BIENVENIDOS
Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.
jueves, 2 de marzo de 2017
Una crítica sobre El Terrario
Me gustaría compartir esta reseña que la revista literaria Mundo Crítico ha hecho sobre El Terrario.
Me ha emocionado leerla.
Mundo Crítico. El Terrario, de Carmen Guaita
martes, 21 de febrero de 2017
El Terrario
Ya está publicada mi segunda novela: El Terrario, en la editorial KHAF.
La presento el jueves 23 a las 19 horas en la Fundación Diario Madrid, calle Larra, 14.
La he situado en Bilbao, en cinco únicos días del año 1959 y con un protagonista que es un
tipo duro. Intuyo
que, en primer lugar, por el reto de entrar en el alma de un hombre, después de
haber acompañado a Eulalia Requena, la protagonista de Jilgueros en la cabeza. Y ha sido curioso porque he encontrado en el
alma de Juan Arnabal las mismas emociones que había en el alma de Eulalia, los mismos temores y
esperanzas. Y el cambio, la diferencia, es la manera de expresarlo, cómo nos
contamos los hombres y las mujeres nuestra propia historia.
Esta novela bebe también de la influencia de una mujer extraordinaria.
Es Maite Pagazaurtundúa. Ella me contó que una de sus hijas, todavía pequeña, le había preguntado por qué los
buenos miraban siempre hacia otro lado. Ambas estuvimos dando vueltas a la idea de escribir juntas
un libro sobre la banalidad del bien. Queríamos preguntarnos si “el bien” puede
llamarse así cuando no se compromete. Aquel proyecto no pudo ser pero quedó en
mí el germen de esta novela y poco a poco surgió la historia de Juan Arnabal, que a pesar de tenerlo todo se pregunta muchas veces qué es ser
bueno. El toque decisivo fue encontrar esta cita de Hannah Arendt, en su libro La condición humana: La vida, no el mundo, es el supremo bien del hombre.
De esta amalgama surgió El Terrario, que es una novela de búsqueda, de ética y de memoria. El viaje moral de un hombre que, como todos, debe escoger entre las exigencias del mundo y las de su propio interior, para responder así a las grandes preguntas de la vida.
Esta es la sinopsis :
Durante el mes de junio de 1959, Juan
Arnabal —un empresario vasco que ha sido capaz de llegar
desde una aldea minera a la cabeza de un emporio industrial— se encuentra con
Ramón Arocha, el hijo no reconocido que dejó atrás. Ramón es tan audaz y
ambicioso como él lo fue, pero tiene ideas muy diferentes a las suyas. El conflicto
entre padre e hijo, la convulsa situación social y un suceso inesperado
trastocan la vida de Juan hasta el punto de cambiarla completamente en el
transcurso de cinco únicas jornadas.
Y ESTO HAN DICHO YA DE ELLA:
Leer a Carmen Guaita significa siempre encontrar un hilo de esperanza.
De las tinieblas del fanatismo es capaz de extraer un hombre recobrado. Su
humanismo no es equidistante, es exigente. Ella escribe como es. Maite Pagazaurtundúa
Esta es la primera novela de Carmen Guaita después de su hermosa Jilgueros en la cabeza, todo un descubrimiento y un éxito. Esta, El terrario, también lo será, porque Carmen cuenta todo con una sensibilidad, con un lenguaje tan cuidado —construido como una artesana de la palabra— que atrapa al lector y le transmite una sensación que hace que uno se entusiasme e, incluso, se enamore de sus personajes. Pepe Oneto
Una maravillosa novela de padres e hijos, violencia, ideales y redención.
Alberto Gómez, editor de Carpe Noctem
¡Buenísima!
Pedro Simón, de El Mundo
Mejor aún que Jilgueros en la cabeza. Los personajes, la trama, las experiencias vitales, todo es más cautivador.
