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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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jueves, 13 de julio de 2017

LECTURAS PARA JÓVENES GOURMETS






Vivimos los primeros pasos de un cambio imparable en lo metodológico que comenzó hace ya algunos años con el concepto “aprendizaje por competencias”, establecido por Jacques Delors. En este marco para la enseñanza, la séptima competencia se define como aprender a aprender.  En síntesis, y aunque la definición de esta competencia es ambiciosa y prolija, aprender a aprender implica aprender a pensar. Por tanto Delors nos desafió a los docentes: debemos enseñar a pensar.

El pensamiento es un proceso individual. Se piensa solo, pero no a solas. Sócrates decía que de su madre, una partera, había aprendido el oficio del pensamiento: hay que sacarlo de las entrañas, y cada uno puede ayudar al otro, en diálogo, a extraer una idea propia y original.  Sin embargo, durante los tres siglos de existencia de la escuela napoleónica- cuyo modelo continúa hoy vigente- la mayor parte de la tarea docente se ha dedicado a transmitir información. Aprender es – ha sido hasta hoy- acumular datos y saber repetirlos ante un tribunal de examen. Sin embargo, una cosa es enseñar contenidos y otra es conformar estructuras de pensamiento que sirvan para dar forma y significado, y para revisar las propias conclusiones. Y esto alcanza más allá de los procesos lógicos, ya que el ser humano no es “el animal que razona” sino el “animal que piensa”. Por eso puede pensar cosas que no sean estrictamente razonables, tal como hace un escritor.

En el aula, “construir una estructura” significa que los pensamientos deben estar orientados conscientemente hacia algún objetivo, basarse en información lógica, sólida y confiable y no solamente en ideas preconcebidas. Y ya nos acercamos al fondo de la cuestión: enseñar a pensar bien es enseñar a leer y escribir bien. La lectura rigurosa, aprehendida, es la movilizadora esencial del pensamiento. Esto es así y lo será incluso en la gran revolución educativa que nos espera. Mañana, como hoy y ayer, el legado de pensamiento, experiencia y sentimiento de los grandes autores será el mejor instrumento de aprendizaje. Por eso es tan lamentable que la literatura no ocupe un lugar importante en los planes de estudio de nuestras malogradas leyes de Educación. Y como no está, apenas puede incidir sobre ella la nueva manera de enseñar, más concreta y significativa para los alumnos, que ha penetrado en las aulas por, según, sin, sobre y tras las normas del BOE.

Durante décadas he soñado con un aprendizaje holístico y despojado de las fronteras entre materias, que permitiera a los alumnos encontrar sentido a los contenidos de las clases. En la escuela de mis ensueños, los alumnos estudiaban los teoremas de los grandes geómetras griegos con el profesor de Matemáticas; un rato después analizaban los órdenes arquitectónicos clásicos con el profesor de Arte y luego, yo misma, la profe de Lengua abría los paladares de los pequeños gourmets a la degustación de La Ilíada y de Aristófanes. Y de esa inmersión total en los avances de la humanidad durante una época concreta de la historia, los alumnos salían motivados y preparados para seguir avanzando. Nunca perdí la esperanza de ver, antes de jubilarme, los contenidos académicos globalizados de esta forma. Y he tenido suerte: ya están llegando a las aulas gracias a la maravillosa metodología que se denomina “aprendizaje por proyectos”.

Si la Literatura como asignatura académica no está- aunque se la espera- la lectura en biblioteca, a la que la escuela dedica mucho tiempo, arrastra desde hace un par de décadas una epidemia de corrección política. Las estanterías infantiles se han llenado de libros un poco superficiales pero, eso sí, imbuidos de valores contemporáneos. No quiero ser malinterpretada: defiendo esos valores personal y profesionalmente, pero sé – como sabemos todos los profesores- que Tintín y los Hermanos Grimm- a pesar de ser tan, tan incorrectos- animan a los niños a terminar un libro comenzado. Sabemos que por la puerta de Mortadelo y Filemón, con sus “crash” y sus “boom”, se entra a libros más grandes. La desaparición de los cuentos clásicos en formato texto me parece lamentable porque Sheherazade fue una estupenda compañera de mi infancia. Sin embargo no se han marchado del todo. Mientras las bibliotecas escolares se abarrotan de libros sosos y muy didácticos, los héroes de los cuentos clásicos- desde Aladino a la Bella Durmiente- llegan a los niños pequeños en su peor versión a través del prisma deformado de una famosa factoría de películas.

