BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



Mostrando entradas con la etiqueta móvil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta móvil. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de febrero de 2020

Una epidemia de soledad






Nunca hemos estado tan conectados entre nosotros. Y, sin embargo, el sentimiento de soledad no deja de crecer entre la población española, sobre todo en los jóvenes, que han crecido con las innovaciones digitales. Según un estudio de DYM Research, el 80% de los jóvenes entre 18 y 25 años declara sentirse solo. La percepción de la soledad crece entre quienes han cursado estudios universitarios (67,1%), un dato que puede estar relacionado con la búsqueda de empleo fuera de su entorno de origen. De hecho la estadística sube hasta el 91% en aquellos que viven en pisos compartidos. Una de las conclusiones que extrae el informe es que aquellos que más soledad experimentan son también quienes más uso hacen de las redes sociales a diario. Las pantallas son el primer refugio; la conexión real con otras personas no constituye una alternativa.
Estos datos escalofriantes nos permitirían hablar de una epidemia de soledad.

Otro estudio, ¿Estamos hiperconectados?, de la multinacional Ikea, cifra en un 57% el porcentaje de personas que sufre aislamiento en su propia casa sin estar solo, es decir, vive junto a su familia pero no se comunica con ella a causa de que cada uno dialoga con su pantalla. Aquí ya no interviene la lógica. Para mí esta "soledad en familia" constituiría el nivel de máxima alerta.

Estas personas que sufren la soledad son muy jóvenes: la promesa del futuro. Nuestros alumnos, nuestros sobrinos, nuestros nietos, nuestros hijos nos gritan, en silencio, que cada vez están más conectados y cada vez se sienten más solos. Todo nos lo jugamos hoy mismo, en cada momento presente. ¿Dónde estamos quienes les queremos? ¿En Instagram también? Volvamos a humanizarnos los que no somos tan jóvenes: vamos a mirarlos a los ojos.

jueves, 1 de marzo de 2012

Viaje al centro de la Tierra

Nuestro tiempo es incansable en hacer que cada mínima cosa lo signifique todo. Valga este diagnóstico de Sören Kierkegaard sobre la sociedad europea de 1844 como predicción de la nuestra.


A diario nos machacan miles de cosas mínimas desde los titulares de los periódicos y las cabeceras de los telediarios. Y cuando las vemos ahí colocadas es difícil darse cuenta de que no significan nada. Hay tantas ocasiones en que otorgamos protagonismo a situaciones absurdas que podríamos llamar a mucha de la información que recibimos sobre lo que pasa en el mundo “el maximalismo de lo mínimo”. Es un libertinaje informativo que se ha disfrazado como libertad de expresión y no tiene nada que ver con ella. Nos hace mucho daño pero, bueno, ahí está cada día, impertérrito, consciente de que toleramos su presencia.


Para mí una de las peores manifestaciones de esta tendencia es la difusión impúdica de la intimidad, que se produce unas veces de manera voluntaria – pagada incluso- y en otras sin conocimiento ni autorización de la persona a la que se va a poner en una picota.


Estoy segura de que recuerdan la noticia de un famoso diseñador de moda, un semidiós contemporáneo, que el año pasado fue condenado a prisión y despedido fulminantemente de la gran firma para la que trabajaba porque, bebido y solo en un bar, hizo una declaración filonazi e insultó gravemente a unas personas que estaban allí, las mismas que lo filmaron con su cámara de móvil. Su imagen de alcohólico solitario que dice burradas, repetida millones de veces en las pantallas de todo el mundo, lo condenó al ostracismo en esta sociedad hipócrita que rellena las arcas con los impuestos del alcohol y margina a los borrachos.


A mí me impresionó profundamente esta historia. No porque me parecieran justas las declaraciones de aquel diseñador, que eran vergonzosas, sino por la agresión brutal que suponen esas filmaciones de cámara oculta. Mucho más grave que un exabrupto verbal, por repugnante que sea, me parece la posibilidad – aplaudida y jaleada- de que cualquier desconocido, con un teléfono móvil, pueda convertirte en protagonista del noticiario porque te caíste en una boda, porque estornudaste en un concierto o porque eres un pobre hombre – famoso y millonario- que tiene que ir al bar de su barrio a beber hasta perder la conciencia de sí mismo. Los propios gobernantes nos animan hoy a la delación, a la filmación del vecino. Es como si nos hubiéramos dado la vuelta y lleváramos las entrañas al aire y la piel por dentro, sin sitio para el decoro, ni para el respeto, ni para la vergüenza.


Kierkegaard lo explica mucho mejor que yo: Un arroyo que corre suena graciosamente, pero una suma de criaturas racionales que se convierte en un murmullo sin fin y sin sentido es algo cómico.


Me da mucho miedo que nos estemos convirtiendo en un murmullo sin fin y sin sentido, frívolo y chismoso, cómico a fuerza de no querer reconocer lo trágico de esta situación.


¿Qué significa hoy lo privado? ¿Qué es la intimidad? Pues es nuestro paisaje interior, el territorio nunca completamente explorado en el que tienen lugar las mejores creaciones y funciones de lo humano: el amor, la amistad, nuestro cuerpo y sus requerimientos, la imaginación y la apertura a lo moral y a lo sagrado.


En ese lugar privado de cada una de nuestras vidas está el trono de la libertad. La libertad verdadera, claro, que no es la de hacer lo que a uno le dé la gana sino la de darse cuenta de que somos libres y tenemos que pasar toda la vida tomando decisiones. Ahí está el gran error de la sociedad contemporánea: no es más libre el vocero de su intimidad y de la de los otros sino, por el contrario, quien más las preserva. La libertad de expresión no estriba en contarlo todo sino en ser dueño de lo que uno cuenta. Y por supuesto no es mejor ciudadano el que va, móvil en ristre, buscando infractores de los usos sociales, sino quien relaciona su propia libertad con el respeto profundo y la compasión por los demás.