Carmen Bieger,
directora de la Fundación Atresmedia
martes, 14 de febrero de 2017
DESAPRENDER
He recomendado
muchas veces el libro “Momentos estelares de la humanidad”, del gran Stefan
Zweig. Es un breve ensayo histórico en el que Zweig, con su maestría y
sensibilidad, narra sucesos históricos pero fijándose únicamente en los
pequeños detalles. De todos los “momentos” que contiene el libro, mi favorito
es el que narra la historia de Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico.
Cuenta Zweig que Balboa y sus compañeros, después de haber abandonado sus
carabelas en el Atlántico y atravesar el istmo de Centroamérica entre enormes
penalidades, se encontraron frente a un mar nuevo e incógnito. Y entonces se
sumergieron en sus aguas y las bebieron, para averiguar si tenían el mismo sabor
salado del océano que habían dejado atrás. He utilizado muchas veces esta
historia porque me parece la metáfora ideal para definir el tiempo en el cual
nos encontramos los profesores. Estamos situados ante un nuevo paradigma
educativo, pero el espejo nos devuelve una imagen borrosa porque los cambios
tecnológicos y sociales parecen diluir nuestra identidad. El perfil profesional
de los docentes está cambiando vertiginosamente. Como hemos dicho otras veces,
todo el mundo sabe para qué sirve la Wikipedia pero, ¿para qué sirve un
profesor?
La revolución
educativa en la que hemos entrado de pleno nos trae un nuevo perfil profesional,
una nueva identidad. La dicotomía entre información y conocimiento; la tensión
entre autonomía necesaria y burocratización obligatoria; la distancia entre los
absolutos - conocimiento y valores- con los que trabajamos en la escuela, y los
relativos en que se mueve la sociedad; en resumen, el nuevo paradigma educativo
está modificando de manera imparable el “hacia afuera” de la profesión docente.
Pero no debemos asustarnos por la importancia de estos cambios. Los profesores
no somos árboles. Podemos movernos.
Algunos gráficos nos muestran el panorama que encontramos al
entrar en clase mejor que nuestra propia observación. Por ejemplo, se nos
demuestra que, en el método tradicional de profesor que habla ante alumno que
escucha, la mitad de la clase está desconectada, ya sea activamente- es decir,
enredando- o pasivamente: poniendo cara de póker y mirando de reojo el reloj.
En la otra mitad, hay un 10% que escucha y aprende, un 10% que ya se lo sabe y
se está aburriendo soberanamente- los alumnos de alta capacidad que casi
siempre abandonamos-, un 10% que empieza con ganas y luego se pierde, y un 20%
que quiere pero no puede seguirnos el ritmo. Y si esto es verdad, ¿cuánto
tiempo vamos a seguir trabajando así? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta de que el
mundo de nuestros alumnos ha cambiado completamente?
Es imprescindible comprender que innovar es cambiar algo, no
todo. Innovar es recuperar la motivación; dividir el trabajo; poner metas al
curso, no al día; ir de lo fácil a lo difícil; divertirse en clase; comprender
que hoy la unidad mínima de acción educativa es el centro en su totalidad. Pero
para innovar hay que desaprender. Este “desaprendizaje”
es, seguramente, el mayor reto de innovación al que nos enfrentamos los
profesores, y no tiene nada que ver con reciclarse o manejar bien las
herramientas tecnológicas.
Desaprender es: dar más importancia al proceso que al
resultado; sentirse miembro integrado de un centro; abrir la puerta del aula al
entorno social y, sobre todo, a los otros miembros del claustro; no enseñar
aquello que el alumno puede aprender por sí sólo; asumir que el alumno puede
aprender tanto fuera como dentro del aula, de sí mismos y de sus compañeros; asumir
que el alumno también puede enseñarnos algo a nosotros, los ex de la tarima;
comprender que lo que se aprende en la clase debe tener sentido fuera de la
clase; cambiar el Yo hablo y tú callas por el diálogo; transmitir la idea de que el error es una oportunidad
de aprendizaje; potenciar la reflexión y el espíritu crítico; hacer alguna
“locura” en equipo: un taller de teatro, una orquesta, un taller de
videojuegos, un programa de radio…; atreverse a ser un profesor genial; comprender
que todos somos tutores, de los alumnos y de nuestros propios compañeros de
claustro, porque tutor es la persona que tiene la responsabilidad de velar por
otros.