Ya es hora de que la escuela comprenda que todo es leer: Mark Twain, Galdós, Bécquer (¿han probado sus Rimas y Leyendas en los alumnos de doce años?), ensayos y artículos de prensa. Cuando alguien se engancha a la lectura puede interesarse hasta por los ingredientes del champú. Pero para transformar los primeros pasos en una gran historia de amor es necesario acercar a los niños libros bien sazonados, delicatesen, como las hay por miles en la literatura universal. Tenemos que despojarnos de obsesiones, superar nuestro pequeño narcisismo y comprender que, para un estudiante de Bachillerato, las Memorias de Adriano de la Yourcenar traducidas por Julio Cortázar pueden ser, además de una experiencia moral insuperable, una inmersión en la gran literatura en lengua española. 

El libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada apela directamente al corazón de los adolescentes. Los niños más pequeños pueden adorar a Rafael Alberti y a todos los poetas que, como él, permanecieron siempre con el alma llena de infancia, porque los niños aman y entienden la gran poesía cuando tienen acceso a ella. Machado y Lorca tienen mucho que decirles. Uno de los momentos más bellos de mi carrera docente sucedió este curso pasado cuando un joven de etnia gitana descubrió, maravillado, los poemas del Romancero Gitano. ¿Y qué decir de Quijote? Nuestro gran intocable, enmohecido en su gloria, es una lectura maravillosa que, con una adaptación mínima realizada por el profesor, se convierte en motivo de alegría y de jolgorio en clase. ¡Si está lleno de expresiones cómicas, y hasta de palabrotas que los chicos descubren con asombro! Yo misma he visto reír y llorar a la vez a un grupo de adolescentes después de acompañar a Sancho en la Ínsula de Barataria. Y he visto chicas entusiasmadas con el discurso feminista de la Pastora Marcela, escrito hace cuatrocientos años. ¿Y El Aleph? Los alumnos de 6º de primaria pueden pasar dos o tres días escribiendo cosas que aparecerían en ese famoso agujero. Y son capaces de adivinar que Borges era ciego, por la escasa sensorialidad de su descripción. Vuelvan a leerla: ciertamente es muy conceptual. Los chavales de doce años se dan cuenta enseguida.

Estoy convencida de que la escuela del próximo futuro no despreciará las buenas traducciones de los clásicos juveniles, porque Julio Verne, que no es literatura española, es sin embargo un Cupido perfecto para animarse a leer. Como lo son Salgari, Kipling, Alcott o Conan Doyle. Y no nos olvidemos de los monstruos sagrados. Recomiendo a los profesores que representen la Escena del Balcón de Romeo y Julieta en las clases de los primeros cursos de secundaria. El flechazo por Shakespeare puede ser eterno. Y esto nos lleva directos al poder adictivo de las antologías, ya sean de prosa o verso. Grandes aliadas de la lectura de los clásicos que un malhadado día, sin saber por qué, desaparecieron.

Antes o después seremos capaces de planificar las lecturas de manera progresiva a lo largo de la escolarización para que los niños no pasen directamente y sin red de Manolito Gafotas a La Celestina; dejaremos de temer a los grandes porque habremos encontrado para ellos pasión y contexto. En la nueva escuela habrá teatro, poesía y narración. Olvidado Rey Gudú y El Señor de los anillos- Matute y Tolkien, qué maravillosa pareja- esperarán a los chicos en los estantes de la biblioteca. Y ellos, transformados en auténticos gourmets de la literatura, leerán y releerán- porque esto de releer ya no estará prohibido ni será una rareza- y querrán escribir textos nuevos que partan del conocimiento de lo que ya han leído y lo enriquezcan con una aportación personal. Lo repito: porque leerán, querrán escribir.

No menciono el soporte. Es una simple herramienta. Creo en el encanto del libro en papel, y lo fomento, pero mis alumnos y yo hemos proyectado los capítulos del Quijote en una pizarra digital y los hemos leído juntos, interrumpiendo para comentar, con toda felicidad.

“Pasemos por alto todo el proceso de desfiguración y decadencia y tratemos de reconquistar la no destruida fuerza nominadora del lenguaje y de las palabras; porque las palabras y el lenguaje no son vainas en las que sólo se envuelven las cosas al servicio de la comunicación hablada y escrita. Sólo en la palabra y en el lenguaje las cosas devienen y son.”

Esto dijo hace años Martin Heidegger. Sólo en la palabra y en el lenguaje las cosas devienen y son para los seres humanos. Somos nuestras palabras.


lunes, 18 de marzo de 2013

¿Para qué sirve hoy la filosofía?


