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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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martes, 14 de febrero de 2017

DESAPRENDER



He recomendado muchas veces el libro “Momentos estelares de la humanidad”, del gran Stefan Zweig. Es un breve ensayo histórico en el que Zweig, con su maestría y sensibilidad, narra sucesos históricos pero fijándose únicamente en los pequeños detalles. De todos los “momentos” que contiene el libro, mi favorito es el que narra la historia de Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico. Cuenta Zweig que Balboa y sus compañeros, después de haber abandonado sus carabelas en el Atlántico y atravesar el istmo de Centroamérica entre enormes penalidades, se encontraron frente a un mar nuevo e incógnito. Y entonces se sumergieron en sus aguas y las bebieron, para averiguar si tenían el mismo sabor salado del océano que habían dejado atrás. He utilizado muchas veces esta historia porque me parece la metáfora ideal para definir el tiempo en el cual nos encontramos los profesores. Estamos situados ante un nuevo paradigma educativo, pero el espejo nos devuelve una imagen borrosa porque los cambios tecnológicos y sociales parecen diluir nuestra identidad. El perfil profesional de los docentes está cambiando vertiginosamente. Como hemos dicho otras veces, todo el mundo sabe para qué sirve la Wikipedia pero, ¿para qué sirve un profesor?


La revolución educativa en la que hemos entrado de pleno nos trae un nuevo perfil profesional, una nueva identidad. La dicotomía entre información y conocimiento; la tensión entre autonomía necesaria y burocratización obligatoria; la distancia entre los absolutos - conocimiento y valores- con los que trabajamos en la escuela, y los relativos en que se mueve la sociedad; en resumen, el nuevo paradigma educativo está modificando de manera imparable el “hacia afuera” de la profesión docente. Pero no debemos asustarnos por la importancia de estos cambios. Los profesores no somos  árboles. Podemos movernos.







Algunos gráficos nos muestran el panorama que encontramos al entrar en clase mejor que nuestra propia observación. Por ejemplo, se nos demuestra que, en el método tradicional de profesor que habla ante alumno que escucha, la mitad de la clase está desconectada, ya sea activamente- es decir, enredando- o pasivamente: poniendo cara de póker y mirando de reojo el reloj. En la otra mitad, hay un 10% que escucha y aprende, un 10% que ya se lo sabe y se está aburriendo soberanamente- los alumnos de alta capacidad que casi siempre abandonamos-, un 10% que empieza con ganas y luego se pierde, y un 20% que quiere pero no puede seguirnos el ritmo. Y si esto es verdad, ¿cuánto tiempo vamos a seguir trabajando así? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta de que el mundo de nuestros alumnos ha cambiado completamente?

Es imprescindible comprender que innovar es cambiar algo, no todo. Innovar es recuperar la motivación; dividir el trabajo; poner metas al curso, no al día; ir de lo fácil a lo difícil; divertirse en clase; comprender que hoy la unidad mínima de acción educativa es el centro en su totalidad. Pero para innovar hay que desaprender.  Este “desaprendizaje” es, seguramente, el mayor reto de innovación al que nos enfrentamos los profesores, y no tiene nada que ver con reciclarse o manejar bien las herramientas tecnológicas.

Desaprender es: dar más importancia al proceso que al resultado; sentirse miembro integrado de un centro; abrir la puerta del aula al entorno social y, sobre todo, a los otros miembros del claustro; no enseñar aquello que el alumno puede aprender por sí sólo; asumir que el alumno puede aprender tanto fuera como dentro del aula, de sí mismos y de sus compañeros; asumir que el alumno también puede enseñarnos algo a nosotros, los ex de la tarima; comprender que lo que se aprende en la clase debe tener sentido fuera de la clase; cambiar el Yo hablo y tú callas por el diálogo; transmitir la idea de que el error es una oportunidad de aprendizaje; potenciar la reflexión y el espíritu crítico; hacer alguna “locura” en equipo: un taller de teatro, una orquesta, un taller de videojuegos, un programa de radio…; atreverse a ser un profesor genial; comprender que todos somos tutores, de los alumnos y de nuestros propios compañeros de claustro, porque tutor es la persona que tiene la responsabilidad de velar por otros.

Y en medio de este cambio, es importante también recordar nuestras certezas porque el nuevo paradigma educativo conserva intacto el “hacia adentro” de nuestra profesión: la comunicación interpersonal, la esencialidad que nos hace únicos; y la trascendencia, es decir, la influencia biográfica sobre otras personas. Y por supuesto se mantienen inamovibles, por mucho vendaval de cambio que sople, nuestros requisitos personales para ejercer la profesión docente: la vocación, la aptitud y la exigencia ética.