Y en medio de este cambio, es importante también recordar
nuestras certezas porque el nuevo paradigma educativo conserva intacto el “hacia
adentro” de nuestra profesión: la comunicación interpersonal, la esencialidad
que nos hace únicos; y la trascendencia, es decir, la influencia biográfica sobre
otras personas. Y por supuesto se mantienen inamovibles, por mucho vendaval de
cambio que sople, nuestros requisitos personales para ejercer la profesión
docente: la vocación, la aptitud y la exigencia ética.
Es tranquilizador pensar que el mar que probaron Vasco Núñez
de Balboa y sus compañeros era salado, evidentemente. Por eso me animo a
recordar cada mañana, antes de abrir la puerta de una clase a primera hora, que
la docencia- mi elección profesional- es y seguirá siendo una manera salada y
profunda de vivir.
martes, 7 de febrero de 2017
Diccionario
Una asamblea formada por todos los
niños del mundo ha escrito un diccionario con la esperanza de que sea
consultado por sus padres. Extraemos de él, tomados al azar, algunos breves
ejemplos.
CASTIGADO: El castigo tiene que servirme para
algo porque no es un fin sino un medio. Mostradme
las consecuencias reales de mis actos, permitidme que con el castigo aporte
algo a la convivencia familiar, que no sea solo una retirada de privilegios.
Tened cuidado con las culpas, las amenazas y las ofensas; con las
comparaciones, los sarcasmos y las etiquetas. No me castiguéis para reprimir,
sino para que mi comportamiento se modifique y mejore. No me castiguéis por la
historia de nuestra vida. Dejadme un espacio para mostraros que puedo cambiar
de actitud.
CONFÍO EN TI: Palabras mágicas. Dadme oportunidades para que consiga
algún éxito real, que es la única manera de generar expectativas positivas. En definitiva,
dejadme ir alcanzando retos. Dejadme demostraros cosas.
CUENTO: Contadme cuentos, leyendas, historias
de nuestra familia en el pasado. Contar, leer, escuchar, inventar cuentos es
uno de los grandes privilegios de la infancia. Compartidlo conmigo.
TE QUIERO: Nunca tengo bastante. Me gusta saber
cuánto me queréis. Por cierto, ¿os habéis parado a pensar cuánto os quiero yo?
¿Cuánto os necesito?
TODOS: La familia es solidaridad y afecto.
Hacedme saber que en la familia no existe el “uno para todos y todos para uno”
sino el “todos para todos”.
SÍ/ NO: Las palabras que quiero escuchar
cuando toque. Pase lo que pase, no me digáis sí cuando tengáis que decir no. Y
al revés, tampoco. Todo lo que atente contra mi seguridad física y mental o la de
otras personas, y contra los valores de la familia, es un límite infranqueable.
Todo lo demás es negociable. Por favor, padre, madre, ordenad bien vuestra
escala de valores.
SILENCIO: Nunca
VALORES: El modo de empleo de la vida.
Orientadme con vuestro ejemplo. Os estoy mirando. Haré lo que hagáis. Siempre.
YO: Dejadme ser protagonista de algo. Por
favor, diferenciadme de mis hermanos. Escuchad mis opiniones, respetad que pueda
tomar por mí mismo algunas decisiones. Yo soy único.
Si los niños
del mundo pudieran escribir un diccionario de la educación, pondrían en él
cosas como estas.
No puede haber nada que nos preocupe más que la infancia.
miércoles, 18 de enero de 2017
Cosmovisiones
Los hermenéuticos alemanes denominan
“cosmovisión” – Weltanschauung, en su forma original– a la imagen o figura general de su existencia que
cada persona, cada sociedad o cada cultura reconocen como propias.