 

La coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos. Estos son decididamente post-humanísticos.¿Serán también post-filosóficos? ¿Para qué sirve hoy la filosofía?

 
En nuestra sociedad, el conocimiento se organiza como un mosaico de enorme extensión superficial, construido con delgadas teselas, sin profundidad. Disneyworld ha devorado a un antiguo e ilustre modo de pensamiento, elitista, eso no conviene olvidarlo. Ahora debemos convivir con una cultura sin culto, sin sacerdocio, sin mandamientos, pero llena de normas: donde hubo teatros, museos, Caminos de Santiago o catedrales, ahora hay parques temáticos en los cuales compro los tickets, guardo las colas, respeto el césped, bebo en las fuentes, giro la cabeza hacia donde me señala el guía, almuerzo la comida típica, colecciono souvenirs, regateo en el zoco…

 
¿Dónde han quedado los filósofos? Hay que reconocer que si la muerte de Dios fue enormemente fértil para la filosofía, ya nunca más ancilla theologiae, la muerte del humanismo le ha puesto las cosas difíciles. Los humanistas eran en su origen los alfabetizados, miembros del selecto club de portadores de la racionalidad. El humanismo era un hogar cálido y acogedor para la filosofía. Al fin y al cabo, un club selecto es el lugar natural de todo filósofo consciente de su importancia. Quien ama la sabiduría cree que está fuera de la grey, que es egregio. Aunque sea al modo pequeño burgués de la sociedad literaria y científica, donde se trabaja con devoción.

 
Y ahora parece que no sólo se han retirado los dioses. La cultura se ha desacralizado y se ha secularizado al artista y al sabio. La palabra clave de cualquier fenómeno cultural ya no es conocer, sino divulgar. Se refiere pues a extender más y más esa cosa, en que se ha convertido la sabiduría, tan fina ya que empieza a agujerearse. Se ha terminado la época de los superlativos.

 
Además, el club selecto se ha llenado últimamente de economistas, de banqueros y de científicos. Capital y Ciencia, los más poderosos dioses del nuevo Olimpo, han arrinconado a los pensadores. La traición es más dolorosa en el caso de Ciencia, antigua compañera de viaje de la filosofía. Porque hay que reconocer que con Capital nunca tuvieron los filósofos mucho que ver, como no fuera para estar en contra.

 
En pleno desconcierto, cuando la sensación general es que son un objeto decorativo completamente innecesario - una antigualla, vamos- los filósofos toman las diversas sendas de una encrucijada. Los hay que quieren convertirse en guardianes del antiguo culto, miembros de una secta que emplea un lenguaje cada vez más ininteligible y se niega a reconocer que la síntesis social no es ya - ni siquiera aparentemente - cuestión de libros y cartas; los hay que se  vuelven omnipresentes en los mass media como promotores de lo que se denomina hoy autoayuda, y que no es sino la vieja pretensión filosófica de dotarnos de herramientas para vivir mejor. Al fin y al cabo, las preguntas primordiales – qué es el hombre, qué es la felicidad- siguen sin respuesta. Por último, los hay que profundizan cada vez más en la auténtica dimensión de ser hombre, todo hombre, cualquier hombre, no sólo los ciudadanos atenienses libres. Y que han llenado de escalas las barandillas de su  incuestionable palco scenico de minoría selecta, para que la gente suba, no para asomarse ellos desde arriba a analizarla, porque, enfermos de su época, saben que para hablar de suciedad hay que ensuciarse. Son los filósofos que actúan.

 

Yo reivindico este último camino para la filosofía de hoy. Al modo de los antiguos cómicos de la legua, quiero filósofos que cuenten historias, que abran ventanas y que representen mundos y épocas en teatrillos de pequeños pueblos, que hagan soñar, imaginar, que muestren las cosas como son y como podrían ser, que den testimonio crítico y con los que te identifiques. Quiero filósofos actores.

 

En primer lugar, porque el matrimonio entre la filosofía y la ciencia es ya irrecuperable. Pienso con Unamuno que el cultivo de una ciencia cualquiera, de la química, de la física, de la geometría, de la filología, puede ser, y aun esto muy restringidamente y dentro de muy estrechos límites, obra de especialización diferenciada; pero la filosofía, como la poesía, o es obra de integración, de concinación, o no es sino filosofería, erudición pseudofilosófica.
 

