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Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



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viernes, 5 de noviembre de 2021

 


En los primeros días del año 2020, la superiora general de las Hermanas de la Consolación me encargó una biografía de santa María Rosa Molas, fundadora de la orden. Acepté sin dudarlo porque ellas son las monjas del colegio donde estudié. La madre Molas, una “mujer dulce y buena que entregó su vida a los pobres”, ya formaba parte de mi vida. Escribir su historia no me parecía difícil. Además contaría con libros sobre ella, documentos de su canonización, testimonios de sus contemporáneos, sus propias cartas y, sobre todo, la biografía publicada por su confesor, el padre Sebastián León. Decidí leerlos de forma cronológica a la vez que escribía, para dejarme sorprender por su vida, como le sucedió a ella. Pronto comprendí que debía emplear sus propias palabras, de sus escritos o recogidas en los testimonios. Y entonces comenzó una extraordinaria aventura que, literalmente, ha transformado mi vida interior. Porque, claro está, yo no conocía a la madre Molas. Ella escapaba de cualquier definición.

Lo primero que descubrí fue cuánto se parecía su tiempo (1815-1876) al nuestro: la desmoralización social y política, la desigualdad de la cual brotaron atroces epidemias. Aún adolescente, vio morir a su madre de cólera, contagiada por las vecinas a quienes había cuidado. Comprendí que aquella experiencia había determinado su camino.

En sus sesenta y tres años de vida, Rosa Molas presenció cuatro guerras. En Reus, su ciudad natal, amaron y perecieron miles de personas, lloraron su soledad muchos ancianos y crecieron sin amparo muchos huérfanos que no entendían los vaivenes de la política sino los más humanos de la alegría y el dolor. Y a aquella muchacha alta, morena, callada e incandescente no le pasaron desapercibidas tantas penas. Ella las vio. Las siguió viendo después, en Tortosa y en todos los lugares a los cuales la condujo esa mirada. Así que se dedicó a abrir las puertas de los hospitales para refugiar a la gente de los bombardeos, a aliviar sin descanso enfermedades, hambre y tristezas, a fundar una nueva orden religiosa. Pero no por ser sin más “una mujer dulce y buena que entregó su vida a los pobres”. Aquella era solamente la imagen visible de una motivación muy profunda. María Rosa contó desde la infancia con una dimensión mística que pasó casi desapercibida porque la mantuvo en silencio. Sin embargo, la profunda unión con Dios, a quien amaba y buscaba absolutamente, impregnó su vida entera. Llegó al más alto nivel de espiritualidad que un ser humano puede alcanzar, y lo guardó en secreto, con la humildad perfecta que es inseparable de ese grado de santidad. Vivió entre personas que necesitaban consolación y cuidado, como nosotros ahora, y respondió.

Menuda aventura para mí la de acercarme a ella hasta el primer plano. Ojalá os guste el resultado impreso.

Este es el fragmento que narra el momento histórico en que ella contribuye a detener el bombardeo de Reus por las tropas de Zurbano (1843).


 El campamento de Zurbano se hallaba situado al sur de la ciudad, junto al camino de Tortosa. De lejos ya lo señalaban el estruendo y el humo. Para llegar hasta él, debían avanzar de cara a los proyectiles y solo contaban con los olivos como defensa. Tardaron casi una hora en conseguirlo pero por fin lo alcanzaron. Los centinelas de la guardia, asombrados por ver salir de entre los árboles a tres religiosas con sus tocas blancas, un sacerdote y cuatro caballeros, los condujeron enseguida a la tienda de campaña desde la que el famoso general dirigía el asedio.