La cosmovisión está compuesta por las
percepciones, los conceptos y las valoraciones que uno hace sobre su entorno.
Un poeta podría explicarlo mejor si nos dijera que la vida no es como es sino como nos la contamos.
Si una determinada cosmovisión marca la postura
ante todo lo existente, y si define las nociones que un individuo aplica a los
diversos campos de su vida: política, economía, ciencia, religión, ética,
filosofía…, entonces, sin lugar a dudas, define también la postura de un
profesor ante sus alumnos. Por supuesto, sin una cosmovisión determinada no
habría valores que transmitir, conceptos que descubrir, normas que aplicar,
premios que otorgar. Educar es traspasar de una generación a otra el modo de
empleo de la vida, y este modo de empleo tiene bases objetivas. Pero tiene
también muchas, muchísimas, percepciones subjetivas sobre lo que uno puede o
debe hacer. Y ellas se van definiendo a partir de la cosmovisión del maestro.
Acabo de leer, a este respecto, la tesis doctoral
de la pedagoga Alied Ovalle. En ella se abordan los diversos estilos, las
diversas personalidades parentales y su relación directa con el estilo
educativo que aplica cada familia. De alguna manera, la doctora Ovalle pone un
espejo ante los padres y, a partir de su reflejo, dibuja un mapa real de los distintos
estilos educativos, cuyo resultado, por supuesto, influye de manera inevitable
en la escuela. Me ha parecido una aportación muy oportuna porque es evidente
que tal como uno se ve en el mundo, así lo transmite. Lo mejor de
esta clasificación es que no hay buenos ni malos. En el amplio catálogo de
conductas parentales que presenta la doctora Ovalle no hay compartimentos
estancos: podemos reconocer características propias tanto en los estilos
educativos de los padres que admiremos como en aquellos que rechacemos.
Inevitablemente, ha asociado esta idea de los estilos personales con la
forma en que los profesores entendemos la relación con los alumnos y nuestro
propio rol en el aula. Enseñamos tal
como somos, de esto no cabe la menor duda. Transmitimos nuestra pasión, nuestra
emoción o nuestro pesimismo, en forma de curriculum oculto; este es un hecho
más que documentado.
Pero es que, además, el poeta del que hablábamos antes diría que la vida no
es como es sino como nos la contaron.
Wilhelm Dilthey, creador del término Weltanschauung,
sostenía que la experiencia vital de cada ser humano estaba fundada —no
sólo intelectual, sino también emocional y moralmente— en el conjunto de
principios transmitidos por la familia, la sociedad y la cultura en que se hubiera
formado. Las sensaciones y emociones producidas por la experiencia peculiar del
mundo en el seno de un ambiente determinado contribuyen a conformar una
cosmovisión individual. Los profesores transmitimos lo que hemos recibido y a
su vez preparamos a los alumnos para normalizar comportamientos y actitudes que
son de la escuela porque son de la sociedad en que esta se enmarca. Es por
tanto una responsabilidad inmensa, otra más en una tarea cuajada de
responsabilidades. Por eso me parece necesario
que cada uno de nosotros reflexione sobre su desempeño profesional.
Sé como deseas parecer, decía Sócrates. Todos cuantos tenemos el privilegio
de vivir una relación educativa, y de formar parte de la cosmovisión de otros
seres humanos, deberíamos encontrar las directrices necesarias para reconocer
nuestro estilo educativo, reflexionar sobre él y, desde luego, mejorar lo que
sea necesario.
martes, 10 de enero de 2017
TESOROS
Yo conozco a un melero. Vive en lo alto de un monte sobre el mar, en
la ría de Cedeira, y reparte sus colmenas por los acantilados porque sus abejas
liban el jugo del eucalipto y del brezo. Como este apicultor de la fotografía,
que vive en Bangladesh, el melero gallego se viste con ropajes raros, rejillas
y sombreros, pero aún así está siempre lleno de picaduras. Ambos tienen la
misma expresión reconcentrada y seria: son buscadores de tesoros.