La filosofía se ha encontrado durante años en la permanente necesidad de justificar su existencia junto a las ciencias, y -aunque no existe tabla alguna que adjudique los grados de cientificidad de las reflexiones humanas- por ese flanco ha derrochado mucha sangre y fuerzas. Pero ha perdido la batalla. En cuanto principio rector de la sociedad, hoy es a la Ciencia a quien se invoca; la incansable proveedora de respuestas, la que posee la llave de todos los misterios y de todas las posibilidades. Tal vez sea el momento de que la filosofía reconozca  humildemente que no es más que un arte, una manifestación del lenguaje, una vía de conocimiento de la realidad llena de imaginación, cercana a la poesía, a la novela y al teatro. Como ellas, quiere obtener una respuesta, provocar una reacción… No es sólo un discurso sobre el amor por la sabiduría; también quiere mover a otros a ese amor. Mientras dure el drama, claro.  Como en una tarde de teatro, en la que se pone una semilla pequeña en cada alma del público para que brote y crezca, siempre distinta, cuando, uno por uno, ya estén solos en su casa.

 
Gadamer dice: Lo que realmente se experimenta en una obra de arte, lo que atrae y arrebata al que la disfruta, no es propiamente la habilidad o la técnica del actor sino en qué medida es verdadera, es decir, hasta qué punto uno conoce y reconoce algo de sí mismo en ella, algo de sí mismo que antes no conocía.

¿No es esa la pretensión más noble y antigua de la filosofía? ¿No representan el papel de su vida Sócrates en su escenográfica despedida, con parlamento funerario incluido, Diógenes en su barril, el austero y solitario profesor Kant de Königsberg, el Sartre abogado de todas las causas perdidas rodeado de su joven y bella Corte? Cuando les conozco, quiero ser como Sartre, como Agustín, como Sócrates, como Pedro Crespo, el alcalde de Zalamea… Novela es el vivir y todo el que vive hace su novela o su drama.

 

¿Por qué va a ser filosofía escribir la nada en cuanto negatividad de la negación en la esencia del ser, y no va a serlo morir es dormir y tal vez soñar? ¿Qué es el parque humano sino una metáfora? Filosofía y ciencia se separaron porque eran una pareja imposible desde el principio. Nunca se han separado filosofía y literatura. ¡Si  ambas nacieron como una charla durante un paseo! Mientras el decir permanezca puro en el elemento de la verdad del ser… La filosofía recluta a sus adeptos hablando del amor y de la amistad, dice Heidegger. Como la poesía y el teatro; no como la ciencia. El ser propio de una obra de arte consiste en que puede modificar al que la experimenta. Y, mal que nos pese, nunca pudo ser verificada ni falsada una hipótesis filosófica. Pensar significa adueñarse de la esencia del ser, y adueñarse de una cosa es quererla, amarla…, tenerla en la boca, hablar de ella…  El actor con la palabra, en el principio existía la palabra, te doy mi palabra, pido la palabra, y la palabra era Dios…

Sólo que hoy la filosofía tiene la obligación de hacerse entender por la gente, actuando como permanente conciencia crítica. Más allá de sistemas y escuelas, siendo espejo de aumento de la sociedad, reflejo sublimado o deformado, como es el teatro. Ha perdido sentido el reducto sacro donde sólo podía emplearse un lenguaje iniciático. No existe ya. La cultura ya no es una norma imperativa a la que nuestra existencia tiene que amoldarse. El pensamiento filosófico tiene que volver a su origen, al ágora, a la pedagogía, al diálogo abierto, a la escena… Pero no es fácil. Tal vez recuperaríamos algo del terreno perdido si pudiésemos infiltrar un filósofo entre los guionistas de cada teleserie. No es tan descabellado. Si lo observamos bien, ya hay siempre en ellas, al menos, un ideólogo. Desde luego, pido un filósofo actuando en cada debate de televisión, en las columnas de los periódicos gratuitos, en cada lanzamiento publicitario, en cada campaña electoral, en cada escuela, en cada mercado, en cada macroconcierto, en cada telediario, en las pancartas de las manifestaciones, en los debates parlamentarios; cuestionando, siempre crítico, nunca complaciente, poniendo enfrente de cada uno a cada uno, como un actor en el teatro. Sin responder a nada. Que respondan religión y ciencia según el interés de cada cual. El filósofo, preguntando; preguntando y actuando. Creo, como Sartre, que sólo a través de la cooperación en la acción puede un hombre reconocer el proyecto de otro.

