el diálogo de la profesión docente consigo misma. Se está
propiciando la idea de que los profesores somos técnicos, o maximizadores de
resultados. Y esto no es verdad. Nosotros contribuimos a mejorar la sociedad.
Para cumplir esta función que nos trasciende debemos estar en condiciones de
ejercer un control sobre el sentido, los objetivos y los contenidos de nuestro
trabajo. Es decir, debemos dialogar entre nosotros y sobre nosotros. Estamos
presenciando cómo se extienden el trabajo en redes y las plataformas de
formación o para compartir experiencias. Es un proceso revitalizador. La
docencia no es una actividad ensimismada sino dialógica.
Termino con Hannah
Arendt una vez más: Lo que hace que valga
la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos.
Ya está dicho.
Artículo escrito para el periódico Escuela. Está basado en uno de los capítulos de mi próximo libro "Cronos va a mi clase" (PPC, mayo 2015)
domingo, 8 de marzo de 2015
8 de marzo: campo de gules
“En
campo de gules señorea un libro amarillo coronado de un ojo de azur.” No sé
expresarme con los términos de la heráldica así que probablemente he escrito
una tontería, pero es que este logo de la Feria del Libro de Leipzig se parece
mucho a un escudo. Por eso me ha parecido sintomático que las “escuderas” sean
cuatro muchachas. Es como si el fotógrafo pintara una metáfora de la situación
de las mujeres frente a la educación, lo que algunos expertos denominan falla sociológica.
Cuando los niños y las niñas se escolarizan juntos
en igualdad de condiciones, en cualquier nivel desde infantil a la universidad,
las chicas tienen un éxito significativamente mayor por su capacidad, su
aplicación y su sentido de la responsabilidad, factores que se constatan casi
como una ley. Yo lo estoy viendo ahora en mi clase y me parece casi imposible
que ese desnivel de madurez entre chicas y chicos pueda salvarse con el tiempo.
Sin embargo, no solo se superan las diferencias sino que se invierten. Cuando
pasa un tiempo, las chicas ya no están en igualdad con los varones, ni siquiera
ganan el mismo dinero por el mismo trabajo. No se sientan en las Reales
Academias, no influyen en la economía, no dictan en las cátedras ni en el poder
político… Han desaparecido. ¿Quién se las ha tragado? Una “falla sociológica”- en expresión de Miguel Ángel Santos Guerra-
que, aunque va rellenándose con sudor e incluso con sangre, tiene aún abierto un
profundo abismo.
No resulta difícil
explicar por qué sucede esto. La mayor parte de los trabajos están diseñados
por los hombres y giran a su alrededor. Obligan a las mujeres a sumergirse en
ellos y a renunciar a una buena parte de vivencias personales que ellas quieren
y necesitan experimentar también. Llegar a puestos de primer nivel es una
carrera de obstáculos para hombres y mujeres, pero parece como si ellas además
tuvieran que correr cargando con una mochila. Y, sin necesidad de remontarnos a
las directivas, la jornada laboral interminable tiraniza a muchas mujeres que,
sencillamente, tienen que llevar dinero a casa.
Este campo de gules
muestra por tanto el color de la injusticia. Bienvenido sea el simbólico escudo
que nos envía un mensaje: mujeres, solo la cultura – más argumentos sólidos a
favor de lo verdaderamente femenino, más educación y más conocimiento - podrá
rellenar los pliegues de la terrible falla sociológica.
Artículo escrito para la revista 21RS
sábado, 7 de marzo de 2015
Las TIC y la clase
He regresado al aula este curso después de trece años de
trabajo en apoyo del profesorado de la enseñanza pública. Dejé una manera de
impartir clase que no había cambiado en más de un siglo y, a mi regreso, he
encontrado a modo de bienvenida la escuela 2.0. El cambio, que me ha obligado a
adaptarme rápidamente, suscita en mí unas cuantas reflexiones sobre este
encuentro, obligado ya, entre las TIC y la clase.
La primera reflexión es la importancia de la formación para
adecuar la manera de dar clase a las posibilidades inmensas de las herramientas
tecnológicas. Pero, con ser muy importante esta formación, precisa estar
acompañada de un cierto grado de curiosidad, de investigación propia. Al fin,
con las TIC es posible – es inevitable- innovar, introducir a diario cosas que
no se habían hecho antes, y esto de una manera incruenta y sencilla. Mi ejemplo favorito es la vieja recensión al
concluir un libro de lectura; una especie de castigo que aleja a muchos niños
de la biblioteca escolar. Si, después de escribir una recomendación de la
lectura, se filma un video, se enlaza un código BIDI y se incluye en el
catálogo de la biblioteca, el sentido de escribir
después de leer aumenta exponencialmente para los alumnos.
Y es que podría parecer que, para incorporar las TIC a la
dinámica diaria de la clase, hace falta un cambio de actitud previo por parte
del profesor. Hay incluso estudiosos que nos echan en cara a los profes,
precisamente, la actitud rígida ante lo novedoso. Pues bien, yo creo que es el
propio uso de las TIC, por sí mismo, el que produce un cambio de actitud. Las
inmensas posibilidades de una pizarra digital o de una tablet desplazan
inevitablemente de su lugar central al libro de texto, provocan nuevas formas
de agrupar a los alumnos, abren posibilidades de aprendizaje más activo, colaborativo,
en proyectos… Y esta innovación, más profunda de lo que parece, viene impuesta
de manera natural y sencilla para el docente porque las TIC, desde el momento
en que se encienden, permiten adecuar mucho mejor la clase a los alumnos
concretos.
Por eso creo que, una vez que entran en el aula, pueden y
deben impregnarlo todo, aunque sea en diferente proporción: unas veces como
protagonistas, otras como herramientas auxiliares… Y esto porque son para los
alumnos una increíble fuente de motivación, el lenguaje que ellos emplean ya
permanentemente.
Ahora bien, el envoltorio externo del centro educativo debe
ser amigable también. Quiero decir que será inútil realizar grandes esfuerzos
en la formación del profesorado y en la adquisición de medios y materiales
mientras las pruebas de evaluación, las CDI y las reválidas se sigan haciendo
con lápiz y papel. Si las TIC no llegan a la evaluación de los alumnos, no
cumplirán verdaderamente su función educativa. Y esta reflexión corresponde a
los legisladores. Me pregunto cómo es posible la paradoja de que una nueva ley
de educación, que menciona expresamente en su articulado la importancia de la
tecnología en el aula, llene el sistema educativo de pruebas y exámenes
realizados al más puro estilo napoleónico. Qué desastre.
Así que mis propuestas para mejorar la motivación del
profesorado con respecto a las tecnologías son: incluir las TIC en los procesos
de evaluación; convertir la elección de recursos tecnológicos y materiales
didácticos on line en un asunto de
centro, y potenciar la formación entre iguales y en red de los docentes, para
mí, en este asunto, una de las más efectivas.
Mi último ruego sería contra la imposición del uso de libros
de texto pero mucho me temo que esta es ya otra historia.
Intervención en el Foro AULATIC. Aula, 2015
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