Y es que los tesoros escondidos existen, aunque no sean fáciles de
encontrar porque están ocultos y custodiados a veces, como en los cuentos, por
seres extraños. O porque, como le sucede a la miel, están encerrados en el
interior de construcciones perfectas, realizadas por las ingenieras más creativas,
hacendosas e insociables del mundo.
Debemos tener presente que todos los tesoros escondidos son auténticos
tesoros, realidades maravillosas que modifican la vida, aunque por eso mismo
sean esquivos. Lo primero que hay que hacer para encontrarlos es buscarlos. Con
paciencia. Con tiempo. El buscador de tesoros debe ser despilfarrador del
tiempo, saber dar tiempo al tiempo, esperar siempre. Encontrar el tesoro
requiere mucha, mucha paciencia. Tanta como la del melero, que no puede acelerar,
ni interrumpir, el proceso natural, la metamorfosis mágica que han aprendido a
efectuar las abejas a lo largo de millones de años para obtener, desde el
corazón de la flor, una porción de pura miel.
Y ¿dónde encontraremos el escondite de los mayores tesoros? Pues en el
alma de cada persona; todos lo sabemos.
Si hay un tesoro en mi interior, si estoy llena de miel, para sacarla
a la luz debo ser, al mismo tiempo, el apicultor y la colmena. Necesito conquistar a sus fieros guardianes –que
tienen los aguijones del miedo y la vergüenza- antes de poseerla. Y también necesito
prestar atención a los minúsculos guiños de lo cotidiano: el viento en el
eucalipto, el salitre sobre el brezo o el amarillo de la flor.
Los tesoros existen dentro de nosotros, como la miel en el interior de
las colmenas, custodiados paradójicamente por nuestros miedos y miserias; y
existen fuera de nosotros, escondidos en los pequeños guiños de la realidad. Si
cada ser humano esconde un tesoro, su valor es extraordinario; si cada día de una vida corriente está lleno
de tesoros, hay que sonreír a esa vida.
En este año nuevo podríamos ponernos en marcha y buscar nuestro tesoro
interior. Debe de ser muy bonito saberse hecho de miel y ofrecerla a los demás:
ser melero.
Artículo escrito para la revista 21RS
jueves, 1 de diciembre de 2016
LA INCONSCIENCIA
En un texto celebérrimo – “La educación
después de Auschwitz”- el filósofo Theodor W. Adorno elabora un fiero alegato
contra la inconsciencia de los seres humanos, a la cual achaca todas las
posibilidades de repetir una y otra vez errores y tragedias. Considera como
problema grave lo que denomina “conciencia cosificada”, aquella necesidad de
organizar “con realismo exagerado y con ausencia de emoción”, todo tipo de
actividades sin objetivo, sin proyecto y sin meta. El hacer por hacer, que
decían nuestros padres. Adorno dispara sus dardos contra quienes ocupan los
lugares de mayor responsabilidad social, y denuncia la obsesión de muchos
gobernantes por sacar adelante, a cualquier precio, “una supuesta aunque
ilusoria política realista”, en la que se muestran poseídos por la voluntad de
hacer cosas, de firmar y firmar papeles cada media hora, como quien toma un
jarabe para la tos, mientras permanecen indiferentes al contenido de su acción y a la
repercusión que pueda tener sobre los destinatarios, considerados, si es que se
piensa en ellos, como meras cosas sin importancia. Esa actividad ciega – dice el
filósofo- termina convirtiéndose en un culto, y su fundamento se sustenta en la
propaganda.