Martín Zurbano contaba cincuenta y cinco años y mil cicatrices de guerra. Era un hombre pequeño de estatura y rudo de carácter, liberal como Prim, que conocía bien los contrastes de la vida. Militar laureado, había nacido en una humilde pedanía de Logroño, de padres labradores. De niño había estudiado en el seminario, pero dedicó su primera juventud al contrabando y la guerrilla. Durante la invasión napoleónica adquirió una fama legendaria en el combate, acrecentada luego durante los siete años de guerra carlista. Los soldados temían su carácter arrebatado, su aura roja de sanguinario, su ferocidad que en el frente de batalla lo transformaba en invencible. Hasta aquel hombre, cuya sola presencia hacía temblar, llegó la comisión de paz decidida a todo. Entraron en su tienda de campaña conducidos por el teniente de la guardia y, donde esperaban encontrar un estado mayor completo, se hallaron frente al general solo, tranquilo y a la vez desafiante. Allí lo tenían, Zurbano en persona, con su uniforme singular de chaqueta corta y lazo al cuello, y su boina alavesa, de los tiempos en que era guerrillero, bien calada hasta las cejas. Los miraba severo, con la fuerza de unos insólitos ojos azules que parecían esculpidos en hielo puro. Al escuchar su enérgico “¿Qué desean ustedes?” los señores comisionados olvidaron los argumentos que llevaban preparados y enmudecieron. La propia sor Estivill comprendió que su fuerte carácter quedaba en nada frente a aquel hombre pétreo. Por reciedumbre, nadie convencería a Zurbano de que abandonara un asedio. Solo podría ser por misericordia. Y fue María Rosa Molas quien, invitada por el párroco, se atrevió a emplear aquella palabra. Habló erguida, conmovida y serena, mecida en las inflexiones de su voz sincera.

-Usted fue niño, general. Quiso a su madre. Por ella, tenga hoy misericordia de la gente sencilla que no puede salvar ni hundir tronos; tenga misericordia de esta ciudad, puesto que ya la ha tomado. A tiro de sus cañones hay ahora mismo muchos inocentes que lloran desesperados. Por la Virgen de la Misericordia, patrona de Reus, haga cesar este castigo. Por favor, denos esperanza.

El fiero militar retrocedió un paso, pensativo, con sus ojos helados fijos en los incandescentes de aquella monja que era todavía una muchacha. Luego se descubrió la cabeza, se disculpó por no haberlo hecho desde el principio, y respondió:

-Esperanza, dice usted, hermana. La Virgen de la Esperanza es la patrona de Logroño, hace tiempo que nadie me lo recordaba. Cuánta devoción le tenía mi madre. Está bien, trocaremos la guerra en paz. Que las milicias salgan de Reus a tambor batiente y banderas desplegadas, que habrá misericordia. 


CONSOLACIÓN

https://libreria.sanpablo.es/libro/consolacion_224002

https://www.casadellibro.com/libro-consolacion-historia-de-la-madre-maria-rosa-molas/9788428561761/12568528





jueves, 21 de diciembre de 2017

ENCUENTROS. Mi nuevo libro.



Acabo de publicar un nuevo libro con la editorial San Pablo. Se llama Encuentros y está compuesto por reflexiones personales y algunos relatos cortos que he denominado parábolas. 

Como pequeño regalo de navidad reproduzco el principio. Va con mis mejores deseos para todos en estos días y siempre.


El poeta Pablo Neruda cuenta en sus memorias que en el año 1949 se vio obligado a huir de Chile, su país natal, y hubo de cruzar los Andes para llegar a la Argentina. Hizo aquel tremendo viaje a caballo, acompañado por un grupo de guías. Atravesaron túneles de piedra y desfiladeros salvajes, vadearon ríos helados y tuvieron que rodear enormes peñascos. Una mañana, súbitamente, llegaron a una pradera “acurrucada en el regazo de las montañas”. La atravesaba un riachuelo de agua clara, la pintaban de colores miles de flores silvestres y estaba enmarcada por un cielo intensamente azul. Allí se detuvieron. En el centro de aquel círculo mágico se hallaba la enorme calavera de un buey. Neruda observó asombrado cómo los guías que lo acompañaban dejaban monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso, como una ofrenda de pan y auxilio para los viajeros que llegaran allí después que ellos. Al terminar, danzaron alrededor de la calavera abandonada “repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron”, y Neruda comprendió “que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas regiones de este mundo.” Comprendió que el ser humano necesita pan, auxilio y encuentros. 