 

Porque actuar no es producir un efecto. Actuar es llevar a cabo. Pensar lleva a cabo la relación del ser con la esencia. Convierte la potencial esencia  en actual esencia, en un actúo luego existo. Y esa transformación se lleva a cabo por medio del lenguaje. Afortunadamente, no ha perdido aún la filosofía esa herramienta única -en el sentido de que nunca ha tenido otra-. Si el vocabulario enumera lo que cabe en el propio mundo, los filósofos habrán de actuar sobre el lenguaje, no menos que los publicistas y los políticos.

 

El lenguaje es la casa del ser, en su morada habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de esa morada. Entonces, ¿no serán filósofos los actores, que hablan con palabras de otros seres, que otorgan existencia a esencias que no existen más que cuando ellos hablan? ¿Y qué es filosofar sino fabular?  Así pues, sin miedo, playing, a por el lenguaje de hoy, a emplearlo para abrir el parque humano. Para mostrar, en una representación, cómo viviríamos fuera de las jaulas. Tal vez nos entren ganas de salir, como entran ganas de amar después de ver Romeo y Julieta. Porque interpretar algo lo convierte en realidad. Lo que era antes ya no es ahora, pero esto que es ahora es lo verdadero. Una alianza secreta entre filosofía y arte para funcionar como conciencia crítica del mundo, para colocar en su verdadero nivel a los augustos Capital y Ciencia, consejeros áulicos del poder.

 

Soy lo que pienso y lo que imagino, y lo que sueño. ¿Qué puedo hacer con esta desmesura en un mundo tan lleno de medidas? dice una poeta. Liberarse de la interpretación técnica del pensar, exige Heidegger frente a Wittgenstein y a una vieja tradición germánica. Es posible, y tal vez es ya inevitable en nuestra sociedad de la comunicación universal y heterogénea. Todos los lectores de la Rayuela de Cortázar hemos sentido lo mismo ante aquel famoso capítulo de la novela: apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayutaba y paramovía, de pronto era el clinón…Palabras absurdas, pero siempre entendidas en el mismo sentido, interpretadas por todos igual, a partir de un código sin técnica. Eso es liberar al lenguaje de la gramática para ganar un orden esencial más originario, que Heidegger reserva al pensar y al poetizar. Pero también al imaginar, al proyectar… Nuestros cauces actuales están llenos de estas posibilidades. Y ese filón todavía es de la filosofía. Los filósofos han de avanzar sin ningún miedo por los lenguajes de hoy, y por los medios que emplean, porque, de todos modos, hablan de las preocupaciones de siempre.

 

El camino de la filosofía dramatizada ya lo exploró Sartre. Lo exploró Shakespeare también. Y las tragedias de Sófocles encierran en su decir el éthos de modo más inicial que las lecciones sobre ética de Aristóteles. Vuelvo a decirlo: quiero que los filósofos del siglo XXI actúen como si fueran animales del  parque humano que hubieran conseguido escapar de sus jaulas. Y que les veamos actuar así en la televisión, en la radio, en la red, en la música, en el teatro. Porque el asunto del pensar no se alcanza poniendo en circulación un montón de chácharas sobre la verdad del ser y la historia del ser. Lo único que importa es que la verdad del ser llegue al lenguaje y que el pensar alcance dicho lenguaje.

 

Estoy de acuerdo con Sloterdijk cuando afirma que Nietzsche acota un gigantesco territorio en el cual habrá de llevarse a cabo la determinación del hombre del futuro. No puede ser casualidad que su obra tenga un aura dramática, profundamente teatral. Tomo pues prestadas de Nietzsche las características del filósofo que actúa. Quiero para él una fortaleza que se exprese: en el aumento y exultación de los impulsos de vida; en la apasionada frialdad para rechazar lo que el rebaño acata; en la capacidad para tolerar las mayores dosis de verdad y la soledad que ésta comporta y exige; en la fidelidad al sentido de la tierra; en el alejamiento del ídolo del Estado; en la aceptación del olvido y la impersonalidad de la fiesta; en decir sí a la diversidad, sí al contraste, sí a la mezcla de sinrazón y lucidez que llamamos sabiduría; sí al claroscuro Dionisos.

 

Sólo puede entenderse el humanismo antiguo si también se lo comprende como la toma de partido en un conflicto de medios, es decir, como la resistencia del libro frente al anfiteatro. Yo planteo como reto la resistencia del teatro frente al reality show.
 

Mi retrato del filósofo de hoy parece, es, un arquetipo literario. Pues que el Verbo se haga carne.