No he dejado de pensar en el
texto de Adorno mientras rememoraba la pequeña historia de la educación en
España en estos últimos años. Desde el Pacto
que quiso el ministro Gabilondo- en cuyo texto tuve el honor de participar como
miembro del secretariado estatal de ANPE- , pasando por la ilusión de tocarlo
con los dedos y la frustración de verlo encallar, hasta la incomunicación del
ministro Wert y su equipo, con los que, literalmente, nunca se pudo dialogar.
Por medio, una enésima Ley Orgánica de Educación, elaborada de espaldas a todos
pero cimentada en la vieja LOGSE, a la cual se le colgaron, sobre la comprensividad
de fondo, métodos nórdicos y evaluaciones, hasta convertirla en un pequeño
engendro, como si se tratara de un nuevo monstruo del doctor Frankenstein. Y
por supuesto, como telón de fondo, una crisis más larga de la cuenta, que se
cebó en lo más necesario y lo más delicado de todo: el profesorado. Por aquí y
por allá, iniciativas bienintencionadas y muy frustrantes, como la del Libro
Blanco. Todo menos un Estatuto Docente. Y hoy, con la LOMCE casi terminada de implantar,
volvemos al punto de partida.
Esta vez parece que se va en serio: habrá Pacto. Aún
así, me ha hecho mucha gracia que lo primero haya sido encargar un diagnóstico,
como si no estuviera ya más que hecho, entre informes internacionales, memorias
y evaluaciones. Debe de haber cientos de diagnósticos sobre la educación en los
cajones del Congreso. No es cuestión de diagnósticos ya. Solo habrá un
verdadero pacto si ponemos por escrito lo que queremos para nuestro país en los
próximos veinte años, cómo queremos que sea nuestra gente, dónde soñamos con
estar situados. Solo habrá un verdadero pacto si aceptamos que se debe invertir
en profesorado y en recursos para atender el tremendo peligro de la exclusión
que acecha hoy a miles de niños y niñas.
Siempre se vuelve al primer amor,
dice el tango. Nosotros hemos vuelto a aquel momento mágico del diálogo
político y social sobre educación, pero no somos tan ingenuos como entonces. En
el recorrido desde ayer a hoy, las familias, los alumnos y los profesores hemos
sufrido el daño inenarrable, el despilfarro tonto, la tensión inútil y la
tomadura de pelo – ya basta de eufemismos- que ha sido la LOMCE. Y ahora
resulta que todo lo que era innegociable y absoluto para el gobierno anterior, un
año después, con el mismo partido y el mismo presidente, ya es relativo y se
puede pactar, derogar y olvidar. El caso es hacer ahora lo contrario, el caso
es firmar. Conciencia cosificada, diría tal vez Adorno. Yo no me atrevo a
tanto, así que lo llamaré inconsciencia.
Bien está lo que bien acaba, dice
uno de nuestros refranes, siempre tan pragmáticos. Desde mi escuela recortada,
mutilada por la crisis, sin planes de apoyo, sin atención a la diversidad y sin
suficientes plantillas de profesores, he visto llegar los libros nuevos de la
LOMCE, cuajados de contenidos y con los niveles de exigencia hipertrofiados. He
tenido que preparar a toda marcha con mis alumnos las pruebas externas, con el
único objetivo de aprobarlas y, a pesar de disimularlo como he podido, ese es
el valor que les he transmitido: se estudia para aprobar, no para aprender. He
estado por tanto muy lejos de la conciencia reflexiva que considera Adorno como
fin último de la educación. He estado, sin poderlo remediar, en la inconsciencia.
Si el fin único de la educación
es que cada ser humano adquiera conciencia de sí mismo, de su rol en el mundo y
su relevancia, deberíamos exigir que la consciencia de lo que uno se trae entre
manos fuera el requisito esencial de todos los responsables políticos. Vamos a
tener un Pacto de Educación por fin, sí, pero qué tristeza por el tiempo
perdido, por el dinero despilfarrado, por la comunidad educativa desconcertada.
Qué tristeza de educación. De España.
Artículo escrito para el periódico Escuela.
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