                                                    ………………….

Hace muchos años[1], mis hijos, mi marido y yo acudimos a un estreno de cine. Nos había invitado el protagonista principal, uno de los mejores actores españoles, que era - y sigue siendo - amigo nuestro. La película se llamaba “La casa de mi padre”.  La encontramos cargada de valores y nos gustó muchísimo.
Cuando regresábamos a casa íbamos charlando sin parar, encantados. Sobre todo los chicos. El más joven de los dos, con su talante de sabio y su curiosidad por todo,  decía: "Es una película muy buena. Se entiende perfectamente que el conflicto es un desencuentro, ya no me lo tienen que explicar". El mayor estaba muy emocionado por haber compartido algún rato con aquel gran artista. Yo notaba que tenía ganas de contarme algo y, cuando se acostó, me acerqué a su dormitorio. Entonces él me dijo esto que escribo sin añadir retórica: "Mamá, le he dicho a nuestro amigo que él me había cambiado la vida y puede pensar que soy un exagerado, pero no exagero nada. Yo tengo una teoría sobre la vida, y como soy tan visual y todo lo veo en imágenes y en colores mientras lo pienso, es una teoría gráfica. Pienso que la vida es una línea, pero no una línea ya trazada sobre la que andamos sino una línea que nosotros mismos vamos trazando mientras vivimos, como si tuviéramos siempre en la mano un lápiz. Cada persona que se cruza con nosotros, aunque sea un niño que nos ha mirado una mañana, mueve la línea un poquito, la desplaza unos milímetros porque ha entrado en nuestra vida. Y así la línea va formando rectas, curvas, subidas o bajadas, picachos y espirales, unas veces da vueltas para volver al mismo punto, otras se estira muchísimo hacia el horizonte, o se quiebra y luego se recompone. Y él, desde que ha entrado en mi vida, ha movido mi lápiz con experiencias insólitas, me ha hecho pensar, me ha dado grandes oportunidades de aprender que nunca me hubierais podido dar vosotros o conseguir yo solo, y está formando en mi línea un dibujo completo. Por eso le di las gracias."
Aquella noche, insomne y emocionada, comprendí que mis hijos ponían en palabras un aspecto esencial del ser humano: cada vida singular está edificada sobre los encuentros con los demás. Y aquella noche fue para mí también un bello encuentro con ellos, en el cual tuve acceso a  su visión del mundo y comprendí que eran mayores ya, bellos por dentro y reflexivos.

                                  …………………………

El dibujo de nuestra vida es original, único, armónico, significativo, imprevisible. Nunca es banal ni absurdo. Siempre está abierto y se enriquece con nuevas formas y colores, con nuevas personas dispuestas a mover el lápiz. Como se desarrolla en un espacio y un tiempo determinados, entre seres singulares y a partir de hechos concretos, necesitamos el encuentro de persona a persona. Y esto es así aunque a veces nos recorra el escalofrío del momento insociable y anhelemos la soledad que permite reconstruir las vivencias; o aunque nos sumerjamos de vez en cuando en el anonimato de la multitud y nos guste ser bañistas a plena piel en una playa atestada, o hinchas que corean la misma consigna en un estadio de fútbol.
Ya sea en la construcción a solas de nuestra singularidad, ya sea saliendo a conocer experiencias por los caminos del otro, cada encuentro ayudará a nuestro lápiz a trazar nuevos senderos, cimientos sólidos donde edificar la esperanza.
Porque la vida es el encuentro.




[1] He contado ya parcialmente esta anécdota familiar en el libro La flor de la esperanza. Sin embargo, es aquí, en Encuentros, donde adquiere su verdadero significado.