Es tranquilizador pensar que el mar que probaron Vasco Núñez de Balboa y sus compañeros era salado, evidentemente. Por eso me animo a recordar cada mañana, antes de abrir la puerta de una clase a primera hora, que la docencia- mi elección profesional- es y seguirá siendo una manera salada y profunda de vivir.

miércoles, 13 de abril de 2016

Crisis


 
 
 
Hace años tuve la oportunidad de asistir en Valencia a un congreso internacional sobre el papel de los gobiernos y los agentes sociales. Cuando todavía no se olfateaba en el aire ni siquiera la palabra crisis, los expertos de aquel foro describieron para el literal “mañana” una tormenta de dimensiones colosales, que afectaría mucho más que a la economía, al papel de los estados y de la sociedad. En ella seguimos inmersos hoy sin encontrar salida. Es una crisis de civilización y de modos de vida; de las instituciones y su ética; del acuerdo tácito por el cual los gobiernos protegían a los muy ricos si contribuían a cambio al bienestar social; de los logros conseguidos en derechos humanos. Incluso es una crisis de la familia.  Pequeños y asustados, los occidentales de clase media, que vivíamos hasta ahora en el “barrio pijo” del mundo, comenzamos a atisbar cómo es la cotidianeidad de la mayor parte de la humanidad.

 
En este cambio surge cada vez más fuerte el propio individuo. Hay nuevas formas de interacción con lo que nos rodea, cada vez más posibilidades de emprender acciones personales, de opinar, de comunicarse. Y por otra parte, hay cada vez más uniformidad en las tendencias. Por eso es importante, más que nunca, la manera de ser. Estamos comenzando a convertirnos en “marcas”, en el sentido de que se sabe quiénes somos pero además cómo somos, es decir qué rasgos de nuestra personalidad nos diferencian de los demás. El  individuo ya no forma parte de grupos sino que cada uno de nosotros es un grupo en sí. La relación entre las personas ya no está basada en la imposición sino en el cordón umbilical que se tiende entre nosotros. Nos estamos dando cuenta de la necesidad vital de la cooperación.

 

Y mientras el mundo se configura de esta nueva manera, cada uno de nosotros, los docentes, sigue teniendo sus crisis personales, de motivación y hasta de autoestima, llora sus lágrimas, escribe su novela. Vemos a nuestros alumnos afrontar su futuro en un mundo frío, algo desalmado, con pocas referencias. No podemos prever qué sufrimientos, qué problemas les deparará la vida. Sin embargo, hay algo que tenemos claro, la salida de esta crisis está en las personas. Por eso, hoy más que nunca es el momento de la escuela que comprende su auténtico valor. Porque la educación es el epicentro de la construcción de relaciones personales.

 
En la escuela, el ajuste que recortó el número de profesionales y de programas educativos de una manera tan violenta, se ha convertido en el viento de una verdadera revolución metodológica e interpersonal que ya está en marcha. Los profesores que la realizarán- que la estamos realizando ya - hemos descubierto la individualidad de los alumnos, oculta durante décadas bajo la uniformidad del sistema napoleónico. Así que, mientras abrimos ventanas tecnológicas al mundo entero, y nos hermanamos con lugares desconocidos hasta ahora, viajamos también hacia el interior, hacia la propia esencia. Me parece que cada escuela de hoy comienza a apreciar que está en un lugar y un momento concretos, rodeados de otros que también son únicos e insustituibles. La revolución de conseguir una escuela más autónoma y más libre, que ya no espera soluciones que provengan “de arriba”.

 
Lejos de los tópicos al uso y de los lugares comunes del lenguaje, la libertad no consiste en poder elegir entre el bien o el mal. La libertad consiste en que se puede. Cuando yo, sencillamente, soy libre para poder, cuando tengo la posibilidad de poder es cuando realmente tengo que tomar las riendas de mi vida. Tal vez para escapar de esta responsabilidad, nos quiere el capitalismo cada vez más clónicos, más ajustados a los patrones standard de la OCDE, más adocenados. Pero la escuela sí puede. Y está en ello. Tanto que me da rabia no tener treinta años. Esta revolución metodológica e interpersonal es digna de ser vivida desde dentro.

 
Llega la hora de clase. Hoy también presenciaré un milagro. Como dice Kierkegaard, las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. El viento del cambio sopla de la escuela hacia afuera. Cuando parece que no hay esperanza, la hay a raudales.